Insomnio

Maldita la hora en que compré el libro. Pero ¡cómo no comprarlo! Estaba en la mesa de novedades de la librería, el título parecía hablarme a mí: “Insomnio”, y el sujeto que se veía en la portada, una figura en sombra recortada contra la claridad del atardecer, tenía un perfil que me recordaba al mío. Agradecí que no fuera un libro de autoayuda, sino una novela, un thriller concretamente. Según la sinopsis de la contraportada, el ex inspector de policía Tomás Abad trabajaba en la actualidad como guarda de seguridad del cementerio de la Almudena, atormentado por el insomnio y por los fantasmas del pasado, de cuando lo expulsaron de la policía por la terrible decisión que tomó al investigar el caso de un asesino en serie.

Allí mismo, en la librería, de pie, empecé a leer las primeras páginas, una especie de preámbulo: “Lo malo de no dormir no es el lógico cansancio que se va apoderando del cuerpo, de la mente, del alma (…). Lo malo de no dormir, lo terrible del insomnio, es que llega un momento en el que no se sabe si se está despierto o dormido. Se vive en un eterno estado de semiinconsciencia (…). Todo llega mitigado, los sentidos están aletargados. Un filtro impide percibir las emociones tal y como son. El oído es incapaz de descifrar lo que escucha, la vista cuestiona todo lo que ve, y lo que se toca o te toca, leve o intenso, dispara un torrente de sensaciones sin control por todo el cuerpo: el escalofrío en la espalda, el sofoco que sube de las entrañas de la tierra hasta explotar en el cerebro, el vello que se eriza, los poros dilatándose, el sudor frío que empapa el cuerpo, el temblor, el ahogo, el miedo. Y la duda, la terrible duda de si lo que ocurre es real, son alucinaciones producidas por el insomnio o es el inicio de la locura”.

De inmediato me identifiqué con aquel personaje, pero… ¿ahogo?, ¿alucinaciones?, ¿locura?; no, mi insomnio no estaba a la altura del insomnio del protagonista; el mío era un insomnio vulgar, mediocre, sin dramatismo, nada épico, aunque aquellas líneas del libro eran la advertencia de adónde, si no le ponía remedio, podría conducirme la falta de sueño, pues mis noches eran como un túnel que no tenía fin y yo el único e insomne pasajero del tren que lo atravesaba, deambulando por los vagones iluminados frente a la oscuridad exterior.

Ese mismo día, ya en casa, seguí con la lectura del libro. Tomás Abad y yo, personaje y lector, avanzamos por la historia como sonámbulos durante toda la noche, entre la vigilia y el sueño que no acababa de llegar, agradeciendo yo la compañía de esa mente torturada por los remordimientos y la culpa. Y juntos caminamos por entre las tumbas del cementerio de la Almudena en una atmósfera espectral, y viajamos al pasado cuantas veces fueron necesarias para que yo pudiera entender el origen de esos remordimientos y de esa culpa, pero sin que Tomás me iluminara del todo, pues quería tenerme en ascuas para que lo acompañara hasta el punto final de su historia. Y lo consiguió: no pude dejar de leer hasta que el misterio fue revelado y pudimos despedirnos.

Ahora puedo decir que fue un viaje siniestro y cruel el que realizamos, pero muy satisfactorio. Privilegios de la literatura, de la catarsis que produce. Aunque pasados los días, todo se volvió en mi contra. De tanto meterme en la piel de Tomás, de apropiarme de sus sentimientos, mi vida dio un giro, y por eso dije que maldita la hora en que compré el libro. Maldita la hora. Porque yo antes vivía en paz, moderadamente feliz, conviviendo con mi pobre insomnio, aceptándolo sin hacerle preguntas, sin buscar razones que lo explicaran, pero, desde que leí la novela, remordimientos y culpas que creía no tener se obstinan en salir a la superficie para pedirme cuentas.

Cangrejos

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Los cangrejos con que mi madre preparaba la paella hervían vivos en una gran olla. “No sienten dolor, por eso no gritan”, me decía ella en respuesta a mi angustia por la suerte de aquellos animales. Desde niño uno intuye que los adultos mienten, y mucho, y tú vas aprendiendo a creerte sus mentiras para no enfrentarte a tu propia conciencia.

Uno de esos días, días de paella, estaba leyendo un tebeo en el salón de casa cuando oí un leve ruido, como de hoja de papel que se arruga. Levante los ojos del tebeo y me quedé expectante, aguzando el oído. El ruido seguía ahí, y crecía. Finalmente descubrí su origen. Era un cangrejo que avanzaba en mi dirección. Dejé el tebeo y me levanté como si me hubieran pinchado. Mis pies se quedaron pegados al suelo, incapaz de moverme por miedo a aplastar al animal, y también por miedo a que se subiera a mis pies y escalara por la pierna.

Pensé que aquel cangrejo había escapado al destino de la olla y me pedía ayuda, pero ¿qué hacer? ¿Llevarlo a la pescadería? Absurdo, terminaría sus días en otra olla. ¿Devolverlo al río? Más absurdo aún. ¿Y sí lo escondía en una caja y lo cuidaba como cuidaba al hámster? Pero ¿de qué se alimentaban los cangrejos de río? ¿Se pasearía por mis brazos y cuello haciéndome cosquillas con sus grandes tenazas?

Puse el tebeo frente al cangrejo para que se subiera en él, y en ese ilustrado vehículo se lo lleve a mi madre para que lo echara a la olla. Me dije que mejor morir en compañía, con los suyos y en el agua, que no vagar solo por el mundo. Además, los cangrejos —lo decía mi madre— no sentían dolor.

Ahora, ya de adulto, en esos días turbios en que uno se siente tan desvalido como un niño y los pensamientos adquieren la textura de lo irracional, cuando estoy solo en el silencio de la casa, me parece oír el lento andar de un invisible cangrejo que araña el suelo, y luego el acusador borboteo del agua hirviendo.

Hormigas

Hormigas

Hoy no me he levantado bien. Con una tristeza que no sé de dónde me viene. Quizá de una mala digestión, o de un mal sueño que ahora no recuerdo, o de alguna de esas reacciones que se producen en el laboratorio clandestino de nuestro cuerpo y sobre las que no tenemos control, o quizá ha sido la luz pálida que se ha filtrado por las rendijas de la persiana y ha dejado en el aire un poso de nostalgia sin objeto, por todo y por nada.

Y qué extraño, me ha dado por pensar en las hormigas que pisoteé en mi infancia. Aquí están, han construido un hormiguero en mi conciencia; incansables y monótonas lo van llenando de remordimientos.