Sirenas

Mujer-sentada-banco-sola

El edificio en el que entra la mujer es una construcción moderna, de grandes ventanales que inundan de luz el recinto interior con columnas rojas y pasamanos azules. Los suelos se ven tan pulidos que parecen recién lavados, y en las paredes cuelgan reproducciones de pinturas abstractas saturadas de color. Si no fuera porque es el edificio de un hospital, la mujer podría sentir, al amparo de sus paredes, que todo está bajo control y que nada malo puede ocurrirle. Sigue leyendo

El corrector

 

teclado

 

Mi nuevo ordenador dispone de un corrector de sinceridad: según pulso las teclas, unos microscópicos sensores van descubriendo mis pensamientos más ocultos, incluso para mí. Así que en la pantalla aparece escrito no lo que mi cerebro consciente propone, sino lo que esos sofisticados sensores desvelan. He empezado con algo fácil: “Me encanta mi trabajo”, tecleé. En la pantalla apareció: “Así se hunda la Empresa”.

En dos horas de escritura he aprendido más de mí mismo que en el resto de mi vida. Pero ahora tengo un dilema: no sé qué hacer con el farsante que soy.

El primer viaje

 

EVA

Pasado el tiempo, Eva llegó a odiar la soporífera tranquilidad del Paraíso. De naturaleza inquieta, quizá por haber nacido torticeramente de una costilla de Adán, sus sueños se poblaron de lugares que sus ojos nunca habían visto. Y decidió escapar con la complicidad del hombre: “Huyamos de este aburrido Edén, pues El Creador no nos dejará marchar por las buenas”. Mas como la única respuesta de Adán era esa sonrisa tonta que a ella tanto enervaba, fue Eva a entrevistarse con la inteligente y sabia serpiente que sigilosa reptaba por las cercanías de un arroyuelo de aguas incontaminadas, cristalinas, como no podía ser de otra forma, dadas las condiciones atmosféricas de ese prístino mundo que ellos habían estrenado, sobrevolado por pajaritos multicolores de armonioso piar. “Cansino y cursi paisaje”, se dijo para sí Eva, sin saber de dónde le venían aquellas palabras que a ella misma le resultaban desconocidas, como si dentro de su ser habitara otra Eva pugnando por salir.

En fin, concluida la entrevista humano-ofídica, Eva se apresuró a seguir el consejo lanzado por la bífida lengua de la ondulante serpiente: comer del fruto prohibido que colgaba de ese árbol con el extrañísimo nombre de “Del Bien y del Mal”.

A la mañana siguiente, los padres de la Humanidad, cubiertos ya sus genitales con hojas de parra y la línea de la muerte dibujada en las palmas de las manos, se alejaron del Paraíso en dirección a un destino incierto, y Eva, aun regocijándose con el resultado de su artimaña, se lamentaba: “… pero apañada estoy contigo, Adán, y con este simple que tenemos por Dios”.

 

Cicatrices

 

corazón de cerámica

Ilustración de Diego Mir

Estás en casa leyendo el periódico cuando encuentras un artículo sobre el KINTSUGI.  Se trata de una técnica centenaria de Japón que consiste en reparar las piezas de cerámica rota. Lees: “Mediante el encaje y la unión de los fragmentos con un barniz espolvoreado de oro, la cerámica recupera su forma original, si bien las cicatrices doradas y visibles transforman su esencia estética, evocando el desgaste que el tiempo obra sobre las cosas físicas, la mutabilidad de la identidad y el valor de la imperfección. Así que, en lugar de disimular las líneas de rotura, las piezas tratadas con este método exhiben las heridas de su pasado, con lo que adquieren una nueva vida. Se vuelven únicas y, por lo tanto, ganan en belleza y hondura. Así que esta técnica se ha convertido en una potente metáfora de la importancia de la resistencia y del amor propio frente a las frustraciones, desengaños y pérdidas, de que somos seres rotos, únicos, irremplazables, en permanente cambio, y de que no hay recomposición ni resurgimiento sin paciencia”.

No eres consciente, pero mientras lees, tus manos recorren tu cuerpo, buscan las invisibles cicatrices que te han ido construyendo, imperfecto, único, en permanente cambio. Cuando terminas de leer, tiendes un mantel sobre la amplia mesa del salón y sobre él vas depositando, en cuadrantes imaginarios, todas las piezas de cerámica que encuentras por la casa. Luego buscas la caja de herramientas, coges el martillo y con un golpe seco, PLAF, vas rompiendo cada una de las piezas.

Su majestad, mi padre

 

Rey Mago

 

Con mayúsculas escribí “UNAS BOTAS DE FÚTBOL”. Era un ritual, el de la carta, que repetíamos desde que aprendí a escribir. Pero esa Navidad yo había descubierto el secreto de que los padres eran los Reyes y representaba el papel de niño todavía en la inopia, porque me gustaba ser el dueño del secreto ahora que los papeles se habían invertido y eran mis padres los ignorantes. Ni siquiera a mi hermana, cinco años mayor y que escribía su propia carta para dar credibilidad al simulacro, se lo había confesado. Sigue leyendo

El concurso

niño escribiendo

Este año quiero escribir un cuento para presentarme al concurso de Navidad del cole. Mi compañero y enemigo, Paco, me dice que yo nunca podré ganar porque tengo un cerebro de mosquito. No sé de dónde habrá sacado eso. Y ¡qué sabrá él del cerebro de los mosquitos! A lo mejor son muy inteligentes pero prefieren vivir su vida de mosquitos.  Sigue leyendo