Ficciones

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Cuando el doctor dice “cáncer”, el hombre que escribe novelas experimenta en su propia piel el poder de las palabras. Esas seis letras en un orden preciso hacen que su mundo se tambalee. Ha sido como si en su cerebro un volcán entrara en erupción para luego dejar un paisaje de lava y rocas que oculta todo lo que fue, ahora este nuevo paisaje dominándolo todo. Cuánto poder concentrado en una sola palabra, más que en los miles de palabras que pueblan sus ficciones.

El hombre que escribe novelas alza los puños hacia el cielo, maldice, patea con saña las piedras del camino, se derrumba en un silencio doloroso, y luego, acostumbrado a manipular la realidad para hacerla más tolerable o comprensible, se propone escribir un relato. En lo primero que piensa es en el antagonista. Se llamará ALIEN, y será un ser monstruoso venido de nadie sabe dónde ni por qué para dar muerte al protagonista, que tendrá por nombre ODISEO.

El hombre que escribe novelas ha decidido que Odiseo luzca con la estética de Indiana Jones ―sombrero, chupa de cuero, pistola y látigo, más el añadido de una Harley Davidson― y el físico y la actitud de Josey Wales (Clint Eastwood) en El fuera de la ley, y, al igual que Josey, dirá frases lapidarias como “morir no es una buena forma de vivir” rematándolas con un desdeñoso escupitajo al suelo; en realidad al mundo.

El hombre que escribe novelas quiere darle un toque de humor a su relato. Quizá, aunque aún no lo ha decidido porque no sabe si le conviene al tono general de su historia, sobre el hombro de Odiseo, a imitación de los piratas en los libros de aventuras, viaje un colorido papagayo al que Odiseo habrá enseñado a decir “que te jodan, Alien”, una y otra vez, “que te jodan, Alien”, para cuando este se cruce en su camino.

El hombre que escribe novelas quiere construir un personaje de acción. Así que Odiseo irá en busca de Alien, y de perseguido se convertirá en perseguidor, siempre con la mirada firme y decidida de quien contempla obsesivamente un horizonte al que llegar y no la mirada lánguida y perdida de los adoradores del Más Allá. Odiseo tendrá también a su Penélope, pero no será una Penélope que lo espere resignadamente tejiendo la distancia en la distancia, sino que lo acompañará en su lucha, a caballo de la Harley, y será una Penélope muy sensual, toda pasión, y no aturdirá a Odiseo con monsergas ni mantras espirituales recopilados de los libros de autoayuda, con visiones de luz al final del túnel y bienintencionados mensajes de fe y esperanza.

El hombre que escribe novelas, para mostrar la condición de héroe de su protagonista, además de los ataques de Alien, inventará trampas y espejismos que Odiseo y Penélope tendrán que sortear con la Harley echando humo, levantando el polvo de los desiertos, calentando el asfalto de las carreteras, en todo momento Odiseo con la imagen del malísimo Alien entre ceja y ceja, porque eso sí, aquí no habrá matices, el personaje de Alien será plano, un malo sin fisuras en su maldad, nada que invite a una mínima comprensión o compasión que debilite la fiera terquedad de Odiseo para acabar con su enemigo.

El hombre que escribe novelas y tiene cáncer, aún tiene que pensar en la trama de su relato, pero ya sabe cómo será la última escena: en un derrape mal controlado, la Harley vuelca y Odiseo y Penélope salen despedidos. Odiseo rueda hasta el borde de un acantilado, al que se agarra con las yemas de los dedos para no precipitarse al vacío; a unos metros yace Penélope, herida y sin conocimiento. Odiseo no la ve, pero si puede oír las zancadas de Alien, los martillos de sus pies golpeando la tierra, que retumba como si una manada de búfalos corriera en estampida. La rueda delantera de la Harley ha quedado girando y girando en el aire con un ruido de lamento o de quejido. Es una rueda de la fortuna que se detendrá donde tú, amable lector, decidas que se detenga, si en la muerte o en la vida.

Sirenas

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El edificio en el que entra la mujer es una construcción moderna, de grandes ventanales que inundan de luz el recinto interior con columnas rojas y pasamanos azules. Los suelos se ven tan pulidos que parecen recién lavados, y en las paredes cuelgan reproducciones de pinturas abstractas saturadas de color. Si no fuera porque es el edificio de un hospital, la mujer podría sentir, al amparo de sus paredes, que todo está bajo control y que nada malo puede ocurrirle.

Ahora la mujer está sentada en un banco del parque que hay frente al hospital. Alguien que se fijara en ella vería solo a una mujer sentada en un banco, inmóvil, ensimismada. Nada sabría del torbellino de pensamientos y emociones que la azotan, la vida zarandeándola con violencia, como nunca, brutal en su intensidad. De golpe su cuerpo ha dejado de ser el bello cuerpo que ve en el espejo por las mañanas, para ser ahora el cuerpo diseccionado en una lámina de un libro de medicina, con los órganos, músculos y huesos a la vista.  Y como en esas películas que aceleran las imágenes para comprimir el tiempo, la mujer recorre en unos minutos (ella es así) los distintos estados de ánimo con que, según los manuales, se afronta la enfermedad: negación, ira, negociación… Las lágrimas anegan su pecho junto al aire estancado en los pulmones; quieren verterse, caudalosas, convulsas, purificadoras. Y se vierten.

El peor enemigo es el que no se ve, se dice, ya más tranquila en su casa. Así que saca papel y lápiz del bolso y dibuja un monigote al que le pone ojos, nariz, boca y un largo flequillo. La boca es una línea quebrada, con un rictus entre divertido y colérico. Debajo escribe el nombre del monigote: “Cabroncete”, y le dice: “Te tienes que ir, te vas a ir”, y se lo dice sin odio, pues sabe que el odio, como la rabia y la tristeza, es terreno abonado para que él se quede; y si él se queda, es ella la que se va. Luego, asomada a la ventana, empieza a nombrar en voz alta lo que ve desde allí: árbol en otoño, niño con pelota, mujer paseando al perro, papelera, tierra, asfalto, cielo, nubes… Y no porque se esté despidiendo del mundo, sino para aferrarse a él.

En la habitación del hospital se desviste y se pone el camisón con el logotipo del Centro, y al instante su cuerpo se encoge, y empieza a caminar con lentitud, como si le doliera algo cuando nada le duele. Entiende que es esto lo que Cabroncete quiere de ella, que se doblegue y quede reducida a la condición de pobrecita enferma. Es su estrategia, pero no lo va a permitir. Se pone la bata y sale a andar por los pasillos, erguida, con la mirada al frente. Incluso se ríe cuando encuentra el plano de la sección en que se halla con la indicación de “ESTÁ USTED AQUÍ” para que sepa por dónde escapar si hay una evacuación de emergencia. “Yo no voy a huir”, le dice al plano.

El hospital llega a ser su segunda casa. A veces, la primera. La gente anima, aconseja, compadece, abraza, elude, compara, ofrece estadísticas… El cansancio es grande pero no se rinde. Ha renovado parte de su vestuario y asiste a un curso de maquillaje. Es una guerrera y esas son sus armas. Las que se ven, claro. Luego está su fortaleza, en el centro mismo de su ser, que crece día a día.

Pasan los meses y finalmente gana la batalla, y aunque hay pérdidas, ella las va a convertir en triunfos, en las señales de su fuerza, y la mirada con que ahora observa el mundo la hace más sabía, con esa clase de sabiduría donde en un punto exacto confluyen la razón y los sentimientos.

Estás maravillosa, y estupenda, y guapísima. Son cosas que le dicen. Y sabe que no es por compasión. Pero lo que ellos no saben, porque tendrían que vivirlo, es que ahora tendrá que recomponer el puzzle de su imagen corporal, las piezas desbaratadas que han perdido sus verdaderas proporciones a causa de esa mirada inquisitiva y obsesiva a que le obligaba Cabroncete, y que ella, poco a poco, irá ajustando hasta conseguir una imagen de sí misma íntegra, proporcionada y sin fisuras.

Por fin se decide a ir a la cita tanto tiempo demorada. Tiene miedo, pero no hay marcha atrás. Ya en la habitación permite que el hombre la desnude, aunque una vez desnuda, sus manos y brazos hacen el amago de ocultarse a la mirada de él. Apaga la luz. Él la enciende. Ella la apaga. Él vuelve a encenderla. Por fin cede y deja que los ojos del hombre contemplen su cuerpo. En su mirada hay deseo y ternura, y sobre todo, admiración por su valor y resistencia. Es lo que le dice mientras su mano recorre las mínimas marcas, tres líneas horizontales y en paralelo en el costado, cerca de su nuevo pecho izquierdo. “Son branquias. Me ayudan a respirar”, bromea ella. “Porque eres una sirena”, dice él, quizás un pelín cursi, y empiezan a sumergirse en un mar de aguas tibias, mecidos por el oleaje de sus cuerpos, los pulmones llenándose de vida, y cuando ella cierra los ojos, allá en el fondo donde habitan los peces abisales, ve la diminuta figura de Cabroncete: una figura que se aleja.