Preparativos

Person standing by airport window watching airplane take off

Renegando le ayudo a preparar el equipaje. SU equipaje, porque me niego a seguir participando en esta locura. Estoy harta. Cedí por amor —un amor mal entendido, ahora lo sé—, pero ya se acabó. No el amor —incomprensiblemente sigo enamorada de él—, sino el seguirle la corriente. Siempre es lo mismo, hace girar el globo terráqueo que tiene sobre su escritorio, y con los ojos cerrados deja caer un dedo sobre él. Si cae en mar u océano, vuelve a repetir la operación. Esta vez cayó en Kaatmandú. Durante semanas buscó información del lugar por Internet, consultó guías turísticas, fue a la embajada de Nepal, incorporó a su dieta lentejas con arroz, empanadillas del Himalaya y sopa tibetana, me dio la tabarra musical con una bansuri y un sarangi que no sé de dónde diablos los sacó, con una cartulina se hizo un Dhaka topi, el típico gorro, que solo se quitaba para ducharse y dormir… Y, cuando dijo sentirse “empapado de la cultura nepalí”, compró los billetes de avión (escala en Doha). Allá él si quiere malgastar su dinero. Hace ya una hora que se fue al aeropuerto con la pequeña maleta; yo me he quedado en casa, pues hasta aquí llega ahora mi colaboración, no más. Como antes lo acompañaba en esta majadería, me es fácil imaginarlo pasando el control y entrando por la puerta de embarque. Luego, desde allí, asomado a una de las grandes ventanas, verá despegar el avión e inmediatamente regresará a casa pensando ya en el próximo viaje, en el nuevo destino que, al azar, señale su dedo sobre el globo terráqueo.

Publicidad engañosa

La publicidad del hotel en la página web decía que desde algunas de sus habitaciones se podía ver la catedral de Burgos. Elegimos una en la planta más alta para tener mayor visibilidad. Y sí, resultó que desde la ventana de nuestra habitación se veía la catedral de Burgos, pero solo dos de sus agujas asomando por encima de unos modernos edificios. “¡Vaya timo, qué morro!”, dijo Lola. Luego, a las tantas de la madrugada, cuando ya estábamos durmiendo, nos despertó un gran estruendo dentro de la misma habitación. Se había caído uno de los dos cuadros que colgaban de la pared, enfrente de la cama, una reproducción de La persistencia de la memoria de Dalí. Lo encontramos en el suelo, descuajeringado el marco y el cristal hecho añicos.

Cuando por la mañana fuimos a recepción para pagar el alojamiento, informamos de lo que nos había sucedido a los dos empleados que atendían detrás del mostrador, y tuvimos que convencerles de que las alcayatas que sujetaban el cuadro, debido a la holgura de los agujeros que las contenían, se habían movido las dos en el mismo sentido, escupiendo el cuadro, y que fueran a comprobarlo, ya que ellos insistían en cobrarnos un plus, no por la rotura del cuadro, sino por ofrecernos el hotel una experiencia de fenómeno paranormal.