El otro Robinson

Isla

Robinson tenía la facultad de elegir a voluntad el contenido de sus sueños. Antes de dormir programaba exóticos viajes rodeado de bellas mujeres. Se resarcía así de su aburrido trabajo en la oficina, sobre todo de la imperiosa y estridente voz de su jefe. Por las mañanas, su viejo gato Morfeo le despertaba con lametones de cachorro en su cara iluminada de felicidad.

Pero una noche algo se trastocó y Robinson se soñó agarrado a un flotador a la deriva por un furioso mar mientras la proa del barco en que viajara apuntaba agónicamente al cielo. Estuvo braceando durante horas y horas, al menos eso le pareció en el sueño, hasta que unos lengüetazos enérgicos le liberaron de la pesadilla.

Es lo que pensaba, pero al abrir los ojos se encontró tumbado sobre la arena de una playa donde un tigre le miraba amenazador. A su lado, sujetando la correa que gobernaba al animal, pudo reconocer, aun famélico y con barba de años, a su jefe susurrándole con demente sonrisa:  “Bienvenido a mi isla, queridísimo Robinson”

Pesadillas

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Seguramente conoces el célebre microrrelato “El dinosaurio”, de Monterroso, que dice así: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.

Viene a cuento porque hoy he tenido un sueño: de la cabeza de un tipo con cara de malvado de dibujos animados salía una rata pelirroja con ojos incendiarios (la bandera de Estados Unidos ardía en sus pupilas). Luego la rata hocicaba en la cabeza-madriguera y por la boca del tipo salía un vómito de mierda. Sus conciudadanos, entusiasmados ante tamaño espectáculo, la elegían presidenta.

Cuando desperté, la rata todavía estaba allí.