La otra vida

Fue en uno de sus paseos matutinos en busca de inspiración cuando Baldinni, el famoso escultor, tuvo su idea más peregrina. Ocurrió cuando desde una de las casas que flanqueaban el camino le llegó la frase de una melodía que entró en su cerebro dejando un eco difícil de apagar. “No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”, decía la canción.

Baldinni siguió andando pero ya no pudo quitarse de la cabeza ese soniquete. “Añorar lo que nunca jamás sucedió”, se iba repitiendo hasta que de pronto supo cuál sería su siguiente obra: el vacío, que no había que confundir con la nada, porque sería un vacío cargado de energía y, por tanto, de posibilidades. Un cuadrado de dos metros de lado dibujado en el suelo, con el perímetro pintado de blanco, señalaría el lugar donde se hallaría el estimulante espacio. Y un rótulo: LA OTRA VIDA.

En opinión de Baldinni, aquella escultura inmaterial —una no escultura— sería la más democrática jamás creada, pues el artista no ofrecía una determinada visión del mundo, la suya, sino que cada espectador proyectaría en aquel concentrado vacío todos sus sueños y anhelos, sus deseos más ocultos. Esa era la arriesgada consigna que Baldinni iba a proponer. Arriesgada porque sabía del sufrimiento que podría generar enfrentarse a los sueños incumplidos. Pero confiaba en el poder regenerador de la experiencia, sanador. Además, ¿no era misión del arte despertar emociones, agitar las almas, remover las conciencias, y no el simple goce estético?

Semanas antes de la inauguración, todo el mundillo artístico ya conocía los planes de Baldinni. Y se alzaron voces muy críticas que calificaban de patochada la iniciativa, de tomadura de pelo, realmente un timo para llenar ese otro vacío que era la cuenta bancaria del escultor en sus años de declive. Y se escribieron sesudos artículos que hablaban de la decadencia del arte y de los valores de la civilización. Aunque la mayoría confiaba en que las mentes no contaminadas por la basura conceptual vieran la verdad: “la desnudez del emperador”.

Se equivocaron. Lo racional sucumbió ante lo emocional y la inauguración fue un éxito. Y en los días siguientes se formaron colas interminables para entrar en el recinto donde se “exhibía” la obra de Baldinni. Yo estuve en una de esas colas, esperando más de tres horas para asomarme al vacío y llenarlo de lo que nunca jamás me sucedió, de mi vida imaginada, aquella que no pudo ser o no tuve el valor de vivir: la biografía de lo no vivido.

Insomnio

Maldita la hora en que compré el libro. Pero ¡cómo no comprarlo! Estaba en la mesa de novedades de la librería, el título parecía hablarme a mí: “Insomnio”, y el sujeto que se veía en la portada, una figura en sombra recortada contra la claridad del atardecer, tenía un perfil que me recordaba al mío. Agradecí que no fuera un libro de autoayuda, sino una novela, un thriller concretamente. Según la sinopsis de la contraportada, el ex inspector de policía Tomás Abad trabajaba en la actualidad como guarda de seguridad del cementerio de la Almudena, atormentado por el insomnio y por los fantasmas del pasado, de cuando lo expulsaron de la policía por la terrible decisión que tomó al investigar el caso de un asesino en serie.

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Invisibles

Cuando mamá nos dejó, me busqué un amigo invisible. Mi padre dijo que eso no era sano y que tendría que llevarme al psicólogo. Yo protesté, pues no entendía por qué todos los amigos tenían que ser visibles, si los invisibles eran muy útiles y te los podías llevar a cualquier sitio. Y así estaban las cosas cuando un día mi padre se puso a colgar un cuadro, y al ir a golpear el clavo se atizó en un dedo. Lanzó un aullido de dolor y empezó a retorcerse. Luego gritó: “¡Serás gilipollas!”. Mientras se chupaba el dedo le pregunté con quién hablas, a quién llamas gilipollas. Me respondió que era una forma de hablar, que se lo decía a sí mismo. No consiguió engañarme, y desde ese día espié sus movimientos. Al final descubrí lo que ya sospechaba: que mi padre tenía un enemigo invisible.

En busca de los olores perdidos

De repente, un día de primavera, el señor K pierde el olfato. Es el mismo día —casualidades de la vida— en que pierde la cartera, o se la birlan. Y no es que el señor K sea como Marcel Proust, a quien le dabas un mínimo estímulo, un olor, un sabor, incluso una insignificante magdalena asomada al precipicio de la taza de té, y te escribía un libro de infinitas páginas con esa prosa suya tan laberínticamente poética, tan extenuante su lectura que llega a provocar los síntomas de la asfixia en el esforzado y paciente lector. No, el señor K no tiene ni la imaginativa memoria ni el talento de Marcel, pero también tiene su corazoncito, y la pérdida del olfato supone para él una merma importante en su personal mapa emocional, pues cuando intenta recorrer los caminos por donde los olores transitan, esos caminos donde con solo aspirar el aire se despiertan las emociones, o se vincula el presente con el pasado en un viaje ensartado de añoranzas, el señor K, digo, se encuentra con muros imposibles de salvar y queda desorientado en medio de un mundo inodoro, con la nariz inútil, y el paisaje primaveral en todo su colorido de cerezos en flor, de lavandas, de lilos, de romeros, de salvias…, pero sin sus olores, le parece de una belleza amputada, muda.

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En la sombra

Ya en el estrado, el famoso escritor ha estado esperando a que cesaran los aplausos para comenzar la lectura de su discurso. Ahora, concentrado en la tarea, va modulando su voz grave, cuidadoso con el ritmo, sus ojos yendo desde el público a las hojas y de las hojas al público, que escucha embelesado las palabras inteligentes y emotivas del nuevo Nobel de Literatura. Hasta que de pronto el escritor se queda mirando hacia un punto del auditorio al final del patio de butacas. “Se ha emocionado”, susurran algunos de los presentes al ver la turbación en su mirada. Pero se equivocan: allí, entre el público, el escritor vio levantarse a la mujer que ahora camina hacia el estrado con la determinación de quien por fin ha decidido salir del anonimato, la mujer que le ha escrito todos y cada uno de sus libros, incluso el discurso que en este momento le tiembla entre las manos.

El contrato

No es una tarde parda y fría de invierno, ni golpea monótona la lluvia en los cristales, es el ocho de marzo de mil novecientos veinticuatro y un almendro en flor se inclina sobre la ventana de la clase donde Julia les está hablando a sus colegiales, como si también él quisiera escuchar lo que la maestra dice, porque hoy les habla de las mujeres en la Historia, de la necesaria igualdad de derechos del hombre y la mujer, del valor y fortaleza de ellas, de las dificultades que encuentran para ser independientes, de la importancia del voto femenino. No con estas palabras, claro, sino con un lenguaje que los niños puedan entender, o mejor, sentir. Y como nunca nadie les habló así, se remueven excitados en sus asientos porque intuyen que la maestra ha entrado en un territorio prohibido, y que si esas palabras llegaran a sus casas, las paredes retumbarían. Las niñas, a ratos y en silencio, con los labios en un mohín de reproche y el gesto orgulloso, se vuelven hacia los niños pidiéndoles justicia para ellas.

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Manos

Estaban los pobres, que no solo pedían limosna en las puertas de las iglesias, también lo hacían por las casas. Pero solo uno de ellos persiste en mi memoria. Le llamábamos Pelotari, porque circulaba el rumor de que en sus años mozos había sido jugador de pelota vasca. Aunque yo siempre creí que era por sus manos enormes. Pensaba que a los pobres les crecían las manos de tanto pedir, y Pelotari era el que más y mejor pedía. A los pobres, las madres —que eran quienes abrían las puertas de las casas— les daban pan duro para que hicieran sopas con agua —¡extraña caridad cristiana!—, ese mismo pan que ellas besaban si se caía al suelo, porque el pan era bendito, ya fuese del mismo día o del mes pasado. Igual que las mariquitas, que eran animalitos del Señor, mientras que las cucarachas o los piojos eran unos asquerosos bichos del Diablo (algún día habrá que escribir sobre esta discriminación que ejercemos sobre el mundo animal).

Y siempre que recuerdo a Pelotari, ensartado en el mismo hilo de la memoria viene don Miguel, el cura, y no solo por la vocación pedigüeña de ambos, o porque coincidieran en la puerta de la iglesia. Los curas y las monjas formaban entonces parte del paisaje cotidiano, como las cabinas de teléfono, o los piperos y las piperas (los más jóvenes no los confundáis con las peperas y los peperos actuales). Y cuando aparecía don Miguel por el horizonte, interrumpíamos nuestros juegos para, corriendo, ir a jugar a ese otro juego de besarle la mano. Él ofrecía su proverbial mano fofa y nosotros depositábamos nuestras babas, aunque nos rogara una y otra vez “el beso al aire, al aire”. Pero eso fue durante un tiempo, hasta que después de atemorizarnos con el fuego del infierno, empezó a someternos, ya en la confesión, a un interrogatorio tan escabroso que nos dejaba con la sensación de que teníamos muchos más pecados de los que realmente confesábamos; hasta que sus manos, blancas y lechosas, quisieron ser tan largas como las de Pelotari.

«Decir» y «Mostrar»

En los manuales y talleres de narrativa nos dicen que en nuestros relatos debemos “mostrar” la historia que queremos contar, y no “decirla”. Así, por ejemplo, si escribimos “Fulanito es generoso”, al ponerle al personaje ese adjetivo-etiqueta, estamos “diciendo” un rasgo del personaje, y le damos al lector el trabajo hecho. Es mejor que sea el lector quien decida si Fulanito es o no generoso. Y eso se consigue “mostrando” al personaje a través de sus acciones y reacciones (su mundo externo) y pensamientos y sentimientos (mundo interno). Si escribimos “la casa es impresionante”, es tanto como no decir nada, mejor que describamos la casa y, de nuevo, ya decidirá el lector si le parece impresionante y en qué sentido. Por supuesto, esto no se debe llevar a rajatabla. Quizá nos interese decir que el personaje es un “cabrón con pintas”, y queremos dejarlo claro y no andarnos con demostraciones, pues lo «decimos». Por otra parte, no podemos estar todo el rato mostrando, sobre todo en una novela, sería muy tedioso. Una de las tareas del escritor es elegir qué “mostrar” y qué “decir”, sin olvidar que lo esencial en la ficción es el MOSTRAR, sobre todo aquello que es importante en la historia, pues es así como se consigue que el lector se involucre en el relato, no solo intelectualmente, sino emocionalmente, con los cinco sentidos. E incluso a la hora de “mostrar” debemos elegir qué aspectos vamos a destacar. No es necesario que describamos la “casa impresionante” con todo lujo de detalles y que el resultado se parezca a una ficha de una inmobiliaria, sino que bastará con unas pinceladas bien elegidas, eficaces a la hora de construir la imagen que deseamos que se reproduzca en la mente del lector.

Lee este fragmento, por favor:

A la madre, nada de lo que hacía la hija le parecía bien. Se diría que la odiaba; que hasta deseaba su muerte.

Ahora lee este microrrelato de la escritora Lydia Davis, titulado: ”La madre”.

La chica escribió un cuento. ”Sería mucho mejor si escribieras una novela”, dijo su madre. La chica construyó una casa de muñecas. “Sería mucho mejor si fuera una casa de verdad”, dijo la madre. La chica hizo un cojín para su padre. “¿No hubiera sido más útil un edredón?”, dijo la madre. La chica excavó un pequeño hoyo en el jardín. “Sería mucho mejor si excavaras uno grande”, dijo la madre. La chica excavó un gran hoyo y, dentro, se echó a dormir. “Sería mucho mejor si te durmieras para siempre”, dijo la madre.

En el primer texto se DICE cómo son los sentimientos de una madre hacia su hija, pero la información nos llega de una forma fría, distante, porque por muy tremendos que sean los conceptos de ODIO y MUERTE que en el texto aparecen, no dejan de ser abstracciones. En el segundo texto, se MUESTRA esa relación a través de las respuestas concretas de la madre a cada acción concreta de la hija. Y ese martilleo de reproche continuo de la madre se remata con “Sería mucho mejor si te durmieras para siempre”. En ningún momento se nos habla explícitamente del odio o de la muerte, pero, al MOSTRARNOS la relación, se logra una mayor implicación emocional del lector. ¿No te parece?

Cuentecito del niñito y la hormiguita

La hormiga se ve perdida, lejos de la fila que forman sus compañeras en su viaje al hormiguero. De rodillas en el suelo, un niño la observa. Entre las hormigas, el niño es famoso por su crueldad: las pisotea, destroza los hormigueros con un palito, orina sobre ellos… Es lo que cuentan las que logran sobrevivir. La hormiga junta sus patitas delanteras e implora al dios de las hormigas. Es una oración que solo ella conoce. Entonces el niño, milagrosamente, desciende con su dedo-nave y emitiendo un ruido que recuerda al de los helicópteros, tuc tuc tuc, la rescata y, antes de marcharse, la devuelve al camino que la llevará a casa, con los suyos.

Cuando la hormiga despierta, el niño está allí.

Don Siro y el número PI

Se llamaba don Siro e iba a sustituir a don Vicente, de baja por enfermedad durante todo el curso. Es lo que nos dijo el director al presentarlo aquel primer día de clase. Era un hombrecillo en apariencia taciturno dentro de un traje gris que le quedaba grande. Su pelo era escaso y débil, y usaba unas gafas de pasta negra enormes para su pequeño rostro. Nos saludó con un hilo de voz y un apenas perceptible vaivén de su mano derecha, que, pegada a la pierna, se elevó unos centímetros como si un hilo tirara de ella para rápidamente dejarla caer. En resumen, a don Siro, nos lo podíamos merendar. Era la víctima propicia para unos adolescentes (todos chicos) que, si nos aburríamos, dejábamos salir nuestros instintos depredadores.

Ya sin el director, don Siro empezó a hablarnos del programa de la asignatura y de la metodología que íbamos a seguir en sus clases. Nosotros, liderados por Francisco Palomares, el repetidor, el eterno castigado, arrinconado por la resignación de los profesores que le daban por imposible, nos estábamos comportando francamente mal porque queríamos medir la fuerza de nuestro adversario. Pero don Siro en ningún momento nos llamó la atención, ni nos amenazó con castigarnos, o con ponernos un cero directamente. Aguantando el chaparrón de la indisciplina, siguió con su discurso sin alzar la voz y con una sonrisa bobalicona que se le había instalado en la cara. Ahora sé que nos estaba observando, que nos dejaba hacer libremente para tener una ficha mental de cada uno de nosotros, y que aquella sonrisa que a nosotros nos parecía boba se debía a la seguridad, al convencimiento de que él iba a ganar, a ganarnos.

Si don Siro hubiera sido profesor de Filosofía, o de Literatura, o de Historia, asignaturas que se prestan al relato humano, a la confidencia e incluso al chisme, podríamos haberle tocado las narices con preguntas tontas del tipo: «¿Es verdad que Catalina la Grande tenía relaciones sexuales con sus caballos?” —la sexualidad era un alumno más entre nosotros, obsesivo habitante de todos los pupitres—. O hurgando en sus creencias e ideología: “¿Cree usted en Dios? ¿Qué opina de Franco?”. Pero don Siro era profesor de Matemáticas, esa asignatura para mí entonces tan fría, pura abstracción, cuyo objeto no existe fuera de la cabeza de quienes la piensan, ni siquiera visible al microscopio, y que como amenazante Ciencia Exacta ofrecía tan pocas posibilidades de sacar petróleo de esas extenuantes discusiones que los alumnos manteníamos con los profesores para llegar al aprobado o a una subida de la nota porque “Eso de que pobre barquilla mía entre peñascos rota es una metáfora del alma que utiliza el poeta, lo será para usted. A mí me parece un simple naufragio. Quíteme el negativo”.

Con esto quiero decir que nuestra técnica de ataque para abatir a nuestra presa en una asignatura como las matemáticas tendría que ser muy rudimentaria, nada sutil: seguir armando follón. Pero no tuvimos oportunidad porque, una vez terminada la pesada introducción, don Siro se quitó la chaqueta, se remangó la camisa y, tiza en mano, se subió de una zancada a la tarima a la vez que con un movimiento circular, como quien inicia un ataque en una competición de esgrima, dibujó en la pizarra una circunferencia perfecta, tan perfecta que parecía que entre el eje de su cuerpo y la mano ocultaba un compás.

—¿Qué es esto?”—preguntó.

Nos quedamos bruscamente en silencio, sorprendidos por tan repentino cambio de actitud, y porque uno nunca se podía fiar de las preguntas de los profesores, los muy cabrones, que siempre escondían alguna trampa, por muy evidentes que parecieran las respuestas.

—Una circunferencia —dijimos algunos.

—Un círculo —dijeron otros.

—Una pizarra —gritó un graciosillo.

—¿Y no os parece una maravilla que podamos hallar su longitud y su área conociendo el radio? —continuó don Siro, en éxtasis— ¿No os emociona el hallazgo del número PI? ¿No os conmueve la estructura numérica del mundo?

Con esta pasión siguió hablando don Siro, que ya no era un hombrecillo sino un titán, y por un instante me quedé embobado mirando la pizarra, repitiéndome “dos pi erre, dos pi erre…” como si fuera la primera vez en mi vida que veía una circunferencia.

Lo consiguió: con el discurrir de las clases nos fue ganando a todos. Solo Francisco Palomares se resistía al entusiasmo general, no tanto por convicción como por la inercia de atenerse al papel de rebelde y bufón que entre todos, incluido él mismo, le habíamos asignado. Hasta que un día, aprovechando que don Siro había salido de la clase por un momento, dibujó en la pizarra la figura de un enorme pene erecto a cuarenta y cinco grados de unos ejes de coordenadas, y justo en el momento en que remataba la erección, entró don Siro en la clase. Con paso tranquilo y sonriendo se acercó a Palomares, le cogió amistosamente por los hombros y mirándole a los ojos, de abajo arriba, pues Palomares le sacaba dos cabezas, le dijo:

—Paco, aunque un poco fanfarrón —don Siro señaló el dibujo en la pizarra—, no tengo duda de que eres un buen chaval, de gran corazón, y tampoco tengo duda de que todos podremos conocer tu verdadera inteligencia si te esfuerzas —y luego, enemigo de sermones y solemnidades, añadió—: Y si te decides a ser matemático, hasta podrás calcular la integral de tu pene.

Todos nos reímos, pero no era una risa estrepitosa, de burla, sino sosegada, de complicidad. Y a partir de ese instante empezó la transformación de Palomares, que luego pasaría raspando de curso pero con un sobresaliente en matemáticas. Y aún hoy, cuando han pasado ya muchos años, recuerdo con gran cariño a don Siro y sus clases, y me sigue admirando el fabuloso número PI, porque en los momentos en que las circunferencias de nuestras pupilas se dilatan por la emoción, él sigue ahí, constante, irracional, infinito.