En la sombra

Ya en el estrado, el famoso escritor ha estado esperando a que cesaran los aplausos para comenzar la lectura de su discurso. Ahora, concentrado en la tarea, va modulando su voz grave, cuidadoso con el ritmo, sus ojos yendo desde el público a las hojas y de las hojas al público, que escucha embelesado las palabras inteligentes y emotivas del nuevo Nobel de Literatura. Hasta que de pronto el escritor se queda mirando hacia un punto del auditorio al final del patio de butacas. “Se ha emocionado”, susurran algunos de los presentes al ver la turbación en su mirada. Pero se equivocan: allí, entre el público, el escritor vio levantarse a la mujer que ahora camina hacia el estrado con la determinación de quien por fin ha decidido salir del anonimato, la mujer que le ha escrito todos y cada uno de sus libros, incluso el discurso que en este momento le tiembla entre las manos.

El contrato

No es una tarde parda y fría de invierno, ni golpea monótona la lluvia en los cristales, es el ocho de marzo de mil novecientos veinticuatro y un almendro en flor se inclina sobre la ventana de la clase donde Julia les está hablando a sus colegiales, como si también él quisiera escuchar lo que la maestra dice, porque hoy les habla de las mujeres en la Historia, de la necesaria igualdad de derechos del hombre y la mujer, del valor y fortaleza de ellas, de las dificultades que encuentran para ser independientes, de la importancia del voto femenino. No con estas palabras, claro, sino con un lenguaje que los niños puedan entender, o mejor, sentir. Y como nunca nadie les habló así, se remueven excitados en sus asientos porque intuyen que la maestra ha entrado en un territorio prohibido, y que si esas palabras llegaran a sus casas, las paredes retumbarían. Las niñas, a ratos y en silencio, con los labios en un mohín de reproche y el gesto orgulloso, se vuelven hacia los niños pidiéndoles justicia para ellas.

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