El contrato

No es una tarde parda y fría de invierno, ni golpea monótona la lluvia en los cristales, es el ocho de marzo de mil novecientos veinticuatro y un almendro en flor se inclina sobre la ventana de la clase donde Julia les está hablando a sus colegiales, como si también él quisiera escuchar lo que la maestra dice, porque hoy les habla de las mujeres en la Historia, de la necesaria igualdad de derechos del hombre y la mujer, del valor y fortaleza de ellas, de las dificultades que encuentran para ser independientes, de la importancia del voto femenino. No con estas palabras, claro, sino con un lenguaje que los niños puedan entender, o mejor, sentir. Y como nunca nadie les habló así, se remueven excitados en sus asientos porque intuyen que la maestra ha entrado en un territorio prohibido, y que si esas palabras llegaran a sus casas, las paredes retumbarían. Las niñas, a ratos y en silencio, con los labios en un mohín de reproche y el gesto orgulloso, se vuelven hacia los niños pidiéndoles justicia para ellas.

Pero mientras Julia habla, un regusto amargo va contaminando sus palabras, por el contraste entre lo que predica y la realidad, por la vida estrecha que les espera a sus alumnas. Y eso es lo que contarán los colegiales: que la maestra parecía enfadada, no con ellos, que con ellos era siempre cariñosa, sino con los objetos, con los libros que guardaba en su cartera, con la pizarra, con el suelo que pisaba, con la puerta de la clase… Y también las personas que se cruzan con Julia al salir de la escuela confirmarán el gesto hosco, los pasos como de sonámbula, la mirada perdida en algún punto que solo ella parecía divisar.

Cuando entra en casa, Julia va directamente al cajón donde guarda el contrato que firmó cuando llegó al pueblo, una semana antes de empezar el curso. Lo fija en la pared con una chincheta, como si fuera una proclama, un bando de la autoridad con las indignantes normas de conducta: “En casa de 20.00 a 06.00. No fumar cigarrillos. No andar en compañía de hombres. No beber cerveza, ni vino ni whisky. No vestir ropa de colores brillantes. No pasearse por las heladerías. No teñirse el pelo. No usar maquillaje. No usar vestidos de más de quince centímetros por encima de los tobillos…”.

Todo es un insulto, pero “no pasearse por la heladerías”…, si no fuera dramático, Julia se partiría de la risa. Se imagina a los machos arrogantes de mentes calenturientas que redactaron la norma, los pobres, obligados a tan extravagante precepto para no caer en la provocación de las bocas y lenguas lujuriosas de las maestras paladeando el inocente y tímido helado. No lo puede soportar, la indignación ha ido trepando por su pecho con la lectura de ese panfleto encubierto, y siente que se asfixia, y que sus pulmones van estallar si no hace algo.

Y lo hace.

ooo

Ahora Julia deambula por la casa, esperando a que sea la hora. De vez en cuando se mira en el espejo grande del recibidor, y a excepción del estropajoso rubio del pelo —solo disponía de agua oxigenada—, todo le parece perfecto: las sombras de rímel; el rojo de los labios a juego con la blusa; la falda negra, entallada, un centímetro por debajo de las rodillas; las medias de seda; los zapatos negros de tacón. Y justo cuando las campanas de la iglesia acaban de dar las ocho de la tarde, Julia sale a la calle.

En el pueblo hay dos bares, uno en la plaza, el otro en las afueras. Con pasos decididos toma el camino que conduce a la plaza. Cuanta más gente mejor. Las personas con quienes se encuentra se la quedan mirando o se giran sin ningún pudor. Las mujeres son las más descaradas. Los hombres se advierten de su presencia unos a otros con movimientos de cabeza y elevación de cejas, o a codazos si están juntos, y la mirada turbia. No todos la reconocen, ni siquiera cuando Julia pasa por su lado. Un grupo de niños sí, y gritan “¡es la maestra, es la maestra!”, y empiezan a seguirla. Algunos adultos se unen a la persecución y al rato Julia es escoltada por una peculiar comitiva, y puede oír, entreveradas con el golpeteo de los tacones en el empedrado, algunas palabras sueltas: “Se ha vuelto loca… Una furcia… Qué vergüenza… A dónde irá”.

Y así caminan un buen trecho hasta que llegan al bar y Julia se detiene en la puerta. Una cortina de chapas machacadas la separan del interior. La pena, piensa, es que en este apartado pueblo no haya una heladería, ¡le gustaría tanto dejar un rastro de carmín en la bola del helado! Qué se le va a hacer, toma aire, descorre la cortina y entra.

El tipo que se encuentra detrás de la barra y que en ese momento está secando un vaso, al ver a Julia se queda con el gesto congelado y la cara de haber visto un prodigio de carácter sobrenatural. Los parroquianos, que no iban a ser menos, quedan también como posando para una foto: la ficha del dominó en el aire, el canto de las cuarenta retenido en la garganta, la copa al borde de los labios… Julia camina lentamente hacia la barra, forzando el ruido de los tacones —algunas cabezas asoman ya por la puerta del bar— y cuando tiene al tipo frente a frente, sosteniéndole la perpleja mirada, le dice con voz firme:

—Un whisky, por favor. Doble.

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