El desvarío de una noche de verano

Una vez más estoy en la cama dando vueltas en la madrugada, sin poder dormir.  En mi cerebro hay un tipo pequeño pero con mucho poder. Me impone ocurrencias, ideas disparatadas. Me gobierna. Le he puesto un nombre para dirigirme a él en un intento por controlarlo. Le llamo Monchito, no me preguntes por qué, lo ignoro; sé que también es idea suya, pero me deja creer que soy yo quien decide. Acabo de recordar un chiste —también propuesta suya, no lo dudo— en el que un hombre va paseando por un mercado donde venden pájaros cuando se encuentra con uno que le llama la atención. Como el dependiente está ocupado atendiendo a un cliente, el hombre le pregunta qué clase de pájaro es a una mujer que también se ha parado delante del puesto. Lo ignoro, dice la mujer. Ah, pues es muy bonito el loignorito, responde él. ¿Ves lo que Monchito hace conmigo? Me confunde, me somete a extravagantes asociaciones. Y al rato, sin darme tregua, ya me está imponiendo una de esas absurdas elucubraciones que me alejan del sueño para  hundirme más en el insomnio, pero a la que no me puedo resistir: ¿soy un poeta si me pregunto “¿adónde van los besos que no damos?”, pero ¿soy un tontolaba si digo “¿adónde van los pelos que se nos caen”? Las cinco de la madrugada y me sale con esta basura. Me rebelo, pienso en una playa paradisíaca a la vez que inicio los ejercicios de respiración para relajarme: inspiración, cuatro segundos; retención, siete segundos; exhalación, ocho segundos, pero Monchito es obstinado, me tira de los párpados, se sienta sobre mi pecho, y todo eso sin abandonar el cubículo que ha levantado en mi cerebro obstruyendo las vías que conducen al sueño. Es un okupa, el Monchito, con gran capacidad para la seducción. “Busca, busca en la basura, a veces se encuentran tesoros”, me susurra. Y yo no puedo hacer otra cosa que buscar en la basura, escarbar. Confronto las palabras. “Besos” tiene más prestigio que “Pelos”. Pronunciemos las dos lentamente, beeesooos, peeelooos. ¿Lo ves? La expresión de tu cara, el tono emocional, las evocaciones son muy distintas. Gana besos. Pero como las palabras interpretan la realidad, sustituye “pelos” por “cabellos”. ¿Qué ha ocurrido? Que los pelos se han vestido de gala. “¡Vaya pelos que tengo!, nos decimos cuando no nos gusta como luce nuestra cabeza, o pelajos si queremos degradarlos aún más. En cambio “¡Vaya cabello que tengo!” lo decimos cuando, después de una maravillosa metamorfosis, vamos a encontrarnos con el príncipe que ha de devolvernos el zapatito que dejamos olvidado en palacio. Pero, cuidado, no es lo mismo cabello que cabellera. Si pronuncias cabellera es probable que sientas en tu cuello el aliento de un indio comanche con cuchillo en ristre. Y mejor no hablar de la horrible expresión “cuero cabelludo”. ¿Ves cómo la realidad es interpretable?… Por favor, Monchito, duérmete y déjame dormir…, me retuerzo, suplico, nada, Monchito, sigue jugando conmigo y de pronto se me ocurre, se le ocurre, que cuando los pelos se unen solidariamente obstruyen las cañerías y pueden provocar inundaciones. Aunque no hay que despreciar, me digo, me dice, el potencial de un solo pelo. Ahí está el famoso pelo en la sopa. Él solito, el pobre, la reacción de asco que provoca… A los pelos los lavamos, les ponemos lazos, los esculpimos, los abrillantamos, los teñimos, los guardamos en relicarios… En fin, los mimamos, pero ¿cómo se miman los besos, que se desvanecen? ¿Con el recuerdo?… Los pelos se venden y se hacen pelucas o injertos que llevan otros… Sí, Monchito, sí, está el pelo de Sansón, símbolo de la fuerza, pero no me seas plasta, no quiero pensar en Sansón… Y ese pelo que te llega volando y se prende en tu camisa, ¿de quién será?, y con el índice y el pulgar de tu mano displicente lo dejas caer, aunque a veces se resiste a marcharse como un huérfano necesitado de cariño… No fastidies, Monchito, no me hagas decir cursiladas… También hay besos voladores que te lanzan al vacío, quizás antes depositados en la mano ajena para recibir el soplo que los llevará hasta ti. O “Besos robados”, que te endiñan sin tu consentimiento. Y besos traicioneros, de Judas; besos que despiertan a bellas durmientes importunándolas en lo mejor de su siesta; besos manipuladores que acallan el croar de los sapos alejándolos de la tranquilidad de su charca; besos que se dieron o no se dieron y ahora son cicatrices invisibles que a rachas duelen como heridas de guerra… Ufff, te lo ruego, Monchito, acaba con este batiburrillo, con este caos que no sé adónde nos lleva, la hora del despertador se va aproximando, su odioso timbre, y necesito dormir, quizá entonces, una vez que haya descansado, pueda escribir un relato coherente y no este sinsentido. Además, no insistas, ya no tiene gracia, he descubierto tu juego: lanzas el anzuelo de los besos para llevarme por los pelos, ahora que, Monchito Cabrón, sabes que he empezado a quedarme calvo.

Insomnio (I)

El señor K debería irse a la cama a dormir. Tiene que levantarse temprano. Pero es en el sofá, ya en pijama y frente al televisor, donde se encuentra ahora, en ese estado de duermevela que le mantiene en la incierta frontera entre el sueño ligero y la vigilia, en un ir y venir del uno a la otra y de la otra al uno, hasta que finalmente se queda traspuesto.

Cuando el señor K se despierta, paladeando las hebras del sueño que parecen habérsele prendido en la boca, aún con los ojos cerrados, pues no los quiere abrir para no espabilarse del todo, no sabe cuánto tiempo ha pasado, pero debe de ser más de lo que le parece. Ya terminó la película que estaba viendo y ahora oye las voces de la pareja que presenta teletienda. Y suerte que es un colchón lo que están anunciando, como si fuera una invitación a que se vaya de una vez a la cama, y no una bicicleta estática: el señor K es muy sugestionable y se habría puesto a pedalear mentalmente y a saber en qué ignotos parajes habría terminado, cuántos kilómetros habría recorrido.

Ya despierto, una y otra vez el señor K se da a sí mismo la orden de levantarse del sofá, pero su cuerpo no obedece, no obedece, no obedece… Cuando después de varios intentos lo consigue, el nuevo reto es ir hasta la cama sin desvelarse. De lo contrario sabe que estará despierto toda la noche. El plan es caminar con los ojos entornados: ni cerrados, para no darse un leñazo por el camino, ni abiertos del todo, para que su cerebro no reciba la orden de “estás completamente despierto”. Por la misma razón tendrá que ajustar la velocidad. No deberá caminar ni tan despacio que le dé tiempo a espabilarse, ni tan deprisa que active su organismo y lo espabile. El mismo resultado por dos caminos distintos.

Así que ahí tenemos al señor K: apaga la televisión con el mando a distancia, dejando el salón y el resto de la casa con la sola luz que llega de la calle, y luego inicia el recorrido que le llevará al dormitorio, palpando mesas, puertas, paredes…, ni despacio ni deprisa, y todo el tiempo con los ojos achinados, hasta que llega al borde de la cama, se quita las zapatillas y se deja caer lentamente sobre ella. Luego, tras simular un bostezo con el que pretende invocar al sueño, se cubre con la manta hasta la barbilla e intenta dejar la mente en blanco, con los ojos definitivamente cerrados, y así permanece durante unos segundos, hasta que los abre bruscamente, como impulsados por un oculto resorte sobre el que no tiene control, igual que hacen los ojos de esos muñecos diabólicos cuando cobran vida en una película de terror.

Insomnio

Maldita la hora en que compré el libro. Pero ¡cómo no comprarlo! Estaba en la mesa de novedades de la librería, el título parecía hablarme a mí: “Insomnio”, y el sujeto que se veía en la portada, una figura en sombra recortada contra la claridad del atardecer, tenía un perfil que me recordaba al mío. Agradecí que no fuera un libro de autoayuda, sino una novela, un thriller concretamente. Según la sinopsis de la contraportada, el ex inspector de policía Tomás Abad trabajaba en la actualidad como guarda de seguridad del cementerio de la Almudena, atormentado por el insomnio y por los fantasmas del pasado, de cuando lo expulsaron de la policía por la terrible decisión que tomó al investigar el caso de un asesino en serie.

Sigue leyendo →