Agnus Dei qui tollis peccata mundi

En la Catedral de Burgos

Al beato le dolían los riñones. Eran la otra parte más sufrida de su anatomía, por el trajín nocturno que se traía su cuerpo en lujuriosa sintonía con el de sor Pasión, monja del convento aledaño, y por las vehementes genuflexiones que provocaban sus remordimientos matutinos. Y llegó a ser tal el agotamiento físico y mental, que decidió confesarse con su abad. Le habló de la turbadora fisonomía de sor Pasión, que el holgado y austero hábito no solo no conseguía ocultar, sino que la realzaba por el contraste entre la fealdad de la vestimenta y lo que él primero intuyó y luego conoció debajo de ella. “Ego te absolvo”, dijo el abad tras escucharlo con lasciva atención. “¿Y la penitencia?”, preguntó el beato. Y el abad, con la boca hecha agua, dictó penitencia: “Esta noche, la sor y tú vendréis a mi celda e invocaremos a la Santísima Trinidad”.

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