Katiuskas

En este tiempo de lluvias irregulares y de sequía, he recordado las botas Katiuskas de mi infancia. No eran las prodigiosas botas de siete leguas de los cuentos infantiles que leíamos, aquellas que nos permitían la hazaña de recorrer grandes distancias con la imaginación, veloces, incansables, junto al protagonista, sino las botas menos fantásticas pero reales que nos calzábamos en tiempos de lluvia abundante. Nos las poníamos no por los charcos, sino para los charcos, pues esa era la filosofía: meterse en los charcos y chapotear, no evitarlos. ¡Qué maravilloso juego, qué alegría con tan poco cosa! A veces ocurría que el charco ocultaba insospechadas profundidades y las botas se inundaban como barco que naufraga. Achicar el agua era fácil, bastaba con quitarte las botas y voltearlas. Lo de los calcetines no tenía arreglo. Según las circunstancias y el talante de cada cual, podías pasarte las horas con los calcetines mojados, guardártelos en los bolsillos y seguir con los pies desnudos dentro de las botas o ir a casa para cambiártelos, donde tus padres, si no se habían olvidado del niño que un día fueron, y entendían que la vida es ir de charco en charco, se dejaban de sermones y te animaban a seguir encharcándote

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Merodeando por internet, encontré esto:

El motivo por el que las botas de agua en España se conozcan popularmente con el nombre de ‘katiuskas’ proviene de una famosa zarzuela escrita por Emilio González del Castillo y Manuel Martí Alonso y música compuesta por Pablo Sorozábal, que se estrenó en el Teatro Victoria de Barcelona el 27 de enero de 1931. Dicha obra musical llevaba como título ‘Katiuska, la mujer rusa’ y la protagonista principal aparecía en escena provista de unas botas altas de media caña, las cuales recordaban a las utilizadas comúnmente en los días de lluvia. La popularización de dicha pieza teatral hizo que rápidamente a las botas de agua se les comenzase a llamar ‘katiuskas’ debido a que muchas eran las mujeres que acudían a la zapatería y pedían ‘unas botas como las que lleva Katiuska’.

Una larga noche

  

   Le dicen al niño que tiene que irse a dormir. “A dormir”, le repiten, porque no basta con estar en la cama haciéndose el dormido. Si los Reyes se enteran de que está despierto, se marcharán sin dejarle los regalos. Y los Reyes son muy listos, con ellos no valen engaños, por algo son magos, saben cuándo un niño está fingiendo que duerme, por muy bien que imite la honda respiración de un sueño profundo, o unos cómicos ronquidos.

   No es la primera vez que el niño oye este discurso de sus padres, todos los años es lo mismo, y no entiende por qué los adultos repiten las cosas mil veces. Él nunca ha tenido dificultad para dormirse, cae rendido al rato de meterse en la cama. Ni siquiera los nervios por la llegada de los Reyes se lo han impedido. Pero hoy será distinto. No porque no pueda dormirse, sino porque no quiere dormirse. Quiere estar atento a todo cuanto pasa al otro lado de la puerta de su habitación, una vez que se acueste.

   Y es que ya son mayoría los amigos que aseguran que lo de los Reyes Magos es un cuento chino que solo los niños pequeños pueden creerse, que los Reyes son en realidad los padres. Algunos dicen que han sido sus propios padres quienes, por fin, han confirmado las sospechas que ya tenían. Otros dicen haber encontrado los regalos donde los habían escondido. El año pasado, los Reyes le trajeron al niño la bicicleta que había pedido, y piensa que es imposible esconder una bicicleta en ningún lugar de la casa. Aun así, también él empieza a sospechar. Pero no se ha atrevido a preguntarles a sus padres abiertamente: “¿sois vosotros los Reyes Magos?”, ni ha buscado los regalos por los rincones de la casa donde podrían haberlos escondido: dentro de los armarios, debajo de las camas, en la despensa…

   Pero el niño que ahora está en la cama, resistiendo a quedarse dormido, no es el niño de las Navidades pasadas. No solo porque dude de la existencia de los Reyes Magos, sino porque ahora ya no es, por decirlo de una forma gráfica, el niño de una pieza que era antes. Ahora el niño se ha desdoblado, es “dos níños”: un niño que actúa y otro que mira cómo el otro actúa, y que reflexiona. Le ha pasado en la cabalgata de esta tarde, a la que ha ido con sus padres. Otros años, se sumergía a fondo en el divertido río que formaban las carrozas, y se entusiasmaba con la lluvia de caramelos, y sus gritos se fundían con el griterío de los otros niños, pero hoy, una parte de él se ha quedado observando desde la orilla, y su sonrisa era menos franca, como si algo escapara a su comprensión. ¿Estás bien?, le preguntaron sus padres. También le ocurrió en la cena de Nochebuena, cuando la noticia de que hay niños que pasan hambre, que no reciben regalos, pasó de ser una fría información a remover y hurgar en su conciencia de niño privilegiado. O cuando el abuelo se puso a cantar, a la vez que tocaba la pandereta, ese villancico que dice “la nochebuena se viene, la nochebuena se va, y nosotros nos iremos y no volveremos más…” y por primera vez experimentó el angustioso paso del tiempo. Y se pregunta el niño si esto que le pasa es lo que llaman hacerse mayor.

   Después de dejarlo en la cama, también los padres se han ido a acostar. “Nadie tiene que estar despierto, o se irán”, le recordaron. Pero el niño ha tomado la firme decisión de no dormirse y estar atento a todos los sonidos de la casa. Aunque no es fácil, porque al rato de estar echado, empiezan a cerrársele los ojos. Enciende la luz de la mesilla, mira el despertador y comprueba que no ha pasado ni media hora desde que se acostó. No cree que aguante toda la noche. Se levanta y empieza a hacer ejercicio, flexiones de brazos y piernas. Cuando se ha espabilado, vuelve a acostarse, con la idea de repetir la misma rutina si ve que el sueño le vence.

   No sabe cuánto tiempo ha pasado cuando oye ruidos en la casa. Sin encender la luz, se levanta de nuevo y pega la oreja a la puerta. Son pasos, pero amortiguados, pasos de pies descalzos que van y vienen, y un leve murmullo de voces que no llega a identificar. El niño contiene la respiración, agarra la manija de la puerta y empieza a girarla muy lentamente, pero de pronto, cuando apenas la puerta se ha separado de su quicio, se detiene. Le asalta un sentimiento para el que no encuentra palabras. Si las tuviera, diría que es una mezcla de angustia y tristeza, porque intuye que si abre la puerta, perderá algo que será ya imposible de recuperar.

   Han cesado los ruidos y el niño imagina de nuevo la casa a oscuras, solo encendidas las luces del belén y del árbol, intermitentes las del árbol, un corazón palpitando en la noche. El niño suelta la manija y la mira como si fuera un objeto cargado de maleficios. Se da la vuelta y se mete en la cama. Pronto se quedará dormido. Solo se levantará cuando sus padres entren en la habitación gritando arriba, dormilón, que ya llegaron los Reyes.

Un bloqueo navideño

  El señor K mueve los dedos en el aire sobre el teclado de su ordenador, como si estuviera haciendo ejercicios de calentamiento. Espera que le llegue la inspiración, pero no le llega. La página sigue en blanco. Hace horas paseaba por entre los puestos navideños de la Plaza Mayor y por las calles de la ciudad adornadas con juegos de luces. Buscaba contagiarse de la atmósfera de la Navidad, de sus imágenes, de sus olores y sabores, de sus sonidos, para luego escribir un relato que quiere presentar a un concurso literario de tema navideño. Pero nada, ahí sigue, sentado a su escritorio, con cara de alelado, y eso que adaptando a su manera la experiencia de Proust con la famosa magdalena, se ha comido un polvorón acompañado de una copita de anís, para ver si así se le abrían las compuertas de la creatividad. Ni por esas, su estreñimiento mental es severo.

   Siguiendo los consejos del maestro Poe —Edgar para los amigos—, el señor K quiere escribir a partir de un final. Es decir, tener un final claro para luego escribir un texto que le conduzca a ese final. Y sabe que los relatos con finales emotivos, de esos que encogen o ensanchan el corazón, según se mire, tienen más probabilidades de éxito. Conseguir derramamiento de lágrimas es el no va más. Así que para dar forma a sus personajes ha pensado en niños de hospicio necesitados de cariño; en indigentes que viven a la intemperie en soledades compartidas; en viejitos con demencia senil que en un destello de lucidez recuerdan las Navidades de su infancia; en padres en paro que rompen con el sagrado principio de honradez para que sus hijos no se queden sin regalos; en un relato coral donde los personajes montan un Nacimiento entre los escombros de un conflicto bélico, a luz de una hoguera… También podría hacer crítica social a propósito del consumismo que impera en estas fechas y ensalzar valores como la familia, la amistad, la solidaridad.

   Pero el señor K no quiere caer en ese sentimentalismo facilón, de cliché, y para contrarrestar la tentación de lo edulcorado, empieza a inventarse títulos que, alejándole de lo que él considera sensiblero, le lleven por caminos menos amables. Títulos como “La psicopatía de los Reyes Magos”, “El virus turronero”, “La zambomba de la discordia”… La idea es llegar a un final que no deje lugar a la esperanza, que hunda al lector en el sofá del pesimismo más absoluto.

   No obstante, el señor K reflexiona, y tampoco le convence esta opción. Él mismo está incurriendo en algo que detesta, el tremendismo. ¿Y no sería acaso la otra cara de la moneda, el reverso de la sensiblería? Por otra parte, desprecia los relatos con trama, sobre todo aquellos que se mantienen rigurosamente fieles a la regla de principio, nudo y desenlace. Es verdad que la literatura intenta poner orden en el caos de la vida, pero es que la vida es caos; el argumento es una ficción que nos montamos para darle sentido, piensa el señor K. Así que seguramente se decidirá por un relato cuya sinopsis sea difícil de realizar para el lector. Recuerda lo que Woody Allen dijo con su característico humor: “He hecho un curso de lectura rápida, he leído GUERRA Y PAZ y sé que va de Rusia”. Eso es lo que hará, escribirá un relato que cuando pregunten a los lectores ¿de qué va?, solo puedan decir “de la Navidad”, pero no porque lo hayan leído precipitadamente, como Woddy, sino porque no habrá historia, solo impresiones, ráfagas de verborrea, juegos de lenguaje, extravagantes metáforas y cosas así. En definitiva, el señor K está hecho un lío, paralizado por la indecisión. Además, ¿no está ya todo dicho, escrito? ¿No es toda la literatura un refrito, macedonia de ideas pasadas, suflé de viejos argumentos? —parece que el señor K no ha quedado satisfecho con la ingesta del polvorón—. Lo que sí tiene claro, pero muy, muy claro, es que no habrá metaficción, esa obsesión de algunos escritores por enfrascarse en la narración del mismo proceso de escritura.

   Y en estas disquisiciones está cuando de súbito le viene la inspiración. ¡Ya lo tiene! En su rostro se dibuja ese gesto beatífico que a uno se le queda tras resolver un arduo conflicto. ¿No se dice que el texto literario es un diálogo entre el escritor y el lector, que el lector tiene que colaborar en la comprensión del texto? Pues eso, enviará al concurso un relato que llevará por título LA NAVIDAD, y el contenido del relato será el blanco de la página. Que el lector sea el que diga, el que rellene el vacío según su particular sentir acerca de la Navidad. Y aunque el señor K cree que el jurado —seguramente que formado por miembros de gustos convencionales— tachará su propuesta de mamarrachada, o llevará a cabo una lectura simplona interpretando el blanco de la página como una alusión a la nieve, a una BLANCA NAVIDAD, él se siente muy satisfecho con su idea, con su grandísima capacidad de síntesis para no diciendo nada, decir todo, pues ¿no es el objetivo de todo verdadero artista realizar su obra según su propio criterio y no guiado por intereses comerciales, por muy bien que le vengan, como sería en el caso del señor K, los eurillos del premio?

Entre bastidores

Alfonso XIII recortada

Observa esta foto en blanco y negro. Es de la boda de doña Isabel Alfonsa de Borbón y Borbón con el conde Jan Zamoyski. Se hizo en el Palacio Real de Madrid, en 1928. Repite 1928, 1928, 1928…, hasta que la fecha deje de ser un mero dato y evoque un tiempo ya lejano, de hace casi un siglo. Es la fecha que aparece al pie de la foto en el libro donde la he encontrado, y pienso que debe de ser un error, pues la boda se celebró en abril de 1929, según google. Me parece extraño que se reúnan y posen con tanta antelación, aunque quién sabe, desconozco las costumbres y protocolos de la realeza.

En la foto, además de a los novios, que están sentados ocupando el centro de la primera fila, puedes ver a algunos de los asistentes a la boda; supongo que todos o en su mayoría son miembros de los ramificados árboles genealógicos del novio y de la novia. Y ahí se va a quedar, en un suponer, ya que por el momento no tengo ningún interés en averiguar la identidad de cada uno de ellos, como tampoco lo tengo por resolver el misterio de esas fechas discordantes, de la foto y de la boda.

La tonalidad que predomina en la fotografía es la del blanco de los vaporosos vestidos de las mujeres, en mayor número, todas con velo y diadema. En el suelo, a los pies de la novia, llama la atención el extremo de su vestido de cola, como si fuera la piel de un extraño animal que yace despojado de sus entrañas. Los varones visten de oscuro, algunos con uniforme militar de gala, adornados de medallas y entorchados, otros con frac y chaleco blanco. A excepción de los que ocupan lugares protocolarios, como el rey Alfonso XIII (el padrino) y el novio, que flanquean a la novia, el resto está situado en los laterales, o al fondo por detrás de las mujeres, asomando las cabezas, seguro que también aupados en una provisional tarima.

Es esta una foto convencional, la foto que esperaríamos encontrar en un álbum oficial que diera fe del acontecimiento. Tan formal que si solo nos fijáramos en sus semblantes, lo mismo serviría para documentar una boda que un funeral. Todos mantienen la gravedad que cabe esperar de tan conspicuos invitados, y que los aleja de lo popular. Aquí nadie se ríe con descaro ni exhibe gestos vulgares, y no imaginamos al fotógrafo gritándoles el coloquial “patata” para sacarles una sonrisa, ¡qué menos que una sonrisa!, ¡es una boda! No, nada de eso. Es el rictus de lo solemne lo que aquí impera, sobre el fondo de un tapiz de incierta decoración.

Pero esta foto que acabas de ver está trucada, no es la foto auténtica, la que se muestra en el libro “Memoria de Madrid”, del fotógrafo Alfonso (Alfonso Sánchez García), y que yo he manipulado recortándola para modificar su encuadre y así poder escribir estas líneas. En la foto de Alfonso, el encuadre es de mayor amplitud, para que podamos ver el espacio que se abre por encima del tapiz, un tapiz de perfil desigual, un tanto chapucero, y que hace de frontera entre la estampa de los ilustres invitados a la REAL boda y el territorio en penumbra que hay detrás, de techo abovedado al que no le vemos el fin, y por el que asoma, a la izquierda, una larga escalera de mano. Y entonces ya no es la foto convencional, plana, que acabas de ver, sino una sugerente fotografía que nos sitúa también al otro lado, entre bastidores, advirtiéndonos de lo que tiene de tramoya, y esas celebridades que posan con la máscara de la solemnidad parecen ahora, con esta perspectiva —la que sabiamente eligió el fotógrafo—, personajes del teatrillo del mundo, teatrillo del que todos formamos parte.

Alfonso XIII entera

Miedo

Está sentada en una silla, junto a la ventana, con un libro entre las manos. De vez en cuando deja de leer y se asoma a la calle para ver cómo cae la tarde sobre los árboles otoñales, el refulgente de rojos que va dejando el sol al hundirse en el horizonte. Le gusta esta hora en que la habitación parece recogerse sobre sí misma, en la penumbra. Los niños han terminado con las tareas escolares y juegan en la habitación contigua. Oye sus risas, el vaivén de sus palabras, las variaciones en el tono, y también los silencios, que si son alargados, empiezan a ser preocupantes: ¿qué estarán haciendo? Bueno, tienen derecho a sus travesuras, a sus secretos. Son niños, no hay que entrometerse demasiado, agobiarlos con normas ridículas que lo único que parecen perseguir es el sometimiento a la autoridad. Si dispusiera de una varita mágica, congelaría el tiempo, lo detendría en este instante de felicidad en que todo parece encajar. Pero no dispone de una varita mágica, aunque ha aprendido a apurar esos momentos, a introducirse en esa burbuja protectora que pronto estallará, cuando los niños empiecen a moverse inquietos como perrillos que huelen en la distancia, cuando a ella empiece a pesarle el libro en las manos y ni el viaje literario le sirva de consuelo, cuando la casa se vuelva amenazante y parezca más una cárcel que una casa, justo cuando oiga las llaves de él en la cerradura.

La tierra prometida

Un día más, Adán ha despertado con esa alegría impostada que le proporciona el dispositivo que lleva incrustado en el cerebro, programado para crear imágenes idílicas durante el sueño. Pero al rato de levantarse, como siempre, empieza a tomar conciencia de la realidad, y esa alegría con la que ha despertado se tiñe de la habitual insatisfacción, pues casi toda la belleza del mundo en el que ahora vive es virtual, como lo son esos sueños que tiene durante la noche, o como las imágenes que se van sucediendo en las distintas pantallas que adornan las paredes de la casa y cuya función es recordarle que hubo un mundo que no ha llegado a conocer y del que apenas queda ya nada. En el exterior, la impostura no es menor: imágenes holográficas recrean escenarios inexistentes de un tiempo ya pasado.

Esas imágenes son una imposición del Gobierno Mundial (la alianza de las grandes fortunas) a todos los ciudadanos. Y se pregunta Adán si no es perverso obligarles a convivir con imágenes de ese mundo perdido. Si no habría sido mejor borrar todo rastro para vivir en la cómoda mentira de que este mundo suyo fue siempre así, porque aquella Tierra de exuberantes selvas y bosques, de caudalosos ríos discurriendo por entre la floresta, de cielos limpios y montañas nevadas, de diversa y colorida fauna…, en comparación con el paisaje uniforme de esta Tierra de territorios ocres y pelados, desérticos, de cielos sucios y aire irrespirable…, solo produce tristeza y desolación. Pero el Gobierno no deja de proclamar que el recuerdo de lo que fue les ayuda a esforzarse para conservar lo que tienen, y que, con el trabajo y cooperación de todos, recuperarán la Tierra perdida.

Antes de ducharse y desayunar, antes de ponerse a trabajar desde el ordenador, Adán se sienta en el sofá del salón y enciende la telepared. Le gusta ver las noticias a primera hora, en soledad, cuando su mujer y su hijo aún duermen, aunque sabe que se va a encontrar con una transmisión edulcorada por la propaganda del Gobierno, directa o sutil, acerca de la eficacia de su gestión y de los fabulosos proyectos en marcha, pero nada se dirá de las revueltas, ni de las peleas despiadadas por acceder a los escasos recursos, ni de las condiciones infrahumanas en que vive la mayoría de la población (en este aspecto, Adán se considera un privilegiado).

Y es por esa espera de lo previsible en la telepared por lo que el chip que Adán lleva bajo la piel, y que informa de sus constantes vitales y del estado de su organismo, registra ahora tranquilizadoras gráficas en la pantalla de su pequeña computadora de pulsera. Pero, de pronto, antes de ser consciente de lo que sus ojos están viendo y del significado de las palabras del locutor, las gráficas empiezan a agitarse en señal de alarma por los elevados niveles de la presión sanguínea, de cortisol, de adrenalina…

Porque lo que Adán ve en la pantalla, y por fin asimila, son tres grandes naves con forma de disco, suspendidas en el aire, ocupando los vértices de un imaginario triángulo equilátero, por encima del edificio de la sede del Gobierno Mundial, en el Ártico. Son de color cobrizo, y la sección inferior del disco gira a gran velocidad. A Adán le sorprende el absoluto silencio en que lo hacen, y se pregunta qué clase de energía utilizarán. El locutor, al que solo se le pueden ver los ojos a través de los orificios practicados en la máscara anticontaminación, balbucea: “Habitantes de otros mundos han llegado a la Tierra”, y es difícil saber si su voz trasluce miedo o entusiasmo, o ambas emociones a la vez.

—¡Vaya montaje! ¿Qué pretende ahora el Gobierno? ¿Asustarnos con un enemigo común que viene del espacio? ¿Pedirnos unión frente a una amenaza externa? ¿Qué te apuestas a que los vamos a tener por aquí, apareciendo y desapareciendo pero sin dar la cara? ¡Uhhhh, que viene el lobo! —es Eva, la mujer de Adán, que ya se ha levantado y ahora habla desde la puerta del salón.

Y el locutor, como si respondiera a su incredulidad:

—En la Tierra no disponemos de una tecnología que permita construir naves como estas que estamos viendo. Así lo aseguran los expertos. Y el análisis espectroscópico revela que están hechas de materiales desconocidos en nuestro planeta. No hay la menor duda de que estos… esta…—el locutor no encuentra la palabra—… gente viene del espacio. Nuestro ejército, como muestra de buena voluntad, no ha querido hacer acto de presencia.

—¡Mentiras! ¡Efectos especiales! ¡Los expertos…, unos vendidos!— insiste Eva.

Pero Adán no puede apartar la vista de esas moles suspendidas en el aire. No cree que sean un montaje. Después de años y años de avistamientos, de aproximaciones, de fotos que la mayoría suponía trucadas, por fin están aquí. Quizá han escuchado las plegarias —porque las palabras no se pierden y viajan por el espacio— de los que como él han rezado a un indeterminado Señor del Universo, pidiendo ayuda, porque desconfían de la capacidad de los suyos para alcanzar acuerdos por un bien común. Ya fracasaron en el control del cambio climático y en evitar la Tercera Guerra Mundial.

—¡No son mentiras, Eva. Han venido a salvarnos de nosotros mismos. Empieza una nueva era!

Eva se queda mirándolo, y sonríe.

—Ay, es lo que me enamoró de ti: tu ingenuidad. Anda, deja esa patraña y vente a desayunar… Antes de despertar al otro niño.

Adán, haciendo caso omiso del ruego de su mujer, y de su ironía, permanece sentado, mirando embobado la telepared, el giro hipnótico de las tres naves en el aire, imponentes sobre la sede del Gobierno Mundial, preguntándose ¿desde dónde vendrán?, cómo serán?, ¿qué opinión tendrán de nosotros?…, a la espera de lo que vaya a suceder.

Penélope liberada

Te cuento que una vez más estoy sentada frente al telar, destejiendo de noche lo que tejo durante el día, mientras espero la improbable llegada de Ulises, mi marido, rey de Ítaca, que hace años partió para luchar contra los troyanos y todavía no ha regresado. Es el sudario para mi suegro, Laertes, lo que estoy tejiendo. Hasta que no lo acabe, no elegiré a uno de los múltiples pretendientes que invadieron y habitan mi palacio, y que ya dan por muerto a Ulises. Así que no es por falta de cordura este trajín que me traigo de tejer y destejer, es la artimaña con que contengo a esos hombres de lujuriosa y ambiciosa mirada, impacientes por ocupar el lugar de Ulises en mi lecho y en el trono de Ítaca, antes de que Telémaco, nuestro hijo, alcance la mayoría de edad.

Aunque todo esto tú ya lo sabes, como sabes que los hilos del tiempo no se pueden cortar y sucederá lo que tiene que suceder. Porque, inevitablemente, formo parte del mito, y si bien existen diferentes versiones —en algunas salgo muy mal parada, como intrigante seductora e infiel, repudiada o muerta a manos del propio Ulises—, es esta en la que me muestro como símbolo de la fidelidad conyugal la que ha tenido mayor fortuna. La versión de una Penélope abnegada que durante veinte años espera a su marido, defendiendo con astucia su fidelidad, es la que se repite y se repetirá de generación en generación si no lo remedio.

¿Por qué remediarlo?, te preguntarás. Porque no soporto más esa imagen de resignación frente al telar, el ser símbolo de la boba fidelidad, mientras Ulises, con la excusa de que vuelve de la guerra, vive en continua aventura. Y es que está escrito que regresará a Ítaca, no con el relato de que es hecho prisionero en la batalla y, pasados veinte años, consigue por fin escapar, sino con el relato de una sucesión de peripecias propiciadas por los dioses, a modo de pruebas que, ¡OH!, nuestro héroe ha de superar: el gigante de un solo ojo que quiere comérselos, a él y a su tripulación; monstruos marinos flanqueando el estrecho por donde han de pasar; sirenas cantarinas que con su canto… En fin, ya sabes que la perversa y sádica imaginación de los dioses no tiene límites. Pero nada dirá mi taimado marido del placer que sintió en brazos de sus amantes: de la ninfa Calipso, de Circe la hechicera… Que si sé de su existencia, no es por lo que Ulises me cuenta, sino porque los que habitamos el mito estamos condenados a ver nuestro ineludible destino, presente, pasado y futuro unidos en este bucle infernal del eterno retorno.

Es quizá por eso que cuando estoy frente al telar en esa tarea absurda de tejer y destejer el sudario, el sudario y mi vida, que tampoco avanza, inmóvil en esa estampa de fidelidad que me han asignado, pienso a menudo en el pobre Minotauro, abandonado y recluido por su familia en un laberinto subterráneo del que no puede salir, sin tener culpa ninguna la criatura, solo por el hecho de nacer con cabeza de toro y cuerpo de niño, fruto de la promiscuidad en que viven dioses y humanos. Es cierto que yo vivo en palacio, y puedo salir de él y moverme libremente por la isla, y por eso la comparación sea quizá torpe e injusta, pero me siento a veces como supongo debe de sentirse el desafortunado Minotauro atrapado en el laberinto. También yo sin culpa. Aunque no es mi laberinto una construcción hecha de ladrillos, sino de tradición y palabras.

Así que solo tú, lector, puedes cambiar mi destino, ser el hilo de Ariadna que me conduzca a la salida del laberinto. Apiádate de mí y reescribe esta historia. Sé que puedes. Aunque vivo cautiva dentro del mito, me llegan ecos de eso que llamáis realidad, y sé que ahora no solo navegáis por mares y ríos, también lo hacéis a través de un espacio que a mí me resulta de difícil comprensión —la RED, es el nombre que le dais—, a velocidades y distancias que en mi imaginación solo los dioses pueden alcanzar, configurando vosotros también un inmenso tapiz de hilos invisibles, que es muestrario de vuestro enrevesado mundo.

Te lo ruego, líbrame de este mortecino destino. Pero no caigas en la tentación de todo narrador: la de jugar a ser un dios. No me compliques la vida con una trama retorcida para demostrar que tienes el poder, que controlas la narración. Deja que sea Telémaco, ya avezado navegante desde el tiempo en que saliera en busca de su padre, el que pilote la nave en que me alejaré de Ítaca, de noche y mientras todos duermen. Y que luego él regrese con su padre, pues no es su destino el que yo deseo alterar. Esto es lo que te pido que escribas. Bastará con que me dejes en cualquier puerto, que ya me las apañaré yo. Nada será definitivo, nada habrá sucedido aún. Así de sencillo. Deja el relato abierto, y que cada cual le ponga el final que desee. Tú ponte ahora a escribir, no pierdas tiempo, y lanza luego la historia a esa red tuya, para que esta nueva versión se extienda por todos los rincones de la Tierra.

Esperpéntica tarde en el súper

No fue exactamente así, pero casi.

La mujer se para frente a la caja con el carro de la compra.

—Buenos días —saluda la joven cajera.

—Buenos días —dice la mujer, y luego se vuelve buscando con la mirada a su marido, que se halla a escasos metros, revolviendo en el  montón de CD´s en oferta que se apilan en un expositor—. Podrías ayudarme a vaciar el carro— le dice alzando la voz, pero el marido parece no oírla.

Con un gesto de mitad fastidio, mitad resignación, la mujer empieza a vaciar el carro sobre la cinta deslizante, aunque de vez en cuando vuelve a mirar en dirección al marido.

—¡Hombres! ¡Siempre a lo suyo! Me río yo de los derechos de la mujer. Esto no hay quien lo cambie —dice buscando la complicidad de la cajera, que asiente con la cabeza mientras pasa una lata de espárragos por el escáner.

Cuando la cajera ha terminado de pasar toda la compra, le dice a la mujer:

—Tengo que cobrarle el yogur que se ha tomado el señor en la sección de lácteos.

—¿Cómo? ¿Qué yogur? El señor es mi marido y no se ha tomado ningún yogur.

—Sí, pregúntele a él.

—Y usted, ¿cómo sabe que se ha comido un yogur?

—Me informó un vigilante. También lo han grabado las cámaras. ¿Quiere verlo?

La mujer se vuelve enérgicamente hacia su marido.

—¡Emilio, coño, ¿quieres venir?!

El marido se acerca y se para detrás de su mujer, que ya le da la espalda.

—¿Por qué tanta prisa?

—La señorita me dice que te has comido un yogur por el morro —dice la mujer sin mirarlo.

 El marido se rasca el cogote contemplando el suelo.

—¿Yooo? Yo no me he comido ningún un yogur.

—Mire, señor —dice la cajera esforzándose en ser paciente—, ni siquiera hace falta recurrir a las cámaras. Tiene usted restos de yogur en las comisuras de los labios y en la camisa. De fresa, para ser exactos.

—Estos restos, como usted dice, los traía ya de casa —dice Emilio limpiándose instintivamente la camisa y la boca con su manaza.

La mujer mira a la cajera enarcando las cejas y luego, girándose, a su marido.

—¡Emiliooo! ¡Qué vergüenza! ¿Qué pensará toda esta gente que no deja de mirarnos? Que somos unos gorrinos, que salimos de casa con churretones.

—Vale, me he comido un yogur. ¿Es acaso un delito? Que me detengan.

—Delito no es, pero podías habérmelo dicho, y yo no estaría pasando este bochorno. La próxima vez vienes tú solo a hacer la compra y te comes todos los yogures que te salgan de… —y volviéndose hacia la cajera—: señorita, ponga el yogur en la cuenta y acabemos con esto, por favor.

—¿Es que nos va a cobrar el yogur? —protesta Emilio.

—¿Estás tonto o qué? Pues claro que va a cobrar el yogur. ¿No acabas de confesar que te lo has tomado?

—No tengo más remedio, señor.

—No creo que por un yogur se vaya a arruinar la empresa. Y que sepa que acaba de perder unos clientes. Desde mañana lo compraremos todo en el chino de nuestro barrio. Nos pilla más cerca y nos dan las gracias por todo.

—¿Ha pensado qué ocurriría si a todo el mundo le diera por comerse los yogures sin pagar? No cleo que a los chinos les hiciela mucha glacia.

—No se burle de mí, señorita. Y ese argumento suyo no me vale. Es como lo de tráfico.

—¿Qué leches es eso del tráfico? —dice la mujer, que ha empezado a morderse la solapa del abrigo—. Por favor, Emilio, no me vengas ahora con una de tus teorías, que te conozco. Paga de una puñetera vez y vámonos.

—Habrá oído, señorita, los consejos de la DGT cuando llegan las vacaciones, o un puente. ¿Recuerda lo que dicen? —y como la señorita niega con la cabeza, Emilio continúa—: nos aconsejan que no viajemos a horas de máxima afluencia de coches, que lo hagamos antes o después. Es decir, señorita, que primero hay unas estadísticas que permiten decir cuáles son las horas de más afluencia de tráfico, y después nos dan el consejo de que evitemos esas horas. ¿Entiende lo que quiero decir?

—Me he perdido, señor. No sé a dónde quiere llegar.

—Pues está claro. Quiero decir que la misma DGT sabe que no todo el mundo seguirá obedientemente sus instrucciones, pues si lo hiciera, el atasco sería monumental. Eso sí, a horas distintas de las que marcan las estadísticas precedentes. ¿Comprende? Así que es altamente improbable que a todo el personal le dé por venir a comer yogures gratis.

—Señor, no me líe, yo cumplo con mi obligación. No pertenezco al departamento de estadísticas. Pero, si quiere, llamo a mi jefe y lo habla con él.

—Ni hablar de llamar al jefe —protesta la mujer—. Pagamos y nos vamos.

—Eso… eso, llame al jefe. Hablaremos de la mierda de yogur que me he tomado. Al final voy a ser yo el que llame, pero a Sanidad, para que les hagan una inspección.

—No sería tan mierda cuando se lo ha tomado —dice la joven removiéndose en su asiento—. De todas formas, tendrá usted que pagar la mierda.

—Eso es, Emilio, paga la mierda y vámonos, que ya has montado suficiente numerito.

—Me niego. Y no es por el dinero. Es cuestión de principios. Y no me parece nada bien que te pongas de su parte.

—¡Pero qué principios, Emilio, si te lo has tomado, joderrrrrr!

—El Gran Hermano nos vigila, nos graba, nos pone en evidencia para humillarnos por un puto yogur. ¡Viva la Revolución!

En ese momento anuncian por los altavoces: “El dueño del coche con matrícula “6666 OJO”, pase por favor a retirarlo, está obstruyendo el acceso a una boca de incendios”.

—¡Si es nuestro coche; Emilio! ¡Que acabe el día, por favor, que acabe!

—No pienso retirarlo si me cobran el yogur. Además, ¿hay algún fuego ahora, eh?, ¿hay algún fuego?

—¡Seguridaaaaad! —grita la cajera.

Las buenas vacaciones

Texto inspirado en esta noticia

Cuando por las tardes acudo al chiringuito de la playa, siempre me lo encuentro a él, sentado a la misma mesa, en un rincón. Lleva un minúsculo bañador, y además de tener todo el cuerpo cubierto de tatuajes, su rostro es lo más parecido a esa imagen de extraterrestre reptiliano que nos presenta la imaginería popular. Por eso es chocante que aún mantenga su nombre, José Luis, y no lo haya cambiado por otro en sintonía con su extravagante aspecto, un nombre rescatado de entre los extraños personajes que habitan los libros y películas de ciencia-ficción.

Al principio supuse que estábamos ante un gran trabajo de caracterización realizado por profesionales, y que el chiringuito utilizaba a aquel hombre como reclamo para captar clientes. Y es cierto que al negocio le viene muy bien tener a este personaje al que piden selfies y conversación, pero, según me informé ­—incluso ha salido en diferentes medio de comunicación—, en él no hay simulacro, todo es producto de las intervenciones que, a petición suya, han realizado en su cuerpo.

José Luis no pide nada a cambio de dejarse hacer fotos, ni por contar su historia. Ni siquiera pide la voluntad, aunque si le invitas o le das algunas monedas, no lo rechaza. Hoy, por fin, me he decidido a pedirle permiso para sentarme a su mesa. Y me ha contado su historia

Lo primero que se tatuó fue un corazón a la altura del corazón. A un lado y al otro de la flecha que lo atraviesa lucen las góticas iniciales de su nombre y el de la que era su novia de entonces. Luego, el tiempo le mostró lo efímero del amor y aquel corazón solo fue una reliquia del pasado. No más corazones, se dijo. Entonces, decidió tatuarse un pájaro escapando de una jaula, y por si no quedaba claro lo que representaba, pidió que debajo le escribieran en mayúsculas la palabra “LIBERTAD”. Así, con el pájaro en el pecho derecho y el corazón en el izquierdo, José Luis proclama, todo ufano y con el gesto reconcentrado de quien ha llegado a una conclusión después de arduas reflexiones, que la libertad se enfrenta, se opone, combate y etcétera a la esclavitud de los amores frustrantes, alienantes, manipuladores y etcétera.

Así le fue tomando gustillo a ilustrar sobre su piel la biografía que se iba construyendo, y el cuerpo pasó a ser un territorio que se poblaba con las imágenes que daban forma a los vaivenes de su mente. De su etapa de exaltación de la naturaleza podemos ver soles nacientes y crepusculares, floridas enredaderas que trepan en espiral por brazos y piernas, ríos que confluyen en las cataratas del ombligo. De tiempos beligerantes y en la misma región, vemos la hoz y el martillo y el puño cerrado junto a la cruz gamada y la mano en alto. Eso fue antes de que le entrara el fervor místico-religioso y se dibujara un Cristo crucificado, un candelabro de siete brazos, la media luna, un buda con sobrepeso y el inevitable circulito blanquinegro del Yin y el Yan. Y tanta espiritualidad halló su contrapunto en el erotismo. De esa época son las dos figuras humanas, dibujadas en el antebrazo, de tal forma que al flexionarlo, como si fuera a hacer un corte de mangas, las figuras se funden simulando la cópula.

El batiburrillo de imágenes se fue extendiendo por todo su cuerpo. Dragones con lenguas de fuego ascendían por su cuello, lamían la nuez hasta llegar a la base de la barbilla, frontera con la cara, que se cubrió de figuras geométricas inspiradas en los tatuajes de las tribus amazónicas. Y cuando ya no quedaba territorio por explorar, necesitado de formas más radicales de expresión, dio un salto cualitativo. Del dibujo pasó a la cirugía. Se recortó las orejas; se truncó la punta de la nariz y las fosas nasales parecían dos ojos siniestros; los pómulos y la frente se cubrieron de protuberancias que simulaban las escamas de los reptiles.

Como si me leyera el pensamiento, me dijo que no era llamar la atención lo que pretendía, que cada operación de cirugía era un paso más en la búsqueda de su verdadera naturaleza, que era su instinto el que realmente le guiaba y no el convertirse en un fenómeno de feria, aunque ese fuera el sentir de la mayoría de la gente respecto a su persona. Y que su proyecto inmediato era bifurcarse la lengua para tenerla como la de las serpientes, y de los tres cerebros que tenemos —lo había leído en libros de neurociencia— prescindir de los cerebros racional y emocional, para quedarse solo con el reptiliano, y aunque ese proyecto inmediato iba a ser también el último, pues carecería ya de voluntad, gobernado por los automatismos más básicos: calor-frío, oscuridad-luz, placer-dolor…, es lo que realmente deseaba.

Tras despedirme de José Luis, con la sensación de regresar de un planeta desconocido e indescifrable, me he quedado pensando en esas reflexiones que habitualmente llevamos a cabo cuando llega el verano, respecto a la incapacidad para vivir unas buenas vacaciones desconectando de todas las ataduras: de las rutinas, de los malos recuerdos, del trabajo, de los problemas, de la crispación política… Pensando en la dificultad que tenemos para evadirnos de un mundo interconectado por móviles y ordenadores, donde hasta en la remota isla que suponemos imagen del Paraíso nos encontramos a tipos con camisetas de Messis o Ronaldos… Pensando en la dificultad para desprenderos de esa biografía que también nosotros, aunque invisible, llevamos tatuada a fuego en vete a saber dónde. Y me digo que estaría bien que pudiéramos activar exclusivamente el cerebro reptiliano durante el tiempo de vacaciones, y ser como lagartos al sol, sin pensamiento ni conciencia.

INICIACIÓN

Conocí a Raskólnikov el verano en que estuve castigado por faltar a clase. Yo era un adolescente y conocerlo me cambió la vida.

Ese año, suspendí las matemáticas, y durante el mes de julio tuve que asistir a una academia de recuperación para presentarme al examen de septiembre. Pensaba que el control de las asistencias sería menos riguroso en una academia durante el verano que en el colegio, y algunos días me fumaba las clases con la seguridad de un hábil prestidigitador que confía en que no le van a pillar el truco: salía de mi casa y volvía a ella a las horas calculadas, puntualmente.

El día en que todo se vino abajo, también llegué a casa a la hora prevista, después de haber estado en los recreativos. “Ya verás tu padre”, fue lo que me soltó mi madre en cuanto entré por la puerta. No me hizo falta más para saber lo que había pasado. El director de la academia había llamado por teléfono. Imploré, lloré, me puse de rodillas, juré que no volvería a pasar, pero que no dijera nada, que fuera un secreto entre nosotros. Esta vez mi madre no se dejó ablandar. Deduje que faltar a las clases era más grave de lo que yo pensaba, y  que quizá mi padre —que nunca había empleado el castigo físico conmigo— me iba a abofetear, además de echarme una gran bronca, seguida del correspondiente sermón.

Estaba equivocado. “Hacerme esto a mí”, fue la única respuesta de mi padre en ese momento, mirándome a los ojos muy fijamente. Luego se fue, y me dejó allí parado, con esa frase revoloteando como un moscardón a mi alrededor. Así que el hecho era grave en sí mismo, pero mucho más grave era “hacérselo” a él, a mi padre. Bajo la superficie de esa frase había un fondo de reproches no dichos: que él era un padre sacrificado, que si tenía dos trabajos era para darle una buena educación a su hijo, y ¿cómo le respondía yo?: con alta traición, burlando su confianza. Y esto me dolió mucho más que las bofetadas que me podría haber dado, mucho más que lo que me tenía preparado.

“No va a salir, está castigado”. Ya estamos en agosto, en la casa de los abuelos, en el pueblo, y es lo que les dice mi padre a mis amigos cuando van a buscarme montados en sus bicis. Yo les oía desde la penumbra de mi habitación, escondido tras la ventana. “Hasta cuándo”, preguntó uno de ellos. Mi padre no contestó y les oí marcharse, haciendo sonar los timbres, compartiendo una alegría que para mí estaba prohibida. Volvieron en los días siguientes. No preguntaban. Se quedaban allí un rato, hacían sonar los timbres y se iban. “Deja salir al chico, ya ha aprendido la lección” eran palabras que se iban alternando en boca de mi madre y de mis abuelos.

Los primeros días de encierro yo arrastraba la pena por la casa, con cara de mártir. Había mucho de sobreactuación, pero no tanto como yo pensaba, era un escudo con el que intentaba protegerme de un dolor sincero. Desde que mi padre me había ofrecido una perspectiva de mi delito en la que yo no había reparado, “hacerme esto a mí”, sentía verdadera tristeza por haberle fallado, por haber perdido su confianza.

Fue entonces, a los cuatro o cinco días, cuando descubrí, entre los libros de autores rusos del abuelo, uno que llamó mi atención. “Crimen y castigo”, se titulaba, y el corazón me dio un vuelco. Pensé que aquello no era casual, que era cosa del destino que aquel libro estuviera justamente allí para que yo lo leyera. Y empecé a leer: “Una tarde extremadamente calurosa de principios de julio, un joven salió de la reducida habitación que tenía alquilada en la callejuela de S y, con paso lento e indeciso, se dirigió al puente K”. Ufff, estaba claro que aquel libro era para mí. Y grandes eran las expectativas: ¿qué crimen, qué castigo?

Lo poco que yo había leído hasta entonces eran las obras de lectura obligatoria que nos mandaban en el colegio, y siempre a regañadientes, con una lectura superficial. Así que, pasados los años, me sigue sorprendiendo que fuera aquel libro el que me atrapara desde el inicio, el que me llevara a meterme en la piel del protagonista, Rodión Románovich Raskólnikov, y comprender su tortura por los remordimientos, y el sentimiento de superioridad que mantenía frente a los otros mortales, hasta que la tozuda realidad le demostraba lo contrario, y aunque mi “crimen” no estaba a la altura del suyo —yo no había matado a una vieja prestamista y a su hermana—, pensaba que el daño que yo le había causado a mi padre era mucho mayor, pues la vieja y su hermana ya no sufrían, y mi padre, en cambio, estaba condenado a desconfiar de su hijo, quizá la relación rota ya para siempre. Además, Raskólnikov pudo redimirse confesando voluntariamente su crimen, sin que existieran pruebas para acusarlo; yo, muy a mi pesar, fui descubierto con pruebas evidentes. Supongo que fue mi depresivo estado de ánimo, el aislamiento, el sentimiento de culpa, más el dramatismo y fantasía propios de la adolescencia lo que me llevó a tan extravagante comparación.

A los diez días, mi padre me levantó el castigo, y ese verano comprendí que la vida es un territorio con muchos caminos, y que dependiendo de por dónde tires, así irás trazando el dibujo del tuyo, unas veces con decisiones conscientes y meditadas; otras, guiado por impulsos, como animalillos, que van de acá para allá sin un plan de futuro. Y también supe —aunque esto no se lo dije a mi padre— que, a veces, a las malas elecciones no solo les siguen malas consecuencias, pues bendito el momento en que elegí faltar a clases de matemáticas, porque fue el camino que me llevó hasta Raskólnikov y a quedarme ya para siempre en el apasionante mundo de la literatura.