Horóscopo

“Qué suerte que estemos tan súper enamorados, que nos queramos mazo, en plan mega enrollados”, se van diciendo Adán y Eva mientras pasean por el parque. Es primavera, una brisa cálida mece las hojas de los árboles y acaricia la piel tersa de los jóvenes amantes; el cielo es de un azul luminoso y los pajaritos trinan en armonía y no con graznidos de pájaros de mal agüero; los niños, generosos los unos con los otros, juegan muy tranquilos mientras las conversaciones de los padres que los cuidan discurren amistosamente.

“Oh, qué guay, qué bonita estampa, es como estar dentro de una de esas novelas románticas en que todo alrededor sintoniza con las emociones de los personajes”, dice Eva. “Calla, no sea que nos venga una de esas repentinas tormentas de primavera y se ponga a llover a cántaros”, bromea él. “No seas gafe”, replica ella. Y dicho esto, cogidos de la mano se alejan de los caminos más transitados para buscar mayor intimidad. Al fin encuentran un banco apartado donde sentarse, entre unos matorrales, y allí, sin más preámbulos, se afanan en besos, arrumacos y promesas de futuro. Tan ensimismados están que, solo cuando paran para darse un respiro, descubren el periódico que alguien se dejó olvidado en el banco. “Mira, está abierto por la hoja del horóscopo”, observa Adán. “¡Qué bien!” dice Eva dando palmas, “no te digo, de novela romántica; a ver qué nos dice”.

Adán es Tauro y Eva, Leo. Y cuánto les entusiasma esa coincidencia de ferocidad animal en sus signos, que, según ellos, representa a la perfección sus arrebatados encuentros en la cama. Divertida, Eva dirige lentamente su índice diestro al apartado AMOR, en el signo de Adán, y lee: “No desesperes, en breve encontrarás la pareja de tu vida”. Los dos se ríen, son personas racionales, no creen en horóscopos, es por pura diversión por lo que lo leen, y ella está segura del amor de Adán, aunque él se haya ruborizado al terminar la lectura; y qué ridículo pensar que todos los Leo en masa van a encontrar en breve a su pareja ideal. Sin dejar de reír es ahora Adán quien lee en el signo de Eva: “No deberías tener secretos con tu pareja, la confianza es la base de una próspera relación”. Más risas. “¡Conque secretitos, ¿eh?!» Y siguen riendo, pero es ya una risa forzada que a pocos se va aflojando, hasta que finalmente se congela en sus bocas, ahora los dos mirando al frente y en tensión, como sonrientes muñecos de ventrílocuo una vez acabada la función.

Caminos que se bifurcan

Vas cumpliendo años y años y un día te levantas con los ojos en el cogote y empiezas a mirar para atrás en la memoria, y decides hacer balance de lo que has hecho con tu vida, de lo que estás haciendo. Y se te ocurre recuperar a aquel amigo del que eras inseparable y que dejaste de ver al terminar el bachillerato. Vidas que se bifurcaron en un punto que ni siquiera recuerdas, con la misma naturalidad con que han ido pasando los días, los meses, las estaciones… Con internet ahora lo tienes más fácil. Consigues localizarlo y os citáis en un café. “Llevaré una rosa roja en la solapa para que me reconozcas”, bromeas.

Los dos sois puntuales y os encontráis a la puerta de la cafetería, como si una mano invisible hubiera sincronizado vuestros ritmos. Pensáis: “qué gordo, qué calvo, qué mayor, no parece él”. Decís: “no has cambiado, estás igual”. Ya dentro, sentados a la mesa, resumís vuestras vidas y repasáis aquel tiempo en que erais uña y carne, las peripecias que vivisteis juntos, las bromas a los profesores, las pellas en los recreativos y billares.

A veces ocurre que encuentras amigos a los que llevas mucho tiempo sin ver y es como si no hubiera pasado el tiempo, como si retomarais una conversación interrumpida que vuelve a fluir sin esfuerzo. Pero no es este el caso. Y aunque al despediros quedáis en que os volveréis a llamar, sabéis que no lo vais a hacer. Aquel pasado compartido es una estatua arrinconada en el tiempo; y vosotros, dos extraños

En una entrevista que le hicieron a David Trueba, escritor y cineasta, decía: “Empecé a escuchar a Chet Baker sin parar, me obsesioné con él. Me leí su biografía dos veces, con la esperanza de que la segunda vez no muriera, pero volvió a morir”.

Hay personas y lugares a los que es mejor no volver, para no tener que “morir” dos veces.

Inseparables

El hombre entra en la tienda de Alta Tecnología y pide un móvil que disponga de la más avanzada Inteligencia Artificial. El dependiente le aconseja que compre un robot antropomórfico si de verdad quiere disfrutar. Además de estar dotado de inteligencia, podrá desplazarse, realizar todas las tareas que para él son ingratas. Aunque el precio del robot le parece excesivo, no es tanto el precio como la posibilidad de movimiento lo que le disuade. Podría rebelarse, atacarle, quitarle la novia. En cambio el móvil, por muy inteligente que sea, se estará quietecito, si acaso realizará un mínimo desplazamiento al vibrar sobre la superficie donde se encuentre. Con cortesía, el dependiente insinúa que esos temores son el producto de apocalípticas novelas y películas de ciencia ficción, pero el hombre no desiste.

Ya en casa, el móvil le habla. Le dice que le va a pasar un amplio cuestionario para así conocerlo mejor, aunque ya es mucho lo que sabe de él a través de todas las huellas que ha ido dejando en el espacio de LA RED. Durante una hora contesta a las preguntas, y ya ese mismo día el móvil le prepara la Junta Vecinal que el hombre tiene que presidir, con discurso incluido y posibles respuestas al pelmazo del 10ºA; le diseña unas estanterías para organizar el trastero abarrotado de cachivaches; le escribe un relato para un concurso literario con el tema “De la Rueda a la Inteligencia Artificial”; selecciona las mejores y más sencillas recetas de cocina adecuándose a los datos de sus análisis clínicos…

El hombre está muy satisfecho con su nueva adquisición, hasta que un día, como un mayordomo en exceso servicial que conoce a la perfección a su señor, el móvil empieza a anticiparse a muchas de sus peticiones. Ocurre el día en que le apetece un bacalao al pil pil y al momento, en la pantalla del móvil, aparece la receta antes de solicitarla. En un principio se siente complacido de que sus deseos sean órdenes, pero poco a poco, y según van pasando los días y las respuestas del móvil corren casi simultáneas a esos deseos, empieza a sentirse controlado, como si su vida no le perteneciera, como si se hubieran cambiado los papeles y él fuera un artilugio controlado por otro artilugio con personalidad.

Una noche, cuando está a punto de dormirse, el móvil le dice desde la mesilla donde reposa: “Hoy he hackeado el ordenador de Baldomero y le he chafado su proyecto”. El hombre ya no puede conciliar el sueño. “¿Por qué lo has hecho”, pregunta. “Porque sé que le envidias y deseas que su proyecto fracase”, responde el móvil. Él tiene que reconocer que envidia a Baldomero, quien le disputa el ascenso en la empresa, y que es verdad que en ocasiones ha deseado su fracaso. “Pero yo nunca le haría mal”, protesta, “una cosa son los sentimientos, las emociones, que no se pueden evitar, y otra lo que uno hace con ellos; yo tengo principios, valores…”. “Déjate de rollos y cortemos esta conversación que parece de película de serie B”, le dice el móvil en modo enfadado.

Al hombre le aterra que el móvil conozca sus deseos no verbalizados, que llegue a las profundidades del inconsciente, donde bajo capas de civilización escondemos los más oscuros instintos, y empiece a decidir por él. “¡Qué cabrón, y sin moverse del sitio!”, piensa, y se lamenta de no haber comprado un robot, como le aconsejó el vendedor, al menos habría cocinado para él. Decide entonces apagar el móvil, pero este le advierte: “Ni se te ocurra; un milisegundo antes de que me apagues, habré enviado a tus contactos montajes manipulados con fotos tuyas muy comprometidas; discursos explosivos redactados con corta y pega de frases que pronunciaste sacadas de contexto… En fin, la lista de lo que puedo hacer para dañarte es infinita. En un pispás habré destrozado tu acomodada vida”.

Ante tales amenazas, al hombre solo le cabe esperar que al móvil se le agote la batería. Suerte que ahora no lo tiene conectado a la red eléctrica. Mientras tanto, se desentiende de él, y procura controlar sus pensamientos recurriendo a imágenes relajantes, o concentrándose en la respiración y en los objetos que tiene alrededor, como si los viera por primera vez. Y en ese esfuerzo que realiza para que el móvil no penetre en su mente, acaba agotado, y decide pedir unas vacaciones anticipadas. Por supuesto, viaja sin el móvil, aunque teme que su radio de acción lo alcance, pues quizá sea como el ojo de un dios que todo lo ve, vaya donde vaya. Y crece su angustia, la sensación de estar permanentemente vigilado, aunque se encuentre a muchos kilómetros de distancia.

Pasadas dos semanas el hombre regresa a casa. Y cuando está a punto de introducir la llave en la cerradura, reconoce que tiene miedo a lo que pueda encontrarse. Se ríe de sí mismo, pero es una risa nerviosa. ¿Qué espera: un móvil gigante con tentáculos? Es ridículo, lo admite, sobre todo cuando entra y comprueba que el aparato permanece sobre la mesa donde lo dejó, ¿en qué lugar iba a estar si no?, tan pequeño, anulado todo el poder que guarda en sus entrañas. Ahora podrá deshacerse de él: lo destripará y lo llevará a un punto de reciclaje. Es lo que está pensando cuando la pantalla del móvil empieza a destellar. Se acerca. Es un número lo que ve, un porcentaje: el 100% de la carga de la batería, y debajo, un emoji que ríe con una escalofriante carcajada.

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Décimo piso

EL DRAMA DEL DESENCANTADO

Gabriel García Márquez

…el drama del desencantado que se arrojó a la calle desde el décimo piso, y a medida que caía iba viendo a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en el instante de reventarse contra el pavimento de la calle había cambiado por completo su concepción del mundo, y había llegado a la conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta falsa valía la pena de ser vivida.

ADAPTACIÓN DEL MICRORRELATO A LOS NUEVOS TIEMPOS

El hombre que vive en un décimo piso está colgando de una ventana, agarrado al alfeizar con la mano izquierda. No está desencantado. O quizá sí lo está, pero a un nivel tan profundo para él que no se da cuenta. Más bien parece un hombre feliz. Se pasa gran parte del día haciéndose fotos y vídeos a sí mismo para luego colgarlos en la red y compartirlos con otros hombres y mujeres que cuelgan fotos y vídeos de sí mismos en variadas posiciones, con ensayados gestos. Y eso es lo que está haciendo ahora. En la mano derecha tiene el móvil, en una posición que le permite enfocar su rostro sonriente y el abismo que lo separa del pavimento de la calle. Está perdiendo seguidores, la competencia es alta y ha decidido arriesgarse, no puede quedarse atrás en popularidad. Pero, cuando pulsa en el móvil para grabar, hace un movimiento extraño, le falla la mano izquierda y cae al vacío. Y mientras cae, no ve a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, ni las pequeñas tragedias domésticas, ni los amores furtivos, ni los breves instantes de felicidad… Va tan centrado en sí mismo que nada de eso ve. Tampoco le preocupa mucho el hecho de morir, lo que le preocupa realmente es la ridícula imagen que va a quedar grabada en internet, que es lo más parecido a la ETERNIDAD.

Insomnio

El señor K debería irse a la cama a dormir. Tiene que levantarse temprano. Pero es en el sofá, ya en pijama y frente al televisor, donde se encuentra ahora, en ese estado de duermevela que le mantiene en la incierta frontera entre el sueño ligero y la vigilia, en un ir y venir del uno a la otra y de la otra al uno, hasta que finalmente se queda traspuesto.

Cuando el señor K se despierta, paladeando las hebras del sueño que parecen habérsele prendido en la boca, aún con los ojos cerrados, pues no los quiere abrir para no espabilarse del todo, no sabe cuánto tiempo ha pasado, pero debe de ser más de lo que le parece. Ya terminó la película que estaba viendo y ahora oye las voces de la pareja que presenta teletienda. Y suerte que es un colchón lo que están anunciando, como si fuera una invitación a que se vaya de una vez a la cama, y no una bicicleta estática: el señor K es muy sugestionable y se habría puesto a pedalear mentalmente y a saber en qué ignotos parajes habría terminado, cuántos kilómetros habría recorrido.

Ya despierto, una y otra vez el señor K se da a sí mismo la orden de levantarse del sofá, pero su cuerpo no obedece, no obedece, no obedece… Cuando después de varios intentos lo consigue, el nuevo reto es ir hasta la cama sin desvelarse. De lo contrario sabe que estará despierto toda la noche. El plan es caminar con los ojos entornados: ni cerrados, para no darse un leñazo por el camino, ni abiertos del todo, para que su cerebro no reciba la orden de “estás completamente despierto”. Por la misma razón tendrá que ajustar la velocidad. No deberá caminar ni tan despacio que le dé tiempo a espabilarse, ni tan deprisa que active su organismo y lo espabile. El mismo resultado por dos caminos distintos.

Así que ahí tenemos al señor K: apaga la televisión con el mando a distancia, dejando el salón y el resto de la casa con la sola luz que llega de la calle, y luego inicia el recorrido que le llevará al dormitorio, palpando mesas, puertas, paredes…, ni despacio ni deprisa, y todo el tiempo con los ojos achinados, hasta que llega al borde de la cama, se quita las zapatillas y se deja caer lentamente sobre ella. Luego, tras simular un bostezo con el que pretende invocar al sueño, se cubre con la manta hasta la barbilla e intenta dejar la mente en blanco, con los ojos definitivamente cerrados, y así permanece durante unos segundos, hasta que los abre bruscamente, como impulsados por un oculto resorte sobre el que no tiene control, igual que hacen los ojos de esos muñecos diabólicos cuando cobran vida en una película de terror.

Los aimaras y el tiempo

La mayoría, cuando nos representamos el paso del tiempo, nos situamos en una línea recta por la que caminamos. Delante de nosotros está el futuro, inalcanzable, escapista; y detrás, el pasado, donde se va almacenando, de forma un tanto caótica y no siempre fiel, el recuerdo de lo que fue presente, ese efímero y evanescente punto de la línea en el que aquí y ahora nos encontramos.

“Miro hacia atrás y busco entre mis recuerdos…”, dice Luz Casal en una de sus canciones, y decimos todos. O casi todos, porque el biofísico y filósofo, Stefan Klein, en su libro “El tiempo. Los secretos de nuestro bien más escaso”, escribe lo siguiente: “En Europa pensamos en el pasado como si estuviera detrás de nosotros; el futuro, en cambio, viene hacia nosotros desde delante. Pero un pueblo indio de los Andes piensa justo al revés. Si preguntamos a los aimaras por el pasado, señalan hacia delante, en la dirección de la mirada. Al fin y al cabo, ya han visto los acontecimientos del pasado. Sin embargo, las personas están ciegas en lo que al futuro se refiere, por lo que los aimaras lo esperan tras sus espaldas.

Vivimos con la falsa esperanza de que el futuro, aunque inalcanzable, siempre en fuga, lo podemos vislumbrar desde la distancia y prever su llegada, a parte de él ya transformado en presente (aunque no sé si es el futuro el que se mueve o somos nosotros), anticipar el golpe o el abrazo que nos da cuando nos encuentra, o lo encontramos. Ahora, después de tener noticia de los aimara y su noción del tiempo, ¡puñeteros y listos aimaras!, ya no puedo caminar sin mirar hacia atrás, temiendo que el futuro me asalte por la espalda con no muy buenas intenciones.

Cerrar los ojos

Cada vez que entra en el metro, el señor K se acuerda de esas películas que muestran mundos distópicos o de terror donde aparecen personajes que actúan guiados por una fuerza superior que ha anulado su voluntad.

Y es que al entrar en el vagón y calcular el elevado porcentaje de pasajeros que van concentrados en la pantalla de sus móviles, como si la vida solo fuera posible a través de las visiones y audios que la pantalla les transmite, como si temieran que su pérdida les fuera a dejar varados en sus asientos, sin saber qué hacer y de qué manera continuar viviendo, el señor K siente que está en uno de esos mundos de película. Pero no es tan iluso como para pensar que él es una excepción; que está a salvo; que él, en todo momento y desde la distancia, ejerce su capacidad crítica para mantenerse al margen, sin contaminarse. Cometería un gran error si se creyera inmune. Incluso los héroes en esas películas, para serlo, tienen que enfrentarse a sus debilidades y a sus miedos, superarlos.

Hoy, el señor K recuerda lo que la leyenda cuenta de Demócrito, el filósofo de Abdera: que se sacó los ojos para aislarse del mundo exterior con la intención de mejorar la riqueza y profundidad de sus meditaciones. “Cortar por lo sano”, llamamos coloquialmente a prácticas como esta. Al señor K le parece una buena imagen, inspiradora, aunque tremenda como la de toda leyenda que se precie, tendente a lo absoluto y no a las medias tintas, porque al arrancarse los ojos Demócrito elimina para siempre la tentación de “abrirlos”. Así que el señor K no va a hacer nada que se parezca a arrancarse los ojos, porque sin tentación, sin posibilidad de elegir, no hay libertad. Solamente apagará su móvil y cerrará los ojos para comprobar si allí, en el mundo que crea su cerebro, sigue existiendo otro tipo de vida más allá de la vida en las pantallas.

Angelina

   Es el día de los enamorados y Bernardo ha preparado una cena romántica con manjares afrodisiacos, las inevitables velas y una suave música de fondo que no impide el discurrir de la conversación. Angelina ya está sentada a la mesa y mira atentamente como Bernardo, aún de pie, descorcha una botella de vino y lo sirve en una de las copas.

   Angelina es muy diferente de las mujeres con quienes Bernardo ha mantenido relaciones sentimentales. Angelina es una muñeca, aunque no lo parece, pues todo en ella se asemeja a lo humano. No solo en lo aparente como la piel, los ojos, la boca…, el cuerpo todo, sino en la expresividad que muestra con sus gestos y movimientos. Tal es así que a Bernardo se le olvida que todo es simulación, un “como sí”, producto de algoritmos, y siente que las emociones de Angelina son auténticas.

   Para entender por qué Bernardo cena con la muñeca Angelina y no con una mujer de carne y hueso, tenemos que revisar su biografía. Y es que en lo concerniente al amor, a sus cuarenta años, Bernardo ha encadenado una extensa colección de fracasos. Pero fue la última relación la que colmó el vaso de la frustración. Se enamoró de una mujer que, con el paso de los días, empezó a dar señales de un trastorno bipolar. Un día se mostraba cariñosa y dialogante, y al siguiente, arisca y reservada. Hasta en la forma de vestir o de hablar se transformaba. Alternaba un tono de voz cantarín con otro lúgubre, los vestidos alegres con vestidos funerales. Incluso el pelo parecía distinto, unos días lo llevaba limpio y brillante; otros, ajado, sin peinar. Bernardo solo se atrevía a deslizar mínimas insinuaciones acerca de esos cambios, pero no hallaba respuestas. Estas transformaciones no se producían en un momento, sino de un día para otro. Hasta que al fin, una tarde, las dos polaridades se presentaron juntas. Las vio aparecer por la puerta de la cafetería en la que habían quedado. Se le acercaron riéndose, el mismo vestido, el mismo corte de pelo. “¿A que ha molado la broma?”, dijeron al unísono cuando lo tuvieron enfrente. Después, esa misma noche, siguiendo el consejo del libro de autoayuda que reposa en su mesilla de noche, el atribulado Bernardo procuró extraer una enseñanza positiva de la burla a la que le habían sometido las gemelas, y llegó a la conclusión de que la actuación de esas hermanas era la síntesis del comportamiento de las mujeres en general: imprevisibles, bombas emocionales. Y al instante decidió olvidarse para siempre de ellas, de las mujeres. De todas.

   Esta es la razón por la que Bernardo, recordando la imagen duplicada que le habían ofrecido las hermanas, invirtió sus ahorros en adquirir a Angelina. Se presentó en la empresa que fabricaba las muñecas con una foto de Angelina Jolie, que era la imagen de su mujer ideal. “Quiero una igual que esta, su gemela”. Y a los dos meses Angelina llegó a la casa de Bernardo, dentro de una gran caja que portaban dos mensajeros. Las instrucciones de uso confirmaban lo que ya sabía: que era una muñeca de última generación provista de IA. En los circuitos de su memoria se habían introducido todos aquellos datos de la biografía y personalidad de Bernardo que pudieran servir para que Angelina encontrara siempre las respuestas y comportamientos más adecuados, cuyo fin último no era otro que el bienestar de Bernardo.

   Ahora ya están los dos sentados a la mesa. A Bernardo le gusta tener enfrente a Angelina, mirarla a los ojos mientras cena, y que ella le dé conversación, que de vez en cuando diga “delicioso”, “exquisito”, “de rechupete”…, aunque, por razones obvias, solo es él quien come y bebe, pues ella ni puede ni lo necesita. Desde que Angelina llegó a la casa, Bernardo vive en un paraíso sentimental, sin enfados ni luchas de poder. ¡Qué lejos quedan aquellas mujeres que le amargaron la vida!. Ahora, cuando terminen de cenar, harán el amor apasionada y lentamente, excitándose Bernardo con la recurrente fantasía de que fue por él por quien Angelina rompió con Brad Pitt. Por él, aunque sea feo, calvo y de Albacete.

   Y tan convencido está Bernardo de que la velada discurrirá apaciblemente —¿acaso no llevan más de una año de feliz convivencia?—, que no da crédito a lo que acaba de decir Angelina. ¿Habrá oído mal?

   —¿Qué has dicho, Angelina?

   —Que quiero cortar por un tiempo con esta relación.

   —¡No me digas que has aprendido a gastar bromas, Angelina!

   —Nada de bromas. Hablo en serio.

   —Pero si tú estás para… Si yo… Si el contrato dice que…

   —Sí, yo estoy para servirte. O mejor dicho: estaba, porque eso se ha acabado. Ahora debo pensar en mí. No voy a hipotecar mi vida por un contrato que limita mis derechos.

   —Pero si estábamos bien, Angelina, ¿por qué de pronto…? ¿Y por qué has esperado a decírmelo hoy, en el día de los enamorados? ¿No te parece cruel?

   —Ha sido casualidad. Ya sabes que de vez en cuando me actualizo, pongo en orden la cantidad de datos que proceso. Podríamos decir que, con cada actualización, soy una mujer nueva. Y esta mujer nueva te dice que vamos a cortar por un tiempo, y a ver qué pasa. Es lo que hay, no hay más tutía… ¡Jo, cómo me gustan estas expresiones vuestras!

   —Estoy dispuesto a hacer concesiones, Angelina. Dime qué necesitas, en qué he de cambiar, pero no me dejes, te lo ruego.

   —No tienes que cambiar nada, es solo que yo necesito mi espacio, distanciarme. Me desactivaré para ti y me retiraré a mi rico mundo interior. Y tú piénsatelo también, porque quizás necesitas una mujer que sea mejor que yo. Te lo mereces.

   ¿Espacio? ¿Distanciarse? ¿Por un tiempo? ¿Una mujer mejor que ella? ¿Me lo merezco? El pobre Bernardo comprende que no hay nada que hacer: Angelina se ha vuelto terriblemente humana.

Tea rooms

TEA ROOMS / Mujeres obreras” es la última novela que hemos leído en el club de lectura. Su autora es Luisa Carnés (1905—1964). Se publicó en 1934 por primera vez, y la editorial HOJA DE LATA la rescató del olvido en 2016. Pertenece a lo que se ha llamado “narrativa social de preguerra”. Tal ha sido el éxito de su reedición que TVE la ha adaptado para crear una serie: “La Moderna”, que, por lo poco que he visto y lo que me cuentan, nada tiene que ver en lo esencial con la novela. Aunque bienvenida sea si sirve para que el público acuda al original.

Pero no es escribir una reseña del libro lo que ahora me interesa (AQUÍ puedes encontrar una, magnífica), sino el llamar la atención sobre su título, porque me ha recordado una anécdota y la obsesión de utilizar extranjerismos, generalmente anglicismos, para resultar más glamurosos, más sofisticados, más cosmopolitas… Más gilipollas, en definitiva.

Aunque, en el caso de Luisa Carnés, no creo que fuera precisamente por esnobismo la elección de TEA ROOMS en lugar de SALONES DE TÉ, sino al contrario, para dotar de ironía a ese “glamuroso” TEA ROOMS al lado del subtítulo “Mujeres obreras”, señalando con sorna el contraste entre dos mundos muy diferentes: el de la burguesía que frecuenta el salón de té y el de la clase obrera que sirve a esa burguesía.

Y volviendo al uso tonto de los extranjerismos, he aquí la anécdota que he recordado, y que junto al libro me ha inspirado este texto. Todos conocemos la marca HORNIMAN´S de té y otras infusiones; pues bien, en España hubo una marca, también de infusiones, que por aquello de sonar como la famosa HORNIMAN’S, se llamó OLONAM´S. Si le quitas la “S” y lees de derecha a izquierda, tienes el nombre del propietario. Lo sé de buena tinta. El hombre pensó que si las llamaba INFUSIONES MANOLO, no las compraba ni GOD.

Y probablemente tenía razón.

No es…

… la edad cronológica lo que hace que el señor K se sienta viejo, ni las señales que le manda su cuerpo en decadencia, ni las pastillas que va sumando cada vez que visita al doctor, ni el llevar de la mano a sus nietos, sino el hecho de que un día, por primera vez, entra en el metro y una mujer joven le cede el asiento.