Días de fútbol

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UNO. Mi cuna, pintada en azul y con dibujos de Disney, está a seiscientos metros del Santiago Bernabéu. Los días de fútbol, a través del aire, llegan a mis oídos infantiles los gritos de euforia. Y a saber qué es lo que ya se va fraguando en mi cerebro bebé. Me gusta imaginar que en esos momentos es la mano de mi padre la que mece la cuna, pero no puede ser: uno de los gritos que me llegan desde el estadio es el suyo. Sigue leyendo

De ida

cajones abiertos

Lola nunca cierra las puertas ni los cajones ni las cajas que abre. Tampoco apaga las luces que enciende ni enrosca los tapones que desenrosca. Los cedés y sus estuches viven para siempre vidas separadas una vez que caen en manos de Lola. En ocasiones, parece que por la casa han pasado unos ladrones o la policía en una operación de registro. Pero lo que peor llevo son sus falsos cerramientos: cuando los cajones parecen cerrados, pero no lo están, pues sobresalen apenas unos milímetros y no puedes cerrar la puerta corredera, o bien asoman por sus bordes un sujetador, una camiseta…, o el extremo de algún cubierto en los cajones de la cocina. Es entonces cuando parece que los cajones se están burlando de mí, que me sacan la lengua.

Me intriga esta conducta de Lola. Y, cuando le pregunto, se encoge de hombros porque no sabe darme una explicación. Tampoco está dispuesta, como le sugiero, a ir al psicólogo. “Eres una mujer de ida, pero no de vuelta”, le digo para provocarla. “Y tú, un gilipollas maniático que debería cerraaarrrr la boca”, me responde ella.

Hoy, Lola ha hecho la maleta (la pernera de un pijama asomaba por entre la cremallera parcialmente cerrada) y se ha ido de casa. Se fue sin cerrar la puerta de la calle, y conociéndola, no creo que vuelva.

El alguacil del agua

Museo Thyssen- Bornemisza

Texto inspirado en el relato “La popa de una gallina anglicana”, de Juan Gómez-Jurado, del libro “Bajo dos banderas”

 

Cádiz, 20 de noviembre de 1806

Se llamaba Gabriel, y si recuerdo su nombre es por los acontecimientos que siguieron a nuestro encuentro. Era uno de tantos marineros que entraban en la taberna para adornarse de un prestigio del que normalmente carecían, dispuestos a competir en hazañas, en el número de ingleses que habían abatido. Yo les esperaba en un rincón, sentado a una mesa, que era el último recurso, el lugar al que acudir cuando no había otro disponible, porque ¿quién desea hablar con un viejo?, que es lo que soy, una vieja araña esperando a su presa, la forma que he elegido para beber y comer gratis. Sigue leyendo

Viaje al origen

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El señor K está en bañador, sentado sobre la arena de la playa, delante de un bloque de apartamentos. La playa está abarrotada de gentes y sombrillas, y le llegan retazos de conversaciones, el griterío de los niños, el rumor de las olas al morir en la arena. Una vez más el señor K recuerda las palabras de su padre: “Sientes que te haces viejo cuando empiezas a no entender el mundo”. “Y más viejo aún cuando ya no quieres entenderlo”.

Al señor K le da ahora por mirarse los pies. Los mira intensamente, hasta tal punto que le parecen los pies de otro; y luego, ni eso, solo unos objetos para los que no encuentra nombre, como tampoco los encuentra para los edificios, ni para las sombrillas, ni…, en fin, para todo cuanto lo rodea, que se va desvaneciendo de su conciencia.

Al señor K le empiezan a salir escamas por el cuerpo, y aletas en las manos y en los pies. Le crecen a un ritmo de vértigo, como en esos documentales que comprimen en segundos el paso del tiempo. Y ya definitiva su nueva fisonomía, el bañador destrozado, hecho jirones sobre la arena, empieza a reptar en dirección a la orilla, atravesando el pasillo que la gente deja a su paso, horrorizada, llevándose las manos a la cabeza, a la boca, señalándolo con el dedo…

El señor K entra en el agua, se va alejando de la orilla, del mundo, y cuando ya es solo un punto a los ojos de los bañistas, se sumerge, y nada y nada… Hasta las profundidades, hasta la oscuridad y el silencio.