Caperucita

Caperucita

Con voz zalamera me dijo qué ojos y qué orejas y qué boca más grandes tienes. Y yo, domesticado por el amor, le respondí para verte y escucharte y besarte mejor. Es lo que dije, y no para comerte mejor, como cuentan las mala lenguas. Pero luego sus lascivos ojos se deslizaron por mi pecho y cruzaron la frontera de mi cintura. Fue entonces cuando empezó a reírse con aquellas humillantes carcajadas. Lo que pasó después, ustedes ya lo saben. No pude evitarlo.

Tuberías

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“Harmilla es una maravilla”. Así reza el ridículo rótulo publicitario con que la propaganda del Estado promociona nuestra ciudad. Pero, créanme, Harmilla es una cloaca. Se lo digo yo, un desatascador de este miserable laberinto de tuberías, hijo y nieto de desatascadores, que ve la realidad tal cual es y no bajo los efectos del sol prestidigitador que todo lo embellece con su mano de oro. “En el sol brillan los hilos de agua que se proyectan en abanico desde las fuentes…”, escribe el publicista del Estado, y ustedes, al leer, dicen embaucados “Oh, Harmilla”, con los ojos en blanco y la boca boba. Pero yo, que me paso por el forro los rayos del sol, digo: ” Una mierda Harmilla”.

Cuando ustedes quieran conocer de verdad un lugar, no acudan a las guías oficiales, hablen con sus gentes, con el pueblo de a pie, o mejor, con el pueblo que se arrastra, y del cual yo soy uno de sus representantes, no sé si digno. Quizá los fontaneros les propongan una visión más alegre, muy distinta de la mía, al fin y al cabo ellos trabajan en la superficie ensamblando tuberías, soldando aquí y allá, instalando grifos y baños. También muy distinta será la opinión de los constructores de fuentes y estanques, que constantemente reciben en la espalda la palmadita del político de turno, quien, para justificar sus inversiones en la ciudad, nos abruma con chorritos saltarines y multicolores, algunos de ellos con música y todo, y pececillos estancados nostálgicos de mar. Pero nosotros, los desatacadores, no somos tan optimistas. Sabemos que en Harmilla hay un un submundo de esta ciudad a la que abastece de agua, ciudad de amplias avenidas y altos rascacielos, de parques e hipermercados, cuyos ciudadanos tienen el privilegio de gozar del agua, y hasta de derrocharla, con sólo mover la mano pusilánime, porque se olvidan de que otros lugares carecen de esta Harmilla subterránea y nutricia que nadie ve, lugares fantasmales con la piel árida del paisaje ya cuarteada, y con niños de vientre hinchado y ojos adultos y profundos como pozos secos.

Pero Harmilla, no lo olviden, es una ciudad en decadencia. Los desatascadores limpiamos día y noche el laberinto de tuberías de las inmundicias y cachivaches que arroja la ciudad a la que servimos. Aunque este exceso de trabajo no debe llevarnos a engaño, pues muy pronto nuestra tarea será inútil, porque ya por las tuberías circula un caudal exiguo y contaminado, y las diosas de las aguas, que ya no lucen la lozanía de antaño, realizan sus juegos de agua en el vacío, como simulacros de locas redundantes. Y cercano está el día en que, ausente la melodía del agua, se instale el viento en las tuberías, arrancándoles un lamento de casa deshabitada.

Sí, muy pronto nuestro trabajo será inútil, cuando Harmilla se parezca a aquellas otras ciudades que, sin la memoria del agua, se desvanecen en el olvido.

 

Madre

charco

 

Hoy he pisado un charco y la infancia me ha salpicado en la cara. Un recuerdo luminoso: mi madre a mi lado agarrándome de la mano, también ella empapada sonriendo con esa edad indefinida a mis ojos de niño, la edad eterna con que, ahora que ya no está, la veo.