La persistencia de los objetos

esterilla

Seguramente hay en tu vida algún objeto que se resiste a desaparecer. En cada limpieza que haces para deshacerte de trastos, se aferra a algún punto de tu nostalgia, o de alguna futura necesidad, y finalmente lo dejas junto a ti, advirtiéndole de que es la última vez, que en la siguiente limpieza no te andarás con contemplaciones.

Algo de esto pasó con la esterilla que ves en la foto. Hubo un tiempo en que decíamos qué pesada la esterilla, qué insistente, siempre chupando cámara, porque cada verano cobraba protagonismo en todas las fotos de la playa. Era el Wally de las esterillas. Pero sucede que un día, a fuerza de tenacidad, a la esterilla le crece un alma (les pasa a muchos objetos, lo sabes), y entonces te mira con ojillos lánguidos y te sonríe y te dice pero cómo me vas a tirar, si soy una de los vuestros. Y sabes que tiene razón, y que nada puedes hacer sino dejarte embaucar por su mirada y por lo que te cuenta de ti y de los tuyos, de tantos días felices frente al mar, castillos de arena que ahora tu memoria va reconstruyendo.

Nosotros crecemos y decrecemos, aparecemos y desaparecemos, pero ella sigue ahí, igual que el primer día que la compramos por unas cuantas pesetas, hace más de treinta años, resistiendo al paso del tiempo, y si algún día no encuentras la esterilla, ¿dónde está la esterilla?, ¿quién se ha llevado la esterilla?, sentirás un pálpito de desazón, como cuando tu pie zozobra en el aire al subir un escalón que no existe y te parece que toda tu vida, aunque sea por un breve instante, se precipita en el vacío.

 

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La tristeza de los imanes

Tarta de seis años

Hoy he estado hablando con el señor Z. Le llamo así para preservar su intimidad. Esto es lo que me ha contado:

Cada vez que el señor Z se acuerda de algo que le falta, lo añade a la lista de la compra que con un imán ha fijado a la puerta del frigorífico. Al lado de esta lista hay otra. Lleva ahí desde hace tres meses. Sabe que tiene que quitarla, arrojarla a la basura, que no es bueno para él tenerla allí. Lo ha intentado pero no puede. Es como si él también tuviera un imán, de signo contrario, que alejara sus manos de la puerta y le impidiera hacer esos gestos tan sencillos de retirar el imán y deshacerse de la lista. En el último momento el índice y el pulgar de su mano derecha se retraen como dos niños temerosos.

La lista que lleva tres meses en la puerta del frigorífico es la siguiente: 1 kilo de naranjas, 1 kilo de peras, 1 kilo de plátanos, una bandeja de calabacines, una botella de cinco litros de aceite de oliva, una caja de galletas Chiquilín, embutido (elige tú), yogures naturales sin azúcar, una caja de leche semidesnatada. Para el cumple: platos, servilletas y vasos de plástico, todo con motivos infantiles; tenedores, cucharas y cuchillos también de plástico; una vela de los seis años, helados varios y una tarta (elige tú), una piñata, globos y lo que se te ocurra.

La letra de esta lista es azul sobre un papel amarillo, con pequeñas flores en forma de margaritas dibujadas en los márgenes. Era la mujer del señor Z quien hacia las listas de la compra. Luego él, al salir del trabajo, se pasaba por el súper a esa hora en que casi no hay nadie, iba depositando los productos en el carro y los tachaba de la lista.

Ahora es el señor Z quien hace la lista de la compra. Para él solo. Pero cuando ya en el súper empuja el carro, con esa ostensible cojera que le ha quedado, no puede evitar pensar en lo que él llama “el destino de la lista”, y se pregunta, con una tristeza que le encoge el corazón, adónde irían a parar todas aquellas cosas que no llegó a comprar, y sobre todo: ¿qué otro cumpleaños alumbró la vela de los seis años?

 

Hostias y Ostias

DRAE

No tenía noticias de que hubiese existido una ciudad romana con el nombre de OSTIA Antica, famosa por su puerto en la desembocadura del río Tíber. Tampoco sabía que OSTIA era sinónimo de “OSTRA”, el molusco, y por eso no me imaginaba pidiéndole al pescadero una docena de ricas ostias, y que por tal pedantería pudiera salir yo mal parado tanto en lo físico como en lo económico.

Por tanto, solo conocía dos tipos de hostias, a las cuales suponía con diferente ortografía. La HOSTIA que te atizan o te das y la OSTIA que te ofrecen en la comunión. Creo que gran parte de culpa la tenía el cura párroco don Cosme, quien, además de atemorizarnos con el fuego eterno del infierno, nos surtía de hostias de los dos tipos. Y, claro, yo pensaba que había que diferenciarlas para no confundir lo material con lo espiritual.

No sé por qué elegí OSTIA sin “h” para la “”hoja redonda y delgada de pan ácimo, que se consagra en la misa y con la que se comulga”, según definición del diccionario de la RAE. Quizá fue por la similitud entre la redonda “o” y la oblea, y también por la forma que adopta la boca para recibirla. En cambio, la “h” al principio de hostia, con esa forma que tiene de rodilla al frente en desfile prusiano, parece que va dando marciales puntapiés a la redonda “o”, hostigándola, hostiándola.

Cuando me enteré de que las dos hostias se escriben con “h”, me llevé una gran decepción: la ortografía no diferenciaba lo terrenal de lo celestial, como yo en un principio había creído. Pero luego recordé que la evangelización de las Américas se había realizado dando “ostias” a base de hostias, y pensé que tiene su lógica: no hay razón para diferenciarlas.

El lenguaje es la hostia.

 

Hormigas

Hormigas

Hoy no me he levantado bien. Con una tristeza que no sé de dónde me viene. Quizá de una mala digestión, o de un mal sueño que ahora no recuerdo, o de alguna de esas reacciones que se producen en el laboratorio clandestino de nuestro cuerpo y sobre las que no tenemos control, o quizá ha sido la luz pálida que se ha filtrado por las rendijas de la persiana y ha dejado en el aire un poso de nostalgia sin objeto, por todo y por nada.

Y qué extraño, me ha dado por pensar en las hormigas que pisoteé en mi infancia. Aquí están, han construido un hormiguero en mi conciencia; incansables y monótonas lo van llenando de remordimientos.

 

Impúbico

Coños

Querida lectora, si por azares de la vida te dispones a leer esta entrada del blog y además se da la circunstancia de que eres rica económicamente y no solo en amores y amistades, que es lo que realmente deseo para ti, entiende que lo que vas a leer es solo un ejercicio literario, una broma sin intención ideológica alguna. Por favor, no me pases factura, no me tildes de clasista o de machista irreverente.

Hace años, Juan Manual de Prada, cuando no era el escritor conocido que es hoy, escribió un librito titulado “Coños”. Según sus propias palabras, era un homenaje a su admirado Ramón Gómez de la Serna y su libro “Senos”. En aquel tiempo me gustó el barroquismo de Juan Manuel de Prada para manejar el surtido de coños que aparece en el libro, cuyo contenido contrasta con la imagen de beato que actualmente tiene este escritor.

Inspirado en ese libro, y como broma literaria (insisto), escribí un breve apunte titulado “Los coños de la rica”. Aquí va.

Los coños de la rica

La rica tiene un vestidor de cincuenta metros cuadrados dispuesto en secciones. En una de ellas, infinitos coños se alinean en cajitas de cristal transparente, protegidos por un microclima de museo. La rica, según su estado de ánimo, es decir, según le salga del coño vigente, elige uno de ellos. Hay días en que luce sucesivamente varios modelos, pues la vida de la rica es muy intensa. Los hay de todos los colores y diseños, así como de diversa lubricidad. La rica puede elegir entre un coño noble y un coño arrabalero, entre uno virginal y otro sin fondo… En fin, la rica está a la última en materia de coños, pues un proveedor la surte de catálogos. Ella escoge y luego se los hacen a medida. Como es cliente importante, dejan que pruebe su elasticidad, profundidad, humedad y demás variables, y si no le gustan, los devuelve. Cuando la rica asiste a orgías se pone de acuerdo con sus amigas, no sea que lleven coños repetidos. Y cuando pasado el tiempo los coños pierden algo de su cualidad original, la rica se los regala a sus doncellas en un gesto de generosidad, y aquellas, agradecidas, van presurosas a enchichimismarse delante de un espejo. Por la noche el novio proletario, ahora en paro, las folla loco de contento porque siente, aunque remotamente, que está jodiendo a la clase alta.

 

 

 

Modelos

 

ferrari_18

Un día me encontré con la foto de este hombre, y nada más verlo me dije que quería ser como él. Al instante me puse manos a la obra: me apunté a un gimnasio para esculpir mi musculatura; eso sí, con ayuda de asteorides, esteroides quiero decir; me hicieron un injerto de pelo en mi calva salpicada de lunares y, como lo de la altura no hay gimnasio ni tortura (véase “EL POTRO”) que pueda remediarlo, me coloqué una alzas en los zapatos; finalmente pagué unas sesiones de rayos UVA, hasta conseguir ese tono de chocolate dorado que es el sueño de los pálidos nórdicos, y rompí mi hucha-cerdito para comprarme ropa de marca.

Para el Ferrari no encontré solución, mi cerdito no daba para tanto, y me tuve que apañar con mi seat Panda de segunda mano, al que pegué unas pegatinas de dragones echando fuego en los laterales de la carrocería.

El resultado de todo el proceso… ¿qué quieres que te diga? En las noches oscuras, sentado y de perfil, daba el pego. La embriaguez de la acompañante también ayudaba. Y lo del Panda con dragones fue un acierto, aunque no por el efecto de fiera virilidad que yo buscaba, sino porque a las mujeres les enternecía esa infantil asociación. “Uy, qué mono, por favor”, decían.

Así estuve un tiempo, satisfecho con mi metamorfosis, hasta que en una noticia del periódico leí que el tipo de la foto se llama Francisco Cómitre, y que además de abogado y modelo de pasarela, es un estafador de ancianos que se vanagloria de su astucia para engañarlos; ancianos que han perdido sus ahorros y hasta la casa en que vivían. Un psicópata de la peor calaña, el tal Cómitre, el psicópata narcisista.

Imagínate el mal cuerpo que se me quedó después de leer aquello. No tuve más remedio que desapuntarme del gimnasio, tirar los esteroides por el retrete, arrancarme el injerto capilar, deshacerme de las alzas y de la ropa de marca. Era la única forma de volver a mi ser, de no sentirme cómplice moral de aquel cabronazo. Y recordé las palabras de mi madre: “Hijo mío, tú feo pero honrado”.

 

Se alquila

Espíritu en escaleras

 

“Todas las historias de amor son historias de fantasmas”
David Foster Wallace

 

Siempre me había gustado este palacete renacentista para ambientar la novela en la que trabajaba. Sus propietarios, un anciano matrimonio, estaban dispuestos a alquilármelo por un año, pero ponían una condición: tendría que deshacerme del espíritu de Clarice que lo habitaba. Si en el plazo de un mes no conseguía el desalojo, debería abandonarlo. Sigue leyendo