El blablablá del amor

bla-bla-bla del amor

Un día, Lola y yo decidimos prescindir de las palabras de amor porque nos dimos cuenta de que nos estábamos volviendo perezosos. Es tan cómodo decir te quiero y luego no hacer nada; tener una caja preparada de tequieros y esparcirlos a diestro y siniestro. Fue el día en que haciendo limpieza, en las tripas del sofá, junto a lapiceros, monedas y demás piltrafas, encontramos un montón de desvalidos tequieros, retorcidos, cubiertos de pelusas.

Sin palabras

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Llamo por teléfono a la agencia de colocación y me sale un contestador automático con el mensaje de que al oír la señal deje un resumen de mi currículum y de mis pretensiones. Me coge desprevenido y al instante, después de oír la señal, que es como una mano que me precipita al vacío, me encuentro sin saber qué decir frente a ese agujero negro de silencio que engullirá mis palabras sin rectificación posible. Pienso entonces en colgar y llamar después, cuando ya tenga todo pensado, o mejor, escrito, pero seguro que mi número ya está grabado en el teléfono de la agencia y dudarían de mi capacidad de improvisación, de mi agilidad mental. No, mejor empezar con las típicas palabras de presentación, dando tiempo a que mi voz se acomode a ese discurso en solitario, sin que parezca que muerdo o escupo las palabras. Pero ya ha pasado un minuto y no he abierto la boca. Siento entonces que el silencio espeso del contestador sale por el auricular y se extiende por la habitación entera, envolviéndome en una densa niebla que me asfixia. Y entonces me da un golpe de tos que es en realidad un principio de llanto, que no puedo contener, y solo de pensar que va a quedar grabado se me acelera el corazón ¿Qué pensarán de mí en la agencia? No puedo aguantar más y cuelgo de golpe, y justo en ese momento entra mi mujer en el cuarto y me ve con los ojos llorosos y la respiración agitada, y también ella se pone a llorar, y me mira y se encoge de hombros para que le explique por qué estamos llorando.