La tensión narrativa

tensión

Una de las definiciones que de TENSION ofrece el diccionario es la siguiente: “Estado de un cuerpo sometido a la acción de fuerzas opuestas que lo atraen”. A nosotros, el “cuerpo” que ahora nos interesa es el del relato, también sometido a la acción de dos fuerzas que, desde el punto de vista del lector, son la fuerza de lo que ya sabe de la historia que se le está contando y la fuerza de lo que aún no conoce pero desea conocer. Y es que el procedimiento para generar interés en el lector es el de ir formulando preguntas y demorando las respuestas. Aunque tan importante o más que las preguntas y respuestas, es la forma en que se van desplegando en la historia.

Leamos este inicio de novela. ¿Lo reconoces?:

El pueblo de Holcomb está en las elevadas llanuras trigueras del oeste de Kansas, una zona solitaria que otros habitantes de Kansas llaman “allá”. A más de cien kilómetros al este de la frontera de Colorado, el campo, con sus nítidos cielos azules y su aire puro como el del desierto, tiene una atmósfera que se parece más al Lejano Oeste que al Medio Oeste…”.

Estas líneas son claramente descriptivas. Y así sigue durante unas decenas de líneas más. Y si no fuera por la magnífica prosa del autor, dejaríamos de leer, porque no hay expectativas que generen tensión, ni personajes a los que seguir. Al narrador solo le importa en este momento ofrecer una visión panorámica del escenario donde se van a producir los hechos. Pero luego, de pronto, nos dice: “Hasta una mañana de mediados de noviembre de 1959, pocos americanos –en realidad pocos habitantes de Kansas- había oído hablar de Holcomb…”. Y más adelante: “Pero entonces, en las primeras horas de esa mañana de noviembre, un domingo por la mañana, algunos sonidos sorprendentes interfirieron con los ruidos nocturnos normales de Holcomb…, con la activa histeria de los coyotes, el chasquido seco de las plantas arrastradas por el viento, los quejidos lejanos del silbido de las locomotoras. En ese momento, ni un alma los oyó en el pueblo dormido…, cuatro disparos que, en total, terminaron con seis vidas humanas”.

De repente se ha acabado la tranquilidad para los habitantes de Holcomb. Y para el lector, que pedirá respuestas a todos los interrogantes que el crimen suscita. Pero no son unas respuestas meramente informativas las que solicita el lector de novelas, como quien lee las noticias, sino respuestas implícitas en una historia con personajes y escenarios bien construidos, respuestas dramatizadas a través de una forma que produzca un goce estético, emocional e intelectual. Por eso es importante el manejo de la tensión narrativa, dosificando adecuadamente la información, ofreciéndola en el momento oportuno, sin apresurarse ni demorarse en exceso, sino en el momento justo, de manera que el lector se mantenga en vilo y sin aburrirse. Esta es la razón de que sea tan importante planificar los momentos en que aparecerán las preguntas y las respuestas, así como la cantidad de información que vamos a aportar, pues tan malo es un exceso de información, que priva al lector de su capacidad para aventurar respuestas, como demasiada ocultación, que dificulta la comprensión. Y si en algún momento el escritor quiere sorprender al lector, esas sorpresas argumentales deberán estar motivadas, en respuesta a la lógica interna de la historia y no por el único afán de sorprender.

Si al leer el texto que es inicio de una novela, has reconocido la obra, no habrá provocado en ti ninguna tensión, pero si no la has reconocido, quizá hayas seguido leyendo con la expectativa de que en algún momento te diera a conocer el título, porque, como ya hemos dicho, es esta tensión entre lo que se sabe y lo que se desconoce lo que anima a seguir leyendo. Así que, para que no pases el día en tensión ni te veas obligado a buscar en google, ya te digo que es el inicio de “A sangre fría”, la novela de Truman Capote, una obra maestra de la tensión narrativa.

Y hay otra tensión de la que me gustaría hablarte. Es la tensión que no depende tanto de ese juego de preguntas y respuestas en la línea argumental, sino de la habilidad de escritor para sugerir y trabajar por omisión en cada latido del relato. Veamos un ejemplo:

La casa de reposo, de Fernando Iwasaki

La madre superiora miró hacia el cielo como buscando una señal divina, y en sus ojos desvelados de oraciones reverberó cristalina una lágrima.
-¿Y dice usted que el viejo profesor se niega a ir a misa, hermana?
-Así es, reverenda. Y maldice y ofende a María Santísima.
-No importa, hermana. Llévelo entonces a dar un paseo por el huerto.
-Sí, reverenda.
-Hermana…
-¿Sí, reverenda?
-Que parezca un accidente.

Fíjate ya en la ironía del título, y luego en ese cliché de madre superiora, definida con una frase edulcorada de señales divinas y cristalinas y reverberantes lágrimas, en fuerte contraste-tensión con la conducta criminal que luego propone. Y fíjate en la tensión que producen los huecos del diálogo entre la madre superiora y la hermana, y que el lector tiene que rellenar.

Ahora imagina que el relato lo termináramos de esta otra manera:
(…)
-No importa, hermana. Llévelo al huerto y mátelo. Que parezca un accidente.

¿Qué hemos conseguido? Destensar el relato, arruinarlo.

En marcha

 

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Ya tiene Dani el carné para conducir cajas de cartón. Nada más entrar en el vehículo, después de aferrarse con cara de asombro a la carrocería y comprobar su relativa estabilidad, ha empezado a emitir unos sonidos ummaumaam prarrrrpraa que los entusiastas padres han interpretado como papá y mamá, pero que en realidad es la forma que tiene Dani de calentar motores, algo que resulta evidente cuando el tierno conductor empieza a moverse hacia adelante y hacia atrás dando a entender que no le gusta el modo estático, que necesita urgentemente un sistema de tracción paterna para recorrer el mundo-casa.

Y así, arrastrado por una suerte de cuerda umbilical, circula Dani por la vida, con los ojos muy abiertos y una tersa sonrisa. Quizá algún día conduzca vehículos hoy impensables, y pilote naves espaciales más allá de Orión, pero de momento se divierte derrapando en las improvisadas curvas y frenando en seco por la autopista del pasillo. Y para que quede claro quién controla la situación, cuando le apetece, ajeno a las multas de tráfico, levanta el pie del acelerador y lo airea por la ventanilla.

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Mujeres: retrato en sepia

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Cuando pienso en las mujeres de mi infancia, la primera imagen que me viene a la memoria es la de mi abuela paterna, Sofía, haciéndose el moño. Cada mañana la veía sentarse a la mesa del comedor con una palangana con agua, apoyar un espejo sobre un rústico florero y trajinar frente a él cepillándose el pelo y haciendo toda suerte de malabarismos con las horquillas, con una expresión de niña traviesa cuando se las ponía en la boca. Eran los únicos momentos en que yo la veía con el pelo suelto, que le llegaba hasta más abajo de los hombros, y parecía transformarse en otra persona, con la belleza ya ajada, pero más joven, más pícara. Entonces me parecía imposible que toda aquella melena se escondiera hábilmente sobre el cráneo. La abuela hacía magia con sus cenicientos y a la vez amarillos cabellos, tan amarillos en algunas partes que durante mucho tiempo, por similitud con los dedos del abuelo, imaginé que la abuela era también una fumadora empedernida, y que en algún momento que yo no podía ver, grandes humaredas le salían por la boca, nariz y orejas, para teñir su pelo. El mismo ritual, aunque en sentido inverso, se repetía por las noches cuando me iba a la cama.

Entonces no sabía explicar lo que sentía, pero, en esa urdimbre que va tejiendo la memoria con lo retales de la vida, el moño de la abuela ha pasado a ser el elemento mágico entorno al cual la familia recibía la energía vital. Como si con ese movimiento de hacer y deshacer el moño, la abuela estuviera dándole cuerda a la vida para que no se detuviera o, en el barullo de la casa, saltara hecha pedazos. Porque en la casa, además de los abuelos, Millán y Sofía, que eran los propietarios, vivíamos Antonia y Micaela, hermanas de mi abuela, mis padres, mi tía Margarita, joven hermana de mi padre, mis dos hermanas y yo.

Mi madre era la advenediza, la que vivía en una casa que no era suya, la ama de casa sin casa que tenía que someterse a las sutiles pero firmes órdenes de la abuela. “La de veces que tuve que aguantarme, morderme la lengua”, me explicaba cuando tuvimos piso propio y yo era un adolescente. Micaela y Antonia eran las solteronas de la familia, ofensivo adjetivo con el que se señalaba a las mujeres que no alcanzaban la meta del matrimonio, habituales asistentas remuneradas con cobijo en el hogar de la hermana casada. Micaela había tenido un novio en su juventud, pero antes de la boda lo atropelló un camión y Micaela se mantuvo eternamente fiel al espíritu de aquel novio perdido. Antonia, simplemente, como si estuviera inscrito en su genética, se puso al servicio de Sofía. Margarita, ya de otra generación, trabajaba en una fábrica de bolsos, y con su sueldo ayudaba a la economía familiar. Las tardes de los domingos salía a pasear con las amigas para estar de vuelta a las diez en punto. A las diez menos cinco ya estaba el abuelo mirando su reloj, asomado a la ventana.

La vida transcurría tranquila. Pocas mujeres he conocido, a pesar de sus vidas truncadas, al servicio de los otros, más alegres que Antonia y Micaela. Ellas dos y mi abuela –mi madre no tanto- sonreían y cantaban todo el tiempo, aun cuando se enfadaran, y a mis hermanas y a mí nos daban abundantes besos sonoros y húmedos, que yo me limpiaba con disimulo. También mi abuelo, un apuesto guardia civil a pesar de la edad (lo atestiguan las fotos, no mi memoria interesada), sonreía bajo el tricornio acharolado que dejaba probarme de vez en cuando, y si alguna ruda autoridad había en él, la dejaba fuera de la casa.

Pero entonces, como en los cuentos felices que dejan de serlo, a nuestras vidas llegó el ogro malo en una forma que entonces yo no acerté a comprender. Sucedió que la tía Margarita, deshojándose a sí misma, se dijo que SÍ, que aquel hombre, separado de su mujer y de quien nadie hasta entonces tenía noticia, la quería tanto como ella a él. Y Margarita se tuvo que ir de casa. Era una deshonra para la familia. Mi abuelo y mi padre, velando por la dignidad familiar, prohibieron hablar de ella y retiraron sus fotos de las paredes y repisas. Al poco tiempo mi abuelo, envejecido prematuramente, se jubiló y, avergonzado, ya nunca más volvió al bar para echar la partida con los amigos. Las mujeres de la casa, sin dejar de lamentar el destino de Margarita (un destino que el tiempo convertiría en bueno, con dos hijos y una relación feliz y duradera), se saltaron el decreto de los hombres de no ir a visitarla, y el abuelo y mi padre, aun esclavos de unas convicciones en las que quizá no creían, toleraban e incluso alentaban, mirando para otro lado como estatuas de dignidad, esas compasivas excursiones que las mujeres, en turnos de dos, realizaban a la nueva casa de Margarita.

De todo esto me fui enterando pasados los años, y pude al fin hilar un relato completo con aquellas frases sueltas que entonces dejaban escapar: ¡qué vergüenza!… ¡y con un hombre casado!… no eres mi hija… Aunque ya en aquel tiempo remoto, el niño que yo era intuyó que nada volvería a ser igual en la casa. Fue una mañana, al levantarme. El abuelo y mi padre se habían ido a trabajar. Antonia, Micaela y mis hermanas preparaban los desayunos en la cocina, en un silencio espeso, como si temieran despertar a alguien cuando ya nadie dormía. En la mesa del comedor, ni rastro del ritual de la palangana y el espejo. “Tu abuela y tu madre están en el cuarto de baño”, me dijo Micaela a punto de llorar, con una gravedad que solo entendí cuando, al acercarme a la puerta cerrada, pude oír el afanoso y triste chas chas de unas tijeras.

La fe

FE

En mi colegio había un alumno muy alto con voz muy aguda que se llamaba Arturo. El contraste entre su estatura y su voz aflautada de pitufo provocaba las risas de los demás. Por eso apenas hablaba. Se sentaba en un rincón de la clase y desde allí asistía a las explicaciones moviendo su cabeza al final de un largo cuello de avestruz. Un día llegó tarde a la primera clase, cuando ya estábamos todos sentados y la maestra había empezado con su explicación. Toc toc, sonó en la puerta, y al instante entró Arturo. “Buenos días, disculpe mi retraso”, dijo con voz grave, muy grave. La carcajada fue general. La maestra lo miró muy sorprendida: Arturo no era un joven dado a las bromas. Caminó hasta el final de la clase y se sentó en su sitio. A ratos nos volvíamos para espiar sus gestos, y la maestra, que siempre esperaba al final de la clase para preguntar los motivos de nuestros retrasos, le preguntó: “¿Por qué has llegado tarde, Arturo?”. Arturo se puso en pie; el rubor le coloreaba las mejillas, y, después de que su nuez se moviera arriba y abajo por su largo cuello, dijo con un gesto de tímido orgullo: “Se pinchó una rueda del coche y mi padre tuvo que cambiarla”. Otra vez la voz grave, y parecía natural, no una imitación. Todos nos quedamos con la boca abierta, como si hubiéramos ensayado una coreografía del asombro. “Pero pero…”, empezó a decir la maestra. Y Arturo, anticipándose a su pregunta, la interrumpió: “Me desperté con esta voz”.

De la misma manera en que a Arturo le cambió la voz, así dejé yo de creer en Dios, de un día para otro: ahora creo, ahora no creo. O al menos es así como yo lo recuerdo, sin dudas, sin transiciones. He llegado a pensar que al igual que un torrente de hormonas moduló la voz de Arturo en una noche, la química de mi cerebro anegó mi fe; que no fue la inteligencia, el razonamiento, sino esa suerte de química cerebral.

 

El blablablá del amor

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Un día, Lola y yo decidimos prescindir de las palabras de amor porque nos dimos cuenta de que nos estábamos volviendo perezosos. Es tan cómodo decir te quiero y luego no hacer nada; tener una caja preparada de tequieros y esparcirlos a diestro y siniestro. Fue el día en que haciendo limpieza, en las tripas del sofá, junto a lapiceros, monedas y demás piltrafas, encontramos un montón de desvalidos tequieros, retorcidos, cubiertos de pelusas.

La otra troupe

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En el circo maldecían la orden que les obligaba a abandonar la ciudad. Y se resistían, retrasaban la mudanza. Pero una tarde, las autoridades irrumpieron con sus códigos y sus máquinas de asalto, y ni tiempo tuvieron de acabar la función: las bocas entusiastas de los niños se cerraron de golpe; al tragasables se le atragantó la espada; y el payaso, para disimular las lágrimas que le brotaban, mordió uno de los limones con que hacía malabares. Así lo cuentan los viejos del lugar. Hoy, donde antes estaba la carpa, se levanta el Palacio de Justicia, pero los que allí trabajan dicen que, cuando el viento sopla, oyen el barritar de los elefantes, el rugir de los leones… Aunque callan, para que no les tachen de locos, que en los días luminosos, desde las ventanas de los pisos superiores, ven surcar el aire al veloz hombre bala

La mirada

 

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Como no aprendía a leer, mis padres me llevaron al neurólogo. De todas las cosas que dijo el doctor sólo recuerdo una: “Este niño es zurdo de ojo”. Yo entonces no sabía que se podía ser zurdo de ojos como se es de piernas y de manos, y aunque luego aprendí a leer, desde aquel día, quizá sugestionado por el diagnóstico, no miraba una a derechas.

Mi ojo izquierdo fue creciendo optimista: veía la amabilidad en las personas, el reflejo del sol en los basureros, la belleza de los huracanes. En cambio, mi ojo derecho creció sombrío y lúgubre bajo el dominio del izquierdo. Consciente de que ese sesgo en la mirada era poco realista, empecé a guiñar el ojo izquierdo para darle más oportunidades al derecho. Y así iba alternando: derecho, izquierdo, derecho, izquierdo… Hasta que al fin, ya definitivamente bizco, encontré el equilibrio.

Angelitos negros, también los quiere Dios

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De chaval me gustaba el ruido que producían las monedas al caer en la hucha y el chas-chas al agitarla. Mi padre decía con orgullo, y según el grado de euforia en que se encontrara, que yo sería economista, o director de banco, o ministro de Hacienda. Hoy apenas me dirige la palabra, pues no entiende que haya dejado la carrera de finanzas para tocar las maracas.

ENTRA, POR FAVOR

 

 

 

Juego de tronos

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Quería ser Rey. Es lo que siempre respondía cuando de niño le preguntaban. Ahora -no le queda otra opción-, está frente al espejo mesándose la barba que hace meses se dejó crecer. Ya se ha puesto la túnica y la capa, y con sus propias manos se corona a sí mismo: una corona dorada adornada con falsos rubíes. Cuando al fin abre la puerta, oye el murmullo de la multitud que le aguarda, y camina lentamente imprimiendo dignidad a sus pasos, obligándose a sonreír, hasta que llega al improvisado trono donde se sienta, alza los brazos y saluda. Suenan vítores, pero le duele el alma y tiene que respirar hondo, contener las lágrimas antes de que el primer niño de la larga fila se siente en sus rodillas y le entregue la carta que lleva en la mano.

 

Maradona versus Messi

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Entre los aficionados al fútbol hay un permanente debate acerca de quién pasará a la historia como mejor futbolista, si Maradona o Messi. Uno de ellos, Messi, todavía está en activo, y aunque quizá habría que esperar a que colgara las botas para hacer un balance definitivo, dos genios del fútbol, como fueron Pelé y Zico (dos brasileños hablando de argentinos, eternos enemigos deportivos), ya han emitido su juicio a favor de Maradona. En opinión de Pelé, Maradona fue un jugador más completo, y Zico afirma que Maradona no estuvo rodeado de los jugadores de talla que siempre han rodeado a Messi y que, en consecuencia, los logros de El Pelusa son de mayor mérito que los de La Pulga. Por supuesto, también podríamos encontrar opiniones contrarias a las de Pelé y Zico entre jugadores de prestigio.

Pero la cuestión que traigo a debate o reflexión no es la de quién pasará como mejor jugador a la historia, sino la de quién ocupará un lugar más destacado en el Olimpo de los dioses del fútbol (disculpadme esta imagen tan gastada, pero la épica del fútbol a veces requiere estos lugares comunes, que son como patadas y patadas a un mismo balón). Y aquí, en esto, no tengo la menor duda: será Maradona, y no ya con respecto a Messi, sino con respecto a todos los futbolistas que hasta la fecha han sido.

Puedo equivocarme, pero no lo creo porque Maradona reúne todas las características para ser un PERSONAJE LITERARIO, MÍTICO, DE LEYENDA. Llámalo como quieras. Maradona tenía carisma, no solo por su muy superior habilidad con el balón (como Messi) sino por la energía que transmitía, por su capacidad de liderazgo (un héroe en Nápoles, pregúntales a los napolitanos). Maradona, además de jugar con el balón, jugaba con la droga y llevaba una vida un tanto turbia; era un chico malo, un mal ejemplo para los jóvenes, y ya sabemos que los vicios son cualidades en los personajes literarios, y no digamos en los mitos (recuerda que Saturno devoraba a sus hijos). Maradona recibió un hachazo asesino del antihéroe Goicoetxea que casi lo retira del fútbol, y se rodeó de otros dioses (según quien los mire, claro) como Gabriel García Márquez y Fidel Castro.

Pero, y sobre todo, Maradona fue la “mano de Dios” en aquel gol a Inglaterra en el mundial de 1986 y el artífice del “gol del siglo” en ese mismo partido. Tremendos goles ya con denominación de origen (mira Wikipedia) en un solo partido (¡de un mundial y contra los ingleses!). Muchos años después, frente al pelotón del Getafe y en la liga, Messi habría de meter un gol parecido al de Maradona, y algunos dicen que mejor. No lo voy a discutir, pero nada tiene que ver ese gol de Messi dentro del ámbito de lo terrenal con el gol de Maradona en el ámbito de lo mítico, porque este fue, ya lo hemos dicho, en un mundial y contra los ingleses, que recientemente habían humillado a los argentinos (a todo un país) en la guerra de las Malvinas (1982). Un gol y un partido que fueron más que fútbol. Mucho más.

Si quieres sentir, y no solo entender, entra en los enlaces al final de la página. Mis palabras serán un débil reflejo de lo que te vas a encontrar. Aunque no seas futbolero o incluso odies el fútbol, deja tus prejuicios a un lado y disfruta con el vídeo y el relato. Emociónate.

EL GOL DEL SIGLO, con la narración también mítica de Víctor Hugo Morales

«ME VAN A TENER QUE DISCULPAR», Relato de Eduardo Sacheri

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