La mirada

 

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Como no aprendía a leer, mis padres me llevaron al neurólogo. De todas las cosas que dijo el doctor sólo recuerdo una: “Este niño es zurdo de ojo”. Yo entonces no sabía que se podía ser zurdo de ojos como se es de piernas y de manos, y aunque luego aprendí a leer, desde aquel día, quizá sugestionado por el diagnóstico, no miraba una a derechas.

Mi ojo izquierdo fue creciendo optimista: veía la amabilidad en las personas, el reflejo del sol en los basureros, la belleza de los huracanes. En cambio, mi ojo derecho creció sombrío y lúgubre bajo el dominio del izquierdo. Consciente de que ese sesgo en la mirada era poco realista, empecé a guiñar el ojo izquierdo para darle más oportunidades al derecho. Y así iba alternando: derecho, izquierdo, derecho, izquierdo… Hasta que al fin, ya definitivamente bizco, encontré el equilibrio.

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