Jaulas

Loro-Yaco-9

Lola me había dejado y yo andaba hundido. Fue entonces cuando una tarde, un loro africano, de esos que llaman yacos, de cuerpo gris y cola roja, entró volando por la ventana de la cocina, se posó en la encimera y allí se quedó temblando como un plumero agitado por el viento.

Le ofrecí el palo de la fregona como sustento, y él, aun temblando, aceptó el traslado. Sentí entonces que el destino me lo enviaba para ayudarme a reconquistar a Lola cuando viniera a llevarse sus bártulos. Le demostraría que soy una persona responsable, muy buen candidato para ser el padre de sus futuros hijos; capaz no solo de hacer hablar a un loro, sino de conseguir que razonara, pues siempre tuve la certeza de que las habilidades de estos animales van más allá de la mera repetición de los sonidos que escuchan.

Al principio temí que fuera un loro experimentado, de esos que dicen groserías o frases insulsas, pero parecía tener la mente en blanco. Y como yo quería un loro ilustrado que vocalizara aforismos y sentencias capaces de sembrar la comprensión en la dura mente de Lola, le puse de nombre Voltaire, y decidí instalarle en la sala de estar, alejado del patio de vecinos, que es el lugar de perdición de los loros, la universidad de lo soez y escatológico.

De las miles de páginas en internet dedicadas al cuidado de los loros, elegí al azar un manual en PDF que llevaba por título “Tu loro y tú”. Y muy pronto tuve la convicción de que educar a un loro era tan complicado como educar a un hijo. Según el manual, Voltaire podría decidir no relacionarse conmigo, y yo debería respetar ese derecho a la incomunicación y no atosigarlo para que hablara. Lo más importante era proporcionarle un bienestar físico y emocional. También era fundamental que sus ojos estuvieran siempre a la altura de los míos; ni por debajo, para que no le resultara humillante su posición; ni por encima, para que no creyera que podía dominarme. Un error en este sentido despertaría su agresividad.

El manual desaconsejaba las jaulas circulares, pues en ellas Voltaire podría desarrollar un trastorno obsesivo compulsivo. Así que le compré una de perímetro cuadrado en forma de pagoda china. Llené de agua el bebedero y de pipas el comedero, y durante días no intenté ningún adoctrinamiento. Cuando advertí que no recelaba de mi proximidad, probé a enseñarle unas palabras sencillas, “hola” y “adiós”, vocalizando lentamente, igual que si estuviera guiando a un niño en sus primeras palabras, pero Voltaire no decía ni pío.

¿No estaría subestimando su inteligencia? ¿Debería empezar directamente con aquellas citas que había seleccionado para azuzar la conciencia de Lola? Le miré intensamente —mis ojos a la altura de los suyos, que parecían dos inquietas cabezas de alfiler — y dije con voz de predicador en estado de gracia:

“La contradicción es la sal de la vida”

Y esperé su reacción, imaginándome ya la cara de Lola al oír por boca de un loro aquella frase que ponía en entredicho su rígido carácter. Pero Voltaire se limitó a hacer un gesto que, de haber sido un hombre pájaro, podría interpretarse como un encogimiento de hombros o un corte de mangas.

Probé con otra cita: “El corazón tiene razones que la razón no acierta a comprender”.

Nada, ni una palabra. Para ser un emisario del destino dispuesto ayudarme, Voltaire estaba resultando muy cabezón. Entonces busqué sonidos de la selva en internet. Mi intención era despertar en la memoria genética de Voltaire los atavismos de su especie. Quizá entonces se sentiría feliz emocionalmente y con disposición a hablar.

“Toda convicción es una cárcel”, me animé a repetir una y otra vez entre la algarabía de rugidos, silbidos, siseos, graznidos y demás, convencido de que en cualquier momento algunas de aquellas palabras harían eco en su cerebro de loro.

Una a una fui recitando las citas escogidas, y para cuando llegué a “La perfección es una pulida colección de errores”, Voltaire se había dado la vuelta y comía pipas de cara a la pared: crac, crac, crac… Pero ¿qué clase de hombre era yo si me rendía? ¿No le estaría dando la razón a Lola?

“Rasca en un fanático y hallarás una herida no cicatrizada”, dije. Y Voltaire: crac, crac, crac…

“Quien quiere arañar la luna, se arañará el corazón”. Crac, crac, crac…

No dejé de intentarlo hasta que una tarde, al regresar del trabajo, me encontré con que las maletas y cajas de Lola ya no estaban. Ni siquiera había dejado una nota. Voltaire se hallaba fuera de la jaula, con la puerta abierta, subido a los barrotes del techo. Las ventanas de la casa también estaban abiertas de par en par. ¿Era ese el mensaje que Lola me dejaba: que saliera de mi jaula y echara a volar?

Me derrumbé sobre un sillón, al borde de las lágrimas. Entonces Voltaire agitó las alas, remontó el vuelo y desplazando el aire de la habitación voló hacía mí. Temiendo su ataque me protegí la cara con las manos, pero al llegar a mi altura, Voltaire, con la elegancia de una bailarina, descendió lentamente hasta posarse en mi hombro derecho. A través de la camisa pude sentir las leves punzadas de sus garras. Se me quedó mirando —sus ojos por encima de los míos— como si me traspasara el alma, abrió el pico y, con esa voz aguda y estridente de los loros, dijo:

“Alégrate, nadie se conoce hasta que no ha sufrido”.

Voló hasta el centro de la habitación, y allí permaneció durante unos segundos, levitando en vertical, con las alas abiertas en toda su extensión, mientras la luz de la tarde dibujaba un aura dorada alrededor de su cabeza. Parecía un ángel diminuto y grotesco observándome desde la altura. Después se giró sin perder la verticalidad y salió volando por la ventana. Fue solo un punto en el cielo. Y luego: el vacío.

 

Los tres cerditos

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Son tres hermanos cerditos que están muy hartos del lobo cuya única misión es zampárselos. Y no menos harto está el lobo de perseguir sin éxito a los tres cerdos. Pero no hay odio ni reproches mutuos, pues saben que son los protagonistas de un cuento que los humanos utilizan para educar a sus niños. Es cierto que los padres podrían decirles a sus hijos: “Niño, hijo mío, el esfuerzo en la vida es lo más importante, no seas chapuza, persevera en la obra bien hecha, busca la excelencia, sólo así hallarás la recompensa al final y la tranquilidad de conciencia”, pero tanto los tres cerditos como el lobo saben, pues es mucho tiempo el que llevan conviviendo con los hombres, que si los padres hablaran así a sus hijos, al rato los niños comenzarían a tirarse del pelo y a bostezar. Por eso necesitan de ellos, de tres cerditos y un lobo que vivan una historia que mantenga a los niños con los ojos muy abiertos y la respiración contenida por el miedo.

De los cuatro personajes, es el lobo quien se siente peor tratado, porque su nombre casi nunca aparece en el título. Le parece injusto. Su actuación es tan importante y necesaria como la de los tres hermanos cerdos. “Los tres cerditos y el lobo”, este debería ser el título. O mejor aún: “El lobo y los tres cerditos” ¿Acaso su papel no requiere un mayor trabajo y el sacrificio de un final humillante? ¿No se pasa el cuento soplando casitas: de paja, de madera y de ladrillo para acabar achicharrado en una olla con agua hirviendo que el psicópata cerdo mayor ha colocado debajo de la chimenea de su casa de ladrillo?

Hasta hoy, los cerditos y el lobo han soportado con resignación estos papeles idiotas de construir casas y soplar. Pero todo tiene un límite y ya están muy hartos —lo hemos dicho al principio—.Y es el cerdito mediano, quizá porque ha desarrollado una mayor capacidad de raciocinio al no gozar de los privilegios con que los cuentos suelen premiar al benjamín y al primogénito, quien empieza a agitar las mentes conformistas de sus hermanos y el lobo.

Les recuerda que hay otros cerditos y otros lobos en esa dimensión que los hombres llaman “la realidad”, y que esos cerditos y esos lobos, al contrario que ellos, personajes de ficción, no pueden vivir simultáneamente más de una versión. Y que su única versión posible en “la realidad” es la de ser los cerditos cebados, asesinados y masticados por los humanos, en este orden; y los lobos, perseguidos y masacrados. Y no es consuelo que tampoco ellos, los humanos, puedan vivir más de una versión, que termina sin remedio con la muerte, y que por esta razón se pasen todo el tiempo inventándose historias del “más allá”, ficciones de inmortalidad. “Así que es el colmo de la hipocresía”, dice indignado el cerdito mediano, “que además de comérsenos quieran utilizarnos en cuentecitos para enseñarles moralidad a sus hijos. ¡Precisamente ellos, los grandes inmorales!”. Y al ver el cerdito la mezcla de admiración y espanto con que lo miran sus hermanos y el lobo, se anima a seguir: “Tú, lobo, al querer comernos, sigues tu instinto y no haces nada distinto de lo que hacen ellos. Te castigan a ti para no tener que castigarse a sí mismos. Conducta muy típica de los humanos”.

Al llegar a este punto el cerdito mediano, enardecido por sus propias palabras y liberado al fin del exclusivo papel de constructor de casitas de madera, se lanza a explicar una teoría que oyó una vez a un padre psicoanalista en “la realidad”. En dicha teoría —les cuenta a los otros—, tú, lobo, representas los bajos instintos de los humanos, las oscuras inclinaciones que habitan en su inconsciente y pugnan por salir. Nosotros, los cerditos y nuestras casas, representamos la parte consciente que intenta vivir civilizadamente. Sólo con esfuerzo, simbolizado en la casa de ladrillo, podemos, es decir, pueden someterte a ti, lobo, es decir, a sus instintos primarios. Así que reprimimos, proyectamos, sublimamos, es decir, reprimen, proyectan, subliman. ¿Qué os parece? Hay que joderse con los humanos, lo retorcidos que son y lo perversamente que nos usan.

Los hermanos del cerdito mediano y el lobo se miran entre sí. La perplejidad se refleja en cada uno de sus gestos. No saben qué decir ni qué hacer. Piensan que el cerdito mediano se ha vuelto loco. No obstante, cuando este les pide que se acerquen porque tiene un plan que proponerles, no dudan en obedecer.

Así, desde ese día, consensuada por los cerditos y el lobo, hay una versión más del cuento. La secuencia de la historia es la misma hasta que el lobo se cuela por la chimenea de la casa del cerdito mayor. Pero en esta nueva versión el lobo no cae en ninguna olla de agua hirviendo, sino que desciende lentamente como un bondadoso Papá Noel, y luego se va comiendo uno a uno a los tres cerditos, que sonríen sin oponer resistencia. Después, con visible sobrepeso, el lobo se marcha al bosque para hacer la digestión tumbado debajo de un árbol.

Punto final. Así termina ahora la historia. Que nadie espere la repentina aparición de un guardabosques o de un cazador que pasa por allí y le abre la tripa al lobo y los cerditos salen cantando y bailando. No les importa morir a los cerditos; al fin y al cabo, piensan, la muerte en la ficción es otra forma de vida. Será además su venganza: los niños aprenderán que da lo mismo cuánto se esfuercen, y que no importa el trabajo bien hecho, pues al final irán a parar a la tripa del lobo.

La Milla de Oro

Milla de Oro

La señora K camina por las calles de la Milla de Oro cuando en una de las lujosas tiendas ve un vestido de lino verde que le gusta. Entra para preguntar el precio. Sabe que el solo hecho de preguntar el precio en una de esas tiendas es señal de que no debería haber entrado, aun así entra y le pregunta a una de las dependientas. La dependienta, que parece un maniquí de escaparate, la cara como de porcelana, empieza a crecer para mirar a la señora K desde su nueva altura.

—Ese vestido vale un riñón, señora —dice, subrayando señora con un énfasis hiriente, pero que la señora K pasa por alto.

La señora K entra en uno de los probadores, se desnuda de cintura para arriba y se saca el riñón derecho. Se vuelve a vestir, sale del probador con el riñón en la mano abierta y se lo muestra a la dependienta de porcelana.

—Verá, no sé cómo decirle… — dice ella mientras deja que su mirada resbale desde la cabeza hasta los pies de la señora K.

—Diga, diga… —dice la señora K, como un perrillo que espera una carantoña.

—Ay, por favor, me resulta súper mega difícil decirle esto. La verdad, no es cuestión de dinero, ni de riñones. Es en plan política de la empresa. No podemos permitir que una mujer de su clase luzca —es un decir— una de nuestras chaquetas. Daríamos una muy mala imagen. ¿Comprende? Ay, por favor, dígame que sí, que comprende. Para mí sería súper importante y tal.

Sin saber qué decir, la señora K se queda mirando la cara de diseño de la dependienta —los perfiles perfectos de sus ojos y boca; en los labios un ligero mohín de falsa compasión —, se da media vuelta y entra de nuevo en el probador para reponerse el riñón derecho.

La señora K sale a la calle con los dos riñones en su sitio. Camina sin rumbo, desorientada, pero sus pies memoriosos la llevan hasta El Corte Inglés, a la planta baja, a esa sección de oportunidades donde se mezcla todo tipo de ropa, dispuesta de tal manera que parece el lugar donde unos menesterosos, reunidos para una orgía y apremiados por las urgencias de la lujuria, hubieran arrojado al aire las prendas que vestían.

La mano de la ausente señora K, como una araña histérica, hurga entre aquel revoltijo, se hunde en sus profundidades, saca al azar y desecha, y así está un buen rato hasta que al final encuentra una camiseta que es de su agrado. Se la muestra a la señora K, que parece complacida, pues se quita la camisa que lleva puesta, la arroja al revoltijo de ropa y se pone la camiseta que su mano le ofrece.

De camino a la salida, la señora K va contemplando su imagen reflejada en los espejos: sobre el pecho, Barth Simpson, con los calzoncillos bajados, muestra un gran culo. Por primera vez en la mañana la señora K sonríe: le gustará ver la cara que pone la mujer de porcelana cuando vuelva a la tienda. Pobre e ingenua señora K.

A la deriva

Nave espacial

Ya están los niños en el aula, sentados frente a la gran pantalla. Todos ellos han nacido aquí, dentro de la nave que desde hace diez años nos lleva sin rumbo por el espacio, confiándonos a la suerte, porque no disponemos de una carta de navegación que nos señale adónde tenemos que dirigirnos.

Hoy me ha tocado impartir la clase de Medio Ambiente y Ecología. Antes de emprender el viaje, esta asignatura era lo que coloquialmente llamábamos una María. Ahora es la más importante del programa educativo. Les pongo el documental. Hemos eliminado las secuencias con efectos especiales para que los niños no tengan una idea equivocada de lo que realmente fue. Durante quince minutos ven la Naturaleza desplegarse en todo su esplendor: paisajes otoñales tapizados de ocres y rojos; largos ríos culebreando por el verde de la selva amazónica; el lienzo ondulante que en el cielo forma una bandada de golondrinas; el contraste entre el negro de la colonia de pingüinos y el blanco hielo antártico; el galope de las cebras por las praderas del Serengueti; colibríes aleteando suspendidos en el aire; el sinuoso y rayado sigilo de los tigres… ¡Tanta belleza que duele!

Imágenes que no se parecen a nada de cuanto los niños ven dentro del frío mundo de la nave, por mucho que esta tenga las dimensiones de un transatlántico y hayamos reproducido en alguna medida la vida de las ciudades que habitábamos. Esta es la razón por la que al principio los niños sienten curiosidad y ponen interés, incluso muestran un instintivo goce estético ante la belleza de lo que están viendo. Luego, con el paso del tiempo, les parece muy aburrido, se cansan, deja de interesarles. Nos dicen que ese mundo no existe, que lo que aprenden no les va a servir en el futuro. Nos gusta que al menos hablen del futuro, y les pedimos que tengan confianza: algún día encontraremos un lugar donde vivir fuera de la nave. Es por eso, para evitar su hastío, que decidimos distanciar en el tiempo las proyecciones, para que la rutina no agote la sensación de asombro, que es lo que nos pasó a nosotros: que nos olvidamos de la majestuosidad de nuestro mundo, de lo insólito que era, y no lo cuidamos como se merecía. Y eso que nosotros sí vivíamos dentro de esa realidad con los cinco sentidos, no eran meras imágenes que se desvanecían en la oscuridad de la pantalla.

Tampoco nos entienden los niños cuando los adultos nos abrazamos, o temblamos y lloramos al ver la película de ese mundo que era nuestro y ya nunca volverá. Mi hijo es uno de esos niños, y cuando me pregunta por qué lloro, le digo que algún día quizá pueda comprenderlo. No me gusta esa respuesta, como no me gustaba que mis padres, cuando de niño les planteaba alguna duda, se remitieran siempre a mi yo adulto. No, no me gusta. Pero no sé hacerlo mejor. O sí sé, pero no quiero que me pregunte, todavía no, por qué no hemos conservado ese mundo si era tan maravilloso, pues no tendré palabras para explicarle la razón de nuestra necedad, de nuestra soberbia; explicarle por qué, tan inteligentes como nos creíamos, fracasamos rotundamente en lo esencial y tuvimos que dejar nuestra casa en ruinas, inhóspita, y ahora vamos a la deriva, a la búsqueda de otra casa que se parezca a la que ya teníamos y perdimos.

Cuando acaba el documental, surge la imagen que el gran telescopio, siempre enfocado en la misma dirección, proyecta en la pantalla. La imagen de la que fuera nuestra casa. Cada vez más pequeña, más lejana, una canica en la inmensidad del Universo. Entonces, siguiendo el ritual que acordamos en nuestro programa, nos disponemos en círculo agarrándonos de las manos, y recitamos la oración que, antes de la partida, escribieron representantes de todos los credos, incluso de los que no tenemos ninguno. Y al finalizar, para que no se pierda en el olvido y nos dé la fuerza en nuestro peregrinar, les pregunto a los niños cómo se llama ese lugar que vemos en la pantalla, el lugar del que venimos y es origen de todo lo que somos. Y ellos, sin la solemnidad y emoción que nosotros pretendemos, como si estuvieran participando en alguno de sus juegos, entre risas y dándose codazos, gritan a coro: ¡LA TIERRA! ¡LA TIERRA!

 

El lamento de Poseidón

 

Poseidón 2

La imponente figura de Poseidón emerge de las aguas. Su pelo y su barba están cubiertos por una espesa capa de alquitrán, y en las puntas de su tridente relucen, por efecto del sol de mediodía, dos botellas de plástico y una lata medio oxidada. Se queda mirando en dirección a la costa, atestada de gente semidesnuda. No acaba de entender esos gestos que hacen los humanos de embadurnarse el cuerpo para freírse después cara al sol. Debe de ser un extraño sacrificio que ofrecen para ganarse el favor de sus nuevos dioses. No, no lo entiende, pero sí sabe adonde irán a parar la pócima que se untan y los envases que la contienen.

Nostálgico de los mares de antaño, exhala un largo y profundo suspiro, y el oleaje que provoca hace las delicias de los surfistas en sus tablas. Luego empieza a hablar en voz alta, pero no es la atronadora voz que cabe esperar de un dios que ha emergido de las profundidades marinas, sino una voz lastimera, quejumbrosa, que invoca a Zeus.

POSEIDÓN: Oh, Zeus, yo antes podía viajar feliz y libre por los mares y océanos de la Tierra, en aguas incontaminadas. Ahora mi reino es la cloaca del planeta. Para desplazarme debo sortear las infinitas basuras que vierten los hombres, y contemplar la agonía de las especies que luchan por sobrevivir. Todos los dioses de la naturaleza te dirán lo mismo que yo te digo, pues ni los ríos ni los bosques escapan a la acción depredadora de los hombres. Te lo ruego, Zeus, usa tu poder para que comprendan que si esta Naturaleza muere, ellos también mueren, y que aun sobreviviendo… ¿qué clase de vida llevarían?, ¿podría llamarse realmente vida?

Aún no se ha borrado el eco de sus palabras cuando el telón del cielo se abre con estruendo y surge el rostro de Zeus como en un deslumbrante holograma. Tiene el gesto furibundo de alguien a quien acaban de despertar de una siesta divina, la cara abotargada como la de un pez globo, piensa Poseidón.

ZEUS: ¡Otra vez tú, Poseidón! Que seas mi hermano no te da derecho a darme la tabarra cada vez que tienes una ocurrencia. Y te recuerdo que la culpa del panorama que me has descrito es del taimado Prometeo, que no contento con ridiculizarme mediante trampas, nos robó el fuego a los dioses para devolvérselo a los hombres. Ese fue el origen del sinsentido en el que viven.

POSEIDÓN: ¿Ya estás escurriendo el bulto, Zeus? ¿Acaso tú, en venganza, no enviaste a Pandora con una siniestra ánfora de la que saldrían una vez abierta todos los males de la humanidad? ¿No ves que no les diste opción: que tuvieron que agudizar su ingenio para sobrevivir a tanto infortunio? También tú tienes parte de culpa. Olvídate del pasado, no seas rencoroso.

ZEUS: Pero han ido demasiado lejos. Se creen dioses y piensan que todo lo que cabe en su imaginación se puede y se debe hacer realidad, sin mirar las consecuencias.

POSEIDÓN: Te lo ruego, Zeus, olvidémonos de las culpas, pon remedio a este funesto porvenir. Echo de menos el tiempo en que los hombres se aprovechaban de la Naturaleza sin esquilmarla. Un tiempo en que yo regía sobre los vientos y tempestades, y no como ahora, que escapan a mi control y me siento un viejo inútil.

ZEUS: Ay, Poseidón, no seas tan pesimista. Recuerda que dentro del ánfora de Pandora también se encontraba La Esperanza, y aunque la confundieron con La Arrogancia, empiezan ahora a tomar conciencia de la alarmante situación que ellos mismos han provocado: reciclan la basura que producen, reducen las emisiones de gases, firman pactos para el control de las armas, practican un turismo sostenible… Es conmovedor verlos con sus bolsitas frente a los contenedores, cada contenedor con su colorcito, según el tipo de desecho; y ver grupos de voluntarios recorriendo las playas para limpiarlas de —entre otras cosas— las colillas que ellos mismo arrojan, restos de ese extraño invento con el que se intoxican a sí mismos… En fin, no tengas tan mala opinión de los hombres: le ponen buena voluntad.

POSEIDÓN: ¡Alto ahí, Zeus! ¿Tomar conciencia? ¿Turismo sostenible? ¿Control de las armas? ¿Contenedores de colores? Deja ya de hablar como uno de sus políticos en periodo de elecciones. Todo eso que dices que hacen es simple postureo —así lo llaman ahora— para acallar la poca conciencia que les queda. Son minucias si lo comparamos con lo que en verdad deberían hacer. No te pongas pedagógico y compórtate como un verdadero dios: sé un sádico, envíales algún castigo divino. Solo así entenderán, porque solo así entienden. No digo que les envíes plagas, que esas vendrán por sí solas si persisten en su negligente actitud, pero haz, por ejemplo, que un águila picotee el hígado de cada uno de ellos (¡eso es imaginación, y lo demás, tonterías!), como hiciste con Prometeo, hasta que lleguen a entender, antes de que sea demasiado tarde y arrasen este maravilloso planeta que no respetan, y que no se merecen.

ZEUS: Ufff, ¡vaya perra que has cogido, Posi! Está bien, me retiro al Olimpo, a ver qué se me ocurre. Y tú ten confianza en la humanidad y alégrate la vida. Busca una ninfa de aguas cristalinas —si es que aún quedan, aguas cristalinas quiero decir— y pídele que te lave el pelo y la barba porque así, alquitranado, das mucho asquito.

El telón del cielo se cierra en silencio y Zeus desaparece. Poseidón se hunde en las aguas y camina a grandes zancadas por el fondo marino. Siguiendo el consejo de su hermano, se esfuerza en imaginar un mundo mejor mientras va pisoteando un arrecife de electrodomésticos, el casco de un petrolero partido en dos, un tiburón reventado por los plásticos…

A lo lejos se oye el canto de las Sirenas.

El despotismo ilustrado

Jugando pelota en la playa 2

Me preocupa que los niños dejen de serlo antes de tiempo, con comportamientos y actitudes que les hacen ser repelentes u obscenos, monitos de repetición de adultos a su vez infantilizados; adultos que se han quedado en el niño, pero no en el niño creativo y entusiasta, sino en el niño de la rabia y la pataleta, en el niño de lo quiero ya, ahora mismo, porque soy el centro del mundo.

Todo este rollo viene a cuento de algo que me sucedió hace unas semanas en la playa, a esa hora en que el sol empieza a retirarse y somo pocos los que quedamos por allí. El caso es que en mi paseo me encuentro con un niño de unos siete u ocho años que juega solo a la pelota, intentando mantenerla en el aire con los pies y la cabeza. Cuando estoy llegando a su altura, la pelota se le cae al suelo y viene rodando hacia mí. El niño se acerca a cogerla, pero yo le hago un regate y le reto a quitármela. Él acepta el reto y durante unos minutos se esfuerza en el empeño, hasta que se para y, con los brazos en jarra y resoplando, me grita:

—No seas déspota y devuélveme la pelota.

¿Déspota? ¿Ha dicho “déspota”? ¿He oído bien? ¿Qué fue del “abusón” de toda la vida? Instintivamente miro hacia la pareja que se encuentra a unos metros del niño, que supongo deben de ser sus cultos padres, pero están enfrascados en las pantallas de sus móviles, seguramente que viendo fotos de playas exóticas en instagram.

—¿Tú sabes qué quiere decir déspota? —le pregunto.

—Que me dejes en paz y no me toques los cojones —dice el niño, rotundo.

Me lo quedo mirando para asegurarme de que realmente es un niño y no un enano con mala leche. Es un niño, sin duda. Me desprendo de la pelota como si fuera una avispa a punto de picarme y me alejo. Los niños así me dan miedo. Mucho miedo.

Puentes

ROBO TSUNAMI

Siempre que nos vamos de vacaciones pienso que nuestra casa desaparece en cuanto salimos y cerramos la puerta, y que no vuelve a aparecer hasta que regresamos, en el justo momento en que abrimos la puerta. Ya en la calle miro hacia el bloque y veo la fachada intacta, el balcón y las ventanas en su sitio, pero no puedo dejar de imaginar el enorme vacío interior que se produce entre los pisos que están por encima y por debajo del mío.

Es lo que tenemos los neuróticos: pensamientos absurdos que no podemos evitar, que giran como una peonza en nuestra cabeza hasta aturdirnos. Para tranquilizarme me pregunto qué importancia puede tener que la casa emigre si cuando volvemos está allí, en su sitio, para acogernos. Pero poco puede el lenguaje de la razón contra la imaginería irracional, y pasado un breve tiempo vuelvo a sentir la desazón que me provoca la ausencia de la casa. Incluso ya en la playa, sentado frente al mar, dejándome hipnotizar por el vaivén de las olas, se me cuela la no-casa por los intersticios de la modorra, y recurro al esfuerzo de la imaginación para rescatar las habitaciones de mi casa, el pasillo, la cocina…, pero es inútil, el hueco del vacío, como un agujero negro, todo lo succiona y se lo lleva a saber dónde.

— ¿En qué piensas con esa cara de estreñido? —me pregunta Lola, a mi lado, sentada sobre una toalla.
— En la contaminación de los fondos marinos —le digo.
— ¿Y tienes que poner esa cara, hijo mío? Ni que hubieras visto al Leviatán envuelto en plásticos —Lola es muy leída, y siempre que puede me suelta perlitas de esa índole entre las baratijas de mis conocimientos. Se levanta y se va a dar un chapuzón.

Al día siguiente, de nuevo en la playa, recibo la llamada de Jorge, el portero de la comunidad de vecinos. Me dice que han entrado a robar en mi casa y la han dejado como si hubiera pasado un tsunami. Jorge no es tan leído como Lola, pero está muy al día y prefiere la metáfora del tsunami a la del terremoto, que es menos moderna; al igual que prefiere “interactuar” a la simpleza del “conversar” Sea como sea, su noticia me llena de alegría, que trato de ocultar a los ojos de Lola, que espera, ahogando a la toalla, el resultado la interacción entre Jorge y yo.

— Nos han robado. Han dejado la casa como si hubiera entrado el Leviatán —digo sin poder reprimir una larga y apacible sonrisa cuya razón de ser me sería muy difícil explicarle a Lola.

— Tienes que ir al psiquiatra. Sin falta. Mejor me voy a dar un chapuzón.»

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Este relato lo escribí durante las vacaciones. Al regresar a Madrid nos encontramos la casa desvalijada, y en realidad parecía que hubiera pasado un tsunami. El portero no nos había informado porque en sus recorridos por las plantas siempre vio la puerta cerrada y sin señales de que la hubieran forzado. No fue necesario, según nos explicaría la policía: nuestra cerradura era del tipo “entra y llévate lo que te salga de los cojones, la casa es tuya”. Los ladrones, siempre según la policía, meten una llave por la cerradura y golpeando con un martillo alinean los puntos de anclaje, o algo así. Vamos, que los puntos de anclaje son como los planetas, que también se pueden alinear. El día del robo, los planetas de mi particular carta astral debían de estar alineados con la chunga cerradura de mi casa.

En lo que a mí respecta, una vez controlados los sentimientos de impotencia, desvalimiento y humillación, y cumplido con los trámites preceptivos de visita de la policía científica, denuncia en comisaría e informe a la empresa aseguradora, me empezó a embargar —enfermo de ficción— un regusto de felicidad, primero porque para satisfacción del personaje de mi relato, la casa seguía existiendo aun cuando él estuviera de vacaciones, y segundo por ese puente que se había tendido entre mi relato y la realidad. Entusiasmado, les contaba a familiares y amigos esta coincidencia entre los dos mundos, y ellos, sin dar importancia a los maravillosos mecanismos con que la ficción se entrevera con la vida, simplificaban mi entusiasmo echándole un jarro de agua fría: “El próximo relato que escribas que sea de un personaje al que le toca la lotería”.

Momentos

INTERROGANTES DUDAS

Voy al psiquiátrico a visitar a un amigo. Estamos charlando en el jardín, sentados a una mesa, cuando a unos metros de nosotros otro paciente, de pie en medio de uno de los caminos, pregunta a los visitantes que pasan por su lado: “¿Soy guapo o soy feo?” La mayoría le dice que es guapo, pero algunos, quizá para ver su reacción, optan por decirle que es feo. Compruebo que respondan lo que respondan él reacciona levantando el puño con gesto amenazador. Deduzco que debe tratarse de un paciente del tipo paranoico, y que cualquier respuesta que le des él la interpreta como una conspiración contra su persona. También a mí, que paso de largo sin responderle cuando ya me dirijo a la salida, me muestra el puño y gruñe. Pero no se detiene, me sigue, y cuando estoy a punto de abandonar el recinto, me agarra del brazo para que me gire. Entonces, mirándome fijamente a los ojos, me pregunta: “Si solo tuvieras memoria para un momento de tu vida, ¿qué momento te gustaría recordar? Dime, dime, dime…”

Ya fuera del psiquiátrico no dejo de darle vueltas a la pregunta. Jodido loco, me ha fastidiado la tarde porque elegir una respuesta es perverso, diabólico. Y si no, dime tú, lector accidental, ¿qué momento de tu vida elegirías?

El chiringuito

Chiringuito

Voy paseando por la playa cuando se me acerca un tipo para pedirme un cigarro. No tengo un cigarro, pero le da lo mismo porque lo que en realidad quiere es tener un rato de charla. En pocos minutos me hace un resumen del panorama nacional e internacional. Todo su discurso está plagado de esos tópicos con los que es difícil no estar de acuerdo, pues dicen tanto que es como no decir nada: todos los políticos son unos corruptos; no soy racista, pero…; no soy machista, pero…

Cuando me empieza a aburrir su cantinela, tomo la iniciativa para que se calle y le digo que la culpa de todo la tienen las prisas del mundo moderno, que necesitamos recuperar la lentitud para las cosas importantes, porque no es bueno que a nuestros hijos apenas les podamos dedicar unos minutos, mientras que pasamos dos horas en nuestro coche en los atascos diarios (sé que el argumento del atasco tiene que ver más con la perversión del tiempo que con las prisas, pero aun así se lo endiño), y que no es sano que uno se cabree por la mañana y, por falta de tiempo para reflexionar, no descubra el motivo de su cabreo hasta que llega la noche.

—Ozú, ya te digo —me dice el tipo, que empieza a mirarme como si yo fuera un mesías loco (perdón por la redundancia), y me entrega una tarjeta de un chiringuito en la playa.

—Soy Paco, el propietario. Está a cinco minutos de aquí, andando —me señala con el dedo la dirección en la que debo caminar si decido ir —. Espero verte algún día.

Esa misma mañana voy a comer al chiringuito. Paco, que se pasea por allí controlando a sus camareros, me reconoce nada más entrar y me indica con efusivos aspavientos una de las mesas bajo el techo de cañizo. Él mismo me atiende al principio con esa amabilidad andaluza a la que no acabo de pillarle el punto, pues nunca sé cuánto hay de verdad y cuánto de cachondeo. Pido un tinto de verano, una ensalada, cazón en adobo y sardinas a la plancha.

Al rato me traen la bebida, el pan, unas aceitunas y un platito con alioli,  pero pasan veinte minutos y todavía no me han servido la comida, y el platito, antes con alioli, brilla inmaculado, como si un gato obsesivo le hubiera pasado la lengua, al igual que los huesos de las aceitunas, tan en el hueso que me dan ganas de hacerme un collar.

Pasada la media hora, cuando ya por dos veces me han repuesto la bebida, me sirven la ensalada. Supongo que en breve me traerán el resto del pedido, así que decido esperar porque no me gusta comer la ensalada sin alternar con otros sabores. El chiringuito está al borde de la playa y en la espera me entretengo contemplando la belleza del mar, de un luminoso azul ese día, y pienso en su inmensidad y en mi pequeñez, ya se sabe, esas cosas en que todos pensamos porque están inscritas en un nuestro código genético, seguramente desde que éramos organismos simples en la sopa que era entonces la Tierra. Y así estoy un buen rato hasta que, quizá sugestionado por la sopa primigenia, no puedo más y me lanzo a por la ensalada como un burro hambriento.

Consumida la alfalfa, digo la ensalada, pasan los minutos y me asalta un vacío existencial que raya con lo ridículo: me veo como un estúpido animal de granja que espera impaciente la aparición del amo con el pienso de cada día. Un amo que quiere demostrar que lo es. Vuelvo al recurso del mar, contemplo los rizos de sus mínimas olas, el chapoteo de los bañistas, algunos barcos en el horizonte… hasta que el mar dejar de ser el mar y es solo una postal, y yo un gilipollas dentro de una postal. Además, caigo en la cuenta de que con las otras mesas no se demoran tanto, y de que Paco al otro lado de la barra, en la penumbra, habla con un camarero, riéndose mientras miran en mi dirección. Se lo están pasando bien a mi costa. Y seguro que Paco está esperando mi queja airada para luego él restregarme por la cara mi discurso sobre los beneficios de la lentitud. Pero no le voy a dar esa satisfacción.

Llevo ya una hora en el chiringuito cuando me sirven el cazón y las sardinas. No sé si es hambre o desesperación lo que tengo, pero al instante dejo de ser una persona civilizada para convertirme en un troglodita, con esa voracidad que provoca la incertidumbre de si habrá un mañana alimenticio, ajeno a las miradas y cuchicheos de las mesas vecinas ante el espectáculo que seguramente ofrezco.

Después de chuparme los dedos, las manos y los antebrazos, me acerco a la barra a pagar. No quiero postre ni café. No quiero esperar más. Quiero llegar al apartamento antes de que empiecen a cantar los grillos.

—Muy bueno todo —le digo a Paco al pedir la nota, estrechándole la mano, pasando por alto la sonrisa de burlona superioridad con que me mira para decirme:

—¿Has visto, quillo, cómo aquí ponemos nuestro granito de arena para mejorar el mundo?

Será cabrón.

Primera comunión

 

Alba come sol

foto: Efrén Serrano

 

La niña comulga con la hostia luminosa del sol en el esplendor de la tarde amarilla, lejos de las sotanas, de los altares y de las monsergas. Las gaviotas, que no se ven pero están ahí, baten con sus alas una oración alegre, sin lamentos ni súplicas, sin pecados ni perdones, mientras los confesionarios navegan a la deriva por el mar crepuscular