Jaulas

Loro-Yaco-9

Lola me había dejado y yo andaba hundido. Fue entonces cuando una tarde, un loro africano, de esos que llaman yacos, de cuerpo gris y cola roja, entró volando por la ventana de la cocina, se posó en la encimera y allí se quedó temblando como un plumero agitado por el viento.

Le ofrecí el palo de la fregona como sustento, y él, aun temblando, aceptó el traslado. Sentí entonces que el destino me lo enviaba para ayudarme a reconquistar a Lola cuando viniera a llevarse sus bártulos. Le demostraría que soy una persona responsable, muy buen candidato para ser el padre de sus futuros hijos; capaz no solo de hacer hablar a un loro, sino de conseguir que razonara, pues siempre tuve la certeza de que las habilidades de estos animales van más allá de la mera repetición de los sonidos que escuchan.

Al principio temí que fuera un loro experimentado, de esos que dicen groserías o frases insulsas, pero parecía tener la mente en blanco. Y como yo quería un loro ilustrado que vocalizara aforismos y sentencias capaces de sembrar la comprensión en la dura mente de Lola, le puse de nombre Voltaire, y decidí instalarle en la sala de estar, alejado del patio de vecinos, que es el lugar de perdición de los loros, la universidad de lo soez y escatológico.

De las miles de páginas en internet dedicadas al cuidado de los loros, elegí al azar un manual en PDF que llevaba por título “Tu loro y tú”. Y muy pronto tuve la convicción de que educar a un loro era tan complicado como educar a un hijo. Según el manual, Voltaire podría decidir no relacionarse conmigo, y yo debería respetar ese derecho a la incomunicación y no atosigarlo para que hablara. Lo más importante era proporcionarle un bienestar físico y emocional. También era fundamental que sus ojos estuvieran siempre a la altura de los míos; ni por debajo, para que no le resultara humillante su posición; ni por encima, para que no creyera que podía dominarme. Un error en este sentido despertaría su agresividad.

El manual desaconsejaba las jaulas circulares, pues en ellas Voltaire podría desarrollar un trastorno obsesivo compulsivo. Así que le compré una de perímetro cuadrado en forma de pagoda china. Llené de agua el bebedero y de pipas el comedero, y durante días no intenté ningún adoctrinamiento. Cuando advertí que no recelaba de mi proximidad, probé a enseñarle unas palabras sencillas, “hola” y “adiós”, vocalizando lentamente, igual que si estuviera guiando a un niño en sus primeras palabras, pero Voltaire no decía ni pío.

¿No estaría subestimando su inteligencia? ¿Debería empezar directamente con aquellas citas que había seleccionado para azuzar la conciencia de Lola? Le miré intensamente —mis ojos a la altura de los suyos, que parecían dos inquietas cabezas de alfiler — y dije con voz de predicador en estado de gracia:

“La contradicción es la sal de la vida”

Y esperé su reacción, imaginándome ya la cara de Lola al oír por boca de un loro aquella frase que ponía en entredicho su rígido carácter. Pero Voltaire se limitó a hacer un gesto que, de haber sido un hombre pájaro, podría interpretarse como un encogimiento de hombros o un corte de mangas.

Probé con otra cita: “El corazón tiene razones que la razón no acierta a comprender”.

Nada, ni una palabra. Para ser un emisario del destino dispuesto ayudarme, Voltaire estaba resultando muy cabezón. Entonces busqué sonidos de la selva en internet. Mi intención era despertar en la memoria genética de Voltaire los atavismos de su especie. Quizá entonces se sentiría feliz emocionalmente y con disposición a hablar.

“Toda convicción es una cárcel”, me animé a repetir una y otra vez entre la algarabía de rugidos, silbidos, siseos, graznidos y demás, convencido de que en cualquier momento algunas de aquellas palabras harían eco en su cerebro de loro.

Una a una fui recitando las citas escogidas, y para cuando llegué a “La perfección es una pulida colección de errores”, Voltaire se había dado la vuelta y comía pipas de cara a la pared: crac, crac, crac… Pero ¿qué clase de hombre era yo si me rendía? ¿No le estaría dando la razón a Lola?

“Rasca en un fanático y hallarás una herida no cicatrizada”, dije. Y Voltaire: crac, crac, crac…

“Quien quiere arañar la luna, se arañará el corazón”. Crac, crac, crac…

No dejé de intentarlo hasta que una tarde, al regresar del trabajo, me encontré con que las maletas y cajas de Lola ya no estaban. Ni siquiera había dejado una nota. Voltaire se hallaba fuera de la jaula, con la puerta abierta, subido a los barrotes del techo. Las ventanas de la casa también estaban abiertas de par en par. ¿Era ese el mensaje que Lola me dejaba: que saliera de mi jaula y echara a volar?

Me derrumbé sobre un sillón, al borde de las lágrimas. Entonces Voltaire agitó las alas, remontó el vuelo y desplazando el aire de la habitación voló hacía mí. Temiendo su ataque me protegí la cara con las manos, pero al llegar a mi altura, Voltaire, con la elegancia de una bailarina, descendió lentamente hasta posarse en mi hombro derecho. A través de la camisa pude sentir las leves punzadas de sus garras. Se me quedó mirando —sus ojos por encima de los míos— como si me traspasara el alma, abrió el pico y, con esa voz aguda y estridente de los loros, dijo:

“Alégrate, nadie se conoce hasta que no ha sufrido”.

Voló hasta el centro de la habitación, y allí permaneció durante unos segundos, levitando en vertical, con las alas abiertas en toda su extensión, mientras la luz de la tarde dibujaba un aura dorada alrededor de su cabeza. Parecía un ángel diminuto y grotesco observándome desde la altura. Después se giró sin perder la verticalidad y salió volando por la ventana. Fue solo un punto en el cielo. Y luego: el vacío.

 

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