El gran hermano cuida de ti (II)

GRAN HERMANO

Estimada señorita X.

Quién sea yo, no importa. Pero hace unos días intentó usted convencerme para que contratara un Seguro de Decesos con su Compañía. Y, después de nuestra conversación telefónica, quiso la casualidad que escuchara en la radio “El trato”, de Alejandro Sanz, y como me seducen estos cruces que la vida nos presenta, no he podido resistirme a pedirle a usted que escriba al cantautor para que la estrofa donde dice “No podemos llegar al final de la vida en un estado perfecto. Tenemos que llegar al final de nuestros días derrapando y medio muertos, sucios, cansados, gastados, heridos, doloridos, sonriendo”, para que esa estrofa, digo, le sugiera usted a don Alejandro finalizarla con “sonriendo y con un buen Seguro de Decesos”.

Querida señorita X, no se enfade conmigo, y no me tome muy en serio. Sé que está cumpliendo con su trabajo. Aquí le dejo la canción. Espero que, entre Seguro y Seguro, pueda abandonarse y disfrutar de ella.

EL TRATO

 

 

El gran hermano cuida de ti (I)

 

GRAN HERMANO

Lo malo de vivir en esta Aldea Global, recorrida por redes que nos conectan a todos, con ojos y oídos en cada esquina, es que cuando te jubilas, incluso días antes de que esto ocurra, te empiezan a llegar mensajes para recordarte que eres materia orgánica en vías de descomposición y que ellos, los bondadosos emisores de dichos mensajes, están aquí para retardar el inevitable viaje final, así como para mejorar las condiciones en que viajas.

En otras palabras, a mi correo, al igual que me llega el aviso para que mi coche pase la ITV, me está llegando publicidad para advertirme de los beneficios de hacerme una puesta a punto, a mí mismo, a este vehículo de carne y huesos que soy y al que, según las estadísticas, es muy probable que empiecen a fallarle todos los sistemas una vez llegada la jubilación.

Por eso, como si remotos seres que cuidan de mi salud se hubieran puesto de acuerdo en un debate sobre mi persona (¡tan importante soy para ellos!), me está llegando un caudal de mensajes que me informan de audífonos, de prótesis de todo tipo, de diferentes pruebas diagnósticas, de mágicos productos para el cuidado de la próstata y, cómo no, de las excelencias de la famosa Viagra que eleva la autoestima. Y a mí, que soy muy sugestionable, han empezado a pitarme los oídos, a latir el ojo, a crujirme las articulaciones, a retenérseme la orina, a languidecer los genitales…

Seguirán llegando mensajes de esta índole. He de resignarme. Solo espero que un día no llamen a la puerta de mi casa emisarios disfrazados de ángeles para endiñarme un sermón sobre la necesidad de preparar mi alma para el viaje al más allá. De momento no han aparecido. Los ángeles, quiero decir. Crucemos los dedos. Pero si ha sucedido algo que se le parece. Una compañía de seguros se ha puesto en contacto conmigo. Una señorita, con voz meliflua —quizá elegida para compensar la crudeza del mensaje que se disponía a transmitir—, me dice por teléfono que le sorprende que yo, habiendo asegurado el inmueble donde vivo ante las posibles contingencias que pudieran ocurrirle, no disponga de un Seguro de Decesos.

Y ahí es donde la meliflua señorita me ha tocado los deprimidos genitales. Porque soy un maniático de las palabras, y como alguna se me atraviese… ¡Decesos!, dice. ¡Pero qué palabro es ese!

—Querrá usted decir un seguro pa cuando me muera, pa cuando la palme, pa cuando la diñe… —podría haber seguido hasta el día del Juicio Final pero decidí callarme.

—Hombre, no se enfade. Sé que es difícil pensar en estas cosas, así, en frío. Pero sería bueno para su familia, para sus seres queridos en ese difícil trance… No añadir al dolor el pesado trámite burocrático que el óbito supone.

La meliflua individua disponía de buenos argumentos, estaba preparada para contratacar, pero no quise seguir escuchando esa retórica administrativa.

—Lo siento, señorita, el audífono me falla y no he oído nada de lo que me acaba de decir. Además, la próstata me está avisando y tengo que ir a evacuar inmediatamente. Lamento tener que interrumpir tan interesante conversación, pero he de atravesar el largo pasillo, difícil trámite para quien camina con una pierna ortopédica. Que tenga usted un buen día, libre de óbitos.

Eso es lo que le he dicho, pero la satisfacción por la respuesta me ha durado muy poco. Soy muy sugestionable —ya lo dije—, y al rato de colgar he tenido que enfrentarme a la penosa sensación de que empezaba a decesarme.

Melchor, «el profeta»

 

Reyes Magos

Aquí estoy, junto a Gaspar y Baltasar. Somos reyes y como reyes vestimos. Durante el viaje, las figuras de los tres montados en sendos camellos, recortadas sobre el fondo del cielo en el horizonte, debían de ofrecer una magnífica composición para los ojos con sensibilidad artística. Y no es falta de modestia, pero nadie que nos haya visto podrá deducir que personajes tan imponentes fuéramos camino de un humilde establo para adorar a un recién nacido.

La ocurrencia fue de Gaspar y Baltasar. Al principio pensé que se habían pasado con la bebida, pero estaba equivocado, solo son dos locos que creen en las profecías. Yo no creo en nada, y no debería haber emprendido este absurdo viaje, pero hay algo en mí que tiende a lo extravagante, por eso he venido con ellos, siguiendo el rumbo de una estrella que nos ha guiado para llegar a Belén, donde ahora nos hallamos, frente a este pesebre en el que, según esas profecías, el Mesías, el hijo de Dios, ha nacido.

Los tres ponemos los pies en tierra y nos acercamos al improvisado lecho de paja donde el niño reposa. Felicitamos a los padres por el nacimiento de su hijo y depositamos tres cofres como ofrenda. En uno hay oro; en otro, incienso; y mirra en el tercero. Yo no le veo el sentido a estos regalos. Si acaso al oro, porque se puede vender a los mercaderes, pero ¿incienso y mirra? ¿Qué clase de regalos son? Fue idea de Gaspar, experto en rituales y simbolismos. Dice que el oro se lo ofrecemos por ser el rey de los judíos; el incienso, por su naturaleza divina; y la mirra, que es el cofre que me ha tocado en suerte, por su condición de mortal, pues esta resina se usa en el embalsamamiento de los cadáveres. Tonterías, un niño no se alimenta de símbolos. Mucho mejor hubiera sido surtirles a él y a sus padres de ropa y alimentos. Pero no digo nada, no quiero estropear este instante de arrobamiento en que Gaspar y Baltasar se encuentran, con la estrella presidiendo la escena desde el cielo.

He observado al niño con mucha atención y no percibo en él nada fuera de lo común. No hay un aura alrededor de su cabeza, sí en cambio tiene el colgajo del ombligo y el rostro enrojecido por el esfuerzo del parto, y una mula y un buey que le dan calor con sus alientos. Todo demasiado terrenal. Me cuesta creer que en este cuerpecito esté contenida la Divinidad, que este niño sea la encarnación de Aquel que creó el Mundo en seis días, de Aquel que envió al ángel exterminador para matar a los primogénitos de los egipcios (por cierto, ¡¿qué clase de dios haría eso?!). ¡Tanto poder ahora reducido a la indefensión de un niño!

Todas estas historias me parecen un gran disparate, pero reconozco su poder de sugestión, porque son el reflejo de nuestros miedos y deseos, y pueden llegar a ser tan consoladoras como un oasis en el bello pero inhóspito desierto. Incluso a mí, el incrédulo, me conmueve esa vida que las profecías ya han escrito para el niño: le perseguirán por sus ideas, será traicionado y vendido por treinta monedas de plata, y condenado a muerte en la cruz, resucitará y subirá al cielo. Aun así, y aunque no soy profeta, puedo predecir sin temor a equivocarme que en el futuro nadie celebrará este nacimiento: en un par de meses, el recuerdo del Mesías habrá caído en el olvido.

Yo me remendaba, yo me remendé

cantando villancicos

Rin Rin

Caminas con tu hija cogidos de la mano. Al final del camino os espera un Rey Mago sentando en su trono. En la mano libre la niña lleva la carta que durante un mes ha estado escribiendo. Es la carta definitiva, la última versión después de mucho escribir y borrar, escribir y borrar, tantas veces que el resultado te recuerda a un yacimiento arqueológico en el que los distintos niveles, si pudieras excavar, te revelarían los cambiantes deseos de la niña a lo largo de ese mes. Cuando os ponéis a la cola, te pregunta: “Papá, ¿por qué llegan antes los regalos de Papá Noel que los de los Reyes Magos, si Papá Noel es uno y los Reyes son tres?”. Te frenas en seco, como si la palma de una mano gigante te hubiera dado el alto. La pregunta es peliaguda, no puedes andar y pensar a la vez. La niña te mira, se rasca la rodilla, espera. “Esto… ummm… verás… —miras al cielo buscando la inspiración, y parece que te llega—, pues porque los Reyes viajan en camellos, que son más lentos que el trineo tirado por renos de Papá Noel”, dices, y tu hija parece conformarse con la respuesta. Solo de momento. Sabes que volverá a la carga, que con sus preguntas irá día a día quitándole las capas a la cebolla de la inocencia.

Pasan los años, tu hija se ha independizado y acaba de estrenarse como maestra. Ha venido a ayudarte a montar el belén. Mientras estáis enfrascados en la tarea, te habla de la experiencia con sus niños en el colegio. Está indignada con el villancico “Rin Rin” que han cantado en la capilla. Ella no lo hubiera elegido. Es un villancico tendencioso y cargado de prejuicios, te dice. ¿Por qué tiene que ser una burra y no un burro quien lleve la carga de chocolate al portal? ¿Por qué María es simplemente María, y José es san José? ¿Qué ha hecho él para ser un santo, aparte de tocarse los güevos?, ya que es María la que tiene que correr para que los ratones no se le coman a él los calzones, es María la que tiene que volar para que no le roben los pañales al niño. No, José no es un santo, y los ratones, guiados por su instinto animal, han intuido que hay algo turbio en él, ¿por qué, si no, le roen los calzones, precisamente los calzones? Y lo peor: ¿por qué son gitanillos y no payos los que roban los pañales? Agggggg.

Ufff, tu hija está realmente enfadada, y tú te has quedado con una oveja en la mano, a medio camino de ponerla a pastar sobre el belén, como si estuvieras posando para una foto, sin saber qué decir. Intentas recordar la letra del villancico: “Hacia Belén va una burra, rin rin...”, ahora bajo la interpretación que tu hija ha hecho. Te parece que está mezclando la letra de dos villancicos, pero no le dices nada.

—Durante años —insiste tu maestra—, he estado repitiendo este villancico como un loro. Ahora es cuando me doy cuenta de la bomba machista y racista que esconde en su interior. Y justamente la parte que nunca entendí, la parte que me parecía más absurda, es la única que tiene valor.

—¿Qué parte es esa? —preguntas, sospechando una insólita respuesta.

—Su estribillo.

—¿Su estribillo?

Y tu hija se pone a cantar:

—“Yo me remendaba, yo me remendé, yo me eché un remiendo, yo me lo quité”, que si lo piensas bien, este estribillo no es otro que el estribillo de la vida misma, porque siempre andamos remendándonos y quitándonos los remiendos para volvernos a remendar. Y es que no nos queda otra.

Entonces recuerdas aquel remoto día en que fuiste con tu hija a dejar la carta al Rey Mago y piensas que, definitivamente, la niña le ha quitado todas las capas a la cebolla.

—Te parece que cantemos “Noche de paz”—es lo único que se te ocurre decir.
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La noche del CAPSICUM

 

Pimiento de Padrón II

EL CAPSICUM

Hace unos meses me robaron una hora de mi vida y ahora hay en mi biografía un espacio en blanco que ya no conseguiré recuperar jamás. Quizá parezca cómico, pero tengo la seguridad de que el ladrón fue un pimiento, un pimiento de Padrón, para ser exacto.

Sucedió de la siguiente manera. Estaba cenando con Lola en un restaurante elegido al azar, decorado con motivos taurinos. En las paredes se podían ver fotos de Ava Gardner y Hemingway en la plaza de toros de Madrid, y a Luis Miguel Dominguín con su hijo Miguel Bosé cuando era niño. También había espadas y capotes enmarcados. Pero ni sonaron clarines ni eran las cinco en punto de la tarde, sino las diez de la noche, cuando me sirvieron el filete que había pedido, acompañado de patatas y pimientos de Padrón. Ya otras veces me había tocado uno de esos pimientos que pican a rabiar. Pero en esta ocasión fue llevármelo a la boca, masticarlo y entrar mi cabeza en combustión. Según testimonio de Lola, por la brusquedad y lo exagerado de mis gestos, la expresión de mi cara se parecía mucho a la de un dibujo animado sometido a la tortura de otro dibujo animado. No obstante, como uno tiene cierto pudor, no quise morirme allí, con una muerte tan poco honorable, en ese ruedo taurino y a manos de un pimiento. Así que aguanté como pude hasta que poco a poco me fui calmando. Luego fui al lavabo a refrescarme.

Ya de vuelta me senté frente al filete, dispuesto a seguir comiendo. Pero fue entonces cuando, PLAFFF, mi yo mental desapareció. Así, de pronto, como si me hubieran desconectado. Según Lola, mi cuerpo seguía en el restaurante, pero yo no. Preguntaba insistentemente por qué estábamos en aquel lugar, y luego no pude pagar la cuenta porque no recordaba la contraseña de la tarjeta, tampoco recordaba dónde había aparcado el coche. Entonces Lola, al ver que mi cara de lelo superaba con creces la cara de lelo habitual, decidió coger un taxi para llevarme al hospital, con la esperanza de que mi mente y mi cuerpo se fundieran de nuevo para seguir juntos por la vida y no disgregados.

Dice Lola que nunca he sido tan dócil como en ese tiempo en que estuve desaparecido, que yo era como un niño perdido al que llevan de la mano.

Reaparecí ya pasados cincuenta minutos, según estimación de Lola. Aunque no es muy fiable este cálculo, dado el estado de nervios en que se encontraba, pues fue ella la auténtica víctima de mi desaparición, no yo, que estaba ausente de mí. El caso es que me recuerdo en el hospital, frente a un doctor y una doctora que me hacían preguntas: ¿Cómo se llama usted? ¿Dónde vive? ¿Qué edad tiene? ¿Tendremos Gobierno de España en uno de estos siglos?… Luego la doctora me advirtió: “Le voy a decir una palabra. Intente memorizarla. Más tarde volveré a preguntarle para ver si la recuerda”,

Pero mi reaparición fue como la de una imagen que no acaba de formarse en una pantalla, que aparece y desaparece, pues los recuerdos que tengo no siguen un orden cronológico preciso, porque es verdad que me viene a la memoria ese interrogatorio de los doctores, pero no así escenas que tuvieron que ser posteriores: cuando me puse el pijama, o me hicieron el análisis de sangre, o el electrocardiograma. Quiero decir que de pronto me vi en pijama, con las vías en mi brazo y las ventosas del electro en mi pecho, sin saber cómo había llegado a ese estado. En cambio, me recuerdo entrando en el habitáculo del TAC, mientras yo decía: “¡Ha sido el pimiento! ¡Ha sido el pimiento!, y las enfermeras partiéndose de la risa.

Pasé toda la noche en observación, con Lola a mi lado, retorciéndose la pobre sobre una silla mínima, dando cabezadas. En la madrugada, desde la penumbra que producía una tenue luz, emergió la figura de la doctora aproximándose a mi cama: ¿Sabe quién soy?, ¿Recuerda la palabra que le dije antes? En otro contexto, hubieran resultado preguntas muy sugerentes, pero, incluso en mi estado, entendí que a aquella mujer solo le interesaba mi yo fisiológico. Yo no era un hombre. Era un cóctel de hematíes, colesterol, triglicéridos, etc.

“Caracol” era la palabra que yo tenía que haber recordado, pero no la recordaba. Me sentí impotente. Le había fallado. Por eso me conmovió que quisiera darme una nueva oportunidad: “Le diré otras dos palabras, y luego deberá contar para atrás, de tres en tres, empezando por el número cien”. Ese restar y restar como los cangrejos que me pedía la doctora puso fin a cualquier mínima fantasía que yo aún pudiera tener. Cuando terminé de contar, me preguntó por las palabras que acababa de decirme. Esta vez no fallé: CUCARACHA, GUSANO. La doctora asintió con la cabeza, me deseó buenas noches y se fue.

Lola seguía mal durmiendo a mi lado, encogida en la silla, y yo me quedé pensando en si las palabras que la doctora me había propuesto escondían algún mensaje oculto dirigido a mi persona: caracol, cucaracha, gusano. ¿Qué clase de palabras eran aquellas? ¿Había despertado yo en la doctora alguna especie de odio escondido? ¿El ataque del pimiento me había vuelto paranoico? Lo cierto es que la imagen del caracol reproducía mi estado mental en ese momento. Yo era un caracol avanzando lentamente, dejando atrás las babas del olvido, pues, a excepción de esos cincuenta minutos —siempre según Lola—, fui recuperando mi vida anterior, incluso los momentos previos a mi desaparición en el restaurante donde Ava Gardner y Hemingway fueron testigos de la estocada que me había dado el pimiento matador.

Por la mañana vino un doctor a darme el alta, confirmando así que a la doctora de la noche solo le interesaba de mí la capacidad para recordar palabras humillantes. En las pruebas no habían encontrado nada anormal, solo la tensión alta, 185/95, debida seguramente —dijo el doctor— al “síndrome de la bata blanca”, que no es otro que el cague que te entra en cuanto entras en un hospital.

—¡Pero si yo no estaba en mí! ¡¿Cómo iba a tener miedo?! —protesté.

—Es un reflejo condicionado de su organismo, no es necesaria su presencia —dijo el irónico doctor.

—Déjese de reflejos condicionados —me indigné—. Ahí lo tiene, está muy claro. Si esa era la tensión en el momento en que me la tomaron, imagínese cuál sería inmediatamente después de que el pimiento intentara asfixiarme al presionar con sus garras en mi cuello.

—Por favor, deje la teoría de Pimientator —el doctor seguía graciosillo—, son cosas que pasan sin saber por qué. Probablemente nunca le volverá a suceder. Siga con su vida y no piense demasiado en ello.

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En las semanas siguientes me olvidé del pimiento, pero tenía miedo de volver a desaparecer, esta vez sin encontrar el camino de regreso. Por eso tuve la necesidad de hablar con familiares y amigos; quería despedirme de ellos, cerrar heridas, arreglar cuentas pendientes, antes de que aquello ocurriera.

Pero ahora vuelvo a estar seguro de que fue el pimiento el causante de esa separación transitoria de mi cuerpo y mi mente. Tan seguro que he pensado en escribir a varios laboratorios farmacéuticos ofreciéndome como conejillo para la experimentación. Les pediré que investiguen a fondo las propiedades de la Capsicina, con la certeza de que hallarán la dosis y demás variables que influyeron en mi desaparición. No creo que rechacen mi oferta: si obtienen resultados positivos, los beneficios económicos serán incalculables porque ¿quién no querrá disponer de una píldora para, controladamente, desaparecer por un tiempo y a voluntad?

Llaman a la puerta

 

Máscaras antigás niños

Me encontraba en casa viendo las noticias por televisión cuando llamaron a la puerta. Justo en ese momento el locutor nos advertía, como ya era habitual, de que un tipo peligroso andaba suelto. Los estragos que causaba iban en aumento. No tenían una foto que pudieran mostrarnos, y las descripciones era tan variadas que del conjunto de todas ellas habría resultado un retrato robot muy complejo. Pero nos pedían mucha precaución, porque su existencia era real y no, como se había pensado, uno de esos cuentos para atemorizarnos.

Antes de abrir la puerta debería haber mirado por la mirilla, o preguntado al menos quién llamaba, pero uno piensa que lo que sucede en las noticias siempre les pasa a otros. Así que abrí la puerta sin tomar ninguna precaución, y frente a mí me encontré a un individuo corpulento, de unos dos metros de altura, con los ojos que parecían a punto de salirse de sus cuencas, la cara congestionada y la papada balanceándose sobre el pecho, sudorosa, como todo su cuerpo, que parecía rescatado de un pilón: empapada la túnica que llevaba.

—¿Qué desea? —pregunté.

—Hablar con usted. Me llamo CG —dijo, y su aliento era como el aliento de un horno caliente al abrirse.

—¿CG?

—Sí, CG. Soy el Calentamiento Global.

¡El Calentamiento Global! Así que las noticias decían la verdad. El tipo existía y ahora estaba a la puerta de mi casa.

—Vaya, yo hubiera preferido un calentamiento a secas —bromeé, porque no quería que viera mi miedo. Pero no conseguí engañarlo.

—No tema, no voy a hacerle daño. Solo quiero que hablemos

—No quiero hablar. No he hecho nada — intenté cerrar la puerta pero él me lo impidió con su enorme pie.

—Esa es precisamente la cuestión: que usted no ha hecho nada.

Entendí lo que quería decir, pero no iba a dejar que me abrumara con un sentimiento de culpa.

—Nadie hace nada —protesté—. ¿Por qué tiene que venir a mi casa? ¿Por qué yo?

—Ya está usted amparándose en lo que no hacen los demás. Asuma su responsabilidad. Si cada uno hiciera lo que tiene que hacer, yo no me encontraría como me encuentro.

—Ahora es usted quien escurre el bulto. Alguna responsabilidad tendrá también, ¿no?

—Míreme bien. Estoy al borde del colapso. ¿Se cree que me gusta andar por ahí con este aspecto de bizcocho recalentado? ¿Cree que disfruto con los daños que sin proponérmelo provoco?

—No me da usted pena. Lárguese.

—¿Que me largue? Veo que sigue sin entender. Es por ustedes mismos por quienes tiene que sentir pena. Lo quiera o no, estamos unidos. Sus malas acciones me afectan a mí, y luego yo les devuelvo ese mal. ¿Cómo puede estar tan ciego para no verlo? Venga, sígame.

CG me apartó de la puerta, entró en casa y avanzó hasta el balcón. Le seguí.

—Asómese a la calle y mire. Está tan acostumbrado a lo que ve que ya no sabe apreciarlo. Pero un día no muy lejano, si no pone de su parte, niños como esos que ahora están jugando en el parque llevarán máscaras para protegerse de la contaminación, y quienes se asomen a este mismo balcón, tal vez sus nietos o los hijos de sus nietos, ya no verán más árboles, ni pájaros en el cielo.

No supe qué responder. Me faltaban argumentos para llevarle la contraria. Entonces CG dio media vuelta y se quedó mirando las paredes del salón, las estanterías, como si buscara algo.

—¿Y esa casa en la costa? —dijo, señalando una de las fotos que había en la librería— ¿Cuál es su historia?

—Oiga, por mucho Calentamiento Global que usted sea, no tiene derecho a invadir mi casa, a interrogarme.

—No importa. No conteste si no quiere. No hace falta. Esa era la casa de sus abuelos. Allí pasó gran parte su infancia. Ahora es de su propiedad y va en vacaciones.

—Joderrrr. ¿Trabaja de espía para el Gobierno? ¿Le envían ellos?… Aunque no creo, a ellos se la suda lo que a usted le pase.

—Piense: ¿le gustaría que esa casa fuera tragada por el mar? ¿Que formara parte del fondo marino en absoluta soledad, y que ni los peces pudieran recorrer sus habitaciones porque para sobrevivir habrán emigrado a frías regiones abisales?

El cabrón de CG me había tocado el corazón. En efecto, se trataba de la casa de mi niñez, llena de recuerdos. No puede evitar ver a mis abuelos en el fondo del mar, me miraban con los ojos acuosos de los peces, y había reproche en ellos. Tuve que hacer un esfuerzo para no llorar: no quería darle la satisfacción de verme ceder. Me defendí:

—Es usted un exagerado, un fatalista, un apocalíptico. Váyase con la murga a otra parte.

CG parecía muy decepcionado con mi actitud. El rojo de su cara se tornó morado, y luego viró hacia un gris ceniciento.

—Como quiera, amigo, pero vuelvo a advertirle: si usted no hace algo, el mundo conocido desaparecerá para dar lugar a otro absolutamente inhóspito. Un mundo que, uniformado en la grisura, irá perdiendo su belleza, su variedad. Y para la Humanidad será la hora de la decadencia, porque su creatividad y su ingenio estarán empantanados en el mero acto de sobrevivir. No es tanto lo que le pido, pequeños gestos que usted conoce de sobra. En fin, no le voy a aburrir con una larga enumeración. Usted sabe, pero no actúa.

Me sentía furioso. Aunque ahora sé que era conmigo mismo con quien estaba enfadado. Él tenía razón, pero no quería admitirlo.

—Habla usted, CG, como un engendro: mitad político, mitad poeta. ¡Lárguese de una vez! —grité señalándole la puerta —¡Y no vuelva!

CG empezó a caminar en dirección a la salida. Andaba pesadamente, e iba dejando charcos de agua sobre el suelo. Antes de marcharse, ya en el umbral, dijo:

—Sí, ojalá que no tenga que volver. Si vuelvo, será porque ya es tarde, el tiempo se habrá acabado.

 

 

La conjura de los necios

Cabeza hoyo

En Madrid, por las mismas fechas y a poca distancia, coincidieron la “Cumbre del Clima” y “Milenio Live” (para quien no lo sepa: evento conducido por Iker Jiménez y dedicado a fenómenos paranormales y enigmas indescifrables). Nos preguntamos si esta coincidencia es fruto del azar o un hecho paranormal en sí mismo. Nunca lo sabremos. Lo cierto es que ambos acontecimientos, como es de suponer, tenían objetivos muy diferentes. Pero oh, enigma indescifrable, tal vez debido a la mezcla de asistentes a uno y otro evento ya fuera de los respectivos recintos, empezaron a circular ideas desde el mundo esotérico de Milenio al mundo supuestamente científico de “Cumbre del Clima”, de tal forma que en las conclusiones finales de la Cumbre se determinó que el calentamiento global no se produce por la acción irresponsable del hombre, sino por la creciente cantidad de espíritus que, en pena y cabreados, deambulan por el planeta, o bien por la acción soterrada de los extraterrestres como paso previo a una invasión de la Tierra, sin descartar —es otra posibilidad— la acción conjunta de espíritus y extraterrestres.

Por tanto, para frenar el calentamiento global, decidieron por unanimidad contratar a un grupo de médiums y a un grupo de abducidos. Tanto los unos como los otros deberán ponerse en contacto con sus peculiares clientes para negociar un acuerdo que beneficie a todas las partes.

Esperamos resultados. La cosa está que arde.

 

La niña quiere un hámster

Hámster

La niña quiere un hámster, quiere un hámster, quiere un hámster… Los padres le regalan uno y la niña le pone de nombre “Rosita” por su blanco tirando a rosado, sin preocuparse de si es macho o hembra, y le ata un lazo rosa al cuello.

Por los alrededores de la urbanización donde vive la familia merodea un gato grande sin dueño, de un negro azabache, que tiene fama de astuto y agresivo. Tan es así que todos lo llaman “Tigre”. Tigre se cuela en los jardines y abre las jaulas de los canarios y hunde su pezuña en los estanques para zamparse a los peces. Los padres advierten a la niña de las habilidades del felino, para que no saque a Rosita al jardín y, sobre todo, para que no se deje la jaula abierta, porque entonces Rosita podría terminar en la tripita de Tigre, ¿entiendes? La niña dice que Tigre es un gato muy malo, pero los padres, afiliados al Partido Verde y declarados animalistas, le explican que los animales no son malos, que actúan según su naturaleza. La niña no entiende muy bien qué quieren decir, pero les pregunta si tampoco ella sería una niña mala si se comiera a los peces y al canario. “En tu naturaleza no está comer canarios ni peces”, argumentan los padres. “Comemos pollo y merluza”, replica la niña, que sigue sin entender que es eso de la naturaleza de cada uno. “Uy, parece que va a llover”, concluye la madre.

Una tarde de sábado la niña se deja la jaula abierta y Rosita se escapa. Durante tres horas la buscan por la casa y por el jardín, por toda la urbanización. Preguntan a los vecinos. Nadie ha visto nada. La niña llora: quiere su hámster, quiere su hámster, quiere su hámster… “Te compraremos otro”. “Quiero a Rosita, quiero a Rosita, quiero a Rosita…” Esa noche la niña se acuesta con un berrinche, y aun dormida, da hipidos de desconsuelo.

A la mañana siguiente, los padres están desayunando en el jardín cuando el vecino, desde el otro lado de la verja que separa las parcelas, les da la noticia de que Tigre ha aparecido muerto, medio devorado, el cuello recorrido por pequeñas heridas como si formaran un collar. Los padres dejan de desayunar, y ya se están lamentando de la mala racha —Rosita, desaparecida y Tigre, devorado— cuando ven aparecer a Rosita por debajo de unos arbustos, que corre hacia ellos y se detiene al lado de la mesa. Parece que le han inflado el cuerpo al doble de lo que era, pero es Rosita, no cabe duda, lleva el lacito que la niña le ató. Y lo más insólito: las pequeñas pezuñas, el hocico y el pecho están manchados de sangre, y entre sus diminutos dedos se enroscan pelos de gato.

El padre y la madre se levantan de un brinco y se miran horrorizados. ¡¿Qué es esto?! ¡No es posible! ¡No puede ser! Aun así, tienen que actuar rápido antes de que la hija se despierte. Rosita, la presunta asesina, deberá salir de la casa, sentencian. Y dicho esto, la madre se detiene en seco mirando en dirección a la pala con la que el día anterior trabajó en el pequeño huerto. El padre comprende, coge la pala con las dos manos y, con ojos de loco, la levanta por encima de la sanguinolenta Rosita.

A la niña le dirán que se la comió el gato. Así aprenderá a cuidar de lo suyo y a enfrentar las frustraciones, y, sobre todo, no crecerá con la idea de que vive en un mundo donde se puede alterar el orden natural de las cosas, un mundo en el que los ratones se comen a los gatos.

 

Moscas, mosquitos y moscones

Mosquito

Desde que hace años leí el poema de Antonio Machado dedicado a las moscas, mi relación con estos seres cambió por completo. De hecho, admiro la naturalidad con que las moscas pasan de la mierda a las flores y de las flores a la mierda, de las calvas infantiles a los párpados de los muertos y viceversa, sin remilgos ni aires de superioridad. Ya quisiera yo tener para mí esa capacidad de adaptación.

Algo parecido me ha pasado con los mosquitos después de leer en un artículo que las mosquitas necesitan de nuestra sangre para reproducirse; para alimentar a sus larvas, exactamente. Ahora mi actitud para con los mosquitos es otra. Antes me embadurnaba de repelente, y si algún mosquito (en realidad, mosquita) se posaba sobre mi piel, mi mano, en un acto reflejo, lo aplastaba sin compasión ni posterior remordimiento. Ahora dejo que las mosquitas me piquen como les venga en gana. Eso sí: voy hecho un Cristo. El Cristo de las Picaduras. Pero contribuyo a la perpetuación de su especie. A veces la picadura arrecia y luego la tentación de aplastarlas es acuciante. Entonces tengo que recurrir a imágenes tipo Disney de los tiernos bebés mosquitos, con mofletes de chupóptero y patitas suplicantes. Incluso alguno se me aparece con pañal y patucos.

Los amigos se burlan de mí porque —me interrogan— ¿qué función cumplen las moscas y los mosquitos? ¿Acaso sus diminutas e insignificantes vidas aportan algún beneficio? ¿Perderíamos algo con su desaparición?

Siempre me ha parecido un sinsentido buscarle sentido a la vida, sobre todo un sentido ÚLTIMO. El único sentido de la vida es el que queramos darle. Y, mientras acaricio el lomo mínimo de una mosquita, les pregunto a estos amigos: ¿qué perdería el Universo si dejara caer su mano cósmica sobre nosotros, los grandes moscones?

LAS MOSCAS

PARA VIVIR

 

 

 

La fama

esqueleto

Hace tiempo que perdió la piel, las vísceras. De Lázaro ya solo queda el esqueleto limpio, sin adherencias. En vida siempre fue un hombre acomplejado que rehuía las reuniones sociales, pero este año, con la seguridad que le da el no tener rostro, quiere presentarse al concurso de disfraces que por Halloween se celebra en su pueblo. Así que retira la lápida, sale de su tumba y se pone a caminar.

A estas horas de la noche, el cementerio se encuentra vacío y nadie puede oír el ruido de sus articulaciones al andar clac clac clac. Cuando llega a la carretera, desde lejos, ve el resplandor que la luz del pueblo proyecta en la oscuridad del cielo. 1 Kilómetro, es lo que dice el cartel. Acelera el paso clac clac clac.

Llega a la plaza en fiestas, y ya hay mucha gente congregada. Llevan todo tipo de disfraces macabros. Todos se vuelven a su paso, con gestos de asombro. Le señalan con el dedo, se dan codazos. Lázaro sonríe al ver a los otros esqueletos, dibujados sobre el fondo de una tela negra, absolutamente ridículos. Se pone a lo cola donde los participantes esperan a que se les asigne el dorsal con un número. Cuando llega su turno, Lázaro coge su dorsal y se lo pone sobre la osamenta. No dejan de mirarlo.

Pasados unos minutos aparecen los miembros del jurado —el alcalde, un diseñador de moda y un coreógrafo—, y se pasean por entre los concursantes. Hablan entre sí, toman notas. Cuando llegan a la altura de Lázaro, también ellos lo miran con asombro, le preguntan por la técnica utilizada, pero, ante el obstinado silencio de Lázaro, se atreven a introducir las manos por entre las costillas, en las cuencas de la calavera. El coreógrafo pasa su bastón alrededor del esqueleto para detectar posibles hilos invisibles, por si fuera una marioneta que alguien maneja desde vete a saber dónde. Quizá —apunta el diseñador— lleva escondido un dispositivo electrónico que otro manipula en la distancia.

El jurado se retira a deliberar, y no necesita mucho tiempo para elegir al ganador. Lázaro deberá subir a un rudimentario estrado para recoger de manos del alcalde la copa y el cheque por dos mil euros. Pero antes deberá quitarse el disfraz. Son las normas.

—Es mi secreto —dice Lázaro—, no puedo revelarlo.

La gente se ríe de lo que cree una broma, y espera a que finalmente Lázaro se quite el disfraz. Pero ese momento no llega. Y hay un silencio tenso, un murmullo que va creciendo hasta que se convierte en griterío: ¡Que se quite el disfraz! No dejan de gritar. ¡Que se quite el disfraz!

Lázaro permanece impasible, satisfecho de ser el centro de atención, hasta que la primera botella golpea en su calavera, y luego otra, y otra. Vuelan sillas, piedras, cualquier cosa que la gente tiene a su alcance. Y hacen aspavientos de incredulidad al ver que Lázaro se va desmoronando y pronto es un montón de huesos sobre el estrado. Algunos empiezan a santiguarse y a rezar: otros se ríen, pero es la risa nerviosa que esconde el miedo. Y Lázaro, por primera vez en su vida —es un decir—, se siente feliz, porque sabe que desde hoy será el protagonista de una leyenda que ira pasando de generación en generación, más allá de los límites de su pequeño pueblo.