La fama

esqueleto

Hace tiempo que perdió la piel, las vísceras. De Lázaro ya solo queda el esqueleto limpio, sin adherencias. En vida siempre fue un hombre acomplejado que rehuía las reuniones sociales, pero este año, con la seguridad que le da el no tener rostro, quiere presentarse al concurso de disfraces que por Halloween se celebra en su pueblo. Así que retira la lápida, sale de su tumba y se pone a caminar.

A estas horas de la noche, el cementerio se encuentra vacío y nadie puede oír el ruido de sus articulaciones al andar clac clac clac. Cuando llega a la carretera, desde lejos, ve el resplandor que la luz del pueblo proyecta en la oscuridad del cielo. 1 Kilómetro, es lo que dice el cartel. Acelera el paso clac clac clac.

Llega a la plaza en fiestas, y ya hay mucha gente congregada. Llevan todo tipo de disfraces macabros. Todos se vuelven a su paso, con gestos de asombro. Le señalan con el dedo, se dan codazos. Lázaro sonríe al ver a los otros esqueletos, dibujados sobre el fondo de una tela negra, absolutamente ridículos. Se pone a lo cola donde los participantes esperan a que se les asigne el dorsal con un número. Cuando llega su turno, Lázaro coge su dorsal y se lo pone sobre la osamenta. No dejan de mirarlo.

Pasados unos minutos aparecen los miembros del jurado —el alcalde, un diseñador de moda y un coreógrafo—, y se pasean por entre los concursantes. Hablan entre sí, toman notas. Cuando llegan a la altura de Lázaro, también ellos lo miran con asombro, le preguntan por la técnica utilizada, pero, ante el obstinado silencio de Lázaro, se atreven a introducir las manos por entre las costillas, en las cuencas de la calavera. El coreógrafo pasa su bastón alrededor del esqueleto para detectar posibles hilos invisibles, por si fuera una marioneta que alguien maneja desde vete a saber dónde. Quizá —apunta el diseñador— lleva escondido un dispositivo electrónico que otro manipula en la distancia.

El jurado se retira a deliberar, y no necesita mucho tiempo para elegir al ganador. Lázaro deberá subir a un rudimentario estrado para recoger de manos del alcalde la copa y el cheque por dos mil euros. Pero antes deberá quitarse el disfraz. Son las normas.

—Es mi secreto —dice Lázaro—, no puedo revelarlo.

La gente se ríe de lo que cree una broma, y espera a que finalmente Lázaro se quite el disfraz. Pero ese momento no llega. Y hay un silencio tenso, un murmullo que va creciendo hasta que se convierte en griterío: ¡Que se quite el disfraz! No dejan de gritar. ¡Que se quite el disfraz!

Lázaro permanece impasible, satisfecho de ser el centro de atención, hasta que la primera botella golpea en su calavera, y luego otra, y otra. Vuelan sillas, piedras, cualquier cosa que la gente tiene a su alcance. Y hacen aspavientos de incredulidad al ver que Lázaro se va desmoronando y pronto es un montón de huesos sobre el estrado. Algunos empiezan a santiguarse y a rezar: otros se ríen, pero es la risa nerviosa que esconde el miedo. Y Lázaro, por primera vez en su vida —es un decir—, se siente feliz, porque sabe que desde hoy será el protagonista de una leyenda que ira pasando de generación en generación, más allá de los límites de su pequeño pueblo.