La niña quiere un hámster

Hámster

La niña quiere un hámster, quiere un hámster, quiere un hámster… Los padres le regalan uno y la niña le pone de nombre “Rosita” por su blanco tirando a rosado, sin preocuparse de si es macho o hembra, y le ata un lazo rosa al cuello.

Por los alrededores de la urbanización donde vive la familia merodea un gato grande sin dueño, de un negro azabache, que tiene fama de astuto y agresivo. Tan es así que todos lo llaman “Tigre”. Tigre se cuela en los jardines y abre las jaulas de los canarios y hunde su pezuña en los estanques para zamparse a los peces. Los padres advierten a la niña de las habilidades del felino, para que no saque a Rosita al jardín y, sobre todo, para que no se deje la jaula abierta, porque entonces Rosita podría terminar en la tripita de Tigre, ¿entiendes? La niña dice que Tigre es un gato muy malo, pero los padres, afiliados al Partido Verde y declarados animalistas, le explican que los animales no son malos, que actúan según su naturaleza. La niña no entiende muy bien qué quieren decir, pero les pregunta si tampoco ella sería una niña mala si se comiera a los peces y al canario. “En tu naturaleza no está comer canarios ni peces”, argumentan los padres. “Comemos pollo y merluza”, replica la niña, que sigue sin entender que es eso de la naturaleza de cada uno. “Uy, parece que va a llover”, concluye la madre.

Una tarde de sábado la niña se deja la jaula abierta y Rosita se escapa. Durante tres horas la buscan por la casa y por el jardín, por toda la urbanización. Preguntan a los vecinos. Nadie ha visto nada. La niña llora: quiere su hámster, quiere su hámster, quiere su hámster… “Te compraremos otro”. “Quiero a Rosita, quiero a Rosita, quiero a Rosita…” Esa noche la niña se acuesta con un berrinche, y aun dormida, da hipidos de desconsuelo.

A la mañana siguiente, los padres están desayunando en el jardín cuando el vecino, desde el otro lado de la verja que separa las parcelas, les da la noticia de que Tigre ha aparecido muerto, medio devorado, el cuello recorrido por pequeñas heridas como si formaran un collar. Los padres dejan de desayunar, y ya se están lamentando de la mala racha —Rosita, desaparecida y Tigre, devorado— cuando ven aparecer a Rosita por debajo de unos arbustos, que corre hacia ellos y se detiene al lado de la mesa. Parece que le han inflado el cuerpo al doble de lo que era, pero es Rosita, no cabe duda, lleva el lacito que la niña le ató. Y lo más insólito: las pequeñas pezuñas, el hocico y el pecho están manchados de sangre, y entre sus diminutos dedos se enroscan pelos de gato.

El padre y la madre se levantan de un brinco y se miran horrorizados. ¡¿Qué es esto?! ¡No es posible! ¡No puede ser! Aun así, tienen que actuar rápido antes de que la hija se despierte. Rosita, la presunta asesina, deberá salir de la casa, sentencian. Y dicho esto, la madre se detiene en seco mirando en dirección a la pala con la que el día anterior trabajó en el pequeño huerto. El padre comprende, coge la pala con las dos manos y, con ojos de loco, la levanta por encima de la sanguinolenta Rosita.

A la niña le dirán que se la comió el gato. Así aprenderá a cuidar de lo suyo y a enfrentar las frustraciones, y, sobre todo, no crecerá con la idea de que vive en un mundo donde se puede alterar el orden natural de las cosas, un mundo en el que los ratones se comen a los gatos.