La noche del CAPSICUM

 

Pimiento de Padrón II

EL CAPSICUM

Hace unos meses me robaron una hora de mi vida y ahora hay en mi biografía un espacio en blanco que ya no conseguiré recuperar jamás. Quizá parezca cómico, pero tengo la seguridad de que el ladrón fue un pimiento, un pimiento de Padrón, para ser exacto.

Sucedió de la siguiente manera. Estaba cenando con Lola en un restaurante elegido al azar, decorado con motivos taurinos. En las paredes se podían ver fotos de Ava Gardner y Hemingway en la plaza de toros de Madrid, y a Luis Miguel Dominguín con su hijo Miguel Bosé cuando era niño. También había espadas y capotes enmarcados. Pero ni sonaron clarines ni eran las cinco en punto de la tarde, sino las diez de la noche, cuando me sirvieron el filete que había pedido, acompañado de patatas y pimientos de Padrón. Ya otras veces me había tocado uno de esos pimientos que pican a rabiar. Pero en esta ocasión fue llevármelo a la boca, masticarlo y entrar mi cabeza en combustión. Según testimonio de Lola, por la brusquedad y lo exagerado de mis gestos, la expresión de mi cara se parecía mucho a la de un dibujo animado sometido a la tortura de otro dibujo animado. No obstante, como uno tiene cierto pudor, no quise morirme allí, con una muerte tan poco honorable, en ese ruedo taurino y a manos de un pimiento. Así que aguanté como pude hasta que poco a poco me fui calmando. Luego fui al lavabo a refrescarme.

Ya de vuelta me senté frente al filete, dispuesto a seguir comiendo. Pero fue entonces cuando, PLAFFF, mi yo mental desapareció. Así, de pronto, como si me hubieran desconectado. Según Lola, mi cuerpo seguía en el restaurante, pero yo no. Preguntaba insistentemente por qué estábamos en aquel lugar, y luego no pude pagar la cuenta porque no recordaba la contraseña de la tarjeta, tampoco recordaba dónde había aparcado el coche. Entonces Lola, al ver que mi cara de lelo superaba con creces la cara de lelo habitual, decidió coger un taxi para llevarme al hospital, con la esperanza de que mi mente y mi cuerpo se fundieran de nuevo para seguir juntos por la vida y no disgregados.

Dice Lola que nunca he sido tan dócil como en ese tiempo en que estuve desaparecido, que yo era como un niño perdido al que llevan de la mano.

Reaparecí ya pasados cincuenta minutos, según estimación de Lola. Aunque no es muy fiable este cálculo, dado el estado de nervios en que se encontraba, pues fue ella la auténtica víctima de mi desaparición, no yo, que estaba ausente de mí. El caso es que me recuerdo en el hospital, frente a un doctor y una doctora que me hacían preguntas: ¿Cómo se llama usted? ¿Dónde vive? ¿Qué edad tiene? ¿Tendremos Gobierno de España en uno de estos siglos?… Luego la doctora me advirtió: “Le voy a decir una palabra. Intente memorizarla. Más tarde volveré a preguntarle para ver si la recuerda”,

Pero mi reaparición fue como la de una imagen que no acaba de formarse en una pantalla, que aparece y desaparece, pues los recuerdos que tengo no siguen un orden cronológico preciso, porque es verdad que me viene a la memoria ese interrogatorio de los doctores, pero no así escenas que tuvieron que ser posteriores: cuando me puse el pijama, o me hicieron el análisis de sangre, o el electrocardiograma. Quiero decir que de pronto me vi en pijama, con las vías en mi brazo y las ventosas del electro en mi pecho, sin saber cómo había llegado a ese estado. En cambio, me recuerdo entrando en el habitáculo del TAC, mientras yo decía: “¡Ha sido el pimiento! ¡Ha sido el pimiento!, y las enfermeras partiéndose de la risa.

Pasé toda la noche en observación, con Lola a mi lado, retorciéndose la pobre sobre una silla mínima, dando cabezadas. En la madrugada, desde la penumbra que producía una tenue luz, emergió la figura de la doctora aproximándose a mi cama: ¿Sabe quién soy?, ¿Recuerda la palabra que le dije antes? En otro contexto, hubieran resultado preguntas muy sugerentes, pero, incluso en mi estado, entendí que a aquella mujer solo le interesaba mi yo fisiológico. Yo no era un hombre. Era un cóctel de hematíes, colesterol, triglicéridos, etc.

“Caracol” era la palabra que yo tenía que haber recordado, pero no la recordaba. Me sentí impotente. Le había fallado. Por eso me conmovió que quisiera darme una nueva oportunidad: “Le diré otras dos palabras, y luego deberá contar para atrás, de tres en tres, empezando por el número cien”. Ese restar y restar como los cangrejos que me pedía la doctora puso fin a cualquier mínima fantasía que yo aún pudiera tener. Cuando terminé de contar, me preguntó por las palabras que acababa de decirme. Esta vez no fallé: CUCARACHA, GUSANO. La doctora asintió con la cabeza, me deseó buenas noches y se fue.

Lola seguía mal durmiendo a mi lado, encogida en la silla, y yo me quedé pensando en si las palabras que la doctora me había propuesto escondían algún mensaje oculto dirigido a mi persona: caracol, cucaracha, gusano. ¿Qué clase de palabras eran aquellas? ¿Había despertado yo en la doctora alguna especie de odio escondido? ¿El ataque del pimiento me había vuelto paranoico? Lo cierto es que la imagen del caracol reproducía mi estado mental en ese momento. Yo era un caracol avanzando lentamente, dejando atrás las babas del olvido, pues, a excepción de esos cincuenta minutos —siempre según Lola—, fui recuperando mi vida anterior, incluso los momentos previos a mi desaparición en el restaurante donde Ava Gardner y Hemingway fueron testigos de la estocada que me había dado el pimiento matador.

Por la mañana vino un doctor a darme el alta, confirmando así que a la doctora de la noche solo le interesaba de mí la capacidad para recordar palabras humillantes. En las pruebas no habían encontrado nada anormal, solo la tensión alta, 185/95, debida seguramente —dijo el doctor— al “síndrome de la bata blanca”, que no es otro que el cague que te entra en cuanto entras en un hospital.

—¡Pero si yo no estaba en mí! ¡¿Cómo iba a tener miedo?! —protesté.

—Es un reflejo condicionado de su organismo, no es necesaria su presencia —dijo el irónico doctor.

—Déjese de reflejos condicionados —me indigné—. Ahí lo tiene, está muy claro. Si esa era la tensión en el momento en que me la tomaron, imagínese cuál sería inmediatamente después de que el pimiento intentara asfixiarme al presionar con sus garras en mi cuello.

—Por favor, deje la teoría de Pimientator —el doctor seguía graciosillo—, son cosas que pasan sin saber por qué. Probablemente nunca le volverá a suceder. Siga con su vida y no piense demasiado en ello.

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En las semanas siguientes me olvidé del pimiento, pero tenía miedo de volver a desaparecer, esta vez sin encontrar el camino de regreso. Por eso tuve la necesidad de hablar con familiares y amigos; quería despedirme de ellos, cerrar heridas, arreglar cuentas pendientes, antes de que aquello ocurriera.

Pero ahora vuelvo a estar seguro de que fue el pimiento el causante de esa separación transitoria de mi cuerpo y mi mente. Tan seguro que he pensado en escribir a varios laboratorios farmacéuticos ofreciéndome como conejillo para la experimentación. Les pediré que investiguen a fondo las propiedades de la Capsicina, con la certeza de que hallarán la dosis y demás variables que influyeron en mi desaparición. No creo que rechacen mi oferta: si obtienen resultados positivos, los beneficios económicos serán incalculables porque ¿quién no querrá disponer de una píldora para, controladamente, desaparecer por un tiempo y a voluntad?

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