La delicadeza

tarzan

El anciano actor entra en el salón comedor del Hotel Excelsior. Va en calzoncillos, el cuerpo flácido, la mirada perdida. Es muy temprano y el comedor se encuentra vacío. El anciano se acerca a una de las cortinas, se agarra e ella y trepa apenas unos centímetros. “Ankawa, yo Tarzán”, dice. Y allí permanece colgado, como un camaleón flaco y descolorido. Intenta su grito de guerra, pero solo logra una tos persistente. Por el extremo del salón aparece el maitre, y con mucha delicadeza y como si la situación no le resultara extraña, toma al anciano por el brazo y le invita a descolgarse: “Señor Tarzán, la selva está cerrada”.

 

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