Cena de Reyes

Es Navidad y un artístico techo de luces se extiende a lo largo de la calle Mayor, por donde ahora camina Aurora, que para sus ochenta años se mueve con paso ágil entre el gentío, con la ayuda de su bastón. Las tiendas están a rebosar y por sus puertas entra y sale gente en un continuo fluir. Pero Aurora pasa de largo. Esta noche será la noche de Reyes, y siempre que se aproxima esta fecha siente una profunda congoja que le anuda el pecho, una nostalgia de lo que pudo haber sido y no fue, porque a ella los Reyes nunca le trajeron lo que pedía en las cartas. Siempre era material escolar y ropa lo que encontraba junto a los zapatos, y alguna escuálida muñeca de trapo que distaba mucho de la maravillosa muñeca que cada Navidad describía en la carta con su letra menuda. Y este año, desde hace meses, aquella niña que Aurora fue en otro tiempo viene a visitarla con frecuencia, y la envenena con el recuerdo.

Aurora deja la calle Mayor y entra en una callejuela que parece pertenecer a un mundo muy distinto, alejado de las luces navideñas, sombrío, habitado por mendigos que, desperdigados por las aceras, parecen los desechos que el río de la calle Mayor ha ido arrumbando. Aurora los observa con atención. Finalmente se detiene delante de uno. Puede valer, se dice. El hombre está tendido a la puerta de un local abandonado, su cabeza asoma por el borde del cartón que lo cubre. Tiene la mirada perdida, absorto en vete a saber qué. Aurora da dos golpes en el cartón con su bastón, TOC TOC, y el hombre sale de su ensimismamiento, asustado, aunque se relaja cuando comprueba que es una anciana quien está delante de él y no uno de esos tipos que se divierten agrediéndolo. Aurora le dice que no debería pasar solo el día de Reyes, a la intemperie, y lo invita a cenar a su casa. Al mendigo no le sorprende el ofrecimiento, y menos en estas fechas. No es la primera vez que le pasa. Suelen ser mujeres ya mayores que ofrecen afecto y compasión cuando en realidad son ellas las que los necesitan. La soledad las vuelve temerarias y superan el miedo de acoger a un extraño.

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La casa de Aurora también luce con adornos navideños, y hay un pequeño belén en el salón, encima de una cómoda. En el centro ya está la mesa puesta, rectangular, con mantel y servilletas de hilo, y una vajilla que al mendigo le parece de las reservadas para ocasiones especiales.

—Vaya al cuarto de baño, al final de ese pasillo —le indica Aurora—. Podrá ducharse. Deje su ropa en la cesta de la ropa sucia, la meteré en la lavadora después de cenar. Verá que le he dejado una muda, era de mi difunto marido. Luego vístase con el traje de Rey Mago que cuelga de una percha.

El mendigo parece dudar. ¿Ha perdido el juicio la mujer? ¿Y ese tono imperativo? Por otra parte, le apetece tanto darse una ducha y ponerse ropa limpia. Y aunque es una petición extraña, ¿qué hay de malo en vestirse de Rey Mago? ¿No se vistió de ridícula hamburguesa para un Burger? Y si consigue contentar a la vieja, seguro que puede sacarle unos buenos euros.

—Se lo ruego, póngase el traje, me haría muy feliz —las palabras de Aurora terminan por convencerlo.

Cuando pasados veinte minutos reaparece el mendigo, vestido de Rey Mago, con la barba blanca y la melena limpias, y sin la capa de mugre que cubría su cara, ya no parece un mendigo. Aunque tampoco parece un rey. Por el corte del traje y las burdas imitaciones del terciopelo rojo y del armiño, es evidente que Aurora lo compró en uno de los bazares chinos que abundan en la ciudad.

—Está usted perfecto, Gaspar —dice Aurora, dando palmas—. Ahora siéntese a cenar. Voy a por la sopa. Pero antes…

Aurora se acerca a la cómoda, abre un cajón y saca una corona dorada de cartulina y un sobre.

—Póngase la corona y guárdese la carta.

El mendigo obedece sin rechistar, y hasta le parece bonito el nombre que le ha adjudicado la vieja: Gaspar. Suena bien. Hace tiempo que el suyo ya no le dice nada, pertenece a otra vida. La corona le queda un poco grande, pero no llega a taparle los ojos.

—Mucho mejor —dice Aurora, y se marcha a la cocina.

Alrededor de la mesa hay cuatro sillas, una en cada lado, con apoyabrazos y alto respaldo. Sentado en una de ellas, el mendigo parece uno de esos Reyes Magos de los centros comerciales, a la espera de que acudan los niños. Pero es Aurora quien vuelve, con la sopera. Cuando le quita la tapa, el vapor forma volutas en el aire y el mendigo cierra los ojos mientras aspira por la nariz.

—Ummm, ¡qué bien huele!

—Mejor sabe —dice Aurora, cogiendo el cucharón para llenar el plato del hombre.

—¿Usted no se sirve?

—No, Gaspar, ya tomé esta mañana. Pasaré directamente al segundo plato: cordero.

El mendigo empieza a comer, y mientras come no deja de hacer gestos de aprobación. Realmente le está gustando. Aurora, que se ha sentado al otro lado de la mesa, lo observa complacida. Sus ojos son ahora los de una niña entusiasmada, y su boca, por mimetismo, se va abriendo al ritmo de la del Rey Mago, como si estuviera dando de comer a un bebé. Y parece que el Rey va a alcanzar el éxtasis con cada cucharada, cuando una mueca de dolor se dibuja en su cara, que empieza a enrojecer, las manos aferrándose al cuello como si pretendiera ahogarse a sí mismo, los ojos desorbitados y suplicantes. El final llega pronto: la cabeza vencida sobre el pecho, el cuerpo derrengado en la silla, la corona torcida a punto de caérsele. Y Aurora que sigue mirándolo, sin dejar de sonreír.

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