Lágrimas en la lluvia

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Me encuentro con dos extraterrestres en el parque. Sé que son extraterrestres no porque desciendan de una nave inverosímil, ni porque tengan una especie de dedo índice con un punto de luz en su extremo, ni por sus cabezas de fauno, ni por el pecho transparente bajo el cual tres verdes corazones bombean una especie de clorofila, pues nada de eso me asegura que sean extraterrestres, al fin y al cabo hay gente muy rarita por el mundo, extravagante en tuneados, tatuajes y cirugías. Sé que son extraterrestres porque no tienen ni puta idea de quienes son Leo Messi y Cristiano Ronaldo. Esta supina ignorancia es lo que acaba por convencerme de que vienen de otro planeta.

Y, ciertamente, es a eso a lo que vienen –me dicen a coro en perfecto castellano, aunque en un tono que suena a voces enlatadas, industriales-: a conocer en persona a esos dos personajes cuyos nombres e imágenes, o mejor dicho, cuyos ecos de sus nombres e imágenes atravesaron el espacio para llegar al planeta que habitan, a cientos de años luz del nuestro, con una frecuencia que ningún otro habitante en la historia de la Tierra ha superado.

Yo, que en ese momento le estoy dando un bocado a mi bocadillo de mortadela, me quedo con el gesto congelado, y como no sé muy bien qué decirles, digo lo primero que se me viene a la cabeza, hablando malamente por entre las comisuras de mis labios: “¿Ustedes gustan?”. Y no sé si es porque no entienden lo que les digo, o bien porque su forma de alimentarse es otra, o simplemente porque no tienen apetito, el caso es que hacen caso omiso de mi ofrecimiento y, con esa voz desprovista de emoción, siguen contándome.

Vienen a la Tierra para saber en tiempo real a qué se debe la notoriedad de estos especímenes, Messi y Ronaldo, y la importancia del fenómeno fútbol, y, por supuesto, quieren asistir a un  clásico Real Madrid-Barcelona. Uno de ellos tomará partido por el Real Madrid y el otro por el Barcelona. Desean experimentar la pasión de la rivalidad. Y mientras hablan, en sus caras de fauno se dibujan unas sonrisas que, siguiendo los patrones humanos, interpreto de entusiasmo. Un entusiasmo que cede de golpe para dar lugar a un rictus que, siguiendo de nuevo los patrones humanos, califico de sombrío, quizá porque ellos gozan también de la capacidad de la empatía y ya aventuran el efecto que sus siguientes palabras van a producir en mí.

Palabras tremendas, porque en su discurso descubro que es en el tiempo por donde viajan, y que nosotros somos ya tiempo pasado para ellos: en el momento en que iniciaron su viaje temporal,  hace miles de años que a nuestro planeta se le agotó la vida, y es la avanzada tecnología de que disponen lo que les permite tener grabados los sonidos e imágenes de lo que fuimos.

“… grabados los sonidos e imágenes de lo que fuimos”, me repito, y para disimular la profunda tristeza con que este breve y contundente relato apocalíptico golpea en mi corazón, les pido que se dejen de galimatías temporales, que soy un poco cortito de mente y con entender por qué en Canarias llevan una hora de retraso horario con respecto a la Península me basta. Chistecito que lejos de atenuar mi pena, ahonda en ella por la evocación ahora nostálgica de las islas.

―Sois unos… ¿capullos? ―prosigue el más alto, o alta, mirando interrogativamente a su compañero, o compañera, como para cerciorarse de que el término “capullo” es el apropiado. “Capullos”, confirma el otro, o la otra ―. Capullos ―continúa el o la que había empezado a hablar, dirigiéndose ahora a mí―, porque tenéis un planeta maravilloso y haréis de él un territorio devastado, baldío, sin rastro de vida. ¿Qué clase de inteligencia es la vuestra que os conducirá a este final? Ambiciosos sin medida, corruptos, violentos, no cuidáis de la naturaleza, fabricáis bombas nucleares, elegís líderes dementes y ególatras que son proyección de vuestros bajos instintos… En fin, nos vamos al Camp Nou.

Se dan media vuelta, entran en su nave y PLOOFFF, la nave desaparece como una burbuja que se desvanece en el aire.

Imagino campos de fútbol en el planeta de los extraterrestres, el olor de la hierba, los cánticos de los forofos, las caravanas de coches con las banderas al aire, los hijos cogidos de las manos de sus padres…, mientras aquí, en la Tierra, solo queda el vacío, el silencio, nada de lo que fue. Con ganas de llorar y un nudo en el estómago, no puedo acabar el bocadillo de mortadela. Las hormigas a mis pies se aprovisionan con las migajas que van cayendo mientras entonan su himno “Que se jodan las cigarras” (un himno que los belicosos humanos les hemos enseñado: no tenemos remedio).

Y entonces recuerdo las palabras de Roy, el replicante de “Blade Runner” al final de la película: “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”. Y pienso que sí, Roy, que quizá con el tiempo solo seamos imágenes y sonidos grabados en los archivos de los extraterrestres, y todos estos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia, pero es justamente por eso, Roy, justamente por eso que es hora de vivir.

 

Un pensamiento en “Lágrimas en la lluvia

  1. Parece que yo también soy extraterrestre, como no sabia hasta ahora quienes son Leo ni Cristiano, hasta buscarlo en el internet.
    Esta historia me lleva tras la tristeza al otro lado, al frase final ‘…justamente por eso que es hora de vivir.’ Casi todos los días hay por lo menos una vez cuando llego a este realización, una y otra vez, día tras día: por toda la tristeza, toda la dificultad alrededor y adentro de nosotros mismos, siempre hay también este momento, ahora, donde encontramos un misterio, que vive en este momento, que de alguna manera no tiene nada que ver con lo duró alrededor. Como el misterio en los ojos de un bebe, que parece saber todo y nada a la vez, un charco de agua clara y dulce. Muchos lo llaman Dios. Pero para mi parece un gran dibujo, lo entero que no podemos ver, pero en cada momento podemos experimentar un trocito. Aunque me mente casi no lo crea, mi corazón lo reconoce claramente.

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