Viceversa

HOMBRE CON MASCARILLA Y PERRO

Cuando el Gobierno fijó las normas para poder salir en la cuarentena, era mi amigo quien me urgía para escapar a la calle, aunque yo no tuviera ganas o prefiriera quedarme amodorrado. Entonces él me necesitaba, sin mí era un recluso y yo era la llave que le permitía salir de su cárcel. Me divertía verlo moverse inquieto por la casa, acercarse con zalamerías y arrumacos para convencerme. Podía haber utilizado la fuerza, pero no lo hizo: es un amigo noble y pacífico. Cuando ya no aguantaba más, cuando la casa se le venía encima y estaba a punto de darse cabezazos contra las paredes, se ponía el extraño bozal y arrimaba su cara a la mía para darme pena, porque se habían invertido los papeles y era yo quien lo sacaba a pasear a él. No hay nada como ponerse en el lugar del otro para comprender. Por eso, ahora que hemos vuelto a la normalidad de los horarios y yo le espero junto a la puerta de la calle con la lengua fuera y la cola juguetona, a mi amigo ya no se le ocurre llamarme puñetero perro impaciente.

 

Días de confinamiento IV: 50 días d.C.

Coronavirus

50 días d.C.

Durante estas semanas de confinamiento he oído las voces y he visto las caras de mis hijos y nietos más veces que en todo el año pasado, pero no me gustan las videoconferencias. Parecemos peces pegados al cristal de una pecera, boqueando. Además, por el desgaste que supone estar en cuarentena, cada día nos parecemos más a los retratos de los delincuentes que cuelgan en las comisarías, solo nos falta ponernos de perfil. El peor retrato, el mío. Se me descuelgan los párpados, se columpian las ojeras, los pómulos desescalan. No puedo engañar a la cámara: lo que veo es lo que es, lo que soy. Pero no me rindo: hay que defender la Alegría.

Harto de comer solo, he recuperado mi antigua afición a hacer teatro desdoblándome en distintas personalidades. Uno de mis yoes es el comensal; otro, el camarero que me sirve la comida. Hoy, como cada día, he entrado en la cocina-restaurante y he preguntado qué hay de comer. Me respondo que macarrones o arroz a la cubana. Me decido por el arroz a la cubana y a la media hora vengo con el arroz y los huevos fritos, todo frío, y kétchup en lugar de tomate. Me quejo y pido que venga el maitre. Viene el maitre, que también soy yo. Me pido disculpas —al chef (yo) se le va el santo al cielo— y rehúso darme la cuenta. Para compensarme me regalo una tableta de chocolate, guiñándome un ojo porque el médico me lo tiene prohibido. Cuando voy a pedir el postre, llaman a la puerta.

Es el vecino. Me trae torrijas en un plato. Viste con un chándal-pijama, babuchas moriscas, mascarilla y guantes. Me entra la risa, y para que no se ofenda le digo que estaba acordándome de un chiste. Pero luego, como soy un bocazas, le pregunto si no cree que las torrijas también deberían llevar mascarillas, o turbante. Se da media vuelta dejándome a solas con las torrijas desenmascaradas. Es un buen tipo —es él quien me hace la compra—, se le pasará el enfado.

Las torrijas están buenísimas, pero descubro que una mosca se ha colado en casa y merodea en torno al almíbar. A mí, antes del coronavirus (a.C.), la llegada de una mosca era solo un leve incordio que espantaba con la mano. Pero ahora, esa presencia negra y aleteante me supone un reto intelectual: ¿Será portadora del virus? ¿Tengo que protegerme de ella? ¿Qué hace una mosca sola en mi casa? ¿Es una mosca antisocial o viene en avanzadilla para inspeccionar el terreno? Y entonces ella, para ilustrar el dicho de “tener la mosca detrás de la oreja”, se me pone a zumbar alrededor del sonotone, como para dar respuesta a mis preguntas. Una pena no conocer su idioma. Aun así, me deja intranquilo. Algo va a pasar.

Y lo que pasa es que vuelven a llamar a la puerta. Son unos tipos con ojos alucinados y sonrisa bobalicona que no sé a qué coño viene. Les pregunto qué hacen sin mascarillas. Me dicen que, como está próximo el fin del mundo, lo de las mascarillas es inútil y que, como soy persona de alto riesgo por mi edad, vienen para ayudarme a reflexionar acerca del verdadero sentido de la vida y de la muerte. Les digo que esa cantinela del fin del mundo ya se la he oído muchas veces a otros tipos como ellos, clones suyos, y que a la vista de los hechos está claro que nunca aciertan. Y que prefiero morir antes que oír uno de sus sermones. Les doy dos de las torrijas que me ha traído el vecino. “Donde esté una torrija que se quite el Más Allá”, les digo antes de cerrar la puerta. Me froto las manos, divertido, pues seguro que les he creado un conflicto de conciencia y bajarán en el ascensor con la duda en forma de torrija.

A los pocos segundos ya no sé si lo que acabo de contar fue real o una alucinación. Voy a la cocina y compruebo que solo faltan las torrijas que yo me he comido. Luego ha sido una alucinación. Últimamente confundo la realidad con la ficción. No me preocupa. Así debe de estar todo el mundo, preguntándose si lo que están viviendo no es un sueño del que esperan despertar.

Lo de las ocho de la tarde parece real. Me sumo a los merecidos aplausos a los sanitarios desde los balcones y ventanas. Suenan al unísono el “Himno de España” y “Resistiré”. Algunos despistados hacen sonar cacerolas, no sé si se han adelantado o retrasado, pues en las agendas hay caceroladas de protesta a las siete y a las nueve, de momento. En algún balcón ya ha empezado a oírse Dale a tu cuerpo alegría Macarena, ayyyy…, y supongo que muy pronto sonará “El rock de la cárcel”, ¿o era del manicomio? Somos muy divertidos. La fauna humana. Cuando abran las jaulas del zoo, saldremos en estampida. El que pueda, porque yo, con mi artrosis y mi bastón, estoy para pocas estampidas.

A propósito de los aplausos, ahora que me he vuelto más reflexivo, me da por imaginar que esta costumbre de aplaudir a las ocho de la tarde se mantiene en el tiempo, pero olvidado ya el motivo que la originó, y que las generaciones futuras dirán: “No sé de dónde viene esto de aplaudir a las ocho, pero forma parte de nuestra tradición”, ese falaz argumento para defender lo indefendible (“¿Que por qué tiramos una cabra desde el campanario? Pues porque es nuestra tradición, y las tradiciones hay que mantenerlas. ¡Vaya pregunta!, no te jode el progre”. Sea como sea, no estaría mal aplaudir a las ocho de la tarde, eternamente. Mucho mejor eso que arrojar cabras desde el balcón.

Os cuento todo esto porque a la familia no podría contárselo. Me tomarían por loco. Ahora tengo que dejaros. Me esperan en la pecera. Es la hora.

Días de confinamiento II: lecturas

 

PLAZA DE ESPAÑA

Fue la novela “Retrato de una madre de joven”, del escritor Friedrich Christian Delius, el último libro que leímos en el Club de Lectura, antes de que se cerraran las bibliotecas al decretarse el estado de alarma. Y ahora, mirando hacia atrás en el tiempo, la lectura de la novela se nos revela —sin que lo supiéramos entonces— como un homenaje a la primera capital europea que días más tarde habría de vaciarse de personas para protegerse del coronavirus, pues es Roma —junto con Margarita, joven alemana embarazada de ocho meses— la gran protagonista de la novela.

Me gustan y no dejan de sorprenderme estas casualidades en las que vida y literatura se entrecruzan.

El sábado 16 de enero de 1943, a las tres de la tarde, Margarita sale del edificio donde vive, en vía Alexander Farnesse, para dirigirse a la Iglesia de Cristo (iglesia luterana) en vía Sicilia, porque allí se va a celebrar un concierto de música sacra. Por recomendación de su médico, Margarita recorrerá andando el trayecto de tres cuartos de hora que la separa de la iglesia. Su marido, un soldado alemán herido en combate y aún convaleciente, se halla bastante más lejos: en Túnez, realizando trabajos administrativos en su regimiento. “Mira a tu alrededor, en Roma se puede descubrir algo hermoso cada día”, le dijo él antes de marcharse. Y aunque Roma es una ciudad en tiempo de guerra, Margarita puede seguir el consejo de su marido y pasear por las calles, contemplar y admirar la belleza de la Ciudad Eterna: la Piazza del Popolo, el Monte Pincio, Villa Medicis, Villa Borghese, la Piazza di Spagna… Y es también lo que hace el lector cuando camina al lado de la joven, al tiempo que escucha sus pensamientos: la añoranza del marido, la fortaleza de su fe, sus reflexiones, los sueños de un futuro mejor para cuando nazca su hijo.

Ahora, setenta y siete años después, los romanos viven —vivimos— confinados y toda esa belleza de la ciudad no encuentra ojos que sepan apreciarla. Es triste, pero los que estuvimos paseando por la Roma de 1943 a través de las páginas del libro confiamos en que pronto volveremos a las calles, con más ganas, y conscientes de esos momentos que la vida nos regala y no sabemos valorar hasta que los perdemos. Es lo que nos decimos unos a otros para darnos ánimos. Y ojalá que luego no nos olvidemos de no olvidar.