Viceversa

HOMBRE CON MASCARILLA Y PERRO

Cuando el Gobierno fijó las normas para poder salir en la cuarentena, era mi amigo quien me urgía para escapar a la calle, aunque yo no tuviera ganas o prefiriera quedarme amodorrado. Entonces él me necesitaba, sin mí era un recluso y yo era la llave que le permitía salir de su cárcel. Me divertía verlo moverse inquieto por la casa, acercarse con zalamerías y arrumacos para convencerme. Podía haber utilizado la fuerza, pero no lo hizo: es un amigo noble y pacífico. Cuando ya no aguantaba más, cuando la casa se le venía encima y estaba a punto de darse cabezazos contra las paredes, se ponía el extraño bozal y arrimaba su cara a la mía para darme pena, porque se habían invertido los papeles y era yo quien lo sacaba a pasear a él. No hay nada como ponerse en el lugar del otro para comprender. Por eso, ahora que hemos vuelto a la normalidad de los horarios y yo le espero junto a la puerta de la calle con la lengua fuera y la cola juguetona, a mi amigo ya no se le ocurre llamarme puñetero perro impaciente.

 

Racismo

MASCARA BLANQUINEGRA

Los buenos libros nos obligan a reflexionar, nos zarandean para que abandonemos, aunque sea por un momento, nuestros acomodados puntos de vista. Dicho de otra manera: los buenos libros nos abren múltiples ventanas desde donde contemplar el paisaje, el cual sería muy pobre si solo lo divisáramos desde nuestro egocénctrico ventanuco.

Dejo aquí, en el alféizar de esta exigua ventana bloguera, unas líneas del libro “El olvido que seremos”, de Héctor Abad Faciolince.

Pese a todas sus luchas intelectuales, y a la deliberada búsqueda de un liberalismo ilustrado y tolerante, mi papá se sabía víctima y representante involuntario de los prejuicios de la triste y añosa y anquilosada educación que había recibido en los pueblos remotos donde creció (…). Aunque racionalmente rechazaba el racismo con una argumentación furibunda (con ese exagerado apasionamiento de quien le teme al fantasma de lo contrario y en ese exceso demuestra que más que con su interlocutor, está discutiendo consigo mismo, convenciéndose por dentro, luchando contra un fantasma interior que lo atormenta), en la vida real le costaba aceptar con ánimo sereno si alguna de mis hermanas se relacionaba con una persona un poco más cargada de melanina que nosotros…”

Días de confinamiento V: los libros

HAI EXCOMUNION

Mi verdadero refugio en estos días en clausura son los libros. Los libros siempre me salvaron y me salvan de muchas cosas: ahora, de este tedio que el confinamiento nos impone; del ruido obsceno de los charlatanes con sus comentarios demagogos y simplistas; de los periodistas hipócritas que llaman a la concordia a la vez que encienden la mecha de la provocación, o que rescatan agravios pasados para azuzar a los contendientes. Y, por supuesto y principalmente, los libros me protegen de mí mismo, que también puedo ser hipócrita, y demagogo, y charlatán.

Un día, uno de esos cuñaos que van a todas partes con la máquina de calcular y un manual de eficacia me dijo que todos estos libros que tapizan varias paredes de mi casa suponen un derroche de espacio, que un libro digital de altas capacidades (un superdotado, vamos) podría contenerlos a todos, y así, además de ahorrarme mucho espacio, podría transportarlos a donde quisiera, llevarlos conmigo al mar, a la playa, a la montaña…

Al oír sus argumentos, imaginé que todos mis libros daban un brinco y escapaban de las estanterías, como si el mago Merlín, con un golpe de su varita mágica, los convocara hacia el centro de la habitación para luego, en un feroz remolino, hacerlos desaparecer por el agujero negro que es el libro digital: PLAAAFFF y nada en las estanterías, todo escondido en un pozo oscuro de alta densidad de contenido. Y como yo me encogiera de hombros, el cuñao, que es listo y sabe dónde pincharme, recurrió después a su archivo de frases hechas: que lo importante es el fondo y no el formato; que la verdadera belleza es la interior; que la cultura se vive, no se exhibe.

No le quito la razón, y reconozco las virtudes del libro digital, pero los que nos hemos educado emocional e intelectualmente con los libros, no podemos prescindir de ellos. Me gusta tenerlos a la vista, rodearme de su presencia para que formen parte de mi vida, trabajar en su compañía. No quiero tenerlos escondidos, indiferenciados, en ese zulo comunitario que es el libro digital. Me gusta verlos en las estanterías, en su individualidad. Mirar sus lomos es como mirarles el rostro y reconocerlos. Viejos amigos siempre dispuestos a hablar conmigo. Desde allí me recuerdan mi historia de lecturas, mi evolución como persona. Y al abrirlos, me gusta encontrarme con las notas y subrayados sobre aquello que algún día llamó mi atención en las conversaciones que mantuve y mantengo con ellos, con la letra del que entonces fui en los márgenes. Me gusta encontrarme las dedicatorias en los libros regalados, y los dibujos infantiles de mis hijos, muñecos cabezones de ojos grandes y sin cuerpo, los dibujos, no mis hijos, que hicieron de marcapáginas y allí se quedaron, o los billetes de bus y metro de tiempos remotos. Y hasta las manchas de café me gustan, o de chorizo, sí, de chorizo, que no todo va a ser pétalos de rosas. O esas otras manchas que va dejando el paso del tiempo en los libros ancianos, algunos con artrosis, descuajeringados, que necesitarían sesiones de rehabilitación, y que a poco que los toques se desvanecen entre tus dedos como alas de mariposas muertas.

No, no me gusta la falta de entrañas y de historia de los libros digitales, ni que un mismo cuerpo sirva para múltiples personalidades, y parezca que siempre lees el mismo libro. Descargarme un libro me produce muy poca emoción, pero cuando compro un libro, se me hace la boca agua, literalmente. Me gusta sopesarlo, acariciarlo, olerlo, hacerle cosquillas en el índice con mi índice, deslizar el pulgar por el grueso de las hojas para recibir su primer aliento. Porque siento que el libro es un ser vivo que durante unos días me seguirá como un perrito cariñoso por todos los rincones de la casa. Por eso, cuando a veces me pongo tremendo y nostálgico, me da por pensar en qué será de mis libros cuando yo no esté: “La vida de mis libros sin mí” (gracias, Coixet). Porque quisiera dejarlos con la vida resuelta, buscarles unos buenos lectores que sepan cuidarlos con el afecto que se merecen.

Bueno, amigo lector, o lectora, espero que este discurso sirva para que entiendas el cabreo que tengo porque han desaparecido dos de los libros que quería releer en estos días. Uno es “Bomarzo”, de Mújica Laínez. El otro, “El jinete polaco”, de Antonio Muñoz Molina. Mi familia y amigos son gente de bien, no van por las casas robando libros. Y aunque este verano unos cacos me desvalijaron la casa cuando me encontraba de vacaciones —lo intentaron, mejor dicho, pues había poco que desvalijar—, no creo que estuvieran muy interesados en llevarse unos libros. De “Bomarzo” tengo otra edición muy posterior a la que yo leí (Seix Barral 1981), pero no es lo mismo, ahora ya lo sabes: NO-ES-LO-MISMO.

Supongo que estos libros desaparecidos se los dejé a alguien, no recuerdo a quién, y no me los ha devuelto. Y es que los libros no tienen esa querencia que tienen los perros hacia sus amos. Los libros tienden a quedarse en las casas que los acogen, les basta con la caricia de la mirada. Pero los perdono. Los quiero igualmente.

Aun así, dando por hecho que no ha sido un robo, he recordado la “Cédula Papal de Excomunión” contra los ladrones de libros y similares, cuyo original se custodia en la Biblioteca Histórica de la Universidad de Salamanca (ver foto de esta entrada), y también las maldiciones de las que nos habla Irene Vallejo en su magnífico libro, de bello y certero título, “El infinito en un junco”, maldiciones que lanzaron en las antiguas bibliotecas del Próximo Oriente contra los ladrones y destructores de textos, mucho siglos antes de la invención de la imprenta. Una de ellas decía así:

“A aquel que se apropie la tablilla mediante robo o se la lleve por la fuerza o haga que su esclavo la robe, que Shamash le arranque los ojos, que Nabu y Nisaba lo vuelvan sordo, que Nabu disuelva su vida como el agua”.

Como las amenazas de la Cédula Papal me parecen un tanto tibias, será esta inscripción, sustituyendo “tablilla” por “libro”, la que presida la entrada a mi casa cuando acabe el confinamiento. Espero que los nombres de los dioses y diosa mesopotámicos, y la advertencia de tan destructivas acciones, tengan un efecto intimidante y acojonen a todo aquel que venga a mi casa con la intención de apropiarse de alguno de mis libros.

 

Días de confinamiento IV: 50 días d.C.

Coronavirus

50 días d.C.

Durante estas semanas de confinamiento he oído las voces y he visto las caras de mis hijos y nietos más veces que en todo el año pasado, pero no me gustan las videoconferencias. Parecemos peces pegados al cristal de una pecera, boqueando. Además, por el desgaste que supone estar en cuarentena, cada día nos parecemos más a los retratos de los delincuentes que cuelgan en las comisarías, solo nos falta ponernos de perfil. El peor retrato, el mío. Se me descuelgan los párpados, se columpian las ojeras, los pómulos desescalan. No puedo engañar a la cámara: lo que veo es lo que es, lo que soy. Pero no me rindo: hay que defender la Alegría.

Harto de comer solo, he recuperado mi antigua afición a hacer teatro desdoblándome en distintas personalidades. Uno de mis yoes es el comensal; otro, el camarero que me sirve la comida. Hoy, como cada día, he entrado en la cocina-restaurante y he preguntado qué hay de comer. Me respondo que macarrones o arroz a la cubana. Me decido por el arroz a la cubana y a la media hora vengo con el arroz y los huevos fritos, todo frío, y kétchup en lugar de tomate. Me quejo y pido que venga el maitre. Viene el maitre, que también soy yo. Me pido disculpas —al chef (yo) se le va el santo al cielo— y rehúso darme la cuenta. Para compensarme me regalo una tableta de chocolate, guiñándome un ojo porque el médico me lo tiene prohibido. Cuando voy a pedir el postre, llaman a la puerta.

Es el vecino. Me trae torrijas en un plato. Viste con un chándal-pijama, babuchas moriscas, mascarilla y guantes. Me entra la risa, y para que no se ofenda le digo que estaba acordándome de un chiste. Pero luego, como soy un bocazas, le pregunto si no cree que las torrijas también deberían llevar mascarillas, o turbante. Se da media vuelta dejándome a solas con las torrijas desenmascaradas. Es un buen tipo —es él quien me hace la compra—, se le pasará el enfado.

Las torrijas están buenísimas, pero descubro que una mosca se ha colado en casa y merodea en torno al almíbar. A mí, antes del coronavirus (a.C.), la llegada de una mosca era solo un leve incordio que espantaba con la mano. Pero ahora, esa presencia negra y aleteante me supone un reto intelectual: ¿Será portadora del virus? ¿Tengo que protegerme de ella? ¿Qué hace una mosca sola en mi casa? ¿Es una mosca antisocial o viene en avanzadilla para inspeccionar el terreno? Y entonces ella, para ilustrar el dicho de “tener la mosca detrás de la oreja”, se me pone a zumbar alrededor del sonotone, como para dar respuesta a mis preguntas. Una pena no conocer su idioma. Aun así, me deja intranquilo. Algo va a pasar.

Y lo que pasa es que vuelven a llamar a la puerta. Son unos tipos con ojos alucinados y sonrisa bobalicona que no sé a qué coño viene. Les pregunto qué hacen sin mascarillas. Me dicen que, como está próximo el fin del mundo, lo de las mascarillas es inútil y que, como soy persona de alto riesgo por mi edad, vienen para ayudarme a reflexionar acerca del verdadero sentido de la vida y de la muerte. Les digo que esa cantinela del fin del mundo ya se la he oído muchas veces a otros tipos como ellos, clones suyos, y que a la vista de los hechos está claro que nunca aciertan. Y que prefiero morir antes que oír uno de sus sermones. Les doy dos de las torrijas que me ha traído el vecino. “Donde esté una torrija que se quite el Más Allá”, les digo antes de cerrar la puerta. Me froto las manos, divertido, pues seguro que les he creado un conflicto de conciencia y bajarán en el ascensor con la duda en forma de torrija.

A los pocos segundos ya no sé si lo que acabo de contar fue real o una alucinación. Voy a la cocina y compruebo que solo faltan las torrijas que yo me he comido. Luego ha sido una alucinación. Últimamente confundo la realidad con la ficción. No me preocupa. Así debe de estar todo el mundo, preguntándose si lo que están viviendo no es un sueño del que esperan despertar.

Lo de las ocho de la tarde parece real. Me sumo a los merecidos aplausos a los sanitarios desde los balcones y ventanas. Suenan al unísono el “Himno de España” y “Resistiré”. Algunos despistados hacen sonar cacerolas, no sé si se han adelantado o retrasado, pues en las agendas hay caceroladas de protesta a las siete y a las nueve, de momento. En algún balcón ya ha empezado a oírse Dale a tu cuerpo alegría Macarena, ayyyy…, y supongo que muy pronto sonará “El rock de la cárcel”, ¿o era del manicomio? Somos muy divertidos. La fauna humana. Cuando abran las jaulas del zoo, saldremos en estampida. El que pueda, porque yo, con mi artrosis y mi bastón, estoy para pocas estampidas.

A propósito de los aplausos, ahora que me he vuelto más reflexivo, me da por imaginar que esta costumbre de aplaudir a las ocho de la tarde se mantiene en el tiempo, pero olvidado ya el motivo que la originó, y que las generaciones futuras dirán: “No sé de dónde viene esto de aplaudir a las ocho, pero forma parte de nuestra tradición”, ese falaz argumento para defender lo indefendible (“¿Que por qué tiramos una cabra desde el campanario? Pues porque es nuestra tradición, y las tradiciones hay que mantenerlas. ¡Vaya pregunta!, no te jode el progre”. Sea como sea, no estaría mal aplaudir a las ocho de la tarde, eternamente. Mucho mejor eso que arrojar cabras desde el balcón.

Os cuento todo esto porque a la familia no podría contárselo. Me tomarían por loco. Ahora tengo que dejaros. Me esperan en la pecera. Es la hora.

Días de confinamiento III: ventanas

 

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VENTANAS

Entra en el cuarto de baño y frente al espejo se pone la dentadura y se acicala primorosamente aunque sin excesos: un poco de rímel, algo de colorete, un ligero repaso en los labios, los juveniles pendientes que le regaló su nieta. Luego va hasta el armario de su dormitorio y coge una blusa verde musgo y una falda gris. Todo esto por si acaso, porque es así como quiere que la recuerden.

Y es que hoy Julia ha empezado a tener fiebre y a respirar con dificultad, mala señal en estos tiempos en que la Parca anda obsesionada con la gente de su edad. Pero no es ella una mujer pasiva, decide actuar antes de que venga a buscarla la ambulancia.

Después de mirarse en el espejo de cuerpo entero y darse el visto bueno, se dirige al salón y allí abre la ventana que da al norte, de par en par. Vive en un décimo y puede ver la sierra de Madrid con una nitidez antes imposible, cuando la ciudad se hallaba bajo el sucio y grasiento velo de la polución. Ahora, con la ciudad vacía y paralizada, es como si los restauradores de cuadros hubieran aplicado todas sus artes al lienzo de Madrid y esa neblina gris que uniformaba el paisaje se hubiera esfumado para descubrir los exactos perfiles de las cosas, los colores que la fea pátina ocultaba. Julia se pone de puntillas y con esfuerzo se incorpora sobre el alféizar para asomarse a la calle y aspirar hondo, muy hondo: el aire y toda la belleza que hay allí fuera. Luego cierra la ventana y da media vuelta: es el momento de grabar.

La tabla de la plancha le viene de perlas. La regula hasta alcanzar la altura que le permitirá enfocarse sentada en el sillón donde acostumbra a leer. Y sobre la tabla coloca el móvil, apoyado en una taza. Es algo rudimentario pero puede valer. Solo le queda llamar al periquito, que vuela libre por la casa. A una señal suya, el animalito vuela desde la lámpara donde se halla encaramado hasta su hombro. Y ya en el sillón Julia mira hacia la pantalla del móvil y pulsa en el icono de grabar: “Querida familia…”, así empieza el mensaje, y por el amoroso picoteo del periquito en el lóbulo de su oreja, se diría que es él quien se lo va dictando.

Días de confinamiento II: lecturas

 

PLAZA DE ESPAÑA

Fue la novela “Retrato de una madre de joven”, del escritor Friedrich Christian Delius, el último libro que leímos en el Club de Lectura, antes de que se cerraran las bibliotecas al decretarse el estado de alarma. Y ahora, mirando hacia atrás en el tiempo, la lectura de la novela se nos revela —sin que lo supiéramos entonces— como un homenaje a la primera capital europea que días más tarde habría de vaciarse de personas para protegerse del coronavirus, pues es Roma —junto con Margarita, joven alemana embarazada de ocho meses— la gran protagonista de la novela.

Me gustan y no dejan de sorprenderme estas casualidades en las que vida y literatura se entrecruzan.

El sábado 16 de enero de 1943, a las tres de la tarde, Margarita sale del edificio donde vive, en vía Alexander Farnesse, para dirigirse a la Iglesia de Cristo (iglesia luterana) en vía Sicilia, porque allí se va a celebrar un concierto de música sacra. Por recomendación de su médico, Margarita recorrerá andando el trayecto de tres cuartos de hora que la separa de la iglesia. Su marido, un soldado alemán herido en combate y aún convaleciente, se halla bastante más lejos: en Túnez, realizando trabajos administrativos en su regimiento. “Mira a tu alrededor, en Roma se puede descubrir algo hermoso cada día”, le dijo él antes de marcharse. Y aunque Roma es una ciudad en tiempo de guerra, Margarita puede seguir el consejo de su marido y pasear por las calles, contemplar y admirar la belleza de la Ciudad Eterna: la Piazza del Popolo, el Monte Pincio, Villa Medicis, Villa Borghese, la Piazza di Spagna… Y es también lo que hace el lector cuando camina al lado de la joven, al tiempo que escucha sus pensamientos: la añoranza del marido, la fortaleza de su fe, sus reflexiones, los sueños de un futuro mejor para cuando nazca su hijo.

Ahora, setenta y siete años después, los romanos viven —vivimos— confinados y toda esa belleza de la ciudad no encuentra ojos que sepan apreciarla. Es triste, pero los que estuvimos paseando por la Roma de 1943 a través de las páginas del libro confiamos en que pronto volveremos a las calles, con más ganas, y conscientes de esos momentos que la vida nos regala y no sabemos valorar hasta que los perdemos. Es lo que nos decimos unos a otros para darnos ánimos. Y ojalá que luego no nos olvidemos de no olvidar.

Días de confinamiento I: animalario

.tigres Dalí

Dormido, me distrae un sueño cualquiera y de pronto sé que es un sueño. Suelo pensar entonces: Éste es un sueño, una pura invención de mi voluntad, y ya que tengo un ilimitado poder, voy a causar un tigre. ¡Oh, incompetencia! Nunca mis sueños saben engendrar la apetecida fiera
                                                                         Jorge Luis Borges

 

A las pocas semanas de iniciarse el confinamiento decretado por las autoridades para frenar el avance del virus, los animales empezaron a invadir las calles libres de personas para reclamar los espacios que en otro tiempo fueron suyos. Los imaginaba sobreexcitados, riéndose a carcajadas a su manera animal. Y fue desde ese momento en que vi por la televisión correr a jabalíes, pavos, ciervos…, cuando mis sueños empezaron a poblarse de animales.

Al principio solo fue eso, animales soñados que desaparecían al despertar. Pero un día en que soñaba con el tigre, un arañazo de intuición me obligó a despertarme, y allí a mí lado, al borde de la cama, había un tigre. No la imagen de un tigre, sino un tigre, rotundo en su rayada felinidad. Parecía desorientado, y me pedía afecto golpeando mi brazo con el hocico zalamero.

Desde entonces, cada noche, un nuevo animal se incorpora al viejo caserón donde vivo. Hay algo en sus ojos, un brillo húmedo que me conmueve. No todos tienen la majestuosidad del tigre, ni mucho menos. Ahí está el cerdo, por ejemplo. Pero me agrada que mis sueños no sean elitistas y produzcan toda clase de anímales. Una mañana, al despertar, me encontré con un extravagante animal, desconocido incluso en las más sofisticadas mitologías. Una jirafa con cabeza de león. De lo cual deduzco que esa noche mis sueños horadaron las capas más profundas de mi subconsciente.

Cada día, a las ocho en punto de la tarde, cuando los ciudadanos salimos a aplaudir a los sanitarios por cuidar abnegadamente de nuestra salud, me llevo a uno de los animales conmigo hasta la verja que da a la calle. Los vecinos de los bloques de enfrente, desde que cuentan con ese zoo inesperado frente a sus casas, prolongan los minutos de aplauso, y como la distancia que nos separa no es mucha, disparan sus cámaras y sus móviles. Todos quieren tener un recuerdo. Especial fue el día en que llevé al koala. No sé qué es lo que tendrá este animalito, si es su tierna mirada, o su piel como de peluche, o su nariz de payaso, pero el caso es que ese día los adultos saltaban y reían como si de pronto hubieran recuperado la infancia perdida.

Una de las peculiaridades de los animales que vienen de los sueños es que no necesitan alimentarse. Así que en la casa no hay ni depredadores ni víctimas, vivimos en paz y armonía. Se respetan unos a otros y celebran las diferencias, nadie se siente superior a nadie. Aunque no todos los días ha sido así. Una mañana, después de una noche de horribles pesadillas, desperté rodeada de cuatro especímenes humanos, dos hombres y dos mujeres. Muy ufanos se presentaron como líderes de opinión y tertulianos. Acostumbrada a la naturalidad de los animales, reconocí inmediatamente en ellos la falsedad de sus sonrisas, el espeso maquillaje que cubría sus rostros, la estudiada teatralidad de los gestos, la voz impostada y la retórica vana de quien solo se escucha a sí mismo. Con la agresiva e injuriosa verborrea de sabelotodo ofrecían su versión de los hechos, señalando culpables, a diestro y siniestro, de la catastrófica situación que estábamos viviendo. Los animales, incapaces de descifrar sus palabras, pero dotados de ese sexto sentido que les permite desenmascarar a los embaucadores, empezaron a soliviantarse y a gritar su descontento, cada uno a su manera. Y muy pronto la casa fue —permítanme tan reductora expresión para el pandemonio general de tamaña fauna— un gallinero.

A las tres horas de soportar sus peroratas, no pude más. Vi que si no le ponía remedio, mi particular arca de Noé se iba a pique. Así que les expulsé de la casa. “Si hemos de morir, moriremos, pero será en silencio”, les dije, dotándoles de guantes y mascarillas, antes de la partida. Los cuatro, con ese tono arrogante que exhiben en los platós de televisión, quisieron hacerme frente, pero finalmente cedieron al escuchar el lacónico pero firme mensaje de mi aliado, el tigre

La donante

DONANTE

La mujer que llevo en la camilla se llama Jacinta. Es un nombre de otra época. No creo que queden muchas Jacintas en España. Las que aún vivan tendrán casi todas los noventa años de esta mujer, año arriba año abajo. Fue su hijo quien la trajo. Un hombretón asustado que parecía empequeñecerse por momentos, consolado él por su madre. “Ánimo, Toñín, no te me vengas abajo”, le dijo Jacinta a su niño de casi dos metros. Fue un trago el verlos despedirse. Siempre lo es, porque a la edad de Jacinta es probable que no vuelvan a verse nunca más, prohibidas como están las visitas por este jodido virus que va de boca en boca como un rumor mortal que viajara a velocidades de vértigo. Pero Jacinta parece ajena al miedo. Es más, se diría que no le disgusta estar aquí. “Qué bien. Cuánta gente”, ha dicho al ver el follón que tenemos montado en este escenario que recuerda a los hospitales de campaña de las películas de guerra, o de esas futuristas que auguran una pandemia, ahora hecha realidad.

En el rostro ajado de Jacinta, surcado por gruesas arrugas, anidan unos ojos luminosos, como de niña traviesa, que todo lo miran. Y, mientras esperamos a entrar en la UCI, no para de hablar, a pesar de su torpe respiración, de la tos que le corta las frases. Le pido que no se esfuerce, pero en unos minutos me hace un resumen de su vida: la guerra civil cuando era una niña, las privaciones de la posguerra, el frío, las cartillas de racionamiento, el hambre, el no poder ir al colegio para al menos aprender a leer y a escribir, su trabajo limpiando casas, el matrimonio, la emigración a Alemania, dos hijos que han ido a la universidad, que bien que les costó sacarlos adelante a ella y a su marido, Antonio, que murió hace diez años. “Vivo sola porque es mi deseo. Mi hija me pide que me vaya con ellos. Pero no quiero ser un estorbo para el matrimonio y mis dos nietos, yo me apaño sola”. No hay tristeza ni rabia en sus palabras. Ni siquiera nostalgia.

Ay, Jacinta, cuánto admiro a tu generación —me gustaría decirle—. A ver si le sacamos algo bueno a esta epidemia y decidimos parecernos un poco más a vosotros, con vuestra fortaleza y tesón, y nos volvemos más solidarios y humanos, y sobre todo más sabios. Aunque, no sé, igual no aprendemos nada, o nos dura dos días, y nos volvemos más gilipollas todavía y nos empeñamos en ganar más y más dinero para tener casas como campos de fútbol con búnkeres soterrados para defendernos de los virus, de las armas nucleares y, ya puestos, de los extraterrestres; cada uno en su casita, con miras telescópicas y vallas electrificadas, y las naciones amuralladas como ciudades medievales. En fin, me voy a callar, porque empiezo y no paro.

Jacinta, como si adivinara mis pensamientos, acaricia mi mano enguantada y me dice que no esté tan serio, que no puede verme la boca con esta mascarilla que llevo, como de atracador —se ríe—, pero sí los ojos y el ceño fruncido, que sonría, porque todo pasará. Y llega nuestro turno, y los sanitarios se despliegan en torno a Jacinta, que parece encantada, aun con su tos y la falta de aire, encantada de las atenciones y de la amabilidad y cariño que todos le prodigan. Y entonces, en el momento en que una de las enfermeras va a ponerle un respirador, Jacinta levanta su mano deforme, el dedo índice apuntando tembloroso al aparato, para decir: “No quiero eso. No hay para todos”. “¿Y cómo sabes tú que no hay para todos, Jacinta?”, le pregunto. “Porque lo he oído en el telediario. Soy muy vieja, pero no estoy ni tonta ni sorda”. “Tienes que ponértelo. Lo necesitas”, insiste la enfermera. Y Jacinta, sin dramatismo, como si en lugar de entregar su vida por la de otro estuviera cediendo el turno en la carnicería, le responde: “Dáselo a alguien más joven. He tenido una buena vida”, y sus ojos de niña brillan, creo que de felicidad.

Yo me entiendo

Mujer en camino con maleta

Siempre que nos reunimos las mujeres de la familia, evocamos el espíritu de la tía Leonor. Y no es que hagamos sesiones de espiritismo para entrar en contacto con el más allá y hablar con esa mujer que no conocimos en vida, sino que entre todas repasamos las anécdotas que nos ha dejado el legado familiar.

Se cuenta que, ya en la cuna, de la manita cerrada de Leonor se salvaba enhiesto el dedo corazón, y que su padre, al ver ese puñito unicornio, decía “Esta niña…”, y dejaba en el aire los puntos suspensivos, como si presagiara un quebradero de cabeza con el destino de aquella bebé, la pequeña tan deseada, la única niña de cinco hijos.

Y lo fue, un quebradero de cabeza para aquellas cabezas monolíticas de una época y un entorno. Pues desde muy temprano se rebeló Leonor contra el color rosa con que querían teñir su vida, y renegó de lacitos y zapatitos de charol. Se quitaba los lazos como quien rabiosamente se desprende de una soga que le oprime el cuello. Prefería ponerse los pantalones de sus hermanos y subirse a los árboles, para luego ensalivarse las heridas que le hacían las ramas, con el regusto de los combatientes.

Su madre, para poner fin a esos gestos que se suponían reservados a los varones, intentó en vano enseñarle a bordar flores de pitiminí en una tela sobre un bastidor, y le leía poesías: Del salón en el ángulo oscuro, de su dueña tal vez olvidada, silenciosa y cubierta de polvo veíase el arpa... Cosas así, y también relatos de muchachas pródigas en suspiros y desmayos, que anhelaban la llegada de un hombre inverosímil.

Una noche, a través del resquicio de la puerta entornada de su habitación, descubrió la madre a Leonor escribiendo en un cuaderno, a la luz de una vela. Era tal su ensimismamiento que la madre creyó que por fin en la niña, gracias a las lecturas que ella le propinaba, empezaba a despertarse el alma femenina, delicada y servicial. Pero al día siguiente descubrió que en el cuaderno no había poesías, ni trascendentales pensamientos, ni pétalos de rosas entre sus páginas, sino el dibujo de un artilugio que Leonor se había inventado para cazar ranas, y allí pudo ver, en una especie de rudimentaria y roma guillotina, a una pobre rana con la lengua fuera y los ojos aún más saltones de lo que le correspondían a los miembros de su especie. Y es que, tenemos que decirlo, a Leonor, antes de que se le despertara el amor por la naturaleza, el respeto por todos los seres vivos, antes de que viera en cada animal sometido el sometimiento de la mujer, le gustaba cazar ranas y atizarles a los pájaros con el tirachinas. Y en esto, como en tantas otras cosas que se les adjudicaba a los chicos, era la mejor de los hermanos.

Así crecía Leonor, y pensaban los padres que qué mala suerte, la única hija y les había salido chicazo, y en la misa de los domingos rezaban a la Virgen y a todos los santos para que enderezara los instintos de Leonor por los caminos de la normalidad. Y estos celestiales espíritus debieron escuchar esas plegarias, pues, al llegar a la adolescencia, alguien contó que había visto a Leonor bajo la copa de un árbol, cogiendo por el gaznate al pazguato del hijo del médico, para endiñarle un beso en todos los morros, a lo cual el zagal respondió, luego de dar un recatado respingo, con una veloz carrera para escapar de aquella osada y endemoniada joven. Un beso que fue agrandándose, adoptando múltiples formas en las mentes calenturientas de los que daban pábulo a los rumores que circulaban por el pueblo, hasta alcanzar las dimensiones de “Quizá nos hemos pasado con las oraciones. Hay que casar a la niña, frenar las habladurías y, sobre todo, frenarla a ella”.

Leonor no se casó con el hijo del médico. Tampoco con el hijo del notario, quien, según expresión de la época, la pretendía con la conformidad de ambas familias. Era un buen partido el mozo, pero ya desde niños a Leonor le parecía un solemne pelmazo, un notario en miniatura que miraba la vida desde la orilla, dando fe de todo cuando ocurría pero sin mojarse, tan formalito él. “No quiero ningún arpa en ningún oscuro rincón”, le dijo Leonor a su madre ante la insistencia de esta para que le diera una oportunidad al joven. “Pero ¿qué arpa ni qué niño muerto? ¿Qué oscuro rincón? ¿Estás tonta, niña? Para vestir santos que te vas a quedar”, se enfadó la madre. “Yo me entiendo”, fue todo lo que dijo Leonor , dejando zanjado el asunto. Y ese “Yo me entiendo” es el lema que las mujeres de la familia hemos adoptado para cuando se nos pide explicaciones que no debemos o no queremos dar. “Yo me entiendo” y punto, decimos, ¿acaso hace falta algo más?

Un día de febrero, con los almendros en flor y la mayoría de edad ya cumplida, Leonor informó a la familia de que tenía unos ahorros y se iba del pueblo. Que quería encontrar su camino, y el camino solo se encontraba andando, que ya vería ella adónde la llevaba, que no se lo dieran trazado. Se cuenta que la vieron marchar con una pequeña maleta en la mano, y que el padre pudo al fin acabar aquella frase que siempre dejaba en el aire: “Esta niña… es una gran mujer”, dicen que dijo. Y a nosotras, las mujeres de la familia, nos gusta imaginarla en el camino, enfrentándose a las adversidades que le salen al paso, riéndose, con la mano cerrada y el dedo corazón apuntando al cielo.

 

 

Heráclito

gato

Hoy me he encontrado a la señora Concha en el camino a casa. Es una anciana muy lúcida que nunca habla de las enfermedades que padece, que son muchas. Por eso me gusta hablar con ella. Por eso y porque sonríe hasta cuando está triste. Me ha tomado del brazo y me ha dicho que se le murió Heráclito. Heráclito es su gato, y digo “es” y no “era” porque sigue hablando de él como si aún estuviera vivo. Su amigo de tantos años.

“Lo encontré en el jardín de casa —me cuenta mientras caminamos juntos—. Al principio solo oí su maullido, que parecía el lamento de un niño. Como era una noche desapacible y el viento borraba por momentos sus gemidos, no me fue fácil orientar mis pasos. Pero al final pude alumbrarlo con la linterna. Era gris y temblaba debajo del sauce. De todos los árboles del jardín, el sauce es mi preferido. Lo rescaté de la hierba crecida y lo arrimé a mi pecho. Apenas rebasaba la palma de mi mano. Lo cubrí con una chaqueta para darle calor y me lo llevé a la casa. Pero solo dejó de maullar cuando empezó a beber la leche de un biberón que improvisé con una botella y el dedo de un guante de goma. Mientras chupaba, abría y cerraba los ojos, hasta que los chupetones fueron espaciándose y se quedó dormido. Pensé en Manuel, y en que si hubiera estado a mi lado, habría visto con qué mimo lo cuidaba. Lo instalé en un rincón del salón, en una gran cesta de mimbre. Me sentía dichosa cuidándolo. Lo veía engordar y crecer por días, con su brillante pelo gris. También él parecía feliz a mi lado, me buscaba, se acurrucaba a mis pies o se subía a mi regazo. Mientras lo acariciaba me gustaba mirar sus ojos, que aún de un color indefinido parecían virar al amarillo, y sus pupilas, que se adaptaban a las variaciones de luz, desde un hilillo vertical a plena luz hasta un círculo perfecto y luminoso en la oscuridad. Cuando se dormía en mis brazos, sentía su respiración lenta y apacible, y entonces me sentía orgullosa de cómo iban las cosas entre nosotros. Al principio no se atrevía a salir de los límites del salón, pero a medida que fue ganando fortaleza y confianza empezó a curiosear por todos los rincones. Me divertía ir en su busca. A veces tardaba en dar con él, y solo un maullido o el ruido de sus juguetonas pezuñas me permitían seguir su rastro. Cuando lo encontraba me inspiraba una gran ternura, tan pequeño, como un muñequito de peluche gris al que hubieran dado cuerda. Me acercaba, lo cogía con una mano y lo arrimaba a mi mejilla para sentir el delicado tacto de su pelo, los latidos de su corazón. Fue un regalo del destino para aliviar mi soledad. Una inestimable compañía en esos momentos difíciles. Y ya desde el principio busqué un nombre que ponerle, pero ninguno me convencía. Me dije que en cualquier momento, cuando menos lo esperara, el nombre me vendría a la boca y ese sería el nombre, no podría ser otro. Y eso ocurrió un día en que yo estaba leyendo un libro de filosofía y vino él a posar una pata en la página dedicada a Heráclito, quien decía que nadie se puede bañar dos veces en el mismo río porque todo fluye y nada permanece. Y supe que ese era su nombre: Heráclito”.

La señora Concha se paró en seco, se giró hacia mí y, sin dejar de sonreír, me dijo:

Hay quien, cuando le amputan un brazo o una pierna, sigue sintiendo el brazo, la pierna. Lo llaman miembro fantasma. A mí me han amputado a Heráclito, pero yo sigo sintiéndolo. Está aquí conmigo, doliéndome, se acurruca en mi pecho, noto su respiración, abre los ojos y me mira con esa mirada suya de ancestral sabiduría, y siento que todo fluye, que la vida sigue”.