SOLEDADES

SOLEDAD (DRAE)

  • Carencia voluntaria o involuntaria de compañía.
  • Lugar desierto, o tierra no habitada.
  • Pesar y melancolía que se sienten por la ausencia, muerte o pérdida de alguien o de algo

En 1989, los hidrófonos de la Marina de Estados Unidos detectaron en las aguas del Pacífico Norte un extraño sonido, similar al patrón de canto de las ballenas azules, aunque esa misteriosa señal se elevaba hasta los 52 hercios; es decir, se hallaba fuera del umbral de frecuencia en que se comunican las ballenas azules, que oscila entre los 10 y los 32 hercios. Al principio, en plena Guerra Fría, los americanos temieron que se tratara de un nuevo modelo de submarino soviético. Al final se convencieron de que era el canto de un singular ejemplar de ballena, a la que bautizaron con el nombre de Whalien 52 o the lonely whale. No se ponen de acuerdo los expertos para explicar la singularidad de su canto. Unos creen que se trata de un desafortunado cruce entre especies: tal vez un híbrido de ballena azul y rorcual común. Otros piensan que puede ser sorda de nacimiento y que no aprendió a modular su canto correctamente. Puede que nunca lo sepamos. Sea como sea, el caso es que la ballena Whalien transita en absoluta soledad por las aguas del océano, sin poder comunicarse con las otras ballenas, sordas a su llamada.

Ha sido leyendo el magnífico libro “Mapa de soledades”, de Juan Gómez Bárcena, cuando me he enterado de la existencia de Whalien 52. El libro es un ensayo narrativo que, con muy buena prosa, alejada de los pesados textos de tono notarial, saturados de fríos datos, o de los consejos de los libros de autoayuda, reflexiona sobre este sentimiento, el de soledad, tanto en la sociedad actual como en diferentes tiempos y lugares. Tema muy vigente desde que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró que la soledad se está convirtiendo en un problema de salud pública mundial que afecta a todas las facetas de la salud, el bienestar y el desarrollo. Que el aislamiento social y la soledad también están relacionados con la ansiedad, la depresión y el suicidio. Que la soledad es una amenaza silenciosa que trasciende fronteras, edades, géneros y clases sociales.

Si he escogido la imagen de Whalien es porque me parece una potente imagen, una gran metáfora de la soledad no elegida y persistente, la que causa estragos en la salud. Dice Gómez Barcena: “Es difícil resistirse a la tentación de imaginar la vida de Whalien 52. Su existencia pesada, mortecina, gravitando en la semioscuridad del océano. Cada tanto —cada noventa minutos, según los expertos— debe ascender hasta la superficie, en busca de oxígeno. Un resuello sordo. El géiser de su respiración elevándose ante los ojos de nadie. Luego, el retorno a la profundidad, a las temperaturas cercanas a cero grados, a las dieciséis toneladas diarias de kril y plancton. Comer, seguir respirando y respirar para comer de nuevo. Una sucesión de días y de noches —aunque siempre es de noche en lo profundo del océano— que parecen flotar los unos sobre los otros, indistinguibles y vacíos: la condena de no experimentar jamás el pequeño placer que debe de sentir toda ballena al escuchar una respuesta a su llamada”.

En el capítulo del libro dedicado a la ciudad, Gómez Bárcena rescata la palabra SOLEDUMBRE, una palabra en desuso que aparece en el diccionario como sinónimo de SOLEDAD, y para la que Gómez Bárcena propone una nueva acepción, y ya no sería la soledad a secas, sino la soledad de esas personas que, en medio de la muchedumbre, rodeados de millones de semejantes, no consiguen establecer vínculos afectivos. Y ha sido la descripción de Whalien 52, incomunicado en la inmensidad del océano, la que me ha recordado esta otra soledad en las ciudades, tan característica de los tiempos en que vivimos.

Aunque no incurre Gómez Bárcena en el apunte simplista de aldea-buena, ciudad-mala, porque “Qué duda cabe de que en el mundo rural existen lazos sociales más profundos y duraderos que en el mundo urbano. Qué duda cabe, también, de que con frecuencia esos lazos nos asfixian y estrangulan. La soledumbre, esa particular sensación de estar flotando en un magma de seres humanos que no saben quiénes somos, puede ser un camino para la emancipación. Miles de personas buscan el anonimato urbano precisamente por eso: porque en él pueden estar al fin solos. Porque solo ahí pueden ser libres. La gran ciudad nos permite quebrar con las expectativas de nuestra familia o de nuestra comunidad. Sería esta una soledad elegida, pero que se desea provisional, para escapar de una asfixiante vida rural, sometida al escrutinio de los demás. La ciudad surge entonces como posibilidad de una mayor libertad para crear relaciones menos asfixiantes. Pero que no deja de ser eso, una posibilidad que, cuando no llega a realizarse, nos hermana con Whalien 52, también nosotros solos en un mar de gente.

Sí, soledad elegida. Tan necesaria. Para apartarnos del bombardeo de estímulos, del ruido del mundo, y pensarnos, y reflexionar acerca de si estamos siendo la persona que realmente queremos ser, si realmente estamos siguiendo nuestro propio camino y no el que otros nos van trazando, para luego volver de nuevo al mundo, quizá no más sabios, pero sí más nosotros, más conscientes y no guiados por automatismos, por la rutina de la costumbre. Volver al mundo, pero desde esa soledad voluntaria que es espacio acogedor abierto a la creatividad, donde se pueden escribir poemas como este que he elegido de Mario Benedetti:

Rostro de vos

Tengo una soledad
tan concurrida
tan llena de nostalgias
y de rostros de vos
de adioses hace tiempo
y besos bienvenidos
de primeras de cambio
y de último vagón

tengo una soledad
tan concurrida
que puedo organizarla
como una procesión
por colores
tamaños
y promesas
por época
por tacto
y por sabor

sin temblor de más
me abrazo a tus ausencias
que asisten y me asisten
con mi rostro de vos

estoy lleno de sombras
de noches y deseos
de risas y de alguna
maldición

mis huéspedes concurren
concurren como sueños
con sus rencores nuevos
su falta de candor
yo les pongo una escoba
tras la puerta
porque quiero estar solo
con mi rostro de vos

pero el rostro de vos
mira a otra parte
con sus ojos de amor
que ya no aman
como víveres
que buscan su hambre
miran y miran
y apagan mi jornada

las paredes se van
queda la noche
las nostalgias se van
no queda nada

ya mi rostro de vos
cierra los ojos

y es una soledad
tan desolada

LA LECTURA (apuntes)

FLAUBERT: “Qué sabios seríamos si sólo conociéramos bien cinco o seis libros”.

Del libro “COMO LEER UN LIBRO”, de Mortimer J. Adler y Charles Van Doren.

Montaigne habla de “una ignorancia alfabética que precede al conocimiento y una ignorancia doctoral que viene a continuación”. La primera es la ignorancia de quienes, al no conocer el alfabeto, no saben leer, y la segunda, la de quienes han leído mal muchos libros. Según la acertada definición de Alexander Pope, son zopencos librescos, personas tan leídas como incultas. Siempre ha habido ignorantes cultivados que han leído demasiado y no demasiado bien. Los antiguos griegos tenían un nombre muy adecuado para tal mezcla de conocimientos y estupidez que podría aplicarse a las personas de todas las edades que han leído mucho y mal: LOS SOFÓMOROS”.

“Buenos lectores y buenos escritores”, del libro “CURSO DE LITERATURA EUROPEA”, de Vladimir Nabokov:

Al leer debemos fijarnos en los detalles, acariciarlos (…). Si uno empieza con una generalización prefabricada, lo que hace es empezar desde el otro extremo, alejándose del libro antes de empezar a comprenderlo. Nada más molesto e injusto para con el autor que empezar a leer, supongamos, “Madame Bovary”, con la idea preconcebida de que es una denuncia de la burguesía. Debemos tener siempre presente que la obra de arte es, invariablemente, la creación de un mundo nuevo, de manera que la primera tarea consiste en estudiar ese mundo nuevo con la mayor atención, abordándolo como algo absolutamente desconocido, sin conexión evidente con los mundos que ya conocemos. Una vez estudiado con atención este mundo nuevo, entonces y sólo entonces estaremos en condiciones de examinar sus relaciones con otros mundos, con otras ramas del saber”.

“Los libros no se deben leer: se deben RELEER. Un buen lector, un lector de primera, un lector activo y creador, es un “relector”.

“Hay al menos dos clases de imaginación en el caso del lector. Veamos, pues, cuál de las dos es la más idónea para leer un libro. En primer lugar, está el tipo, bastante modesto por cierto, que busca apoyo en emociones sencillas y es de naturaleza netamente personal. Sentimos con gran intensidad la situación expuesta en el libro porque nos recuerda algo que nos ha sucedido a nosotros o a alguien a quien conocemos o hemos conocido. O el lector aprecia el libro sobre todo porque evoca un país, un paisaje, un modo de vivir que él recuerda con nostalgia como parte de su propio pasado. O bien, y esto es lo peor que puede hacer el lector, se identifica con uno de los personajes. No es este tipo modesto de imaginación el que yo quisiera que utilizasen los lectores. Así que ¿cuál es el auténtico instrumento que el lector debe emplear? La imaginación impersonal y la fruición artística. Tiene que establecerse, creo, un equilibrio armonioso y artístico entre la mente de los lectores y la del autor. Debemos mantenernos un poco distantes y gozar de este distanciamiento a la vez que gozamos intensamente –apasionadamente, con lágrimas y estremecimientos- de la textura interna de una determinada obra maestra”.

“Hay tres puntos de vista desde los que podemos considerar a un escritor: como narrador, como maestro, y como encantador. Un buen escritor combina las tres facetas, pero es la del encantador la que predomina y la que le hace ser escritor. Al narrador acudimos en busca del entretenimiento, de la excitación mental pura y simple, de la participación emocional, del placer de viajar a alguna región remota del espacio o del tiempo. Una mentalidad algo distinta, aunque no necesariamente más elevada, busca al maestro en el escritor. Propagandista, moralista, profeta; esta es la secuencia ascendente. Podemos acudir al maestro no solo en busca de una formación moral sino también de conocimientos directos, de simples datos. ¡Ay!, he conocido a personas cuyo propósito al leer a los novelistas franceses y rusos era aprender algo sobre la vida del alegre París o de la triste Rusia. Por último, y sobre todo, un gran escritor es siempre un gran encantador, y aquí es donde llegamos a la parte verdaderamente emocionante: cuando tratamos de captar la magia individual de su genio, y estudiar el estilo: las imágenes, y el esquema de sus novelas o de sus poemas”.

«Creo que una buena fórmula para comprobar la calidad de una novela es, en el fondo, una combinación de precisión poética y de intuición científica. Para gozar de esa magia, el lector inteligente lee el libro genial no tanto con el corazón, no tanto con el cerebro, sino más bien con la espina dorsal. Es ahí donde tiene lugar el estremecimiento revelador, aun cuando al leer debamos mantenernos un poco distantes, un poco despegados. Entonces observamos, con un placer sensual e intelectual, cómo el artista construye un castillo de naipes, y cómo ese castillo se va convirtiendo en un hermoso castillo de acero y cristal”.

Del libro “LEER LA MENTE. EL CEREBRO Y EL ARTE DE LA FICCIÓN”, de Jorge Volpi

Leer cuentos y novelas no nos hace por fuerza mejores personas, pero estoy convencido de que quien no lee cuentos y novelas tiene menos posibilidades de comprender el mundo, de comprender a los demás y de comprenderse a sí mismo. Leer ficciones complejas, habitadas por personajes profundos y contradictorios como cada uno de nosotros, impregnadas de emoción y desconcierto, imprevisibles y desafiantes, se convierte en una de las mejores formas de aprender al ser humano”.

Que el arte exista en todas partes –las distintas sociedades humanas han conocido y desarrollado sus distintos géneros de maneras básicamente similares- debería prevenirnos sobre su carácter de adaptación por selección natural. Una adaptación sorprendente, qué duda cabe, pero a fin de cuentas TAN ÚTIL como el tallado de hachas de sílice”.

Hoy sabemos, gracias a los estudios de Giacomo Rizzolatti y sus colegas, que la EMPATÍA es un fenómeno omnipresente en los humanos –al igual que en ciertos simios, elefantes y delfines-, originada en un tipo especial de neuronas, las ya célebres NEURONAS ESPEJO, localizadas en las áreas motoras del cerebro. Desde allí, estas sorprendentes células nos hacen imitar los movimientos animales, que se atraviesan en nuestro camino COMO SI fuéramos nosotros quienes los llevamos a cabo. Al hacerlo, no sólo reconocemos a los agentes que nos rodean, sino que tratamos de predecir su comportamiento, en primera instancia para protegernos de ellos y, a la larga, para comprenderlos a partir de sus actos. (En efecto: si miras por televisión a un contorsionista o a un lanzador de martillo olímpico, en tu interior tú también te descoyuntas y también lanzas el martillo lo más lejos posible).

La ficción cumple una tarea indispensable para nuestra supervivencia; no sólo nos ayuda a predecir nuestras reacciones en situaciones hipotéticas, sino que nos obliga a representarlas en nuestra mente –a repetirlas y reconstruirlas- y, a partir de allí, a entrever qué sentiríamos si las experimentáramos de verdad. Una vez hecho esto, no tardamos en reconocernos en los demás, porque en alguna medida en ese momento ya “somos” los demás”.

No leemos una novela o asistimos a una sala de cine o a una función de teatro solo para entretenernos, aunque nos entretenga, ni solo para divertirnos, aunque nos divirtamos, sino para probarnos en otros ambientes y en especial para ser, vicaria pero efectivamente, al menos durante algunas horas o algunos minutos, OTROS. “Madame Bovary, soy yo”, afirmó Flaubert, pero lo mismo podría ser expresado por cualquiera de sus lectores.

Vivir otras vidas no es sólo un juego –aunque sea primordialmente un juego- sino una conducta provista con sólidas ganancias evolutivas, capaz de transportar, de una mente a otra, ideas que acentúan la interacción social (…). Sin duda la naturaleza del arte contempla también la idea de belleza –un conjunto de patrones fijados en cada sociedad y en cada época-, pero la belleza no sería entonces sino una suerte de anzuelo evolutivo, un cebo para atraernos hacia la información que se esconde detrás de su fachada”.

Pacto ficcional entre el escritor y el lector. “Yo, lector, acepto tus mentiras siempre y cuando tú, contador de historias, me mantengas en vilo, me lleves a vivir nuevas experiencias, me conduzcas a sitios ignotos, me emociones, me sacudas o me exaltes. Este es el pacto y, si alguno de los dos lo quebranta, el juego pierde sentido y concluye con el mismo desasosiego que nos embarga al ser bruscamente arrancados de un sueño”.

Los niños perro

Eran dos hermanos mellizos. No recuerdo cuándo llegaron al barrio, tampoco sus nombres. En mi memoria aparecen ya asomados a la ventana del piso bajo donde vivían y que daba a la pequeña plaza donde los niños jugábamos, todos menos ellos. Desde allí veían pasar la vida del barrio. En invierno, pegados al cristal, tras el vaho que formaba su anhelante respiración, o en los meses de buen tiempo asomando sus cabezas en fraternal simetría, nos veían jugar a las chapas, a la peonza, al balón prisionero, al rescate… En fin, a todos aquellos juegos que de forma natural se iban transmitiendo de generación en generación, nosotros dueños absolutos de las reglas, de las sanciones, del punto final a las disputas. Eran tiempos en que la calle era nuestra, sin estrictas fronteras, sin la escolta permanente de los padres, sin coches que la ocuparan, sin urbanizaciones encerradas en sí mismas con códigos de entrada. Pero allí, confinados en el diminuto territorio de la ventana, estaban los hermanos, espectadores pasivos en su soledad compartida. Porque sus padres no les dejaban bajar a la calle salvo para echar unas carreras desaforadas con las que desfogarse, calle arriba y calle abajo, como si corrieran detrás de un palo imaginario. Por eso les llamábamos “los niños perro”. Y más que correr parecían pisotear el asfalto machaconamente, no fuera a escapárseles, riendo todo el rato con una risa boba con la que festejaban la efímera escapada del cautiverio al que estaban condenados. Luego, cuando el padre hacía sonar un silbato, regresaban corriendo a su casa, sin quejas ni lamentaciones, exhaustos y sudorosos, obedientes como perros bien entrenados.

Por extraño que parezca, dada la natural tendencia de los niños a la chanza y a ver como enemigos a quienes no pertenecen al propio clan, nunca nos burlamos de ellos. Lo de “niños perros” no les llegaba a sus oídos, quedaba en la intimidad de nuestras conversaciones. Que yo recuerde, solo una vez hubo risas, pero no contra ellos, sino por lo que ocurrió. Estábamos jugando un partido de fútbol en la plaza mientras los niños perro, en uno de esos momentos de esparcimiento que sus padres les concedían, sin mezclarse con nosotros, se obstinaban en corretear por una de las calles que daban a la plaza, sin ton ni son, como era su costumbre. Entonces, en uno de los lances del partido, la pelota salió disparada hasta donde ellos se encontraban. Les hicimos señas y les gritamos para que nos la devolvieran, pero haciendo honor al apelativo que les habíamos dado, se pusieron a disputársela como cachorros juguetones. Se daban patadas, empujones, sin dejar de reír, con una risa estruendosa. Hasta que uno de ellos se hizo con la pelota y empezó a correr en nuestra dirección. Más que conducir la pelota, la barría, con la pierna rígida como una escoba. Cuando llegó a la plaza dio un punterazo, con tan mala suerte que hizo añicos el cristal de una ventana. Precisamente la ventana desde la que se asomaban para vernos jugar. “¡Quien rompe, paga!”, gritamos al unísono, muertos de la risa.

No, no nos burlábamos de ellos. Supongo que los niños perro nos daban más pena que envidia. Envidia ninguna, de esa existencia triste que llevaban. Y aunque no conocíamos nada de sus vidas de ventana para adentro, esos niños, siempre perfumados, impecablemente vestidos, que iban a un colegio y a una iglesia fuera del barrio, nos recordaban a los niños educadísimos y limpísimos que aparecían en las ilustraciones de la enciclopedia escolar, en los capítulos dedicados a las normas de urbanidad, como modelos de niños ejemplares frente a esos otros niños que servían de contraejemplo y escenificaban el desaliño y la mala educación, y que seguramente, en opinión de los padres de los niños perro, eran tan parecidos a nosotros, los niños de ese barrio al que el infortunio les había llevado. Porque quiero pensar que esos padres —tampoco ellos se relacionaban con el vecindario— no tenían el corazón de piedra, sino que estaban convencidos de que esa era la mejor educación que podían darles a sus hijos, alejándolos de nosotros, los niños de barrio humilde, de precario porvenir en sus pronósticos de padres calculadores, no fueran a contagiarse y desviarse del camino que ellos les habían trazado ya desde el nacimiento, porque solo por injusticias de la vida, pensarían, habían caído en ese barrio que no correspondía a su categoría y que más pronto que tarde deberían abandonar.

Y es lo que por fin hicieron un día: abandonar el barrio. Al volver del colegio nos encontramos con la noticia: un camión de mudanzas se los había llevado, nadie sabía adónde. Así que nos quedamos sin la estampa de los niños perro asomados a la ventana, sin sus carreras frenéticas. A veces pienso en ellos, en cómo serán ahora sus vidas, y rechazo la imagen que me asalta, la de los niños perro ya adultos corriendo por la calle, sin rumbo, perdidos, y confío en que aquellos cristales rotos fueran premonitorios y lograran escapar de esa ventana única, prejuiciosa, que sus padres les imponían, abiertos al fin a otras perspectivas.

Blanca Navidad

Lo que ahora está contemplando el hombre es una pintoresca casa de campo en medio de un paraje nevado, rodeada de abetos también cubiertos de nieve. Es una casa con todas sus luces encendidas a la espera de un Papa Noel que se aproxima conduciendo un trineo tirado por dos renos. Aunque de niño le gustaba imaginar que sí, en la casa no vive nadie, porque la casa, los abetos y Papa Noel son miniaturas dentro de una pequeña esfera de cristal transparente que, tras agitarla, se cubre de una fina nieve que revolotea durante un tiempo para luego languidecer lentamente y volver a su estado inicial de reposo

Así es esta pequeña bola de cristal que le ha acompañado desde que tenía ocho años. Ha resistido el paso del tiempo, las mudanzas, el trasiego de toda una vida. En algún momento, ya adulto, decidió guardarla en una caja, dentro de uno de los cajones de su escritorio, porque no quería que se perdiera, ni que formara parte de la decoración habitual, de la rutina, de esos objetos que nos rodean y que, de tanto verlos, dejamos de verlos. Quería que fuera especial, un rito que se repitiera cada año, que formara parte de la liturgia de la Navidad. Es por eso que solo la saca de su escondite por estas fechas, pues fue en una Navidad cuando la bola de cristal y el hombre, entonces un niño, se encontraron por primera vez.

Aquel año les había pedido a los Reyes un traje de sheriff. Los Reyes le trajeron el traje, y también algo que no había pedido, una caja aparte donde se encontraban los habituales regalos prácticos: calcetines, guantes, una bufanda y, ¡no podía faltar!, el estuche de dos pisos con material escolar, donde se encontraban esos útiles de extraños nombres como escuadra, cartabón, transportador… Y es que los Reyes —sonríe al recordarlo—, sin necesidad de que se les dijera por carta, estaban al tanto de sus prosaicas necesidades. Por eso le extrañó que en la misma caja, como si se hubiera colado allí por error, ajeno a la utilidad de los otros regalos, estuviera la bola de cristal. Nunca hasta entonces había tenido una en sus manos, pero sí las había visto en los escaparates, donde se exhibían impasibles, sin descubrir sus verdaderas habilidades. Y mentiría si dijera que ver lo que sucedía cuando empezó a agitarla le produjo mayor entusiasmo que disfrazarse de sheriff, porque cómo competir con las dos pistolas metálicas, y no esas de frágil plasticucho que vendían en las ferias, las suyas enfundadas en las cartucheras de un cinturón con cananas, y que al sopesarlas le hacían sentir como un verdadero sheriff, armado de valor para enfrentarse a los delincuentes y ponerles las esposas, artilugio que junto al chaleco, la estrella y el sombrero formaba parte de la vestimenta.

Aun así, para aquel niño de ocho años fue mágico que sin tener que darle cuerda al invento ni recurrir a cualquier otro mecanismo, con el solo movimiento de su mano, se desprendieran del fondo de la bola, como por encantamiento, lo que parecían diminutos copos de nieve que luego se dispersaban flotando en el aire, envolviendo en una suerte de nebulosa todo lo que se hallaba dentro de aquella esfera de cristal, velando la visión de la casa, de los abetos, de Papa Noel y su trineo, que ahora, sin la nitidez de antes, parecían habitar un territorio de ensueño. Era algo tan sencillo, y a la vez tan espectacular, que ejerció sobre el niño un efecto hipnótico, extasiado en su contemplación. Y esperaba a que la nieve toda se hubiera depositado en el fondo, para que el paisaje recobrara su original luminosidad, y vuelta a empezar, una y otra vez. Y así, en los días siguientes, fue comprobando que la bola le ayudaba a relajarse y a pensar, a fijarse en cosas que antes le pasaban desapercibidas. Se imaginaba que dentro de la casa vivía una familia muy parecida a la suya, los padres y sus tres hijos, y les inventaba historias que iban ganando en aventuras. Y justificó la presencia de Papa Noel, ese forastero, con el secuestro de los Reyes Magos por una banda de forajidos. Un día, su profesor de Naturales les dijo que la Tierra, vista desde el espacio, parecía una canica azul, y él imaginó que la gigantesca mano de Dios sostenía el planeta Tierra, y que si a Dios se le ocurriera agitarlo, saldrían todos sus habitantes despedidos hacia el espacio para luego caer como copos de nieve. Al niño se le desbocaba la imaginación.

Hoy, ya en fechas navideñas, cuando después de un año el hombre ha vuelto a sacar la bola de su caja, descubre una fisura en el cristal, que lo recorre de arriba abajo, aunque no impide su normal funcionamiento. No cree que sea una señal de deterioro por el paso del tiempo, y encuentra una explicación, un sospechoso muy sospechoso: su nieto de siete años, que está pasando unos días en la casa, sin sus padres. Sabe de su afición a hurgar en cajones y armarios. No se lo reprocha, todo niño es un explorador en busca de tesoros. Lo llama y el niño acude, a pasos cortos, cabizbajo, parece ya un reo, el pobre. Le dice que no le mienta, que no se va a enfadar, pero que necesita saber la verdad. El niño confiesa que se le cayó, que una de las veces sacudió la bola con tanta fuerza que…ufff. El hombre acaricia la cabeza del niño y piensa que es un buen momento para traspasarle la bola con sus poderes, un traspaso generacional, que es así como funciona el mundo. Y al niño se le ilumina la cara cuando le dice que no se preocupe, que incluso se alegra de que la bola tenga ahora una bonita cicatriz, porque así nunca se olvidará de este día en que su abuelo le regaló la bola de cristal.

Palabrería

Fui al psicólogo porque soy un maniático con el uso que le damos a las palabras, consciente de que el problema está en mí, no en los demás, que tienen todo el derecho a hablar con las palabras que les vengan en gana.

El psicólogo se me quedó mirando fijamente mientras balanceaba la cabeza arriba y abajo, en señal de asentimiento, de comprensión. “Ya, ya veo, ya veo…”, dijo, aunque por el movimiento ascendente de sus cejas deduje que me ponía la etiqueta de «zumbao«. Luego, reponiéndose de su mal disimulado asombro, me preguntó:

—¿Y qué quiere decir con ser maniático respecto a las palabras? ¿Y en qué medida le afecta en su vida? ¿Tanto como para acudir al psicólogo?

—Pues sí, me afectan mucho en mi vida, porque ante ciertas palabras o expresiones me es muy difícil mantener el control; me enfurecen, me dan ganas de gritar, de empezar a romper cosas, de agredir a quien las pronuncia. Solo con una fuerte represión consigo mantener la apariencia de calma. Y luego mi cuerpo lo paga: me duelen la cabeza y el estómago, me sale un sarpullido en el pecho.

—¿Se refiere a palabras soeces, a insultos, a expresiones humillantes?

—No, todo eso que usted dice, incluso si va dirigido a mi persona, lo tolero bien, muy bien, como si no fuera conmigo. Me ocurre, sobre todo, con palabras que se ponen de moda y se repiten hasta la saciedad, muchas veces de forma inapropiada.

—Podría ponerme algunos ejemplos para que yo pueda entender qué quiere decir exactamente.

—Me fastidia, por ejemplo, el uso de “PLAN” a diestro y siniestro, sin venir a cuento. Porque vale si yo le digo que tengo un plan para mis próximas vacaciones, pero si le digo que estoy ahora aquí en plan neurótico, hablando con usted mientras me observa en plan de querer entenderme, ¿no le parece ridículo? Aunque este uso es de los que menos me enfurecen, pues suele ser más propio de los muy jóvenes, y yo con los jóvenes soy más tolerante, pues pienso que aún tienen remedio, antes de convertirse en los gilipollas que normalmente llegamos a ser, ya adultos.

El psicólogo seguía moviendo la cabeza arriba y abajo, como un metrónomo que marcara el ritmo de mi cháchara.

—¿Y qué me dice de la palabra “HERRAMIENTAS”? Antes, las herramientas las utilizábamos solo para arreglar el coche, o para desmontar y montar un enchufe, o para armar un mueble (incluso los de IKEA las necesitan)… Pero ahora buscamos herramientas para gestionar las emociones, los conflictos. ¡“GESTIONAR”!, otra palabreja que se ha vuelto omnipresente, como “INTERACTUAR”. Solo los idiotas y los pringaos no tenemos herramientas para gestionar e interactuar… Y una expresión que me lleva al límite de mi capacidad de control es esa de “TE LO COMPRO”, cuando en una discusión nuestro interlocutor acepta como buena alguna opinión que hemos dado. “Pues no te lo vendo”, me dan ganas de gritarle, “que te lo venda tu pu** madre”.

El psicólogo, además de continuar con su balanceo de cabeza, hizo un gesto de encogerse en su silla, a la vez que esta se deslizaba hacia atrás. Luego me dijo con voz meliflua:

—Bueno, bueno, creo que con esto me vale para empezar.

—Déjeme, y ya termino, que le hable de dos palabras que me abruman por el ritmo en que se expanden, y que no hay quien las pare. Una es RESILIENCIA. ¡Cómo se ha devaluado esta palabra de tanto usarla! Ahora todos somos resilientes. Que nuestro equipo de fútbol remonta un tres a cero y gana el partido…, que nosotros llevamos una piedrecita en el zapato durante todo el día, sin quejarnos, es porque tanto nuestro equipo como nosotros tenemos una gran capacidad de resiliencia. Así están la cosas, tremenda majadería. La otra palabra es EMPODERAR. Y no vaya usted a pensar que soy un enemigo del feminismo, nada de eso; de hecho, es IGUALDAD la palabra que más me gusta, para todos, pero es que la palabreja EMPODERAR se las trae. Estará usted conmigo en que hay palabras bellas y palabras horrendas, tanto por su significado como por su sonoridad. EMPODERAR tiene ese tufillo que emana de todo poder, que tiende a ser abusivo a poco que nos descuidemos. Pero es su fonética lo que me horripila. Es una palabra fea de cojones, y cuando uno la pronuncia parece que se le llena la boca de chulería y…

—Perfecto, perfecto… No siga. No son necesarios más ejemplos. Y me parece muy inteligente que reconozca que el problema está en usted, y que no puede ir por ahí exigiendo una determinada forma de hablar a los demás. Voy a poner en valor esta actitud suya.

— ¡¿PONER EN VALOR?! —grité—. ¡Hay que joderse! ¡Eso sí que no se lo consiento! —y trepando por la mesa que nos separaba, me lancé a por él con la intención de estrangularlo con mis propias manos. La secretaria, que oyó mis gritos y el barullo que armábamos, entró en el despacho e intentó detenerme, pero el homicidio ya se había consumado.

Es desde la cárcel desde donde escribo estas líneas. Aquí el ambiente es muy, muy chungo. He aceptado asistir a un cursillo donde me enseñan herramientas para gestionar mis emociones y así poder interactuar con los otros presos. Nadie me compra nada, soy yo el que tiene que comprar, especialmente a los presos más empoderados. ¡Y vaya si estoy aprendiendo! No dejo de recibir amenazas y hostias, pero aquí estoy, muy orgulloso de mí, en plan resiliente.

2 de noviembre

Me ayudaron con el equipaje, por llamarlo de alguna manera. Era una maleta vacía. Insistieron en ello: vete con lo puesto, no te lleves nada, ya la irás llenando. En realidad me forzaron a irme, no me querían en la casa deambulando como alma en pena por las habitaciones vacías, atrapado en los recuerdos, en un tiempo que ya no existía, cuando la casa tenía el lustre de la felicidad y no la polvorienta tristeza que ahora lo impregnaba todo; no me querían arrodillado frente al altarcito que yo mismo preparé con sus fotos, las flores y la constelación de velas. Es lo que me decían. Que me fuera. Que saliera al mundo a buscar la belleza y prendiera fuego a la casa para evitar la tentación de regresar. Que por ellos no me preocupara, que ellos habitaban cualquier lugar y seguirían siempre conmigo, que solo por la inercia de lo que fueron seguían allí.

Reencuentro

Cuando éramos niños, mi hermano y yo jugábamos a esconder nuestros indios de plástico por entre las plantas, en las macetas del patio de casa. Eran tantas y tan frondosas que nos recordaban la fascinante selva en las películas de Tarzán. Mamá las cuidaba y les hablaba como si también fueran hijas suyas, y cuando mi hermano y yo nos burlábamos de ese parloteo que se traía y del trato de favor que tenía con ellas, pues, al contrario que a nosotros, siempre les hablaba con cariño, mamá replicaba: “A ellas no tengo que educarlas”.

No era un impedimento para el juego el no disponer de figuras de selváticos indígenas en taparrabos, esas tribus que junto a Tarzán también habitaban la selva africana. Recurríamos a nuestra colección de indios del oeste americano, obligándoles a una tregua en la continua gresca que mantenían con la colección de vaqueros y el uniformado séptimo de caballería, para trasladarlos desde su hábitat natural, que eran las extensas llanuras por donde corrían obstinados bisontes y galopaban caballos salvajes, hasta la floresta de las macetas.

El juego consistía en escoger tres indios y esconderlos. Nos íbamos turnando, uno escondía y el otro buscaba. Ganaba quien menos tiempo tardaba en encontrarlos. Y solo había dos reglas. Una la dictaba el sentido común: no valía enterrar a los indios. La otra era imposición de mamá: “Como me rompáis una sola planta, se acabó el juego”.

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Han pasado los años y nuestros padres ya no están. Primero fue papá, y a los dos meses mamá, hace una semana. Y allí se han quedado la casa y el patio, sin ellos. Ayer, mi hermano y yo fuimos a enfrentarnos a la ingrata tarea de decidir qué hacer con todo aquello que contiene la casa y que para nosotros no es fría materia, sino extensiones del ser de nuestros padres. ¡Qué duro elegir de qué desprenderse! No solo del sillón favorito de papá o de la máquina de coser de mamá, que de eso tenemos la certeza de que no, que de eso no hay que desprenderse, sino de cualquier objeto que ellos hubieran tocado, por inútil y de escaso valor que fuera. Así, ¡cómo deshacerse de las horrorosas figuritas de porcelana!

Hemos empezado por las plantas. No podíamos dejar que se murieran, aunque a algunas ya se les habían caído las hojas, amarillentas, por exceso de agua. Y es que mamá, en los últimos meses, no se olvidaba de regarlas, sino de haberlas regado. Así que apartamos las irrecuperables, y las restantes las repartimos entre mi hermano y yo —según las posibilidades de espacio en nuestras respectivas casas— y algunos de los vecinos de nuestros padres.

Y fue al vaciar las macetas de las plantas desahuciadas cuando la tierra de un geranio que era puro esqueleto arrastró consigo uno de aquellos indios con los que jugábamos de niños. Era el mismísimo Toro Sentado, con el torso desnudo y las plumas de gran jefe ciñendo su cabeza. Con un arco apuntaba al frente, dispuesto a disparar la flecha que había cargado, con las piernas arqueadas, señal de que le faltaba el caballo, ahora imaginario. Mi hermano y yo nos miramos. ¿Quién rompió la regla de no enterrarlos? ¿Fuiste tú? No, serías tú. Ni siquiera recordábamos haberlo echado de menos. Muy raro, porque para nosotros Toro Sentado era especial. ¿Cómo había ido a parar allí? No teníamos respuesta y Toro Sentado, con los colores desvaídos y la cara desfigurada por la humedad y el paso del tiempo, nos observaba desde el pasado remoto, y de pronto mi hermano y yo éramos dos niños, niños huérfanos frente a la infancia exhumada.

Lepidópteros

Me lo presentaron mis padres: Vladimir. Un adulto de edad indeterminada para la niña de doce años que yo era entonces. Lo habían invitado a pasar el verano con nosotros en nuestra casa de campo, y como ya gozaba de cierta fama como escritor, me halagó ver lo atento que desde el principio se mostró conmigo, especialmente cuando lo acompañaba a cazar mariposas, su gran obsesión. “Pequeña mariposa”, le gustaba llamarme. Cuando pasados los años leí “Lolita”, su famosa novela, me reconocí en algunos de los rasgos de esa pequeña nínfula a medio camino entre la niña y la mujer, crisálida humana a punto de dejar un estado para pasar al otro. Pero nada sórdido ocurrió entre nosotros, nada parecido a esa escandalosa relación que en la novela mantienen la jovencísima Lolita y el maduro y perverso Humbert. Solo fui, como seguramente lo fueron otras niñas, un apunte en su cuaderno de notas, una mínima semilla que luego su imaginación de escritor transformó en tan polémica lectura.

Y esta es la razón por la que a mis ochenta y cuatro años he decidido escribir estas líneas, porque me parece de justicia defenderlo de esos lectores que ven en Vladimir a un pervertido, un corruptor de menores. Ignorantes que confunden ficción y realidad, autor y personajes. Hubo incluso un doctor psicoanalista que, ya muerto Vladimir, publicó un artículo donde sin ninguna prueba aseguraba haberlo tratado en un periodo de crisis, en su clínica psiquiátrica. Según el doctor, en momentos de excitación Vladimir escribía compulsivamente el primer párrafo de su libro “Risa en la oscuridad”, escrito muchos años antes.

Este es el párrafo: “Érase una vez un hombre llamado Albinus que vivía en Berlín, Alemania. Era rico, respetable, feliz. Un día abandonó a su mujer por una amante joven; amo; no fue amado; y su vida acabó en un desastre”.

Yo le animaba a continuar la historia, escribe el doctor, pero él me miraba con ojos de alucinado, tomaba una nueva hoja y… vuelta a empezar. Nunca he visto a un hombre pasar por tantos estados de ánimo en tan poco tiempo. Empezaba la escritura con la alegría y concentración de un niño que se aventura en sus primeros grafismos, pero luego, justo cuando perfilaba la “B” de Berlín, le acometía un miedo próximo al pánico, que rápidamente se diluía en una risa nerviosa, como si realmente se sintiera “rico y feliz”; y luego la excitación, la rabia y, por fin, un gran abatimiento que en múltiples ocasiones acababa con el lápiz quebrado a causa de la presión ejercida sobre el papel.

Y el doctor, que sabía del odio que Vladimir sentía hacia el psicoanálisis, presumía de haber encontrado en aquel párrafo obsesivo la explicación a ese odio: el miedo del escritor a ser desenmascarado, a que se destaparan sus deseos inconfesables. El nombre de “Albinus”, continúa el doctor, simboliza la pureza, la energía vital en estado primitivo, sin ataduras sociales. “Berlín”, con su muro de la vergüenza, es el sentimiento de culpa que frena sus deseos. Y finalmente el desastre, la pérdida de la respetabilidad que supondría ceder a sus abyectos impulsos.

Pero todo esto no son más que fabulaciones de un doctor ávido de notoriedad. Yo no sé si durante nuestras excursiones por el campo Vladimir albergaba en sus recónditas entrañas “abyectos impulsos” hacia mi persona. De ser así, jamás se manifestaron. Al contrario, su mirada era afectuosa, limpia, no esa mirada pegajosa que sientes que resbala por tu cuerpo ensuciándolo, y acogedoras eran sus manos, nada obscenas. Y ahora, pasados los años, puedo poner en palabras lo que para la niña que fui eran solo sensaciones, vislumbres de lo que Vladimir buscaba: detener el tiempo, atrapar la belleza y preservarla antes de que inevitablemente empezara a marchitarse. Quizás sea esa la razón de su obsesión por capturar mariposas y disecarlas, la razón de esas minuciosas descripciones de insólita perspectiva en sus narraciones. Y en ese afán suyo aprendí a valorar la vida en su ininterrumpido discurrir y el esfuerzo del artista por eternizar el instante. Porque fue Vladimir quien me enseñó a mirar, a prestar atención a las cosas que la fuerza de la costumbre vuelve invisibles. De regreso de nuestras caminatas —le recuerdo con unos pantalones cortos, la gorra a cuadros y un gigantesco cazamariposas— me animaba a detenerme a cada paso, a palpar la textura de los troncos de los árboles, a fijarme en la nervadura de las hojas, a asombrarme ante la solidaria procesión de las hormigas… ¡Lo pequeño! Solo así, con la mirada lenta, se llega a la esencia de las cosas, insistía.

Ahora, mientras escribo, me acompaña una mariposa en un bote de cristal, perforado en la tapa para que respire. Me pasaría horas contemplando el delicado tejido de sus alas, el extraordinario diseño que componen sus colores, pero en cuanto termine de escribir, al contrario de lo que haría Vladimir, la dejaré en libertad, porque no es bueno disecar la vida. Y me gustará verla volar en fascinante zigzag, como si vientos contrarios la zarandearan.

Plegarias

Tenía las facciones de un galán de cine en esas películas en blanco y negro que veíamos por la televisión, con el pelo muy negro y abundante, peinado hacia atrás formando ondas, con un tupe que parecía esculpido. Se llamaba don Tomás y era el director del colegio. Un hombre guapo, decían las madres, pero a mí me parecía un hombre realmente feo, muy feo. Era él quien principalmente velaba por mantener la disciplina y por encarrilarnos —eran sus palabras— por el recto camino de la moral. Presumía de ello. “Si no fuera por mí…”, decía, y ya todos sabíamos, especialmente los profesores, que en aquellos puntos suspensivos se escondía el caos que sería el colegio de no ser por él. Sus métodos eran el palo y la humillación. En su “favor” hay que decir que no discriminaba a nadie. Todos éramos víctimas. Cierto que algunos alumnos recibían más golpes y más desprecio, pero en los días en que, según su criterio —bastante variable, por cierto—, el mal comportamiento era generalizado, cogía un gruesa regla de madera que tenía a la vista, sobre su mesa, y empezaba a golpearnos con ella, no en las palmas de las manos, que era lo habitual, sino en la cabeza, como picotazos de pájaro carpintero, desde el primero hasta el último alumno, incluso a los de sobresaliente y buen comportamiento.

Se rumoreaba que esas fases de especial ensañamiento las provocaba una úlcera de estómago que padecía. Yo no sabía qué era una úlcera, pero deduje que era como un animal que mordía las entrañas del director hasta enfurecerlo. El caso es que, úlcera o no úlcera, todos aprendimos a distinguir cuándo venía ya con el talante retorcido desde su casa: el paso rotundo, envalentonado, con la determinación de quien va directo a enfrentarse con el enemigo, el ceño fruncido, los ojos turbios y husmeando para escoger a sus presas. Unos a otros nos decíamos “ya viene con úlcera”, como si efectivamente úlcera fuera un perro que don Tomás llevara aferrado a su estómago. Pero, aunque advertíamos estas señales, de poco nos servía.

Sucedió en una clase de Religión, asignatura que don Tomás impartía, y que aprovechaba para adoctrinarnos con relatos inverosímiles. En una ocasión —valga como ejemplo—, nos contó que años atrás había tenido un alumno que suspendía todas las asignaturas, y no por falta de inteligencia o de voluntad, de las que iba sobrado, sino porque sus padres vivían en pecado y no bajo el manto del santo matrimonio. Los padres, siguiendo sus buenos consejos, aceptaron casarse, y fue casarse y el chaval empezar a sacar excelentes notas, incluso matrículas de honor. Ese día estuve a punto de levantarme del asiento para burlarme de la veracidad de la historia, pero me arrepentí en el último momento. Sería unas semanas después cuando ocurrió lo que ocurrió. El día que entró en clase con la noticia de que un niño se había caído desde un séptimo piso y milagrosamente se había salvado. No era mentira, lo habíamos oído en televisión. Pero añadió: “Los niños tienen un ángel de la guarda que los protege”, y entonces, como si unas avispas me picaran en la boca del estómago, y sin tener en cuenta que don Tomás estaba en uno de esos días ulcerosos, le pregunte: “¿Y qué pasa con los niños de África que vemos por la televisión, con la barriga hinchada y que se mueren de hambre? ¿Dónde está su ángel de la guarda? No se molestó en coger la regla, se acercó a mi pupitre y me abofeteó a dos manos, izquierda derecha, izquierda derecha…, hasta hartarse. Pero no le di la satisfacción de echarme a llorar, y ese fin de semana —estábamos a viernes— empecé a rezar obstinadamente no al Dios benevolente que perdonaba las ofensas, sino al Dios sádico que podía condenarte a arder en el fuego para toda la eternidad, rogándole que nos librara del mal, que nos librara de don Tomás, amén.

El lunes siguiente, profesores y alumnos esperábamos en la calle, frente a la puerta del colegio, con un griterío atenuado aún por la somnolencia que nos acompañaba en esa primera hora de la mañana. Era el colegio un humilde colegio de barrio obrero, con una fachada tan simple que recordaba los dibujos de edificios que hacen los niños en el parvulario. Estaba situado en la parte baja de una calle con mucha pendiente, y era arriba de la calle por donde cada mañana, tras doblar una esquina, aparecía don Tomás enfilando en dirección al colegio, cuesta abajo, para abrirnos el redil de supuesta sabiduría al que todos entrábamos como obedientes corderillos. A veces, en muy raras ocasiones, sucedía que no aparecía en los quince minutos de margen convenidos, y entonces era la señorita Conchita, la secretaria, la encargada de abrir la puerta, y ese día, si la ausencia de don Tomás resultaba definitiva para toda la jornada, el colegio parecía más luminoso, y más ligero el aire que respirábamos, y nosotros mejores alumnos de lo que don Tomás nos hacía creer. Así que ahí estaba yo ese lunes, después de pasar el fin de semana con un lacerante sentimiento de humillación, expectante, atento a la esquina, sin dejar de rezar, comprobando cómo pasaban los minutos en el reloj —once, doce, trece…—, hasta que pasados los quince minutos exactos, la señorita Conchita introdujo la llave en la cerradura y, acompañada por un unánime jolgorio, abrió la puerta del colegio.

Genética

Todas las mañanas, nada más levantarme, voy al cuarto de baño y me miro en el espejo con la misma atención con que un entomólogo estudia sus insectos. Creo firmemente que la cara es el espejo del alma, y mi costumbre de mirarme en el espejo por las mañanas es la forma de asegurarme de que mi alma (sea lo que sea eso del alma), a través de su expresión en el rostro, no muestra signos de abandono, o de corrupción cual retrato de Dorian Gray, y que no me estoy desviando de la persona que realmente quiero y debo ser. Por supuesto, no son los signos de la edad: las arrugas, las ojeras, la flacidez…, que inevitablemente van apareciendo, lo que escudriño. Es algo que está más allá de lo físico pero que se expresa en lo físico, y que he visto o he creído ver en algunas personas que han dejado de ser las personas que eran.

Así un día tras otro, hasta que hace un mes, a quien vi reflejado en el espejo fue a mi padre, que al instante dibujó una mueca de asombro cercana al espanto. Era mi padre ya mayor, a la edad a la que voy yo aproximándome. Empecé a hacer aspavientos para espantar aquella imagen, pero “mi padre” reprodujo idénticos gestos. Con flojera en las piernas, temblando, abrí el grifo de agua fría, metí la cabeza debajo y me lavé la cara. Cuando volví a mirarme en el espejo, allí seguía él, escurriéndosele el agua por las mejillas, el escaso pelo empapado. No podía ser. ¿Qué me estaba pasando? ¿Era síntoma de alguna patología de mi cerebro? Por otra parte, todo alrededor seguía igual, mi percepción de las cosas no había variado, mi casa seguía siendo mi casa y desde la cocina me llegaba el soniquete de la emisora que cada mañana Lola, mi mujer, escucha mientras desayuna.

Sin saber muy bien qué hacer, me di la vuelta para darle la espalda al espejo. En buena lógica, aunque no lo podía comprobar sin girarme, el reflejo debería mostrar también mi espalda, pero lo que yo sentía era la intensa mirada de mi padre clavada en mi nuca. Para controlar el nerviosismo que me atenazaba empecé a respirar profunda y lentamente mientras me decía “tranquilo, esto pasará; ahora, cuando te vuelvas a mirar, serás tú otra vez y seguirás con tu vida, no le busques explicación”. Pero no ocurrió. Allí estaba mi padre, ahora alicaído, resignado.

Entonces me dirigí a la cocina, no sin cierto temor por la reacción que Lola pudiera tener. Aparentando naturalidad, entré estirándome y dando un largo bostezo, y me senté frente a mi mujer, que en ese momento se llevaba una tostada a la boca.

—Buenos días —dije mirándola fijamente.

—¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así? Ni que hubieras visto un fantasma.

—¿No me ves distinto?

—No, el mismo tonto de siempre. ¿Qué tendría que ver?

—Ahora que me estoy haciendo mayor, ¿no me parezco cada vez más a mi padre, que en paz descanse? —no quise decirle lo que me estaba pasando realmente; se lo habría tomado a broma o, de creerme, se habría asustado.

—Normal, siempre te has parecido a tu padre.

—¿Cómo que a mi padre? Todo el mundo dice que soy igual que mi madre.

—Sí, pero en los ojos, en el pelo, en el color de piel…, en lo que es más aparente. En muchos de tus gestos y en el esqueleto eres igual que tu padre. Sobre todo en el esqueleto.

—¿El esqueleto?

—Claro, a medida que vas cumpliendo años, la carne pierde consistencia, brillo los ojos, y mírate el pelo… Es el tiempo del esqueleto, que emerge. Tu madre se retira y emerge tu padre.

Fue oír esas palabras y pensar en esos pueblos sepultados bajo las aguas que, cuando llegan épocas de sequía, van dejando ver los restos que esconden, en primer lugar el campanario de la iglesia. Me levante sin decir palabra y me fui a pensar en los esqueletos emergentes.

Desde ese día he ido asumiendo que solo yo veo a mi padre cuando me miro en los espejos, y en el reflejo de los escaparates. Me voy acostumbrando, aunque siento cierta nostalgia del hombre que fui, y para recordar mi antigua fisonomía tengo que mirar las fotos de otro tiempo, porque en las recientes es mi padre quien aparece.