Miradas

ANA Y ELOY (2)

Miras la foto ya desvaída en la que estás con tu hija. Ella tiene apenas seis meses, la tienes en brazos y os miráis fijamente a los ojos. ¿Quién es éste?, parece preguntarse ¿Qué clase de mujer será?, te preguntas. Si te esfuerzas puedes aspirar su olor limpio y tierno de bebé, sentir el tacto mullido de su cuerpecillo, ver estallar las pequeñas pompas que de un momento a otro hará con la boca. Ahora ella es una mujer y vive en otro país. Te parece imposible que sea la niña que está en tus brazos. No puedes apartar los ojos de la foto. Es algo misterioso, te sobrecoge.

 

En el contestador

 

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Sabía que a esa hora no había nadie en casa, pero aun así llamé por teléfono. Oí mi horrible voz en el contestador, esa voz que no parece mía cuando la oigo fuera de la caja de resonancia que es mi cabeza, la voz diciendo que puedo dejar un mensaje al oír la señal. Y sí, dejé un mensaje, no pude evitarlo: “Imbécil, tu mujer te engaña”, dije, sin saber por qué, a ese otro yo que me resulta tan extraño. Luego, cuando ya en casa he oído mi propio mensaje, me he puesto a temblar, y al ver que Lola abría la puerta y entraba sonriendo, he tenido un injustificado ataque de celos.

 

 

Elogio de la lentitud

reloj-lento-de-caracol-1“Prisa no hay, tarde no es: para qué correr pues”. Este era el lema favorito de mi abuelo, y lo ponía en práctica en toda circunstancia y lugar. Cada acto que realizaba, por habitual que fuera, como liarse un cigarrillo, parecía recién estrenado, siempre con la entrega y parsimonia de los aprendices. Y es que decía que la mejor manera de mantenerse joven y con ilusión es vivir la vida con lentitud, como si de cada uno de nuestros gestos dependiera el destino del mundo. Para ello nada mejor, añadía, que contarnos la vida con “palabras lentas”. De ahí esa manía suya de no responder nunca con un SÍ o un NO, que, según él, eran “palabras rápidas”, tan rotundas como los hechos consumados. Prefería “casi sí” o “casi mejor que no” y “quizás”, o “tal vez”, o “ya veremos”. Mi abuelo decía “creo que me voy a ir yendo” cuando nos hacía una visita, y todos sabíamos que aún faltaban un par de horas para su marcha. Luego, ya en la calle, parecía caminar sin rumbo fijo, pues más que andar… mi abuelo merodeaba.

Cuando yo le ponía reparos a su teoría, él me aseguraba que las prisas matan la ternura, y que sin ternura no hay sentimientos, y sin sentimientos la vida no es verdadera vida. Lo cierto es que murió a los cien años. A veces me lo imagino ya cansado de tanto vagar, con sus cien años a cuestas, rascándose la cabeza, mirando al cielo y diciendo: “Casi mejor me voy a ir muriendo”.

En el psicoanalista

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Decido ir al psicoanalista porque una bola de angustia existencial está creciendo dentro de mi pecho. Y ya en la primera sesión me dice que lo mío es un complejo de Edipo mal resuelto, y que para superarlo tengo que dejarme de fantasías y acostarme con mi madre y matar a mi padre. Le digo que no tengo fantasías incestuosas y que, además, mis padres murieron hace ya tiempo. “Ummm”, dice él. “Ummm”, repite. “Es peor de lo que pensaba”, añade y me entrega una tarjeta con la dirección de LA NEURONA FELIZ, un centro especializado en cirugía cerebral: “Para que le borren la representación mental de sus padres”.

En el centro de cirugía me muestran un mapa del cerebro que me recuerda a los carteles que cuelgan de algunas carnicerías para que sepas dónde está la falda y dónde el codillo del cerdo. Sobre el mapa me señalan un punto del sistema límbico, del tamaño de una lenteja. “Sin lenteja, adiós Edipo”, me explican.

Fuera de la clínica y ya sin lenteja parental, la angustia existencial remite para dar paso a una terrible sensación de orfandad.

Se lo digo a mi psicoanalista: “Me siento huérfano”. “Ummm”, dice. “Ummm”, repite. “Búsquese unos padres adoptivos”, me sugiere. “No creo que nadie quiera adoptar a un niño de sesenta años”, le digo. Mi psicoanalista se muerde los puños y luego hace el gesto de ponerse unas gafas imaginarias repetidas veces. “Ummgrrrjjjj”, dice. “Ummgrrrjjjj”, repite, se retuerce en su sillón, mira el reloj en la pared y grita: “Es la hora”.

Cambio de piel

Cambio de piel

 

Un día él se fue. Ha pasado el tiempo y ahora viene a visitarnos. Aunque nos abandonara, me esfuerzo en demostrarle mi amor, pues tenía sus motivos. Y poco a poco voy acostumbrándome a su nueva imagen: al grosor de sus labios, al rostro lampiño y terso, al volumen de sus pechos, al estampado de sus vestidos; pero de momento no puedo, aunque lo intento, mirarla a los ojos y decirle “papá”.

Ficciones

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Cuando el doctor dice “cáncer”, el hombre que escribe novelas experimenta en su propia piel el poder de las palabras. Esas seis letras en un orden preciso hacen que su mundo se tambalee. Ha sido como si en su cerebro un volcán entrara en erupción para luego dejar un paisaje de lava y rocas que oculta todo lo que fue, ahora este nuevo paisaje dominándolo todo. Cuánto poder concentrado en una sola palabra, más que en los miles de palabras que pueblan sus ficciones. Sigue leyendo