Bienvenido Mr. Marshall

El año en que el ministro de Información y Turismo, don Manuel Fraga Iribarne, metió su culo de cachalote en las aguas del mar de mi pueblo, Palomares, yo era ya un niño obsesionado con las películas del Oeste, afición que se me había despertado asistiendo con mi padre al desierto de Tabernas, a unos sesenta kilómetros de Palomares, lugar de moda tras convertirse en un enorme estudio cinematográfico donde se rodaban cantidad de westerns. Entonces, mi gran sueño era convertirme en especialista de cine y realizar todas las acrobacias que ellos realizaban con pasmosa agilidad: encaramarme a lo alto de una veloz diligencia desde un caballo al galope; caer por la pendiente de una montaña con la facilidad de un canto rodado, arrojarme desde el primer piso de la cantina para destrozar la mesa donde los fulleros tahúres desplumaban a los incautos…

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En las nubes

De hoy no pasa, se dice Justino, hoy me apunto al gimnasio. Quiere dar un giro importante a su vida. Ya hace un mes que se matriculó en un curso de bricolaje y en otro de fontanería. Parecerán pequeños gestos, pero son el punto de partida para frenar esa tendencia suya a evadirse de la realidad, a perderse en fantasías. El trabajar con cosas concretas y no con entelequias le ayudará a conseguirlo. En el gimnasio, se centrará en su cuerpo, al que siempre tuvo abandonado porque eso de la unidad cuerpo mente no iba con él.

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La otra vida

Fue en uno de sus paseos matutinos en busca de inspiración cuando Baldinni, el famoso escultor, tuvo su idea más peregrina. Ocurrió cuando desde una de las casas que flanqueaban el camino le llegó la frase de una melodía que entró en su cerebro dejando un eco difícil de apagar. “No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”, decía la canción.

Baldinni siguió andando pero ya no pudo quitarse de la cabeza ese soniquete. “Añorar lo que nunca jamás sucedió”, se iba repitiendo hasta que de pronto supo cuál sería su siguiente obra: el vacío, que no había que confundir con la nada, porque sería un vacío cargado de energía y, por tanto, de posibilidades. Un cuadrado de dos metros de lado dibujado en el suelo, con el perímetro pintado de blanco, señalaría el lugar donde se hallaría el estimulante espacio. Y un rótulo: LA OTRA VIDA.

En opinión de Baldinni, aquella escultura inmaterial —una no escultura— sería la más democrática jamás creada, pues el artista no ofrecía una determinada visión del mundo, la suya, sino que cada espectador proyectaría en aquel concentrado vacío todos sus sueños y anhelos, sus deseos más ocultos. Esa era la arriesgada consigna que Baldinni iba a proponer. Arriesgada porque sabía del sufrimiento que podría generar enfrentarse a los sueños incumplidos. Pero confiaba en el poder regenerador de la experiencia, sanador. Además, ¿no era misión del arte despertar emociones, agitar las almas, remover las conciencias, y no el simple goce estético?

Semanas antes de la inauguración, todo el mundillo artístico ya conocía los planes de Baldinni. Y se alzaron voces muy críticas que calificaban de patochada la iniciativa, de tomadura de pelo, realmente un timo para llenar ese otro vacío que era la cuenta bancaria del escultor en sus años de declive. Y se escribieron sesudos artículos que hablaban de la decadencia del arte y de los valores de la civilización. Aunque la mayoría confiaba en que las mentes no contaminadas por la basura conceptual vieran la verdad: “la desnudez del emperador”.

Se equivocaron. Lo racional sucumbió ante lo emocional y la inauguración fue un éxito. Y en los días siguientes se formaron colas interminables para entrar en el recinto donde se “exhibía” la obra de Baldinni. Yo estuve en una de esas colas, esperando más de tres horas para asomarme al vacío y llenarlo de lo que nunca jamás me sucedió, de mi vida imaginada, aquella que no pudo ser o no tuve el valor de vivir: la biografía de lo no vivido.

Insomnio

Maldita la hora en que compré el libro. Pero ¡cómo no comprarlo! Estaba en la mesa de novedades de la librería, el título parecía hablarme a mí: “Insomnio”, y el sujeto que se veía en la portada, una figura en sombra recortada contra la claridad del atardecer, tenía un perfil que me recordaba al mío. Agradecí que no fuera un libro de autoayuda, sino una novela, un thriller concretamente. Según la sinopsis de la contraportada, el ex inspector de policía Tomás Abad trabajaba en la actualidad como guarda de seguridad del cementerio de la Almudena, atormentado por el insomnio y por los fantasmas del pasado, de cuando lo expulsaron de la policía por la terrible decisión que tomó al investigar el caso de un asesino en serie.

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Invisibles

Cuando mamá nos dejó, me busqué un amigo invisible. Mi padre dijo que eso no era sano y que tendría que llevarme al psicólogo. Yo protesté, pues no entendía por qué todos los amigos tenían que ser visibles, si los invisibles eran muy útiles y te los podías llevar a cualquier sitio. Y así estaban las cosas cuando un día mi padre se puso a colgar un cuadro, y al ir a golpear el clavo se atizó en un dedo. Lanzó un aullido de dolor y empezó a retorcerse. Luego gritó: “¡Serás gilipollas!”. Mientras se chupaba el dedo le pregunté con quién hablas, a quién llamas gilipollas. Me respondió que era una forma de hablar, que se lo decía a sí mismo. No consiguió engañarme, y desde ese día espié sus movimientos. Al final descubrí lo que ya sospechaba: que mi padre tenía un enemigo invisible.

En busca de los olores perdidos

De repente, un día de primavera, el señor K pierde el olfato. Es el mismo día —casualidades de la vida— en que pierde la cartera, o se la birlan. Y no es que el señor K sea como Marcel Proust, a quien le dabas un mínimo estímulo, un olor, un sabor, incluso una insignificante magdalena asomada al precipicio de la taza de té, y te escribía un libro de infinitas páginas con esa prosa suya tan laberínticamente poética, tan extenuante su lectura que llega a provocar los síntomas de la asfixia en el esforzado y paciente lector. No, el señor K no tiene ni la imaginativa memoria ni el talento de Marcel, pero también tiene su corazoncito, y la pérdida del olfato supone para él una merma importante en su personal mapa emocional, pues cuando intenta recorrer los caminos por donde los olores transitan, esos caminos donde con solo aspirar el aire se despiertan las emociones, o se vincula el presente con el pasado en un viaje ensartado de añoranzas, el señor K, digo, se encuentra con muros imposibles de salvar y queda desorientado en medio de un mundo inodoro, con la nariz inútil, y el paisaje primaveral en todo su colorido de cerezos en flor, de lavandas, de lilos, de romeros, de salvias…, pero sin sus olores, le parece de una belleza amputada, muda.

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En la sombra

Ya en el estrado, el famoso escritor ha estado esperando a que cesaran los aplausos para comenzar la lectura de su discurso. Ahora, concentrado en la tarea, va modulando su voz grave, cuidadoso con el ritmo, sus ojos yendo desde el público a las hojas y de las hojas al público, que escucha embelesado las palabras inteligentes y emotivas del nuevo Nobel de Literatura. Hasta que de pronto el escritor se queda mirando hacia un punto del auditorio al final del patio de butacas. “Se ha emocionado”, susurran algunos de los presentes al ver la turbación en su mirada. Pero se equivocan: allí, entre el público, el escritor vio levantarse a la mujer que ahora camina hacia el estrado con la determinación de quien por fin ha decidido salir del anonimato, la mujer que le ha escrito todos y cada uno de sus libros, incluso el discurso que en este momento le tiembla entre las manos.

El contrato

No es una tarde parda y fría de invierno, ni golpea monótona la lluvia en los cristales, es el ocho de marzo de mil novecientos veinticuatro y un almendro en flor se inclina sobre la ventana de la clase donde Julia les está hablando a sus colegiales, como si también él quisiera escuchar lo que la maestra dice, porque hoy les habla de las mujeres en la Historia, de la necesaria igualdad de derechos del hombre y la mujer, del valor y fortaleza de ellas, de las dificultades que encuentran para ser independientes, de la importancia del voto femenino. No con estas palabras, claro, sino con un lenguaje que los niños puedan entender, o mejor, sentir. Y como nunca nadie les habló así, se remueven excitados en sus asientos porque intuyen que la maestra ha entrado en un territorio prohibido, y que si esas palabras llegaran a sus casas, las paredes retumbarían. Las niñas, a ratos y en silencio, con los labios en un mohín de reproche y el gesto orgulloso, se vuelven hacia los niños pidiéndoles justicia para ellas.

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Manos

Estaban los pobres, que no solo pedían limosna en las puertas de las iglesias, también lo hacían por las casas. Pero solo uno de ellos persiste en mi memoria. Le llamábamos Pelotari, porque circulaba el rumor de que en sus años mozos había sido jugador de pelota vasca. Aunque yo siempre creí que era por sus manos enormes. Pensaba que a los pobres les crecían las manos de tanto pedir, y Pelotari era el que más y mejor pedía. A los pobres, las madres —que eran quienes abrían las puertas de las casas— les daban pan duro para que hicieran sopas con agua —¡extraña caridad cristiana!—, ese mismo pan que ellas besaban si se caía al suelo, porque el pan era bendito, ya fuese del mismo día o del mes pasado. Igual que las mariquitas, que eran animalitos del Señor, mientras que las cucarachas o los piojos eran unos asquerosos bichos del Diablo (algún día habrá que escribir sobre esta discriminación que ejercemos sobre el mundo animal).

Y siempre que recuerdo a Pelotari, ensartado en el mismo hilo de la memoria viene don Miguel, el cura, y no solo por la vocación pedigüeña de ambos, o porque coincidieran en la puerta de la iglesia. Los curas y las monjas formaban entonces parte del paisaje cotidiano, como las cabinas de teléfono, o los piperos y las piperas (los más jóvenes no los confundáis con las peperas y los peperos actuales). Y cuando aparecía don Miguel por el horizonte, interrumpíamos nuestros juegos para, corriendo, ir a jugar a ese otro juego de besarle la mano. Él ofrecía su proverbial mano fofa y nosotros depositábamos nuestras babas, aunque nos rogara una y otra vez “el beso al aire, al aire”. Pero eso fue durante un tiempo, hasta que después de atemorizarnos con el fuego del infierno, empezó a someternos, ya en la confesión, a un interrogatorio tan escabroso que nos dejaba con la sensación de que teníamos muchos más pecados de los que realmente confesábamos; hasta que sus manos, blancas y lechosas, quisieron ser tan largas como las de Pelotari.

«Decir» y «Mostrar»

En los manuales y talleres de narrativa nos dicen que en nuestros relatos debemos “mostrar” la historia que queremos contar, y no “decirla”. Así, por ejemplo, si escribimos “Fulanito es generoso”, al ponerle al personaje ese adjetivo-etiqueta, estamos “diciendo” un rasgo del personaje, y le damos al lector el trabajo hecho. Es mejor que sea el lector quien decida si Fulanito es o no generoso. Y eso se consigue “mostrando” al personaje a través de sus acciones y reacciones (su mundo externo) y pensamientos y sentimientos (mundo interno). Si escribimos “la casa es impresionante”, es tanto como no decir nada, mejor que describamos la casa y, de nuevo, ya decidirá el lector si le parece impresionante y en qué sentido. Por supuesto, esto no se debe llevar a rajatabla. Quizá nos interese decir que el personaje es un “cabrón con pintas”, y queremos dejarlo claro y no andarnos con demostraciones, pues lo «decimos». Por otra parte, no podemos estar todo el rato mostrando, sobre todo en una novela, sería muy tedioso. Una de las tareas del escritor es elegir qué “mostrar” y qué “decir”, sin olvidar que lo esencial en la ficción es el MOSTRAR, sobre todo aquello que es importante en la historia, pues es así como se consigue que el lector se involucre en el relato, no solo intelectualmente, sino emocionalmente, con los cinco sentidos. E incluso a la hora de “mostrar” debemos elegir qué aspectos vamos a destacar. No es necesario que describamos la “casa impresionante” con todo lujo de detalles y que el resultado se parezca a una ficha de una inmobiliaria, sino que bastará con unas pinceladas bien elegidas, eficaces a la hora de construir la imagen que deseamos que se reproduzca en la mente del lector.

Lee este fragmento, por favor:

A la madre, nada de lo que hacía la hija le parecía bien. Se diría que la odiaba; que hasta deseaba su muerte.

Ahora lee este microrrelato de la escritora Lydia Davis, titulado: ”La madre”.

La chica escribió un cuento. ”Sería mucho mejor si escribieras una novela”, dijo su madre. La chica construyó una casa de muñecas. “Sería mucho mejor si fuera una casa de verdad”, dijo la madre. La chica hizo un cojín para su padre. “¿No hubiera sido más útil un edredón?”, dijo la madre. La chica excavó un pequeño hoyo en el jardín. “Sería mucho mejor si excavaras uno grande”, dijo la madre. La chica excavó un gran hoyo y, dentro, se echó a dormir. “Sería mucho mejor si te durmieras para siempre”, dijo la madre.

En el primer texto se DICE cómo son los sentimientos de una madre hacia su hija, pero la información nos llega de una forma fría, distante, porque por muy tremendos que sean los conceptos de ODIO y MUERTE que en el texto aparecen, no dejan de ser abstracciones. En el segundo texto, se MUESTRA esa relación a través de las respuestas concretas de la madre a cada acción concreta de la hija. Y ese martilleo de reproche continuo de la madre se remata con “Sería mucho mejor si te durmieras para siempre”. En ningún momento se nos habla explícitamente del odio o de la muerte, pero, al MOSTRARNOS la relación, se logra una mayor implicación emocional del lector. ¿No te parece?