Turismo rural en los tiempos del coronavirus

CASA RÚSTICA

—¿Por qué esta casa en este pueblo abandonado? ¿La encontraste en casasenruinas.com? Desde luego, aquí no va a venir el virus a buscarte.

—Es justo lo que quería, un lugar fuera del mundo. Una casa que se parezca a nosotros. A lo que somos ahora. Pero nada tiene que ver con el virus. El virus fue la excusa, la oportunidad.

—Vamos, no te pongas melodramática.

—Así que el señor no tendrá wifi, ni agua caliente, ni aire acondicionado… Nada de nada, el saco para dormir, y este infiernillo de gas que me he traído, y una linterna y velas para cuando oscurezca, y esa pequeña nevera. La tienda más cercana está a veinte kilómetros. Es desde allí desde donde te llamé.

—Supongo que al menos habrá un espíritu vengativo que ronda por el pueblo y que en cualquier momento se nos va a aparecer para hacernos compañía.

—Quién sabe. A lo mejor hay uno, y me posee y luego te corto la cabeza con un hacha, porque seguro que habrá un hacha por algún lugar, y después me cuelgo de una viga en el cobertizo.

—Joder, ya salió la escritora. Así que has venido a escribir un relato de terror. Para eso no me necesitas a mí.

—No vas muy descaminado. De niña mis mejores amigos tenían un pueblo donde pasar las vacaciones y luego venían contando aventuras con palabras extrañas y mágicas para mí, como alberca, tordo, azada…; amigos que corrían libres sin la vigilancia de los padres. Y de mayor siempre he querido escribir un relato rural, quizá para librarme de esa falsa añoranza, pero me di cuenta de que no tenía ni puta idea de ese mundo sobre el que pretendía escribir. Puedo reconocer algunos árboles: el pino, el sauce, el olivo y… para de contar, los demás son simplemente “árboles”. Y así con todo. ¿Qué es un otero, qué una majada? En fin, que no siempre la imaginación puede sustituir a la experiencia.

—Ahora, con internet, el mundo entero está a tu disposición. No necesitabas venir a este pueblo fantasma.

—El mundo de internet no es el mundo. Aun así, lo intenté, pero resultó un relato artificioso, como si hiciera bricolaje con las palabras siguiendo las instrucciones de un manual. Un relato sin alma. Yo quería un relato que oliera a estiércol y a gorrino, que los vientos lo azotaran, que latiera el instinto animal, la salvaje naturaleza. Por eso vine aquí.

—Pero yo no veo ni gorrinos ni estiércol.

—Tú siempre tan literal. Y siempre escondiéndote detrás de tus chistecitos. Que no los veas no quiere decir que no estén de alguna forma. Lo importante es la atmosfera… Pero más que rural me estaba saliendo un relato brutal, violento, donde los personajes se liaban a tiros por unas lindes de mierda, aunque lo importante no eran las lindes sino el honor que había en juego, la dignidad. Mi dignidad, cabrón, porque me hiciste daño y quería convertirte en personaje y hacerte sufrir, y quizás matarte.

—¿Y entonces?

—Entonces me di cuenta de que el relato también era una excusa, una forma de huida, y ya no quiero engañarme ni huir. Ni quiero que tú huyas, que te conformes. Por eso te llamé. Para que estemos solos los dos, sin comodidades ni pantallas que nos distraigan, sin noticias del exterior. A ver cómo salimos de esta.

—Estupendo plan: un verano de okupas.

—En esta casa no nos va a quedar más remedio que matarnos o querernos. Bueno, también puedes dar media vuelta y largarte. ¿Qué me dices?

—¿Solos y sin mascarillas?

—Eso es, sin mascarillas.

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—Buenos días. Lo sentimos mucho pero no pueden quedarse aquí.

—¿Qué daño hacemos, señor agente? Mi novio y yo no molestamos a nadie. Y la casa está abandonada.

—Y mi compañero y yo, señorita, solo cumplimos con nuestro deber. Mañana vendrá gente de la tele a grabar. Y antes de que me pregunten que por qué ellos sí, les diré que tienen autorización.

—¿Algún documental sobre la España vacía?

—No, señor. Es una película de terror. Va de una pareja que se refugia en una casa abandonada huyendo de una pandemia y con el fin de reconciliarse. Así matan dos pájaros de un tiro. El guionista debe de ser más gilipollas que la pareja. El caso es que en el pueblo habita un espíritu lascivo que se tira…

—¡Cojones, Marcelo, no te metas donde no te llaman y no hagas spoiler!

—Bueno, lo dicho: que tienen que irse. Esta tarde nos daremos otra vueltecita y no les queremos ver por aquí. Que tengan un buen día.

La rebelión de los personajes

Sherlock Holmes foto Eloy

Los escritores, que son muy dados a hacer literatura de la propia literatura, dicen que en ocasiones sus personajes se les “rebelan”, que se oponen al destino que ellos como creadores les quieren trazar. Dicho así parece que tal afirmación esconde un asunto de brujería, que por un acto de magia los personajes cobran vida y la viven a su antojo. En realidad el asunto no tiene mucha enjundia, pues el escritor no puede desdecirse de ese personaje que ha ido creando desde el momento en que la página en blanco dejó de serlo. Palabra a palabra, línea a línea, el escritor va construyendo su personaje, dotándole de una determinada personalidad, con todo lo que ello supone: emociones, sentimientos, actitudes, motivaciones… De tal forma que el escritor, para que su obra resulte coherente y verosímil (no confundir verdad con verosimilitud, ni lo verosímil en la realidad con lo verosímil en una obra de ficción), deberá adecuarse a esa personalidad a la que ha ido dando forma.

Así, por ejemplo, si un día el escritor se levanta profundamente deprimido porque su equipo de fútbol ha perdido la final de copa contra el eterno rival por tercera vez consecutiva, por un penalti injusto, y no puede evitar que este estado de ánimo suyo contamine la escritura y decide que su personaje, un tipo de temperamento luchador, optimista y sin razón aparente para no querer vivir, se arroje a la calle desde el balcón, no será de extrañar que este se aferre a la barandilla cual simio en rama y le pida al escritor que sea él quien o bien se lance al vacío o cambie de equipo. Y si pese a los ruegos del personaje el escritor sigue emperrado en rematarlo, debería volver atrás en la escritura y reescribir el texto para que su comportamiento no resulte tan arbitrario como el penalti que causó la depresión del escritor. De no hacerlo así, además de matar al personaje, matará al lector.

Un caso ejemplar de a dónde puede llegar la rebeldía de un personaje, lo tenemos en Sigue leyendo

Cenizas

EL TEIDE

Las cenizas de la abuela viajan con nosotros dentro de una urna. Papá quiso meterlas en una bolsa del Hipercor. Decía que era más cómodo para llevarlas en el avión y que a la abuela no le importaría porque la abuela siempre fue muy bromista y nada solemne. Pero mamá dijo que no le parecía medio normal. Mamá nunca dice “normal”, siempre dice “medio normal”. Es una manía que tiene. Al final mamá se salió con la suya y la abuela viene en la urna. La abuela nació en Tenerife y pidió a papá que cuando muriera esparciéramos sus cenizas por la isla, con vistas al Teide, cuando fuéramos de vacaciones, y que no estuviéramos tristes. La abuela siempre estaba riéndose, y habría vivido mucho más tiempo si no hubiera sido por el cabrón del coronavirus.

Es la primera vez que voy a cruzar el océano en avión y me molesta tener que llevar todo el rato la mascarilla puesta porque el bicho del coronavirus también puede estar dentro y viajar con nosotros hasta Tenerife. Papá me dice que soy un quejica, y que me imagine que soy un piloto de combate que lleva puesta la máscara de oxígeno. Se cree que sigo siendo un niño y que cualquier bobada vale para convencerme.

Alquilamos un coche en el mismo aeropuerto de Los Rodeos. Papá le pide a mamá que conduzca ella, porque él va a hacer de guía turístico. Cuando dice “turístico” se ríe y ya sabemos lo que nos espera. Durante la cuarentena papá leyó mucho y ahora estoy seguro de que se va a hacer el listillo.

Ya estamos los cuatro en el coche, al fin sin mascarillas, y circulamos por la carretera que nos llevará al Teide. Papá sacó a la abuela de la maleta y la lleva ahora sobre sus piernas en el asiento del copiloto. Quiere que también ella escuche lo que va a explicarnos. Pobre abuela. Papá va señalando con un dedo el paisaje que nos rodea y dice que el pino canario es un ejemplo de resistencia porque aguanta altísimas temperaturas, y que después de los incendios vuelve a crecer, y que yo debo intentar ser como el pino canario, resistente ante las dificultades de la vida. Dice que la abuela fue un pino canario. Ya te digo, un plasta. Recuerdo que durante la cuarentena, cuando me daba clases de matemáticas y yo me equivocaba en las operaciones porque me distraía todo el rato, me llamaba alcornoque. Me dan ganas de decirle que no puedo ser un pino canario porque soy un alcornoque.

Vaya matraca la de papá. No puedo retener tanta fauna ni tanta flora, ni tanta geología, pero algunos nombres se me quedan: lagarto pinzón, violeta del Teide, bosques de laurisilva, tajinaste rojo… Me gusta cómo suena ta-ji-nas-te, es una planta alargada que se parece al gorro del mago Merlín. También dice que en esta isla no hay animales dañinos, y que hasta los escorpiones han perdido su veneno. Por el tono en que dice “veneno” sé que es una indirecta que me lanza. Esta vez no me callo, le digo que no mola nada que los escorpiones hayan perdido su arma mortífera porque entonces dónde está la gracia, parecerán simples cangrejos y no orgullosos escorpiones.

Seguimos subiendo por la carretera y de pronto las nubes están por debajo de nosotros. En ese mar de nubes es donde se forma la lluvia horizontal, explica papá, y yo me imagino a la gente con los paraguas estirados a la altura del pecho, como escudos. Papá se ríe de la ocurrencia y entiendo que la lluvia horizontal es otra cosa, pero no pregunto porque ya sé cómo terminan sus explicaciones. Se las apañará para compararme con la lluvia, y yo saldré perdiendo.

Llegamos al Parque Nacional de las Cañadas del Teide y es como caer en otro planeta. Mamá, para reírse de papá, se adelanta a lo que supone que él va a decir y comenta, con voz de vendedora telefónica, que nos hallamos en terreno volcánico y que el Teide es un volcán dormido. “Pero que puede despertar en cualquier momento”, dice papá, y lo dice de una manera que parece que nos está amenazando. Es de risa cuando se pone así. Mamá le dice entonces que parece más crío que yo. Si la abuela pudiera hablar, también le daría caña.

Desde el Parador, la vista del Teide es impresionante. “La morada de los dioses para los guanches, antiguos pobladores”, dice papá, y aunque la mascarilla le tapa la boca, sé que sigue con el morro ofendido. Mientras esperamos en recepción, continúa con su rollo. Mamá me dice por lo bajo que son los nervios. Nos cuenta que Nëil Amstrong, el primer hombre que pisó la Luna, estuvo en este lugar, y que aquí trabajaba entonces una recepcionista a quien pusieron de nombre Luna porque había nacido el mismo día en que el astronauta pisó el suelo de nuestro satélite, y que recepcionista y astronauta se abrazaron emocionados. Como papá está muy ñoño últimamente, pienso que es una fantasía cursi que se acaba de inventar inspirado por este paisaje lunar que nos rodea, pero luego me entero de que es verdad.

Hemos dejado las maletas en la habitación y salimos del Parador. Nos ponemos a andar de cara al Teide. Por fin papá guarda silencio. Está serio y lleva a la abuela agarrada con las dos manos, apoyada sobre su pecho, mamá y yo lo seguimos. Cuando decide que nos hemos alejado lo suficiente, se detiene, nos mira a mamá y a mí, abre la urna y, después de besarla, la vuelca para ir esparciendo las cenizas. Ya está la abuela donde quería, y en primera fila. Papá, mamá y yo nos abrazamos, y pienso que a lo mejor un día el volcán despierta y las cenizas que la lava va dejando a su paso se funden con las cenizas de la abuela.

Redención

La piel

1994. Zaragoza capital. Sergio es un joven de quince años enamorado —aunque quizá la palabra “enamorado” no sea la más adecuada— de una joven punki de dieciséis (nunca sabremos su nombre). Estudian en distintos institutos y viven en distintos barrios: Sergio en el humilde extrarradio, la joven en una urbanización de chalés de lujo. Se conocieron en el antro que frecuentaban los viernes, un garito cuya puerta de entrada imitaba la boca de un demonio. Sergio lleva el pelo largo y camisetas de Iron Maiden. La joven viste zamarra vaquera y mallas ajustadas, no tiene amigas, no se maquilla, no disfruta con la ropa, no se peina sus rizos negros que crecen enredados, no se depila, tiene cicatrices en el brazo izquierdo.

No es que a Sergio le entusiasme la chica, pero se fija en ella porque sonríe mucho, y los punkis no sonreían casi nunca, siempre estaban enfadados. Guiados por la inercia que, casi sin quererlo, lleva a dos seres solitarios a unir sus destinos, Sergio y la joven punki inician una relación. Sergio experimenta las sensaciones del primer beso, ese beso que activó la piel dormida desde la última vez que mi madre me embadurno el pecho de Vicks VapoRub, e ira descubriendo el territorio de la sexualidad, con una torpe mezcla de timidez y ansia.

El romance, o lo que fuere, continúa hasta que ella le explica que las cicatrices en su brazo izquierdo se las hizo al intentar grabarse con una navaja suiza el nombre de Sid Vicious, el cantante suicida (o algo así) de los Sex Pistols. En ese momento, aunque intenta imitar la compostura de quien está por encima del bien y del mal, Sergio huye del alma de la chica —si es que alguna vez estuvo allí— para quedarse en la fría superficie, y, después de transformarse en un señor inquisidor, imagina cómo han de sentirse los padres de ella, quienes no dejarán de preguntarse qué ha fallado en la educación de la hija si le dieron todos los caprichos. Y de pronto, a la mirada censora de Sergio todo en la joven le parece desagradable: poco femenina, antipática antes que tímida. Y así, un día, con una miserable sugerencia de Sergio, la historia llega a su fin.

2020. Sergio tiene cuarenta y un años. Sigue viviendo en Zaragoza, en un edificio de la plaza donde tuvo lugar el primer beso. Ahora anda enfrascado en la escritura de un libro sobre el tema de la piel (Sergio padece de psoriasis), y en el capítulo que titula “La Edad Media de la piel” decide recordar aquel período de su adolescencia, para dejar constancia –y de alguna manera redimirse— del desprecio que siente por aquel imbécil de quince años que no supo apreciar la maravillosa individualidad de su joven princesa punk.

Estas son unas conmovedoras líneas de ese capítulo:

“Tal vez fuera mucho pedirle a un pedazo de imbécil de quince años atontado por el cine y la televisión que apreciase la belleza de lo singular y salvaje, ese pequeño triunfo de la voluntad que era ella, tan morbosamente chicazo, tan libre de cualquier manada y tan despectiva de cualquier modelo de conducta o plan de futuro. Tuve en mis manos una flor silvestre y la desprecié porque quería un rosal como los que había visto en los escaparates de las floristerías (…) Fui con mi princesa punk tan zafio, violento e ignorante (…) Ciego por las cicatrices de Sid Vicious, no entendí ni intuí la enorme delicadeza de una chica solitaria, dolorosamente consciente de su individualidad, separada del grupo como un ñu rojo. Ese simulacro suicida de escribirse en el brazo el nombre de alguien tan desgraciado como ella misma, que había alcanzado con la muerte la forma más sublime de singularidad. Esa valentía de no parecerse a las series de la televisión, pero tampoco a los nietos de los que perdieron la guerra civil, con quienes tal vez se compartía una estética, pero rara vez una ética, porque la suya era corporal y silenciosa. Una mujer ya libre en una edad en la que todos, yo el primero, vivíamos prisioneros de las morales de las teleseries y de las revistas juveniles. También me asustaba esa libertad, la forma en que me animaba a descubrirla, cómo guiaba mis manos por los pliegues que no me atrevía a tocar y la delicadeza con que escarbaba en los míos. No eran esos movimientos los de alguien acomplejado por su peinado o el vello de su cara. Hasta la manera en que me enseñó y me explicó las cicatrices del brazo denotaba una seguridad impropia de lo que éramos y de lo que hacíamos. Yo he tardado muchos años en aceptar mi cuerpo enfermo y dolorido con la misma alegría con que ella aceptaba ya entonces el suyo, por lo demás perfecto y bellísimo.

Si la recuerdo ahora es porque no puedo volver atrás para darme una paliza o escupirme a mí mismo en la cara. Se cuentan estas cosas como sucedáneo del látigo, para que quede constancia, al menos, de lo mucho que desprecio a ese pedazo de imbécil, quince años juncales, bueno para nada. Me avergoncé de mi princesa punk, a la que ya ni siquiera llamaba así (simplemente, la tía esa con la que me enrollo hasta que salga algo mejor), cuando era ella la que debía sentir una vergüenza enorme de mí.

Todo acabó la tarde en que me atreví —dios mío, cómo fui capaz de decirlo en voz alta— a sugerirle que había métodos —cera, maquinilla— para eliminar esa sombrita que afeaba su labio superior, y que a Sed Vicious, allá en el cielo de los punkis, no le importaría que peinase, un poco de vez en cuando. Me miró sin rabia. No respondió. Había en sus ojos una tristeza resignada e infinita. Tal vez había visto en mi algo que ni yo mismo veía y creyó en algún momento que podía entenderla. Algo hice o dije que le había dado esperanzas de encontrar en mí a esa persona que no juzga, que acompaña, que no quiere transformar a los demás en lo que no son y que disfruta paseando por jardines esteparios de piedra y cactus sin sentir jamás complejo de jardín inglés y sin empuñar nunca las tijeras de podar. No dijo nada y me miró unos segundos que bastaron para darme cuenta de la barbaridad que acababa de cometer. No lo confieso con ánimo de exculparme, pero me arrepentí nada más decirlo. Ni siquiera me atreví a suplicar un perdón.

Silencio, por favor

Perro escribiendo

Hola. ¿Hay alguien ahí? Soy Sócrates, el perro-narrador de la anterior entrada de este blog: VICEVERSA. Y escribo ahora en señal de protesta porque el cretino del blog se empeñó en darme voz, cuando él sabe que odio los relatos —con excepción de los relatos infantiles— en que los animales hablan, y no digamos cuando son los objetos los que hablan. ¿Has visto esos coches que, estacionados en la calle, llevan un cartelito que dice “Me venden”? ¿No te parece el colmo de la estupidez? “Me venden, llevo 20.000 kilómetros de vida”. Hay que fastidiarse.

Pensarás que me estoy pasando, que me he levantado con mala pata y que por eso digo lo que digo, porque hay buenos relatos en los que el narrador es un animal, o una cafetera italiana, por ejemplo. Sí, no lo dudo. Yo mismo te podría citar algunos buenos relatos o novelas en que el narrador es un colega perro, o una cama que cuenta secretos de alcoba. Pero no pretendo escribir con el rigor del científico, sino con la máxima subjetividad posible: la subjetividad maniática del desahogo; si no, ¿para qué escribir? Y añadiré que, de esos relatos con narrador animal o narrador cosa, odio especialmente aquellos que a la peculiaridad del narrador le añaden un plus de gazmoñería. Así, por ejemplo, el collar de perlas que nos va contando las vicisitudes por las que pasan sus sucesivas dueñas—mortales ellas; eterno el collar— con frases del tipo: “A través de mis cuentas sentía en la yugular de Alfonsina el flujo de la pasión que la embargaba, quedando yo encendido por los celos de no ser el destinatario de tan acendrado amor, pues no era realmente a mí a quien ahora sus delicados y soñadores dedos acariciaban, sino a aquel que vivía en su pensamiento, ese ser de lejanías que era Rodolfo, marqués de Habastiernas”. Sin comentarios.

Un amigo me dijo que no me enfadara, que mejor ser narrador protagonista que víctima en la narración. Lo dijo pensando en esos relatos en los que a nuestros hermanos perros les aguarda un triste destino, como en “El gallinazo sin plumas, de Ribeyro, o en Tobías Mindernickel, de Thomas Mann. O el de la pobre mosca, masacrada, del relato La mosca, de Katherine Mansfield. O el de la vaca de “¡Adiós “Cordera!, de Clarín (no te lleves las manos a la cabeza, no hay error: la vaca se llama “Cordera”; cosas de nuestro Leopoldo, que se nos viene arriba en cuanto le dan alas). Y tiene razón mi amigo, porque si bien ambas posibilidades no son excluyentes —la de ser narrador protagonista y víctima—, yo tuve la suerte de salir bien parado en la entrada del imbécil del blog, pues soy allí un perro perspicaz que con ironía se compadece de su angustiado amo y le da una lección.

Todo esto es verdad, pero no me consuela, porque lo que yo quiero realmente es no hablar, aunque ahora, paradójicamente, necesite hablar para reafirmarme en que no quiero hablar. No deseo formar parte de esta sociedad verborreica que habéis creado, donde la palabra se devalúa y hasta el discurso más tonto tiene sus acólitos, cuanto más tonto o disparatado, mejor. Vuestras palabras os distancian de la realidad, entre lo que decís y hacéis hay un gran trecho. Con las palabras engañáis y os engañáis. Yo no quiero palabras. Que el tonto del blog se busque a otro. Resistiré sus coacciones.

Antes muerto que parlante.

GUAU

Viceversa

HOMBRE CON MASCARILLA Y PERRO

Cuando el Gobierno fijó las normas para poder salir en la cuarentena, era mi amigo quien me urgía para escapar a la calle, aunque yo no tuviera ganas o prefiriera quedarme amodorrado. Entonces él me necesitaba, sin mí era un recluso y yo era la llave que le permitía salir de su cárcel. Me divertía verlo moverse inquieto por la casa, acercarse con zalamerías y arrumacos para convencerme. Podía haber utilizado la fuerza, pero no lo hizo: es un amigo noble y pacífico. Cuando ya no aguantaba más, cuando la casa se le venía encima y estaba a punto de darse cabezazos contra las paredes, se ponía el extraño bozal y arrimaba su cara a la mía para darme pena, porque se habían invertido los papeles y era yo quien lo sacaba a pasear a él. No hay nada como ponerse en el lugar del otro para comprender. Por eso, ahora que hemos vuelto a la normalidad de los horarios y yo le espero junto a la puerta de la calle con la lengua fuera y la cola juguetona, a mi amigo ya no se le ocurre llamarme puñetero perro impaciente.

 

Racismo

MASCARA BLANQUINEGRA

Los buenos libros nos obligan a reflexionar, nos zarandean para que abandonemos, aunque sea por un momento, nuestros acomodados puntos de vista. Dicho de otra manera: los buenos libros nos abren múltiples ventanas desde donde contemplar el paisaje, el cual sería muy pobre si solo lo divisáramos desde nuestro egocénctrico ventanuco.

Dejo aquí, en el alféizar de esta exigua ventana bloguera, unas líneas del libro “El olvido que seremos”, de Héctor Abad Faciolince.

Pese a todas sus luchas intelectuales, y a la deliberada búsqueda de un liberalismo ilustrado y tolerante, mi papá se sabía víctima y representante involuntario de los prejuicios de la triste y añosa y anquilosada educación que había recibido en los pueblos remotos donde creció (…). Aunque racionalmente rechazaba el racismo con una argumentación furibunda (con ese exagerado apasionamiento de quien le teme al fantasma de lo contrario y en ese exceso demuestra que más que con su interlocutor, está discutiendo consigo mismo, convenciéndose por dentro, luchando contra un fantasma interior que lo atormenta), en la vida real le costaba aceptar con ánimo sereno si alguna de mis hermanas se relacionaba con una persona un poco más cargada de melanina que nosotros…”

Días de confinamiento V: los libros

HAI EXCOMUNION

Mi verdadero refugio en estos días en clausura son los libros. Los libros siempre me salvaron y me salvan de muchas cosas: ahora, de este tedio que el confinamiento nos impone; del ruido obsceno de los charlatanes con sus comentarios demagogos y simplistas; de los periodistas hipócritas que llaman a la concordia a la vez que encienden la mecha de la provocación, o que rescatan agravios pasados para azuzar a los contendientes. Y, por supuesto y principalmente, los libros me protegen de mí mismo, que también puedo ser hipócrita, y demagogo, y charlatán.

Un día, uno de esos cuñaos que van a todas partes con la máquina de calcular y un manual de eficacia me dijo que todos estos libros que tapizan varias paredes de mi casa suponen un derroche de espacio, que un libro digital de altas capacidades (un superdotado, vamos) podría contenerlos a todos, y así, además de ahorrarme mucho espacio, podría transportarlos a donde quisiera, llevarlos conmigo al mar, a la playa, a la montaña…

Al oír sus argumentos, imaginé que todos mis libros daban un brinco y escapaban de las estanterías, como si el mago Merlín, con un golpe de su varita mágica, los convocara hacia el centro de la habitación para luego, en un feroz remolino, hacerlos desaparecer por el agujero negro que es el libro digital: PLAAAFFF y nada en las estanterías, todo escondido en un pozo oscuro de alta densidad de contenido. Y como yo me encogiera de hombros, el cuñao, que es listo y sabe dónde pincharme, recurrió después a su archivo de frases hechas: que lo importante es el fondo y no el formato; que la verdadera belleza es la interior; que la cultura se vive, no se exhibe.

No le quito la razón, y reconozco las virtudes del libro digital, pero los que nos hemos educado emocional e intelectualmente con los libros, no podemos prescindir de ellos. Me gusta tenerlos a la vista, rodearme de su presencia para que formen parte de mi vida, trabajar en su compañía. No quiero tenerlos escondidos, indiferenciados, en ese zulo comunitario que es el libro digital. Me gusta verlos en las estanterías, en su individualidad. Mirar sus lomos es como mirarles el rostro y reconocerlos. Viejos amigos siempre dispuestos a hablar conmigo. Desde allí me recuerdan mi historia de lecturas, mi evolución como persona. Y al abrirlos, me gusta encontrarme con las notas y subrayados sobre aquello que algún día llamó mi atención en las conversaciones que mantuve y mantengo con ellos, con la letra del que entonces fui en los márgenes. Me gusta encontrarme las dedicatorias en los libros regalados, y los dibujos infantiles de mis hijos, muñecos cabezones de ojos grandes y sin cuerpo, los dibujos, no mis hijos, que hicieron de marcapáginas y allí se quedaron, o los billetes de bus y metro de tiempos remotos. Y hasta las manchas de café me gustan, o de chorizo, sí, de chorizo, que no todo va a ser pétalos de rosas. O esas otras manchas que va dejando el paso del tiempo en los libros ancianos, algunos con artrosis, descuajeringados, que necesitarían sesiones de rehabilitación, y que a poco que los toques se desvanecen entre tus dedos como alas de mariposas muertas.

No, no me gusta la falta de entrañas y de historia de los libros digitales, ni que un mismo cuerpo sirva para múltiples personalidades, y parezca que siempre lees el mismo libro. Descargarme un libro me produce muy poca emoción, pero cuando compro un libro, se me hace la boca agua, literalmente. Me gusta sopesarlo, acariciarlo, olerlo, hacerle cosquillas en el índice con mi índice, deslizar el pulgar por el grueso de las hojas para recibir su primer aliento. Porque siento que el libro es un ser vivo que durante unos días me seguirá como un perrito cariñoso por todos los rincones de la casa. Por eso, cuando a veces me pongo tremendo y nostálgico, me da por pensar en qué será de mis libros cuando yo no esté: “La vida de mis libros sin mí” (gracias, Coixet). Porque quisiera dejarlos con la vida resuelta, buscarles unos buenos lectores que sepan cuidarlos con el afecto que se merecen.

Bueno, amigo lector, o lectora, espero que este discurso sirva para que entiendas el cabreo que tengo porque han desaparecido dos de los libros que quería releer en estos días. Uno es “Bomarzo”, de Mújica Laínez. El otro, “El jinete polaco”, de Antonio Muñoz Molina. Mi familia y amigos son gente de bien, no van por las casas robando libros. Y aunque este verano unos cacos me desvalijaron la casa cuando me encontraba de vacaciones —lo intentaron, mejor dicho, pues había poco que desvalijar—, no creo que estuvieran muy interesados en llevarse unos libros. De “Bomarzo” tengo otra edición muy posterior a la que yo leí (Seix Barral 1981), pero no es lo mismo, ahora ya lo sabes: NO-ES-LO-MISMO.

Supongo que estos libros desaparecidos se los dejé a alguien, no recuerdo a quién, y no me los ha devuelto. Y es que los libros no tienen esa querencia que tienen los perros hacia sus amos. Los libros tienden a quedarse en las casas que los acogen, les basta con la caricia de la mirada. Pero los perdono. Los quiero igualmente.

Aun así, dando por hecho que no ha sido un robo, he recordado la “Cédula Papal de Excomunión” contra los ladrones de libros y similares, cuyo original se custodia en la Biblioteca Histórica de la Universidad de Salamanca (ver foto de esta entrada), y también las maldiciones de las que nos habla Irene Vallejo en su magnífico libro, de bello y certero título, “El infinito en un junco”, maldiciones que lanzaron en las antiguas bibliotecas del Próximo Oriente contra los ladrones y destructores de textos, mucho siglos antes de la invención de la imprenta. Una de ellas decía así:

“A aquel que se apropie la tablilla mediante robo o se la lleve por la fuerza o haga que su esclavo la robe, que Shamash le arranque los ojos, que Nabu y Nisaba lo vuelvan sordo, que Nabu disuelva su vida como el agua”.

Como las amenazas de la Cédula Papal me parecen un tanto tibias, será esta inscripción, sustituyendo “tablilla” por “libro”, la que presida la entrada a mi casa cuando acabe el confinamiento. Espero que los nombres de los dioses y diosa mesopotámicos, y la advertencia de tan destructivas acciones, tengan un efecto intimidante y acojonen a todo aquel que venga a mi casa con la intención de apropiarse de alguno de mis libros.

 

Días de confinamiento IV: 50 días d.C.

Coronavirus

50 días d.C.

Durante estas semanas de confinamiento he oído las voces y he visto las caras de mis hijos y nietos más veces que en todo el año pasado, pero no me gustan las videoconferencias. Parecemos peces pegados al cristal de una pecera, boqueando. Además, por el desgaste que supone estar en cuarentena, cada día nos parecemos más a los retratos de los delincuentes que cuelgan en las comisarías, solo nos falta ponernos de perfil. El peor retrato, el mío. Se me descuelgan los párpados, se columpian las ojeras, los pómulos desescalan. No puedo engañar a la cámara: lo que veo es lo que es, lo que soy. Pero no me rindo: hay que defender la Alegría.

Harto de comer solo, he recuperado mi antigua afición a hacer teatro desdoblándome en distintas personalidades. Uno de mis yoes es el comensal; otro, el camarero que me sirve la comida. Hoy, como cada día, he entrado en la cocina-restaurante y he preguntado qué hay de comer. Me respondo que macarrones o arroz a la cubana. Me decido por el arroz a la cubana y a la media hora vengo con el arroz y los huevos fritos, todo frío, y kétchup en lugar de tomate. Me quejo y pido que venga el maitre. Viene el maitre, que también soy yo. Me pido disculpas —al chef (yo) se le va el santo al cielo— y rehúso darme la cuenta. Para compensarme me regalo una tableta de chocolate, guiñándome un ojo porque el médico me lo tiene prohibido. Cuando voy a pedir el postre, llaman a la puerta.

Es el vecino. Me trae torrijas en un plato. Viste con un chándal-pijama, babuchas moriscas, mascarilla y guantes. Me entra la risa, y para que no se ofenda le digo que estaba acordándome de un chiste. Pero luego, como soy un bocazas, le pregunto si no cree que las torrijas también deberían llevar mascarillas, o turbante. Se da media vuelta dejándome a solas con las torrijas desenmascaradas. Es un buen tipo —es él quien me hace la compra—, se le pasará el enfado.

Las torrijas están buenísimas, pero descubro que una mosca se ha colado en casa y merodea en torno al almíbar. A mí, antes del coronavirus (a.C.), la llegada de una mosca era solo un leve incordio que espantaba con la mano. Pero ahora, esa presencia negra y aleteante me supone un reto intelectual: ¿Será portadora del virus? ¿Tengo que protegerme de ella? ¿Qué hace una mosca sola en mi casa? ¿Es una mosca antisocial o viene en avanzadilla para inspeccionar el terreno? Y entonces ella, para ilustrar el dicho de “tener la mosca detrás de la oreja”, se me pone a zumbar alrededor del sonotone, como para dar respuesta a mis preguntas. Una pena no conocer su idioma. Aun así, me deja intranquilo. Algo va a pasar.

Y lo que pasa es que vuelven a llamar a la puerta. Son unos tipos con ojos alucinados y sonrisa bobalicona que no sé a qué coño viene. Les pregunto qué hacen sin mascarillas. Me dicen que, como está próximo el fin del mundo, lo de las mascarillas es inútil y que, como soy persona de alto riesgo por mi edad, vienen para ayudarme a reflexionar acerca del verdadero sentido de la vida y de la muerte. Les digo que esa cantinela del fin del mundo ya se la he oído muchas veces a otros tipos como ellos, clones suyos, y que a la vista de los hechos está claro que nunca aciertan. Y que prefiero morir antes que oír uno de sus sermones. Les doy dos de las torrijas que me ha traído el vecino. “Donde esté una torrija que se quite el Más Allá”, les digo antes de cerrar la puerta. Me froto las manos, divertido, pues seguro que les he creado un conflicto de conciencia y bajarán en el ascensor con la duda en forma de torrija.

A los pocos segundos ya no sé si lo que acabo de contar fue real o una alucinación. Voy a la cocina y compruebo que solo faltan las torrijas que yo me he comido. Luego ha sido una alucinación. Últimamente confundo la realidad con la ficción. No me preocupa. Así debe de estar todo el mundo, preguntándose si lo que están viviendo no es un sueño del que esperan despertar.

Lo de las ocho de la tarde parece real. Me sumo a los merecidos aplausos a los sanitarios desde los balcones y ventanas. Suenan al unísono el “Himno de España” y “Resistiré”. Algunos despistados hacen sonar cacerolas, no sé si se han adelantado o retrasado, pues en las agendas hay caceroladas de protesta a las siete y a las nueve, de momento. En algún balcón ya ha empezado a oírse Dale a tu cuerpo alegría Macarena, ayyyy…, y supongo que muy pronto sonará “El rock de la cárcel”, ¿o era del manicomio? Somos muy divertidos. La fauna humana. Cuando abran las jaulas del zoo, saldremos en estampida. El que pueda, porque yo, con mi artrosis y mi bastón, estoy para pocas estampidas.

A propósito de los aplausos, ahora que me he vuelto más reflexivo, me da por imaginar que esta costumbre de aplaudir a las ocho de la tarde se mantiene en el tiempo, pero olvidado ya el motivo que la originó, y que las generaciones futuras dirán: “No sé de dónde viene esto de aplaudir a las ocho, pero forma parte de nuestra tradición”, ese falaz argumento para defender lo indefendible (“¿Que por qué tiramos una cabra desde el campanario? Pues porque es nuestra tradición, y las tradiciones hay que mantenerlas. ¡Vaya pregunta!, no te jode el progre”. Sea como sea, no estaría mal aplaudir a las ocho de la tarde, eternamente. Mucho mejor eso que arrojar cabras desde el balcón.

Os cuento todo esto porque a la familia no podría contárselo. Me tomarían por loco. Ahora tengo que dejaros. Me esperan en la pecera. Es la hora.