La abuela y el agapornis

Esta mañana, con el alma en vilo, Lola y yo nos dirigimos a casa de la abuela. Llevábamos horas llamándola, tanto al móvil como al fijo, y no respondía. Tampoco su vecina de al lado, a la que telefoneamos previamente, había conseguido que le abriera la puerta. Nos dijo que no se oía ningún ruido en el interior, ni siquiera el de la televisión, que la abuela ponía a todo volumen porque estaba sorda y era reacia a usar los audífonos. Lo único que se oía de vez en cuando era el piar del pájaro, un piar extraño, como alborotado.

El pájaro al que se refería la vecina era Rufino, el agapornis que meses atrás le habíamos regalado a la abuela cuando enviudó. Pensamos que un pájaro le haría compañía, y ayudaría a mantenerla activa en su afán por cuidarlo. El dependiente de la pajarería nos convenció de que un agapornis era una buena opción, pues además del alegre colorido que exhiben, los llaman “amorosos” y que por algo sería, y que esa idea de que hay que tenerlos en parejas porque no soportan la soledad es una creencia sin fundamento, y si la abuela le daba cariño, el agapornis viviría feliz, sin traumas. Así que no, no tendríamos que comprar dos agapornis.

El hecho de que la vecina hubiera oído piar a Rufino nos informaba de que no se había producido un escape de gas, pero tampoco era muy tranquilizador, ya que podría haber múltiples razones para que la abuela no respondiera a nuestras llamadas, la mayoría de ellas de inquietante pronóstico, y aunque gozaba de relativa buena salud para sus noventa y tres años, en nuestras últimas visitas habíamos comprobado que empezaba a desvariar en lo concerniente a su relación con Rufino, a quien desde el primer momento, cuando se lo entregamos en la jaula, después de decir “parece un bolita de color”, se empeñó en llamarlo así, Rufino, que era como se llamaba el difunto abuelo .

Al principio, los desvaríos nos parecieron exageraciones sin más, muy propias del carácter vehemente de la abuela, cuando nos decía que a Rufino, al igual que a ella, le entusiasmaba el programa de La Ruleta de la Suerte, y los partidos de tenis que jugaba Nadal, o los partidos del Atlético de Madrid, equipo del que eran muy forofos, pero cuando empezó a decir que Rufino había resuelto una prueba de sinónimos en La Ruleta, o que con su ala izquierda había acompañado una dejada de Rafa sobre la red, o que sus plumas adquirieron el color rojiblanco en un enfrentamiento de su equipo con el Real Madrid, a la vez que gritaba: “¡Aúpa Atleti!”, entonces empezamos a preocuparnos de verdad, y para comprobar hasta donde llegaba su delirio, le preguntamos por qué Rufino nunca hablaba cuando estábamos nosotros, ni hacia esas cosas que ella decía que hacía. “Porque es muy suyo, es un sinvergüenza”, dijo mirando a Rufino cariñosamente, con un gesto de complicidad.

El médico no le dio mucha importancia. “Qué quieren, tiene noventa y tres años, y parece que la cosa no va más allá de su relación con el pájaro. Y si así es feliz…”. La opinión del doctor nos había tranquilizado, pero ahora, mientras nos acercábamos a la casa, se encendían las alarmas. Entramos corriendo al portal y no esperamos al ascensor. Subimos las escaleras de dos en dos hasta el tercer piso y, nada más abrir la puerta de la casa, nos precipitamos al interior, cada uno para un lado. Buscamos por todas las habitaciones, cocina y baños, e incluso miramos debajo de las camas y dentro de los armarios, en el balcón. Nada, la abuela no estaba allí. Sí estaba la jaula, abierta sobre la mesa del salón, y Rufino dentro.

Pensamos entonces que a la única vecina que la abuela visitaba era a la vecina con quien ya habíamos hablado por teléfono, pero que quizá hoy, aunque raro en ella, había decido visitar a algunos de los otros vecinos, o simplemente se había marchado a la calle, hecho aún más insólito. Y ya estábamos preparados para emprender ese nuevo itinerario por etapas; primero, de casa en casa, y luego por la calle si fuera necesario, cuando nos percatamos de que Rufino no estaba solo en la jaula, como en un principio habíamos creído, sino que con él había otro agapornis, tan juntos el uno del otro que parecían un solo cuerpo y que por eso no nos habíamos dado cuenta antes.

Desconcertados, perplejos, asustados, acercamos nuestras narices a la jaula para ver mejor, y entonces…, el agapornis que no era Rufino se giró hacia nosotros, nos guiñó un ojo y se puso a picotear suavemente en la cabeza de Rufino, que se esponjaba por efecto del gustirrinín que sin duda le estaba dando. “¿Has visto lo mismo que yo?”, me preguntó Lola, balbuceando, con los ojos muy abiertos. Sí, habíamos visto lo mismo.

Recuperados del asombro —si es que esto es posible— y aceptando que en la vida hay misterios que no se pueden explicar, decidimos que lo mejor, después de hacer el paripé de preguntar a todos los vecinos, era traernos los agapornis a nuestra casa.

Los hemos colocado en la habitación más luminosa, con la puerta de la jaula abierta —que es lo que la abuela hacía antes con Rufino para que entrara y saliera a voluntad—, y seguro que a Lola y a mí, que no pasamos por el mejor momento en nuestro matrimonio, nos viene muy bien convivir con tanto derroche de amor. Después iremos a la policía para informar de la desaparición, porque no hacerlo resultaría muy sospechoso. Seguramente nos pedirán una foto de la abuela para publicarla en los medios, y sugerirán que hagamos fotocopias ampliadas para que las colguemos por su barrio. Y nosotros, aunque sabemos lo ineficaz que va a resultar cualquier actuación, diremos a todo que sí, que nos parece perfecto, que les estamos muy, muy agradecidos

Aves de paso

Junto al alfeizar de tu ventana, como una extensión del mismo, hay un macetero de obra al que cada año acuden los cernícalos. Sucede un buen día de primavera, de pronto. Están tus plantas tan quietecitas ellas, tan ensimismadas en sus colores y sus olores, quizá mecidas por la brisa o incordiadas por algún insistente moscardón, cuando irrumpe, como una explosión de vida, el rapaz cernícalo, para posarse en el borde del macetero y anunciar su llegada con un chillido y un batir de alas. “Ya estamos aquí”, parece decir, en plural, porque él es la avanzadilla, el ojeador que viene a prevenir de posibles hostilidades. Luego, si la inspección le resulta satisfactoria, vendrá su pareja e invadirán el territorio de las plantas, las arrinconarán, algunas serán expulsadas, las pobres, solo eso, no necesitan nada más, no traerán ni ramitas, ni hojas secas, ni briznas de hierba…, no se andan con remilgos los cernícalos, cualquier sitio les vale en su lucha por la vida. Será su casa por un tiempo, al otro lado de la tuya, tu nido y el suyo separados por el cristal de la ventana, y es allí donde la hembra incubará los huevos mientras el macho se aventura a por el alimento, hasta que un día crujen los cascarones y asoman los pollitos cernícalo, como vestidos con pijamas de algodón, piando como posesos. Aún tardarán un mes en echarse a volar y envidiarás esos primeros pasos, es un decir, ese vuelo primerizo, corto, titubeante, pero que es el inicio de un recorrido que con el tiempo y práctica les llevará a dominar el vuelo adulto, el mantenerse flotando en el aire, congelando el tiempo, inmóviles, hasta que ven la presa y se lanzan a por ella. Cernirse en vuelo, lo llaman.

Quieres pensar que este cernícalo que está ahí plantado y observas es el mismo de otros años. Que tu ventana se grabó en el mapa de su memoria y ha volado hasta aquí guiado por ese inabarcable cordón umbilical que le une a tu pequeña parcela de tierra, y ahora espera, porque seguramente conoce las veleidades humanas, a que te reafirmes en ese contrato implícito que desde hace algunos años tenéis, hecho de silencio y aceptación. ¿Vas a dejar que me quede?, es lo que te está preguntando con esos ojos oscuros como pozos. Y sabes que ante cualquier movimiento brusco o acercamiento, echará a volar, y puede que vuelva para darte otra oportunidad, o puede que no, que busque destinos más amables, donde no haya siluetas humanas que desde la penumbra lo atemoricen. Por eso no te mueves, te quedas contemplando su perfil aguileño de animal heráldico, su cuerpo marrón claro salpicado de pequeñas manchas negras, sus garras afiladas, mientras él sigue a la expectativa en el borde del macetero, con su fuerte corazón bombeando con ímpetu bajo su pecho, imaginas.

Y en ese momento, no sabes muy bien por qué, quizá porque esa estampa que ofrece el cernícalo te parece la de un ser primitivo, de otro tiempo, es cuando tu pensamiento, en un impulso de prestidigitación mental, borra el mundo conocido, tu mundo, y viaja a aquel tiempo remoto en el que los dinosaurios poblaban la tierra, sin rastro del hombre, y ves a aquel pajarraco, en realidad un reptil, ¿cómo era…?, el pterodáctilo, eso es, el pterodáctilo, el pterodáctilo volando con las alas enormes completamente desplegadas por el mismo espacio que ahora, millones de años después, ocupa tu casa, en el décimo piso de un edificio de once plantas, con tus libros, tus muebles, tus electrodomésticos…, en fin, con todo aquello que representa lo que llamamos civilización, y donde el cernícalo y tú os habéis reencontrado. Y la imagen de esta fractura en el tiempo, de esa tremenda elipsis, te sobrecoge, porque tiene que ver con la fugacidad de la vida y su sentido, y con la muerte, claro, la de todos nosotros, que vamos a morir… y qué quedara de nuestra estirpe, si es que queda algo, pasados otros millones de años. Preguntas que están inscritas en nuestra sangre y que cada uno responde a su manera como buenamente puede. Pero que ahora dejas que se queden cernidas, suspendidas en el aire, que es donde acostumbran a estar para aligerar el peso de la existencia, porque te conmueve que el cernícalo y tú hayáis coincidido en este punto concreto del universo, en este tiempo preciso, y te ves con sus ojos, y comprendes que los dos sois aves de paso, que todos lo somos, aves de paso, y te retiras muy lentamente al interior de tu nido, para no espantarlo, para decirle sin palabras que se puede quedar en tu macetero a vivir con los suyos su vida pequeña, tan pequeña como la tuya. La vida: un misterio.

Comiendo con un filósofo

Hace ya dos años que Daniel dejó de buscar su palo ideal. Ahora, con cuatro años, no quiere comerse los macarrones porque hoy los macarrones no le gustan.

—Pues te vamos a hacer un helado de macarrones —dice Álvaro, su hermano, de diez años, ejerciendo de hermano a conciencia, es decir, de permanente tocapelotas.

—En mi mundo no hay helados de macarrones —responde Daniel.

En ese momento, mi tenedor con macarrones (a mí sí me gustan) se queda en vilo, a medio camino entre el plato y mi boca.

—Tu mundo es el de la fantasía —replica Álvaro.

Mi tenedor sigue en punto muerto.

—No, mi mundo es el del Ensanche de Vallecas —concluye Daniel.

Para posibles lectores forasteros, diré que El Ensanche de Vallecas es un barrio de Madrid, donde vive Daniel.

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— Cómete el plátano y te pondrás muy fuerte —le dice la abuela a Daniel.

—El plátano no da fuerza, el plátano da rapidez —responde él.

Pienso que lo habrá oído en algún capítulo de La Patrulla Canina, o de los Minions, o de cualquier otro dibujo animado de los muchos que ve.

—¿Por qué sabes tú eso? —le pregunto.

—Porque un día comí un plátano y fui rápido.

Crónica de un abandono anunciado

Soy un perro. Y no es una metáfora: la de un hombre diciéndose a sí mismo que es un perro porque se siente como un perro. Quiero que esto quede muy claro desde el principio, el dato de que soy un perro y que como tal te hablo, porque no me gustan esas historias en las que un narrador en primera persona esconde su identidad para al final revelarnos que es un animal el que está hablando. ¡Tachán! ¡Sorpresa! No, no me presto a esos jueguecitos. Y tanto me disgustan las sorpresas gratuitas, que es por eso que a mi historia le he dado el título de “Crónica de un abandono anunciado”, para que tú, lector, sepas ya desde el principio, sin intriga, cuál ha sido mi destino, y que comprendas por qué ahora soy un perro descreído, decepcionado, aún más de lo que ya era.

Se dice que los perros somos los mejores amigos de los hombres, y hay quien da por hecho que el afecto es recíproco, pero no es así, no todos los hombres son amigos de los perros; y los peores, por la traición que supone, son aquellos a los que se les llena la boca de bonitas palabras, que educan a sus hijos en el cariño a los animales, y que hasta puede que sean socios de alguna ONG protectora de la fauna, pero a los que luego les va venciendo la desgana y se les termina cayendo lo que solo era una máscara del amor. Y me pregunto qué clase de impostura es esa, qué manera de engañarse y de engañarnos.

Esto es lo que me sucedió con la familia que me rescató de la perrera. En su favor tengo que anotar que se fijaran en mí, un simple chucho, sin pedigrí, un perro desvalido con una historia de malos tratos a cuestas. Me eligieron como regalo de Navidad para los hijos, una niña de diez años y un niño de seis. Y los cuatro me acogieron con grandes muestras de cariño, incluso tuvieron paciencia con mi natural desconfianza, pues tardé semanas en corresponder a su afecto, hasta que no llegué a sentirme como un miembro más de la familia. Y puedo decir que durante meses fui un perro feliz, satisfecho con la vida. Pero entonces, allá por el mes de junio, todo cambió. No fue un cambio brusco, radical. Incluso para un observador que no fuera de la familia se diría que todo seguía igual. No fueron violentos conmigo, ni groseros. Fue más bien algo sutil impregnado de frialdad y desapego. Las mismas rutinas de antes, pero ya sin amor. Y sentía que les sobraba, que yo era ya para ellos más una cosa que un perro con alma, incluso para los niños, siempre tan cariñosos, quizá contagiados de la actitud de los padres.

Cuando finalizó el curso escolar, a los críos los enviaron con los abuelos maternos. Estarían con ellos hasta que nos fuéramos todos de vacaciones, en julio. Aunque ya presentí que en ese “todos” no iba a estar yo incluido. Y así fue. Una noche, el padre me llevo a la calle, pero no para dar el habitual paseo, sino para hacerme subir al coche nuevo que se acababan de comprar, uno de esos coches grandes como tanques, con la tapicería de piel. Del maletero sacó una manta y la dispuso sobre el asiento trasero, al que me invitó a subir.

Ya no tuve la menor duda. Sabía lo que me esperaba. En realidad lo sabía desde hacía tiempo, pero me había negado a admitirlo. Y ahora, ante lo evidente, podía ponerme a gemir, a lamerle las manos, a subirme a su regazo… Pero pensé que el amor no se negocia, ni se compra, ni se fuerza; que el amor se da o no se da. Así que me mantuve en silencio durante todo el trayecto. Un silencio que se fue espesando en el interior del coche hasta que el hombre, visiblemente nervioso, buscó en la radio una emisora de música.

Circulamos durante horas, dejando atrás la ciudad, con el sonido de fondo de las sucesivas melodías, hasta que nos desviamos hacia una zona de descanso en la que no había nadie, al lado de una arboleda. Sin parar el motor, se bajó del coche y miró a su alrededor, como para cerciorarse de que efectivamente estábamos solos. La noche era clara. Luego abrió una de las puertas traseras para que yo me bajara. Por un momento se me pasó por la cabeza mearme y cagarme en su maravillosa tapicería, pero no quise ser esa clase de perro, por dignidad, la mía, aunque él se mereciera todo eso y más. Cuando me bajé de un salto, en la expresión de su cara vi que le sorprendía mi docilidad, mi resignación, y antes de adentrarme en la arboleda, le miré a los ojos, muy fijamente, pero no pudo sostenerme la mirada, se dio media vuelta, se metió en el coche y pisó a fondo el acelerador. Luego, en el silencio de la noche, me puse a caminar sin rumbo fijo, guiado por mi instinto, y allí, en medio del campo, empecé a ladrarle a la luna, aunque lo que me salió fue un gañido, un largo y furioso gañido.

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P.D. Se me olvidó decir que la familia me puso un nombre. Un bonito nombre que era de mi agrado, pero que no merece la pena recordar aquí, puesto que ya nadie va a llamarme.