
Tenía las facciones de un galán de cine en esas películas en blanco y negro que veíamos por la televisión, con el pelo muy negro y abundante, peinado hacia atrás formando ondas, con un tupe que parecía esculpido. Se llamaba don Tomás y era el director del colegio. Un hombre guapo, decían las madres, pero a mí me parecía un hombre realmente feo, muy feo. Era él quien principalmente velaba por mantener la disciplina y por encarrilarnos —eran sus palabras— por el recto camino de la moral. Presumía de ello. “Si no fuera por mí…”, decía, y ya todos sabíamos, especialmente los profesores, que en aquellos puntos suspensivos se escondía el caos que sería el colegio de no ser por él. Sus métodos eran el palo y la humillación. En su “favor” hay que decir que no discriminaba a nadie. Todos éramos víctimas. Cierto que algunos alumnos recibían más golpes y más desprecio, pero en los días en que, según su criterio —bastante variable, por cierto—, el mal comportamiento era generalizado, cogía un gruesa regla de madera que tenía a la vista, sobre su mesa, y empezaba a golpearnos con ella, no en las palmas de las manos, que era lo habitual, sino en la cabeza, como picotazos de pájaro carpintero, desde el primero hasta el último alumno, incluso a los de sobresaliente y buen comportamiento.
Se rumoreaba que esas fases de especial ensañamiento las provocaba una úlcera de estómago que padecía. Yo no sabía qué era una úlcera, pero deduje que era como un animal que mordía las entrañas del director hasta enfurecerlo. El caso es que, úlcera o no úlcera, todos aprendimos a distinguir cuándo venía ya con el talante retorcido desde su casa: el paso rotundo, envalentonado, con la determinación de quien va directo a enfrentarse con el enemigo, el ceño fruncido, los ojos turbios y husmeando para escoger a sus presas. Unos a otros nos decíamos “ya viene con úlcera”, como si efectivamente úlcera fuera un perro que don Tomás llevara aferrado a su estómago. Pero, aunque advertíamos estas señales, de poco nos servía.
Sucedió en una clase de Religión, asignatura que don Tomás impartía, y que aprovechaba para adoctrinarnos con relatos inverosímiles. En una ocasión —valga como ejemplo—, nos contó que años atrás había tenido un alumno que suspendía todas las asignaturas, y no por falta de inteligencia o de voluntad, de las que iba sobrado, sino porque sus padres vivían en pecado y no bajo el manto del santo matrimonio. Los padres, siguiendo sus buenos consejos, aceptaron casarse, y fue casarse y el chaval empezar a sacar excelentes notas, incluso matrículas de honor. Ese día estuve a punto de levantarme del asiento para burlarme de la veracidad de la historia, pero me arrepentí en el último momento. Sería unas semanas después cuando ocurrió lo que ocurrió. El día que entró en clase con la noticia de que un niño se había caído desde un séptimo piso y milagrosamente se había salvado. No era mentira, lo habíamos oído en televisión. Pero añadió: “Los niños tienen un ángel de la guarda que los protege”, y entonces, como si unas avispas me picaran en la boca del estómago, y sin tener en cuenta que don Tomás estaba en uno de esos días ulcerosos, le pregunte: “¿Y qué pasa con los niños de África que vemos por la televisión, con la barriga hinchada y que se mueren de hambre? ¿Dónde está su ángel de la guarda? No se molestó en coger la regla, se acercó a mi pupitre y me abofeteó a dos manos, izquierda derecha, izquierda derecha…, hasta hartarse. Pero no le di la satisfacción de echarme a llorar, y ese fin de semana —estábamos a viernes— empecé a rezar obstinadamente no al Dios benevolente que perdonaba las ofensas, sino al Dios sádico que podía condenarte a arder en el fuego para toda la eternidad, rogándole que nos librara del mal, que nos librara de don Tomás, amén.
El lunes siguiente, profesores y alumnos esperábamos en la calle, frente a la puerta del colegio, con un griterío atenuado aún por la somnolencia que nos acompañaba en esa primera hora de la mañana. Era el colegio un humilde colegio de barrio obrero, con una fachada tan simple que recordaba los dibujos de edificios que hacen los niños en el parvulario. Estaba situado en la parte baja de una calle con mucha pendiente, y era arriba de la calle por donde cada mañana, tras doblar una esquina, aparecía don Tomás enfilando en dirección al colegio, cuesta abajo, para abrirnos el redil de supuesta sabiduría al que todos entrábamos como obedientes corderillos. A veces, en muy raras ocasiones, sucedía que no aparecía en los quince minutos de margen convenidos, y entonces era la señorita Conchita, la secretaria, la encargada de abrir la puerta, y ese día, si la ausencia de don Tomás resultaba definitiva para toda la jornada, el colegio parecía más luminoso, y más ligero el aire que respirábamos, y nosotros mejores alumnos de lo que don Tomás nos hacía creer. Así que ahí estaba yo ese lunes, después de pasar el fin de semana con un lacerante sentimiento de humillación, expectante, atento a la esquina, sin dejar de rezar, comprobando cómo pasaban los minutos en el reloj —once, doce, trece…—, hasta que pasados los quince minutos exactos, la señorita Conchita introdujo la llave en la cerradura y, acompañada por un unánime jolgorio, abrió la puerta del colegio.


