El intruso

De vez en cuando me gusta escoger libros al azar de mi biblioteca para leer algunas líneas, también escogidas al azar. Al tratarse de libros que ya he leído, es como reencontrarme con viejos amigos. Y dada mi costumbre de subrayarlos o de hacer anotaciones en sus márgenes, releer esas líneas que subrayé o las anotaciones que escribí es hacer un recorrido por mi biografía lectora, encontrarme con mi yo de aquel tiempo en que leí el libro. Un tiempo preciso, pues desde muy joven anoto la fecha en que termino de leerlos. Algunos libros tienen dos o más fechas. Naturalmente, punzadas de nostalgia me acompañan en estas incursiones lectoras. Cuanto más remoto es el tiempo pasado, mayor es la nostalgia. Por un momento despego la mirada del libro y visualizo mentalmente escenas de aquellos años en que era más joven, vestido según la moda de la época y con el rumor de fondo del momento histórico en que vivía, asomado a esa historia que con palabras se va desgranando página a página.

A veces, entre las páginas del libro, encuentro billetes de metro o de autobús, entradas para algún espectáculo, tickets de compra, marca páginas y postales; también recortes de periódico con la reseña del libro. Incluso, en muy raras ocasiones, he encontrado alguna fotografía que quedó allí olvidada. Y es precisamente una fotografía lo que hace unas semanas encontré en uno de los libros. Y a la rareza de encontrar una fotografía se añadía una rareza aún mayor: era la fotografía de un desconocido. ¿Quién era ese hombre ya mayor y vestido de excursionista que sonreía desde la foto en blanco y negro, dentro del libro “El extranjero” de Camus? Miré el reverso: estaba en blanco, ningún nombre, ninguna fecha. Tampoco hay en la imagen detalles que me permitan ubicarla en el tiempo y en el espacio. De fondo se ven árboles y una senda de arena que los separa del hombre. Las copas están muy peladas y multitud de hojas tapizan el suelo. En definitiva, es otoño, solo eso, ninguna pista para que pueda rastrear en mi memoria el origen de la fotografía.

¿Cómo había llegado esa fotografía a mi biblioteca? Nunca he comprado libros de segunda mano, ni presto ni quiero que me presten libros, prefiero regalarlos o que me los regalen, porque la experiencia pronto me dijo que los libros, las herramientas y los utensilios de cocina, en cuanto entran en casa ajena, tienden a mimetizarse con el entorno de quien los recibe para permanecer allí involuntariamente secuestrados. Además, en el caso concreto de “El extranjero”, es mi nombre el que aparece en el ex libris. Decidí entonces mostrarle la foto a Lola, mi mujer. Tampoco sabía ella quién era el sujeto, y no tuve la menor duda de que, al contrario que yo, para quien la imagen del desconocido iba a quedar incrustada en un rincón de mi cabeza pidiendo obsesivamente ser reconocida, ella no iba a gastar ni una pizca de su energía en tratar de averiguar quién era el hombre de la foto, pues no le dio la mayor importancia, como si el hecho de encontrar la fotografía de un extraño en uno de los libros de nuestra biblioteca formara parte del curso natural de los acontecimientos. Envidio esa facilidad suya para no perder el tiempo en cosas inútiles.

¿Y si se trataba de una broma? ¿No era significativo el hecho de que la foto del desconocido se encontrara entre las páginas de “El extranjero”? ¿Acaso el sujeto de la foto no era un extranjero, un extraño, un forastero en mi biblioteca? Pero ¿quién podría ser el bromista? ¿Algún amigo o familiar que la dejara allí en una de sus visitas? ¿Y qué clase de broma estúpida sería? Podría yo no haber abierto el libro en años, o nunca más, desde que el supuesto bromista tuviera la ocurrencia. ¿Le bastaba, para su satisfacción, con imaginarme rompiéndome la cabeza para descubrir la identidad del retratado? Por otra parte, mi inquietud se debe al hecho mismo de hallar la foto de un desconocido en uno de mis libros y no porque la figura de este sea amenazante, uno de esos rostros que producen escalofríos, de mirada siniestra, sino al contrario, es un rostro agradable, con una media sonrisa nada forzada que transmite calma. ¿Y si la clave estuviera en el mismo texto del libro? Leí las dos páginas entre las que se encontraba la fotografía, y no solo no había nada subrayado ni anotado, tampoco encontré ninguna frase reveladora que yo pudiera interpretar como un mensaje dirigido a mi persona.

Con el móvil, le hice una foto a la foto y la envié a los wasaps de familia, amigos y conocidos. Durante todo el día me fueron llegando respuestas. Nadie sabía quién era, ni le encontraban parecido con alguna persona que ellos conocieran, lo cual me extrañó, pues siempre hay quienes, puestos a buscar, pueden encontrar parecidos muy extravagantes. Solo uno de mis sobrinos, de quince años, me escribió “Eres tú, tío, de viejo”, acompañado el mensaje por el emoticón de una carita sonriente. Y de no ser porque el hombre de la foto es tan distinto a mí en complexión y en la estructura del rostro, seguro que me habría descargado en el móvil una de esas aplicaciones que, a partir de una foto tuya, te devuelven un rostro envejecido, flácido y surcado por arrugas de tu yo venidero, pues aunque me considero un hombre racional que rechaza las explicaciones sobrenaturales, también es cierto que soy presa fácil de la sugestión y, además, me gusta fantasear con insólitas hipótesis como ejercicio para liberar la mente de clichés y prejuicios. Así que me limité a anotar en una libreta, como tema para un relato: hombre encuentra foto de su yo futuro entre las páginas de uno de los libros de su biblioteca.

Lola, que sabe que no puedo dormir hasta que no recuerdo el nombre de aquel actor famoso que protagonizó aquella película cuyo título tampoco recuerdo, se burla de mí, me dice que peor que tener la foto de un desconocido, sería vivir con un espíritu vagando por la casa, o con un cadáver emparedado. Y yo le río la gracia, pero no me deja de resultar inquietante vivir con un intruso, aunque este se halle confinado en un papel de 15×10 cms. Y en algún momento estuve a punto de seguir su consejo de deshacerme de la foto: hacerla trizas, arrojarla a la basura y olvidarme de ella. Si no lo hice fue porque pensé que no era la solución, pues aunque el paso del tiempo fuera desbaratando su imagen en mi memoria hasta convertirla en algo parecido a la imagen troceada que la editorial Alianza eligió para la portada del libro, y luego el borrado total, el hueco de su ausencia permanecería en mí, y ya sin la posibilidad de recordar. Así que la foto sigue conmigo, en el mismo libro, entre las mismas páginas donde la encontré. Sé que suena raro, muy raro, incluso yo mismo dudo de mi cordura al escribir esto, pero creo que es allí donde tiene que estar, que ese libro es su casa, entre esas páginas, no me lo imagino en otro sitio. En ocasiones, después de confirmar que no se ha movido de allí —sí, burlaos de mí—, saco la foto de su escondrijo y la dejo por un tiempo a la vista, porque confío en que algún día la memoria —no nos engañemos, no somos nosotros quien tenemos memoria, es la memoria quien nos tiene a nosotros— la rescate del olvido.

Tampoco puedo evitar sentir un pálpito cada vez que, sin esperar una visita, llaman a la puerta, porque es al hombre de la foto a quien, al abrir, me imagino frente a mí para decirme quién es y qué hace una foto suya dentro de uno de mis libros.

Los peces de la memoria

Hay palabras que nacen ya con un prestigio, y aunque siempre se corre el riesgo de usarlas sin ton ni son y desgastarlas, es posible, con esfuerzo, devolverles su brillo, su grandeza. Palabras tales como libertad, amor, amistad, tolerancia… Mas hay otras que nacen anodinas, simples etiquetas que se les pone a las cosas del mundo en el que vivimos para distinguir las unas de las otras, pero que al ligarse a nuestras más emotivas vivencias, su sola evocación hace estallar toda su poesía escondida.  

La historia que voy a contar tiene que ver con una de esas palabras en principio “pequeñas”, que ponen nombre a lo aparentemente trivial. Aunque en realidad es más una anécdota que una historia, una anécdota mínima, nada épica, pero que dado el carácter legendario que adquirió para mi familia, me atrevo a llamarla «historia».

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Panza de burro

Mi madre era de Tenerife, de La Matanza de Acentejo (de La Matansa, pronunciaba Ella, claro). Mi madre era una mujer casi analfabeta porque de niña apenas fue a la escuela. Se quedó huérfana de madre y el lugar de la madre ausente lo ocupó una madrastra mala de cuento que la puso a barrer y a cocinar privándola de tantas cosas. Supongo que su padre, mi abuelo, al que no llegué a conocer, debía de ser un príncipe ensimismado en sus tareas de príncipe y no reparó en las carencias de aquella niña. Mi madre nunca se quejó, o se quejó muy poco, entrenada en la resignación de las mujeres de aquel tiempo.

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Donde habita el olvido

Del pueblo donde nacieron tus abuelos no queda nada, o casi nada. El Estado lo expropió y derribó sus casas para que todos se marcharan sin demora y no tuvieran la tentación de volver a habitarlas, solo dejaron en pie la iglesia, la escuela y el cuartel de la guardia civil, porque para qué molestarse si pronto, sin la presencia de los vecinos, serían edificios sin alma. Pero iremos a visitarlo si es lo que deseas, entiendo que quieras conocer tus raíces, aunque te advierto, no hay mucho que ver, es un pueblo fantasma que muestra su mínimo esqueleto: montones informes de piedras, los tocones de los árboles talados, algunos aperos de labranza y juguetes cubiertos de óxido, restos desperdigados de cachivaches domésticos… Un paisaje desolador, sí, pero lo más triste es el silencio. El silencio que todo lo invade cuando te sumerges en las aguas del pantano y buceas por entre las huellas del pueblo ausente, solo acompañado por peces mudos que nadan sobre el hormigón con que cubrieron el cementerio para que los muertos, tus abuelos y los otros, no salieran a la superficie. El silencio de la memoria sumergida.

Momentos

INTERROGANTES DUDAS

Voy al psiquiátrico a visitar a un amigo. Estamos charlando en el jardín, sentados a una mesa, cuando a unos metros de nosotros otro paciente, de pie en medio de uno de los caminos, pregunta a los visitantes que pasan por su lado: “¿Soy guapo o soy feo?” La mayoría le dice que es guapo, pero algunos, quizá para ver su reacción, optan por decirle que es feo. Compruebo que respondan lo que respondan él reacciona levantando el puño con gesto amenazador. Deduzco que debe tratarse de un paciente del tipo paranoico, y que cualquier respuesta que le des él la interpreta como una conspiración contra su persona. También a mí, que paso de largo sin responderle cuando ya me dirijo a la salida, me muestra el puño y gruñe. Pero no se detiene, me sigue, y cuando estoy a punto de abandonar el recinto, me agarra del brazo para que me gire. Entonces, mirándome fijamente a los ojos, me pregunta: “Si solo tuvieras memoria para un momento de tu vida, ¿qué momento te gustaría recordar? Dime, dime, dime…”

Ya fuera del psiquiátrico no dejo de darle vueltas a la pregunta. Jodido loco, me ha fastidiado la tarde porque elegir una respuesta es perverso, diabólico. Y si no, dime tú, lector accidental, ¿qué momento de tu vida elegirías?

¿Te imaginas?

 

Mobile phones background. Pile of different modern smartphones.

¿Te imaginas un viaje en el que nadie lleve ni cámaras ni móviles? ¿Un viaje en el que el móvil en el bolsillo no te vibre continuamente sobre los cojones porque te estén llegando fotos de viajes paralelos de familiares y amigos: una vaca famélica de la India, las cataratas del Iguazú atravesadas por un arcoíris, un niño feliz deslizándose por una tirolina, una paellera ya con diminutas constelaciones de arroz, la originalísima foto de tu cuñado sosteniendo por un efecto óptico la luna o la torre de Pisa con su mano, la foto de una puesta de sol, y de otra puesta de sol, y de otra puesta de sol…? ¿Te imaginas un viaje a solas con el paisaje, con tus pensamientos y el inspirador zumbido de las moscas, sin un tropel de japoneses haciendo fotos, ahora que japoneses somos todos; un viaje sin esa incesante musiquilla de culebrillas digitales que producen los mensajes propios y ajenos en el móvil ? ¿Te imaginas un viaje al parque de Monfragüe en Cáceres, por ejemplo, y no encontrarte a un imbécil disfrazado de Indiana Jones sin látigo que se sube a las almenas del castillo porque no tiene suficiente con las maravillosas vistas que se disfrutan desde los torreones y le pide a su entusiasta pareja hacerse una selfi medio vencidos los dos al vacío para que sus anónimos colegas de feisbu e instagrá, que van a flipar, le den al “me gusta” y así tener mogollón de seguidores? ¿Te imaginas? ¿Te imaginas un viaje en el que apuras cada segundo con intensidad como si te despidieras para siempre de paisajes y gentes porque el atardecer que te sobrecoge es el que estás viviendo y no el duplicado en una foto? ¿Te imaginas, en fin, que al llegar a casa y deshacer las maletas, del viaje solo te queda lo que ha registrado tu memoria emocionada? ¿Te imaginas?

El alguacil del agua

Museo Thyssen- Bornemisza

Texto inspirado en el relato «La popa de una gallina anglicana», de Juan Gómez-Jurado, del libro «Bajo dos banderas»

 

Cádiz, 20 de noviembre de 1806

Se llamaba Gabriel, y si recuerdo su nombre es por los acontecimientos que siguieron a nuestro encuentro. Era uno de tantos marineros que entraban en la taberna para adornarse de un prestigio del que normalmente carecían, dispuestos a competir en hazañas, en el número de ingleses que habían abatido. Yo les esperaba en un rincón, sentado a una mesa, que era el último recurso, el lugar al que acudir cuando no había otro disponible, porque ¿quién desea hablar con un viejo?, que es lo que soy, una vieja araña esperando a su presa, la forma que he elegido para beber y comer gratis. Sigue leyendo

Regreso al pasado

reloj al pasado

Era nuestro particular Everest. Desde la cima, sentados en grandes cartones, nos deslizábamos por la inclinada y larga pendiente. Cada niño, un cartón. A veces bajábamos en fila, sin apenas espacio entre nosotros, porque era divertido chocar con el amigo que iba delante y ver cómo en ocasiones niño y cartón seguíamos diferentes y alocadas trayectorias, o llegar abajo sin tiempo de apartarte, y quedar todos apelotonados en alegre barullo de piernas, brazos y cartones. Otras veces, más competitivos, bajábamos de dos en dos o de tres en tres, a lo ancho de la ladera, al mismo tiempo y a la orden de un, dos, tres, para ver quién bajaba más rápido.

Una vez abajo, sin apenas respiro, empezábamos a subir por aquel lateral de la montaña que tenía menos pendiente y que disponía de apoyos que hacían las veces de escaleras. De nuevo en la cima y vuelta a empezar: bajar y subir, bajar y subir, cada vez más cansados, alegremente cansados, y así se nos iban pasando las horas, hasta que la montaña, a la que no llegaban las luces de las farolas, se quedaba a oscuras y ya solo éramos sombras, sombras de niños felices.

Pasaron los años y volví al barrio. De mi montaña apenas quedaban restos, y lo poco que quedaba estaba dentro de una jaula de alambre con el cartel de SE VENDE TERRENO, rodeada de pisos nuevos. Me fue imposible imaginarme a la pandilla deslizándonos sobre los cartones por aquel ridículo montículo, por aquel grano de arena de mierda en que se había convertido. Supuse que fueron las excavadoras las que a mordiscos habían acabado con mi montaña para alimentar a los nuevos pisos que se habían construido.

Le pregunté a un hombre mayor que pasaba por allí. Era en realidad una pregunta retórica, un querer confirmar lo que ya sabía, o creía que sabía. Pero el hombre se encogió de hombros, como si no entendiera muy bien lo que le preguntaba, y me dijo que en breve quitarían el cartel de SE VENDE, pues una cadena de supermercados ya había comprado el terreno, y que, en lo referente a mi pregunta, nadie se había llevado arena de ese lugar, que él llevaba cuarenta años viviendo en el barrio y no tenía noticias de que allí hubiera habido una montaña.

En mi cara debió de ver un gesto de burla o de incredulidad, porque un poco molesto añadió: “Espere un momento, por favor. No se vaya”, atravesó la calle y se metió en uno de los portales del bloque que teníamos en frente.

A los pocos minutos le vi cruzar la calle, blandiendo ya desde la distancia un papel en la mano. “Mire”, me dijo cuando estuvo a mi altura ―era una fotografía―. “Aquí estoy yo con mi mujer, entonces mi novia. De esto hace ya treinta y cinco años. Como puede ver, nada ha cambiado, solo nosotros, mucho más viejos”, y soltó una risita.

Estuvimos unos minutos hablando de lugares comunes: la fugacidad de la vida, los pros y contras del progreso, de que no somos nada, apenas un suspiro en el cosmos… En fin, todas esas cosas que sirven para llenar los huecos del tiempo.  Le di las gracias por su amabilidad, estreché su mano y me fui sin mirar atrás, huyendo a paso rápido de aquel lugar, porque hay paisajes a los que es mejor no volver: paisajes que solo brillan en la memoria.