Días de confinamiento III: ventanas

 

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VENTANAS

Entra en el cuarto de baño y frente al espejo se pone la dentadura y se acicala primorosamente aunque sin excesos: un poco de rímel, algo de colorete, un ligero repaso en los labios, los juveniles pendientes que le regaló su nieta. Luego va hasta el armario de su dormitorio y coge una blusa verde musgo y una falda gris. Todo esto por si acaso, porque es así como quiere que la recuerden.

Y es que hoy Julia ha empezado a tener fiebre y a respirar con dificultad, mala señal en estos tiempos en que la Parca anda obsesionada con la gente de su edad. Pero no es ella una mujer pasiva, decide actuar antes de que venga a buscarla la ambulancia.

Después de mirarse en el espejo de cuerpo entero y darse el visto bueno, se dirige al salón y allí abre la ventana que da al norte, de par en par. Vive en un décimo y puede ver la sierra de Madrid con una nitidez antes imposible, cuando la ciudad se hallaba bajo el sucio y grasiento velo de la polución. Ahora, con la ciudad vacía y paralizada, es como si los restauradores de cuadros hubieran aplicado todas sus artes al lienzo de Madrid y esa neblina gris que uniformaba el paisaje se hubiera esfumado para descubrir los exactos perfiles de las cosas, los colores que la fea pátina ocultaba. Julia se pone de puntillas y con esfuerzo se incorpora sobre el alféizar para asomarse a la calle y aspirar hondo, muy hondo: el aire y toda la belleza que hay allí fuera. Luego cierra la ventana y da media vuelta: es el momento de grabar.

La tabla de la plancha le viene de perlas. La regula hasta alcanzar la altura que le permitirá enfocarse sentada en el sillón donde acostumbra a leer. Y sobre la tabla coloca el móvil, apoyado en una taza. Es algo rudimentario pero puede valer. Solo le queda llamar al periquito, que vuela libre por la casa. A una señal suya, el animalito vuela desde la lámpara donde se halla encaramado hasta su hombro. Y ya en el sillón Julia mira hacia la pantalla del móvil y pulsa en el icono de grabar: “Querida familia…”, así empieza el mensaje, y por el amoroso picoteo del periquito en el lóbulo de su oreja, se diría que es él quien se lo va dictando.