HERNIA DE DISCO (III)

doctora-trabajando-lugar-trabajo-ordenador-portatil_146377-3821

(…)

Ahora, pasado el tiempo, ni puedo ni quiero escribir sobre la desesperación de entonces. Solo decir que durante unos días me dejé morir, sin comer ni beber, con los ojos cerrados para aislarme del mundo, hasta que una mañana el sol fue de nuevo el sol, coincidiendo con un dolor en el pie que me faltaba. “Es el miembro fantasma”, dijo el doctor, y me explicó que cada parte de nuestro cuerpo tiene una réplica en el cerebro y que era allí donde me dolía. Vamos, que una delegación de mi pierna, a modo de idea platónica, iba a hacer de las suyas en el cerebro, que no en la realidad, y así, en mis sueños y fantasías yo podría correr y brincar y, dado el caso, hasta rascarme si me picaba la pierna que no tengo.

Abandoné la habitación 1126 por mi propio y único pie, sin pierna derecha y sin vesícula, apoyándome torpemente en las muletas. Y para darme ánimos me decía que mi YO, ese reducto de la personalidad que da unidad a nuestro ser, seguía siendo el mismo, aunque no pude evitar la sensación de que yo era un hombre venido a menos, un hombre menguado. Y una vez más tuve que imitar la voz grave de mi padre: “Compórtate como un hombre”, para abandonar el hospital y salir a la vida.

Dejé mi trabajo de representante de comercio y me esforcé en adaptarme a mi nueva condición de lisiado. Con la indemnización que me dio el hospital, Lola y yo podemos vivir sin agobios y hasta permitirnos ciertos lujos que antes no podíamos, aunque yo preferiría seguir con mi pierna de verdad y no con esta pierna virtual que aún añora patear con rabia las piedras de la calle y, para que nos vamos a engañar, alguna que otra cabeza.

Pero no es de mi vida de minusválido de lo que quiero hablarles, sino de lo que me ocurrió a los tres meses de la operación, cuando tuve que volver, por un motivo que ya ni siquiera recuerdo, a la consulta de mi doctora en el ambulatorio. Allí seguía ella, detrás del ordenador, como si no hubiera pasado el tiempo, con la misma expresión triste de la primera consulta. Hasta que empezó con el ritual acostumbrado, también esta vez sin mirarme apenas a los ojos, también interrumpiéndome en mi exposición.

—Veo en su historial que le amputaron la pierna derecha, y que fue todo un éxito, que no hubo complicaciones —lo dijo sonriendo, como si me invitara a celebrar mi suerte.

Me la quedé mirando para dar tiempo a que su memoria empezara a actuar, pero por su expresión deduje que pensaba que yo era una especie de tarado al que habría que repetirle las cosas. Aquella mujer no recordaba nada de nuestra conversación de hacía  un año. Entonces imaginé que me lanzaba a por ella y la estrangulaba y le metía la cabeza en el ordenador, mientras le gritaba un ominoso y fracasado pareado “Hija puta, al final te saliste con la tuya”. Pero no hice nada de eso, sino que levanté las muletas y claudiqué con un movimiento de aceptación. Ella parecía muy satisfecha de que los datos concordasen con la realidad. Pero al instante, al mirar de nuevo al ordenador, la sonrisa se borró de su boca.

—Aquí dice que también un brazo —dijo con gesto de extrañeza, mirándome mis dos extremidades superiores, que aún seguían con las muletas en vilo.

—¡¿Un brazo amputado?! —grité.

—Efectivamente —afirmó la doctora dando un respingo, asustada por mis gritos.

—¡Ahora un brazo! —volví a gritar mientras me levantaba del asiento y empuñaba amenazante la muleta de la mano derecha.

La doctora se parapetó detrás de su ordenador, abrazada a él, encogiéndose, como si temiera que yo fuera a descargar finalmente un golpe sobre ella. Y aunque ganas me dieron de liarme a muletazos con la doctora y su cómplice, bajé la muleta que tenía alzada y, afianzando luego las dos bajo mis axilas, salí de la consulta como alma que lleva el diablo, despertando el asombro de cuantas personas encontraba a mi paso, y por un momento deseé que mi única pierna no dejara de correr y me transportara, como aquella pata de palo del cuento de Espronceda, con furibunda velocidad en un viaje sin fin.

Aquella misma tarde me apunté a la sociedad médica privada VITALUZ. Y no lo hice porque todos sus empleados, desde los médicos hasta los celadores, derrochen una amabilidad meliflua y exhiban una sonrisa de anuncio de dentífrico con fondo de hilo musical, ni porque aspire a una habitación privada en caso de tener que volver a ingresar en el hospital, ni porque crea en la excelencia de su medicina. No, nada de eso. Es solo que tengo la esperanza de que en el disco duro de sus ordenadores no esté aún escrito mi destino.

FIN

                                                

HERNIA DE DISCO (II)

 

doctora-trabajando-lugar-trabajo-ordenador-portatil_146377-3821

(…)

Entré en el hospital por mi propio pie. Al final no me iban a practicar la litotricia, sino que me extirparían la vesícula. La “puta Vesi”, dije en algún momento, y me dio un retortijón. Quizás fuera una coincidencia pero interpreté que “La Vesi” se había enfadado, y desde entonces me cuidé de no insultarla, por si acaso.

Me llevaron a la habitación 1126, es decir planta 11, habitación 26, y me asignaron la tercera cama, la única que quedaba vacía, al lado de la ventana. Las otras dos estaban ocupadas por un diabético y por un enfermo de riñón, y los acompañaban su mujer y una hija respectivamente. Al ponerme el pijama con el anagrama del hospital, me convertí en un paciente oficial. Mis ropas quedaron arrebujadas en una bolsa de plástico que guardamos en mi taquilla. La operación que me iban a realizar era una operación menor, dijeron. Y al día siguiente, si todo marchaba bien, podría irme a casa. Era una suerte que todo fuera tan rápido, pues tenía una larga experiencia de cuando mis padres estuvieron ingresados en los últimos días de su vida, y conocía la rutina marcada por las comidas, los controles de temperatura, orina y sangre, por el goteo incesante de pastillas de todas las formas y colores. Sí, el tiempo detenido, y la vida circulando afuera en la calle, vienen las visitas, preguntan qué tal, te cuentan y se van, y tú, paciente, nunca sabes si fue ayer o hace dos días la última vez que vinieron a verte, y suerte la de aquel que puede andar y aventurarse como alma en pena arrastrando el artilugio del suero por el laberinto del hospital, aunque es como ir a ningún sitio, porque allí todo parece lo mismo, la misma planta, las mismas habitaciones.

Como la operación estaba prevista para las ocho de la mañana, y tenía que estar en ayunas, aquella noche cené bien y luego, cuando Lola y las otras dos mujeres se pusieron a hablar, me coloqué los tapones en los oídos. Las veía mover la boca y, con gestos que simulaban dolor, llevarse las manos a distintas partes del cuerpo. Yo sabía que estaban compitiendo por establecer la gravedad de las dolencias o de las operaciones que habían padecido ellas o sus familiares cercanos y no tan cercanos. Pero el tranquilizante que me dieron en la cena debió de hacer pronto su efecto, pues no recuerdo más.

Me despertó muy temprano un auxiliar, quien, después de rasurarme el vientre, me pidió que pasara a ducharme. Luego, en la misma cama me llevaron hasta el quirófano. No me gustan los hospitales, desde ninguna perspectiva, pero mucho menos desde la camilla, mientras me paseaban por los pasillos y me bajaban en el ascensor de camino a una sala donde aguardaban mi llegada unos individuos enmascarados, con artilugios de descuartizar en las manos. Recordé aquel día de mi infancia en que me quitaron las amígdalas y las vi en el fondo de un cubo embadurnadas de sangre como si fueran los ojos enormes de un pescado, y las palabras de mi padre antes de entrar: “Compórtate como un hombre”. Así que cuando llegó mi turno, antes de entrar, imitando para mis adentros la voz grave de mi padre, me dije “Compórtate como un hombre”.

Cuando medio desperté de la anestesia, Lola me estaba mirando. Su sonrisa era forzada, como si intentara reprimir las lágrimas. “Lola, mujer, si sólo es la vesícula”, le quise decir, pero las palabras parecían apelmazarse en mi lengua de trapo. El cirujano jefe se encontraba a su lado. Quizás fuera el efecto de la anestesia, pero juraría que su ojo derecho se mostraba compasivo, en sintonía con la expresión de Lola, no así el ojo izquierdo, severo y profesional, acentuado por una ceja altiva.

—¿To io bie? —creo que logré decir.

A Lola le empezaron a temblar los labios. El cirujano le puso la mano en el hombro para tranquilizarla y por un momento pensé que era él quien iba a hablar, pero no le dio tiempo. Lola se arrojó sobre mi pecho, deshecha en lágrimas.

—Ha habido un error —dijo por fin, sin dejar de llorar.

 La agarré por los hombros apartándola de mí, y luego levanté su barbilla para mirarle los ojos.

—¿E ase e eor? —pregunté.

Ella me miró como si yo necesitara un exorcismo.

—La… la pi… la pierna —pudo decir entre sollozos.

—¿E asa erna? —dije mientras apartaba las sábanas y empezaba ya a mirar de cintura para abajo.

Su respuesta no me llegó. No fue necesaria. Descubrí que mi pierna derecha terminaba a la altura de la rodilla, vendada de tal forma que parecía una pieza de jamón empaquetada, y después el vacío ¿Dónde estaban mi pantorrilla y mi pie? Pensé que todo era un sueño, un efecto de la anestesia. Comencé a palparme con la mano por encima de la pierna, por su límite y alrededores, no fuera a ser que yo hubiera adoptado una mala postura y lo que faltaba de pierna estuviera escondido, oculto en algún pliegue de la cama, entre el barullo de las sábanas. Y mientras buscaba miré a Lola y al doctor, y por la forma en que me observaban, tuve que rendirme a la evidencia: me habían amputado la pierna. “Un error fatal” dijo el doctor, ” la pierna amputada tenía que haber sido la del diabético de su habitación, que tiene el pie gangrenado”.

Continuará

HERNIA DE DISCO (I)

doctora-trabajando-lugar-trabajo-ordenador-portatil_146377-3821

Todo empezó con un dolor agudo en la parte superior del vientre, seguido de vómitos. Al principio no le di mucha importancia, pues pensé que se trataba de la astenia primaveral —a la que soy propenso—, que, aburrida de presentarse siempre con la misma cara, flaca y descolorida, me sorprendía esta vez con una entrada espectacular, pero que muy pronto el dolor cedería. Estaba equivocado. Tomé poleos y manzanillas de todas las clases y pastillas para los gases, e incluso recurrí a prácticas vergonzosas que carecían de rigor científico, como restregarme una especie de champiñón asiático por el abdomen, según recomendación de una prima de una amiga de una vecina del quinto piso. Solo cuando el padecimiento me resultó insoportable por su intensidad y frecuencia, y después de una gran bronca con Lola, mi mujer, que aludió con mucho retintín al valor del “sexo fuerte”, acepté ir al médico del ambulatorio.

Me recibió una doctora sentada a una mesa, enfrascada en la contemplación de la pantalla de un ordenador. Era una mujer menuda, de expresión triste, aunque quizás solo era cansancio. Después de pedirme que me sentara, se aseguró de que mi nombre coincidía con el que aparecía en pantalla, y me miró por un instante, el tiempo justo para preguntarme por el motivo de mi visita. Luego, mientras describía mis síntomas, ella asentía con la cabeza tan pronto mirándome a los ojos como a la pantalla. Y como yo dejaba de hablar cada vez que ella dejaba de mirarme, me dijo por fin: “Continúe, continúe, que le escucho”.  Y seguí de mala gana, pues no me gusta hablar cuando no me miran a los ojos.

De pronto, me interrumpió en mitad de mi discurso, levantando la mano y frunciendo el morro como un ratón que venteara el aire.

—Un momento… —dijo—, aquí pone que a usted le amputaron la pierna derecha en el 98 —y se quedó esperando mi respuesta, con el gesto en vilo, como si hubiera encontrado por fin el rastro del queso.

—¿Una pierna? … ¿amputada?… Es un error.

—Pues aquí está escrito —dijo mirándome como si realmente yo le hubiera robado su queso.

No me gustó ese gesto de desconfianza, pero preferí tomarlo a broma.

—Pues estará escrito, pero mire… —y me levanté para marcarme un zapateao flamenco—. ¿Lo ve? Dos piernas.

Ella se incorporó sobre la mesa para observar mejor mis evoluciones, pero sin borrar esa expresión de incredulidad. Entonces ejecuté unos pasos de claqué a través de la consulta, remangándome los pantalones con las dos manos, como una folclórica su traje de faralaes, para mostrar mis pantorrillas blancas y peludas, sin trampa ni cartón, ni prótesis. La tensión de la duda se reflejaba en su rostro: ¿a quién había de creer?, se estaría preguntando, ¿a este tipo con el pantalón remangado y jadeando por el bailecito o al imperturbable y objetivo ordenador? Opté por quitarme los pantalones, pero, cuando ya estaba desabrochándome el cinturón, me dijo, con un gesto displicente de su mano, que no era necesario llegar a ese extremo.

—Le creo, le creo —gritó, aunque aún siguió durante unos segundos con la mirada fija en la pantalla, mordiéndose el dedo índice de la mano derecha, las cejas hacia arriba— Está bien, siéntese y volvamos a sus síntomas —dijo por fin.

—Sí, pero antes borre ese dato —le dije con firmeza. No quería, en el futuro, volver a pasar por ese ridículo trance.

—Lo borraré, no se preocupe, pero todo a su tiempo. Primero he de averiguar por qué aparece esta información aquí. Los ordenadores — soltó un risita —todavía no escriben solos, alguien ha tenido que hacerlo. Lo más probable es que al pasar su expediente al archivo en el disco duro, se haya cometido el error, aunque es extraño… ¿Seguro que usted no ha sufrido algún percance en esa pierna, por leve que haya sido?, porque no es lo mismo inventarse un dato que tergiversarlo.

Lancé un largo y profundo suspiro para que mi impaciencia se diluyera en él.

—Está bien, no se enfade, ya le he dicho que lo borraré. Pero no ahora. Requiere un proceso. Algunos datos están bajo clave. Y es bueno que así sea, para protegerlos de nuestra impericia, o para evitar que cualquiera los pueda manipular. ¿Comprende?

—Comprendo, pero no parece que dé buenos resultados, ¿no? Además, ustedes les prestan más atención a estos cacharros que a los propios pacientes.

—Tengo que reconocer que a veces tienen sus fallos, y que ahora que estamos sin enfermeras nos complican un tanto la vida. También es cierto, como usted dice, que pueden actuar de barrera entre el médico y el enfermo. Pero todo es acostumbrarse, y las ventajas son innumerables. Piense en cómo las bases de datos facilitan las estadísticas para luego realizar estudios que ayuden al Ministerio de Sanidad a tomar decisiones.

—Pues en las estadísticas de piernas amputadas ya hay un error, que yo sepa. Aunque usted me dirá que ese error es despreciable y en nada afecta a la media nacional de piernas amputadas.

 La doctora se rio francamente por primera vez.

—Le prometo que lo borraré, quédese tranquilo. Y ahora, por favor, siéntese y volvamos a al motivo de su consulta.

Repetí otra vez mis síntomas y respondí a sus preguntas: sí, tenía flatulencias, y a veces fiebre, y el dolor me llegaba hasta el brazo o el hombro; la orina era negra y las heces blanquecinas. Luego la doctora miró a la pantalla, dubitativa, como si le pidiera disculpas, sonriendo, quizás dándole a entender que la separación apenas iba a durar unos segundos, que no se impacientara. Por fin, se levantó, me pidió que me abriera la camisa y que me tumbara en la camilla. Mientras palpaba mi abdomen asentía con la cabeza. Después me miró el blanco de los ojos. “Puede vestirse”, dijo, y volvió a su silla. Yo juraría que al sentarse dio una palmadita de afecto al ordenador por haberle hecho esperar,

—Todo parece indicar que es la vesícula. Vamos a hacerle una ecografía para asegurarnos. Probablemente baste con una litotricia.

¿Litotricia? No soy un hombre muy culto pero sé que “litos” significa piedra. A poco que hubiera pensado, me habría sido fácil descifrar el sentido de aquella palabra, pero cuando uno va al médico, y más si se es aprensivo como yo, retorna a un estado de infantilismo supremo y concede al médico la categoría de padre todopoderoso.

—Lito… ¿qué? —dije.

—Es una técnica que, utilizando ondas de choque, rompe las piedras de la vesícula. Nada, muy sencilla.

Sí, muy sencilla, pero aquellas palabras: ondas, choque, rompe, piedras, me recordaban las obras en un edificio. En este caso, era mi edificio, tal vez ya con goteras y grietas, pero mío al fin, mi morada desde que vine al mundo. Y ya se sabe, se empieza por un tabique de nada y se acaba con la demolición del edificio entero. Empecé a sudar copiosamente, y ya no quise preguntar más. Tomé sin rechistar el volante para la ecografía —que había escupido la impresora conectada al ordenador—, una hoja con recomendaciones dietéticas, y salí de la consulta farfullando un “buenas tardes” lastimero que la doctora me devolvió mirando fijamente a los ojos extraplanos y cristalíquidos de su ordenador.

De vuelta a casa, a pesar de las explicaciones de la doctora, fui pensando en un tumor maligno devorando ya todo el cuerpo, apenas unos días de vida, ¡qué digo días!: horas, minutos, segundos.

—Ni que hubieras visto un fantasma —me dijo Lola cuando me vio aparecer por la puerta, pálido y encorvado.

—Como que tengo una litotricia —dije.

CONTINUARÁ…

Cambio de piel

Cambio de piel

 

Un día él se fue. Ha pasado el tiempo y ahora viene a visitarnos. Aunque nos abandonara, me esfuerzo en demostrarle mi amor, pues tenía sus motivos. Y poco a poco voy acostumbrándome a su nueva imagen: al grosor de sus labios, al rostro lampiño y terso, al volumen de sus pechos, al estampado de sus vestidos; pero de momento no puedo, aunque lo intento, mirarla a los ojos y decirle “papá”.