Cuentecito del niñito y la hormiguita

La hormiga se ve perdida, lejos de la fila que forman sus compañeras en su viaje al hormiguero. De rodillas en el suelo, un niño la observa. Entre las hormigas, el niño es famoso por su crueldad: las pisotea, destroza los hormigueros con un palito, orina sobre ellos… Es lo que cuentan las que logran sobrevivir. La hormiga junta sus patitas delanteras e implora al dios de las hormigas. Es una oración que solo ella conoce. Entonces el niño, milagrosamente, desciende con su dedo-nave y emitiendo un ruido que recuerda al de los helicópteros, tuc tuc tuc, la rescata y, antes de marcharse, la devuelve al camino que la llevará a casa, con los suyos.

Cuando la hormiga despierta, el niño está allí.

Don Siro y el número PI

Se llamaba don Siro e iba a sustituir a don Vicente, de baja por enfermedad durante todo el curso. Es lo que nos dijo el director al presentarlo aquel primer día de clase. Era un hombrecillo en apariencia taciturno dentro de un traje gris que le quedaba grande. Su pelo era escaso y débil, y usaba unas gafas de pasta negra enormes para su pequeño rostro. Nos saludó con un hilo de voz y un apenas perceptible vaivén de su mano derecha, que, pegada a la pierna, se elevó unos centímetros como si un hilo tirara de ella para rápidamente dejarla caer. En resumen, a don Siro, nos lo podíamos merendar. Era la víctima propicia para unos adolescentes (todos chicos) que, si nos aburríamos, dejábamos salir nuestros instintos depredadores.

Ya sin el director, don Siro empezó a hablarnos del programa de la asignatura y de la metodología que íbamos a seguir en sus clases. Nosotros, liderados por Francisco Palomares, el repetidor, el eterno castigado, arrinconado por la resignación de los profesores que le daban por imposible, nos estábamos comportando francamente mal porque queríamos medir la fuerza de nuestro adversario. Pero don Siro en ningún momento nos llamó la atención, ni nos amenazó con castigarnos, o con ponernos un cero directamente. Aguantando el chaparrón de la indisciplina, siguió con su discurso sin alzar la voz y con una sonrisa bobalicona que se le había instalado en la cara. Ahora sé que nos estaba observando, que nos dejaba hacer libremente para tener una ficha mental de cada uno de nosotros, y que aquella sonrisa que a nosotros nos parecía boba se debía a la seguridad, al convencimiento de que él iba a ganar, a ganarnos.

Si don Siro hubiera sido profesor de Filosofía, o de Literatura, o de Historia, asignaturas que se prestan al relato humano, a la confidencia e incluso al chisme, podríamos haberle tocado las narices con preguntas tontas del tipo: “¿Es verdad que Catalina la Grande tenía relaciones sexuales con sus caballos?” —la sexualidad era un alumno más entre nosotros, obsesivo habitante de todos los pupitres—. O hurgando en sus creencias e ideología: “¿Cree usted en Dios? ¿Qué opina de Franco?”. Pero don Siro era profesor de Matemáticas, esa asignatura para mí entonces tan fría, pura abstracción, cuyo objeto no existe fuera de la cabeza de quienes la piensan, ni siquiera visible al microscopio, y que como amenazante Ciencia Exacta ofrecía tan pocas posibilidades de sacar petróleo de esas extenuantes discusiones que los alumnos manteníamos con los profesores para llegar al aprobado o a una subida de la nota porque “Eso de que pobre barquilla mía entre peñascos rota es una metáfora del alma que utiliza el poeta, lo será para usted. A mí me parece un simple naufragio. Quíteme el negativo”.

Con esto quiero decir que nuestra técnica de ataque para abatir a nuestra presa en una asignatura como las matemáticas tendría que ser muy rudimentaria, nada sutil: seguir armando follón. Pero no tuvimos oportunidad porque, una vez terminada la pesada introducción, don Siro se quitó la chaqueta, se remangó la camisa y, tiza en mano, se subió de una zancada a la tarima a la vez que con un movimiento circular, como quien inicia un ataque en una competición de esgrima, dibujó en la pizarra una circunferencia perfecta, tan perfecta que parecía que entre el eje de su cuerpo y la mano ocultaba un compás.

—¿Qué es esto?”—preguntó.

Nos quedamos bruscamente en silencio, sorprendidos por tan repentino cambio de actitud, y porque uno nunca se podía fiar de las preguntas de los profesores, los muy cabrones, que siempre escondían alguna trampa, por muy evidentes que parecieran las respuestas.

—Una circunferencia —dijimos algunos.

—Un círculo —dijeron otros.

—Una pizarra —gritó un graciosillo.

—¿Y no os parece una maravilla que podamos hallar su longitud y su área conociendo el radio? —continuó don Siro, en éxtasis— ¿No os emociona el hallazgo del número PI? ¿No os conmueve la estructura numérica del mundo?

Con esta pasión siguió hablando don Siro, que ya no era un hombrecillo sino un titán, y por un instante me quedé embobado mirando la pizarra, repitiéndome “dos pi erre, dos pi erre…” como si fuera la primera vez en mi vida que veía una circunferencia.

Lo consiguió: con el discurrir de las clases nos fue ganando a todos. Solo Francisco Palomares se resistía al entusiasmo general, no tanto por convicción como por la inercia de atenerse al papel de rebelde y bufón que entre todos, incluido él mismo, le habíamos asignado. Hasta que un día, aprovechando que don Siro había salido de la clase por un momento, dibujó en la pizarra la figura de un enorme pene erecto a cuarenta y cinco grados de unos ejes de coordenadas, y justo en el momento en que remataba la erección, entró don Siro en la clase. Con paso tranquilo y sonriendo se acercó a Palomares, le cogió amistosamente por los hombros y mirándole a los ojos, de abajo arriba, pues Palomares le sacaba dos cabezas, le dijo:

—Paco, aunque un poco fanfarrón —don Siro señaló el dibujo en la pizarra—, no tengo duda de que eres un buen chaval, de gran corazón, y tampoco tengo duda de que todos podremos conocer tu verdadera inteligencia si te esfuerzas —y luego, enemigo de sermones y solemnidades, añadió—: Y si te decides a ser matemático, hasta podrás calcular la integral de tu pene.

Todos nos reímos, pero no era una risa estrepitosa, de burla, sino sosegada, de complicidad. Y a partir de ese instante empezó la transformación de Palomares, que luego pasaría raspando de curso pero con un sobresaliente en matemáticas. Y aún hoy, cuando han pasado ya muchos años, recuerdo con gran cariño a don Siro y sus clases, y me sigue admirando el fabuloso número PI, porque en los momentos en que las circunferencias de nuestras pupilas se dilatan por la emoción, él sigue ahí, constante, irracional, infinito.

Días de nieve

Nieva sobre Madrid como hacía tiempo que no nevaba. Hipnotizándonos con sus copos, sin ruido, como si anduviera de puntillas, la nieve lo va cubriendo todo y cuando nos damos cuenta, la ciudad, borradas las carreteras, parece un cuadro de Brueghel, un paisaje de otro tiempo. Y no importa que la ciudad se colapse, que los árboles se tronchen, que se hundan los tejados, que luego venga el hielo y con él las caídas y los accidentes de tráfico. No, nada de eso importa ahora, en este momento en que recuperamos al niño que fuimos y bajamos a la calle para zambullirnos en la nieve, cuanto más hondo mejor, y lanzarnos bolas y deslizarnos en improvisados esquís y trineos, deslumbrados por el espejismo de que bajo ese lienzo blanco la suciedad del mundo ha desaparecido y todo está por estrenar.

Y cómo apetece luego, cuando va cayendo la tarde con la luminosidad espectral que produce el reflejo de la nieve, ponerte a leer un libro, al calor del hogar, mientras fuera los copos siguen punteando la noche, y que en ese libro quiera la casualidad que también esté nevando, para que desde la ventana que se abre en tu cerebro veas la nieve de la realidad y la nieve de la ficción fundirse en un único paisaje.

“Morvan sentía la nieve depositarse en su sombrero, penetrar el paño de su sobretodo a la altura de los hombros. Si alzaba la cabeza, unas puntas afiladas y frías le acribillaban la piel de la cara. Avanzaba encogido entre los remolinos blancos de copos que el viento desgarraba, dándoles muchas formas, tamaños y consistencias diferentes, que iban desde el puñadito blando y clásico semejante a un pedazo de algodón, pasando por las gotas e incluso las astillas de nieve tan dura y brillante que ya era hielo, hasta el polvillo blanco que flotaba entre los copos y que espolvoreaba la respiración penetrando hasta los pulmones como una nubecita en suspensión de cocaína helada (…). A medida que entraba en la noche, el silencio crecía, las luces de los negocios e incluso las de los departamentos se iban apagando, y el espesor de la nieve aumentaba, acolchando hasta el ruido de sus pasos en las calles irreales y oscuras de la ciudad fantasmática. Las bolsas de basura, de plástico azul o negro, amontonadas en los cordones de las veredas, se endurecían como cadáveres y la nieve que caía se acumulaba en sus pliegues y en sus anfractuosidades. A pesar de las solapas del sobretodo levantadas, Morvan sentía la nieve en polvo penetrar en sus fosas nasales y el aire helado enfriarle las orejas, la frente y la punta de la nariz. El frío lo adormecía, o, mejor, parecía poner una distancia cada vez más grande entre él y las cosas. De un modo gradual, la ciudad desierta, empezó a parecerse a la de un sueño”.

Del libro “La pesquisa”, de Juan José Saer

Magnetismo

Hace unos días, por primera vez en mi vida, me hicieron una resonancia magnética. Solo el nombre impone. ¡Resonancia Magnética! Suena a terremoto, a cataclismo. Y como para ello me tenía que introducir dentro de una especie de tubo, la enfermera me preguntó si padecía de claustrofobia. Si era que sí, tendría que sedarme. Solo se me ocurrió decir que de niño, cuando me metía en cajas de cartón para luego abrirlas de sopetón y asustar a la abuela, nunca tuve reacciones claustrofóbicas, y que tampoco ahora, de adulto, cuando entro en ascensores estrechos con vecinos desconocidos, he manifestado síntoma alguno. Sé que la respuesta fue estúpida, pero me salió de esa manera. Y me olvidé de decir que siento claustrofobia ajena cuando por la televisión veo documentales de espeleólogos arrastrándose como luciérnagas —suponiendo que las luciérnagas se arrastren— por angostas cuevas.

Ya sin pantalones pero vestido con la clásica bata de paciente —esa que ignominiosamente se abre por el culo—, me tumbé bocarriba en la plataforma que deslizándose habría de conducirme al interior del tubo. La enfermera, antes de darle al interruptor del mecanismo, me sujetó sobre el vientre una especie de alfombrilla, no persa pero sí mágica, que supuse enviaría imágenes de mi mundo visceral al equipo informático del tubo y así averiguar si en mi paisaje interior se hallaba todo en calma o había sido invadido por algún indeseado colonizador. Me pidió, también, que con la mano derecha sujetara la sonda que me habían enchufado al brazo derecho para, en algún momento de la prueba, chutarme con Gadolino y obtener una resonancia por contraste. A mí, ese nombre de Gadolino no me parecía el de una sustancia paramagnética —que es lo que es—, sino el nombre de un personaje del Renacimiento italiano. Así que luego, cuando la enfermera me dio una perilla para que la sostuviera en la mano izquierda con el fin de presionarla si en algún momento me sentía mal en el interior de tubo y que ella pudiera venir a socorrerme, yo, para relajarme y no verme con un ataque de ansiedad o achicharrado como si estuviera dentro de un microondas, imaginé que un gondolero, de nombre Gadolino, navegaba por mis venas, convertidas en canales de una Venecia renacentista. Pero fue la enfermera con su voz nada veneciana quien, colocándome unos cascos en los oídos para protegerme, me advertía del molesto ruido que incluso con los cascos aquel tubo iba a producir.

Y allí estaba yo, con una perilla auxiliadora en la mano izquierda, la sonda en la derecha, la alfombrilla sobre el vientre, los cascos en las orejas, mis piernas blancuzcas asomando por el extremo de la bata, en fuerte contraste con los calcetines negros que enfundaban mis pies. Suerte que no había un espejo donde reflejarme. Y ya estaba debatiéndome entre llorar o reír cuando la enfermera apretó el botoncico de “el escaneado va a empezar”. Y digo “escaneado” porque así fue como me sentí desde el mismo momento en que empecé a deslizarme dentro del tubo, con el techo a pocos centímetros de mis ojos y el cuerpo embutido en aquel artefacto. La suerte fue que —supongo que debido a mi estatura— mi cuerpo se deslizó hasta que mi cabeza quedó fuera del tubo y tuve la visión del techo de la habitación, a unos metros de mi cabeza, y no la del oprimente techo del tubo. 

De treinta a cuarenta minutos duraría la prueba. Demasiado tiempo para darle al coco. Entonces pensé que me había precipitado al decir que no era claustrofóbico. Porque ¿y si de pronto me entraba la angustia? O peor, ¿y si a causa de la angustia me daba cagalera, una reacción normal del cuerpo en situaciones angustiantes? No, eso sí que no lo podía permitir. Antes claustrofóbico que diarreico. A la menor señal de marejadilla en el intestino, pulsaría la perilla. Alegaría ansiedad, nervios incontrolables. Que me pusieran un sedante. O un astringente. Lo que fuera. Cualquier cosa con tal de no descomponerme allí dentro. Menuda experiencia. Mi primer encuentro con Resonancia y voy y la cago. Chungo magnetismo.

En un nuevo intento por relajarme me vi caminando por una playa solitaria, en un día soleado y con una ligera brisa marina que acariciaba mi pelo (es lo que tiene la imaginación, que no necesitas ir a Turquía para hacerte un trasplante), pero el ruido en el interior del tubo me devolvía una y otra vez a la realidad del presente. Así que cambié de estrategia y me concentré en el AQUÍ y AHORA, como aconsejan los libros de meditación. Y el aquí y ahora fue igual que entrar en un extravagante parque temático del ruido, pues allí dentro se fueron alternando los más variados sonidos: el soniquete de una atracción de feria, la euforia cantarina de una máquina tragaperras vomitando un chorreo de monedas, el traqueteo de una máquina de coser (ya me vi pespunteado en mis extremidades), el intenso tartamudeo de una ametralladora con balas de fogueo… Todos esos ruidos y otros de difícil clasificación concurrían allí, a veces silenciados unos segundos para que emergiera el rumor del escaneado, y más tarde un sonido muy sospechoso, el más sospechoso, inquietante: el de una impresora produciendo una copia, escupiéndola. Escupiéndola, sí, pero ¿adónde?

Desde ese momento no he podido quitarme de la cabeza que el fin último de la resonancia magnética no es otro que el de hacer copias de nosotros mismos, y que ya hay una copia de mí circulando por ahí, una copia que quizá termine sustituyéndome. Solo espero, ante lo inevitable, que sea una copia mejorada, corregidos los defectos, con un perfil renacentista y, sobre todo, con los pantalones bien puestos.