La extraña pareja

Ni la familia ni los amigos aprobaban nuestra relación, y me llamaron inmaduro y cosas aún peores. ¡Qué sabrán esos estrechos de mente! Ella es una joya hecha a mi medida. Mi joya. Para huir de presiones y habladurías, pusimos rumbo a otras tierras. Pero el barco en el que viajábamos naufragó, y el océano nos trajo a esta isla deshabitada.

Aquí vivimos en armonía, solo los dos, y no es un infortunio que sean sus ojos los únicos que pueden mirarme. Además, ella es infinitamente más hábil que yo en el arte de construir cabañas, y buscando alimentos e interpretando las señales del cielo y de la pródiga naturaleza. Conoce los nombres de toda la flora y de toda la fauna: en su cerebro guarda una enciclopedia.

Pero yo sé —lo supe desde que llegamos a la isla— que nuestra felicidad no puede durar eternamente, que en algún momento sus ojos empezarán a mirarme sin pasión, que sus frases, entrecortadas, irán perdiendo todo sentido, que sus abrazos quedarán suspendidos en el aire… Que toda ella se apagará en un estertor final, cuando se le agote la batería y ya no pueda recargarla.

Semana de la Ciencia

BAÑERAS

La niña se sumerge en la bañera y se emociona al ver cómo sube el nivel del agua. No es porque sea la primera vez que se baña en una bañera, ni porque se haya vuelto boba de repente, es porque hoy su profesora le ha hablado de Arquímedes y su famoso principio, y la niña ha empezado a entender que en cada gesto del ser humano, en cada elemento de la naturaleza, por insignificantes que puedan parecer, hay un misterio escondido, y ella, desde hoy, se va a esforzar para descubrirlos y gritar: “Eureka”, lo conseguí.

9,8 m/s2

No es cierto que yo le golpeara en la cabeza y estimulara así su capacidad de deducción. Eso forma parte de la leyenda. Pero exijo que la Historia reconozca mis méritos, pues fui yo quien se dejó caer del árbol en el día preciso, en el momento oportuno, justo al lado del hombre adecuado, un tal Isaac Newton.

Aleteos

Crees que tienes la vida controlada, pero no controlas nada. Has decidido ir por la calle A, pero de pronto te atrapa una melodía o el extraño dibujo que forma una nube, o quizá sea algo más prosaico, has pisado una mierda de perro y para quitártela del zapato eliges el bordillo de aquella acera de esa otra calle y no el de esta, no sé, el caso es que por una u otra razón terminas en la calle B, sin haberlo planeado.

Esto es lo que piensa el señor K después de meses y meses de transitar en una misma dirección por la calle B, ahora que se halla en el límite donde termina la calle y empieza un descampado salpicado de recuerdos. El señor K está agotado. La calle tenía mucha pendiente pero prometía maravillas, mas luego todo fue un espejismo. Además le pita el pecho, que también a veces hace gorgoritos, y aunque es reticente en ir al médico, finalmente toma su móvil y llama al ambulatorio para pedir una cita.

Ya en la consulta, el señor K le cuenta al doctor su discurrir por la calle B y los síntomas que padece, y luego se desabrocha la camisa para que pueda auscultarle. Por un momento, al ver al doctor explorando su pecho con el fonendoscopio, se imagina que el doctor es un ladrón —lo ha visto en algunas películas— que tras dar con la clave, va a abrir la caja fuerte de su… de su… de su ¿qué? No acierta a dar con la palabra exacta. Cuando está nervioso, al señor K se le ocurren tonterías como esta. Entonces el doctor emite su veredicto.

—Es un pájaro lo que tiene usted en el pecho.

El señor K decide seguirle el juego:

—¿Qué clase de pájaro?

—Eso solo lo sabremos cuando le haga una ecografía. Acompáñeme a la otra sala y saldremos de dudas.

Si al llegar a este punto, querido lector, te has llevado las manos a la cabeza porque te parece inverosímil que en la misma consulta y al momento se le haga al paciente una ecografía, te aconsejo que dejes de leer: eres un enfermo de realidad. Mejor vete a leer el periódico. Allí todo es verosímil. JA. Pero si has decidido pasar por alto esa pequeña pelusa narrativa, sigue leyendo.

Tumbado en la camilla, el señor K siente sobre su pecho la presión de ese artilugio que le recuerda un lector de código de barras. Todos tenemos un código de barras, piensa. Cuando el doctor ha terminado, le pide al señor K que se incorpore para enseñarle el resultado de la exploración en la pantalla.

—Mire. ¿Ve ahí, en esa esquina? —el doctor señala con un dedo una parte de la pantalla—. Su pájaro es un gorrión. No hay la menor duda.

El señor K no sale de su asombro.

—¡Joderrrr! Es verdad, parece totalmente un gorrión.

—Veo que no lo ha entendido. No parece un gorrión: es un gorrión. Usted ha tenido una experiencia dolorosa, y ese dolor se ha somatizado en forma de gorrión. Está usted de suerte.

—¿Me está diciendo que tendré que ir a un ornitólogo? —el señor K sigue pensando que el doctor está de broma, o que quizá le ha dado un brote psicótico en mitad de la consulta, ha oído algunos casos.

—No. Lo único que podría hacer un ornitólogo es confirmar que se trata de un gorrión. Nada más.

—Y ¿por qué ha dicho que estoy de suerte?

—Suponga que su dolor se hubiera materializado en un buitre. Es lo peor que podría haberle pasado. El buitre es carroñero. Su presencia delataría la peor podredumbre del alma: la del odio. Usted seguiría viviendo, sí, pero de qué manera. Con una perversa energía. Y eso no sería vida.

—Y ¿qué puedo hacer? —pregunta el señor K, ya rendido a las explicaciones del doctor.

—Acepte a su gorrión. Aprenda a vivir con él. Cuídelo. Cántele. A los gorriones les gusta mucho la zarzuela y la copla española. Y por qué no un tango — el doctor se marca unos pasos de baile mientras canturrea: Sentir, que es un soplo la vida, que veinte años no es nada, que febril la mirada errante en las sombras te busca y te nombra. Vivir con el alma aferrada a un dulce recuerdo que lloro otra vez…— Amigo, échele imaginación y deje de compadecerse. Busque la belleza del mundo y que el gorrión la vea a través de sus ojos.

El señor K sale de la consulta, se dirige a la calle B y empieza a recorrerla en sentido inverso, cuesta abajo. Según camina, se va sintiendo más y más ligero, como si levitara. Hay nubarrones en el cielo, pero la mañana le parece espléndida. Y de pronto, cuando lleva ya un largo trecho recorrido, cae en la cuenta de que en su pecho hay un gran silencio, ningún sonido que le llegue del otro lado. Y esto, en lugar de alegrarle, le entristece. El señor K se detiene en seco, se lleva la mano al pecho, da dos palmadas PLAS PLAS. Y espera. Una espera angustiosa, segundos que parecen siglos. Hasta que oye el PÍO PÍO  de su amigo el gorrión.