La imaginación

Las normas del club eran muy claras. Solo las personas con una gran imaginación podían ser miembros. Pero ¿qué es realmente la imaginación y cómo la medirán?, se iba preguntando Rigoberto cuando entró en las oficinas del club. Se figuraba que le pondrían frente a esas clásicas láminas con manchas de tinta que uno tiene que interpretar. Pero, ¡ojo!, aunque estaba claro que no debía dar respuestas convencionales, tampoco podrían ser disparatadas y que lo tomaran por loco.

No fueron las manchas lo que le mostraron, sino la foto en papel de un huevo frito en perspectiva cenital. Delante de él, en fila, otros aspirantes iban dando sus respuestas: isla aurífera bañada por ribetes de blanca espuma, el capelo de un cardenal gay, un ojo de Homer Simpson con hepatitis… Y llegó el turno de Rigoberto. “Es evidente: un huevo frito”, dijo antes de hacer una bola con la foto y engullirla relamiéndose. Le nombraron socio honorario.

Fuera estereotipos

Mis nietos Álvaro y Daniel están jugando en el salón de su casa, delante de su madre, que es maestra. Álvaro tiene diez años y Daniel, cuatro.

ÁLVARO. Tengo un amigo que juega con muñecas. ¿A que tú, Dani, no quieres jugar con muñecas?

MADRE. En esta casa no hay juguetes de niños y de niñas, cada uno juega con lo que quiere.

ÁLVARO. Tú, Dani, ¿quieres una Barbie?

DANIEL. Sí, pero gorda

Timbres

Me despertó el timbre una vez más. Cuando empezaba a dormirme, sonaba. Era la forma que habían elegido para torturarme, para que diera los nombres de todos aquellos que habían participado conmigo en la revuelta. Resistí durante días, lo juro, pero cuando fui una piltrafa humana, extenuado de emociones y sentimientos, cuando los nombres de todos aquellos que habían crecido y madurado conmigo y que compartían los mismos ideales eran sólo eso, nombres, palabras carentes de sentido y vínculos, entonces empecé a nombrarlos, uno por uno, como cuando eres niño y recitas una oración que no llegas a entender pero que sueltas como una letanía. Eso hice yo. El delator. ¿El cobarde? Han pasado los años y odio los timbres. En mi casa no los hay, de ninguna clase. Evito los que puedo. Pero no puedo con el que está dentro de mí y sólo yo oigo.