La imaginación

Las normas del club eran muy claras. Solo las personas con una gran imaginación podían ser miembros. Pero ¿qué es realmente la imaginación y cómo la medirán?, se iba preguntando Rigoberto cuando entró en las oficinas del club. Se figuraba que le pondrían frente a esas clásicas láminas con manchas de tinta que uno tiene que interpretar. Pero, ¡ojo!, aunque estaba claro que no debía dar respuestas convencionales, tampoco podrían ser disparatadas y que lo tomaran por loco.

No fueron las manchas lo que le mostraron, sino la foto en papel de un huevo frito en perspectiva cenital. Delante de él, en fila, otros aspirantes iban dando sus respuestas: isla aurífera bañada por ribetes de blanca espuma, el capelo de un cardenal gay, un ojo de Homer Simpson con hepatitis… Y llegó el turno de Rigoberto. “Es evidente: un huevo frito”, dijo antes de hacer una bola con la foto y engullirla relamiéndose. Le nombraron socio honorario.

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