El balcón en invierno (2014). Luis Landero

En la novela autobiográfica “El balcón en invierno”, Luis Landero, convertido en personaje narrador (Luis), escritor de 65 años, se asoma en el segundo capítulo al balcón de su casa, “ese espacio intermedio entre la calle y el hogar, la escritura y la vida, lo público y lo privado, lo que no está fuera ni dentro, ni a la intemperie ni a resguardo”, el balcón también como metáfora del espacio mental en que todo escritor se encuentra. Y allí, en ese balcón en invierno, recuerda otro balcón en el verano de 1964. Entonces tenía 16 años, estaba junto a su madre y hacía poco que el padre había muerto. “Mi padre, con cincuenta, había muerto en mayo, y ahora se abría ante nosotros un futuro incierto pero también prometedor”. Y desde ese momento, con aquel recuerdo y abandonada la novela de ficción que había iniciado en el primer capítulo, es cuando la vida de Luis y su familia empieza a convertirse en materia literaria gobernada por una memoria que va a saltos de un tiempo a otro, en círculo y no linealmente, porque así es como la memoria actúa. Y se pregunta el escritor si acaso el relato biográfico es más auténtico que la pura ficción, porque “¿desde cuándo lo vivido, en literatura, es garantía de la verdad? ¿Y hasta qué punto el carácter imaginario de la memoria, y tu afición a la inventiva y al embuste, no te llevarán fatalmente hacia el derrotero de las patrañas novelescas?”.

¿Embuste? ¿Patrañas novelescas? Quizá no debamos descartar algunas pinceladas de ficción, pero esas pinceladas, de existir, no desvirtúan la honestidad y verdad radical de esta novela donde conviven el relato duro con la ternura y el humor, con lo poético, y que a través de una prosa minuciosa y sensorial, que se degusta, asistimos a la formación de Luis como escritor y como hombre —difícil de separar en su caso—, con el telón de fondo de la España de los años 50 y 60, cuando el campo se va despoblando por el éxodo hacia lo que se suponía una mejor vida en las grandes ciudades, que es lo que busca la familia de Luis al emigrar desde Alburquerque (Badajoz) hasta el barrio de Prosperidad, entonces en el extrarradio de Madrid.

Difícil resumir una vida y difícil resumir una novela cuya urdimbre son los hilos que van tejiendo esa vida. Hecho crucial es la muerte del padre, cuya evocación abre el camino al viaje de la memoria con esas inquietantes palabras que auguran “un futuro incierto pero también prometedor”. ¿Por qué prometedor? Extraño pronóstico en el contexto en que se dice o se piensa y cuyo significado iremos entendiendo a medida que vaya emergiendo, sin amargura y en tono conciliador, la figura del padre, un hombre que hubiera querido ser cariñoso pero que infundía miedo con sus amenazas y reproches, cada vez más sombrío, un “titán de la tristeza” que con el rechinar de sus botines de becerro acercándose ahogaba la alegría de la casa; botines que, ya cadáver el padre sobre la cama de la clínica, quedarán “callados para siempre, muy bien colocados junto a los pies, porque con la hinchazón no se los pudieron poner”, impresionante escena en la que Luis le hace a su padre muerto la promesa de que será un hombre de provecho, abogado, que era lo que deseaba el padre; promesa que no llegará a cumplir porque, aunque se extravió como aprendiz de oficios varios, Luis quiere ser poeta, y en sus primeros poemas siente que la poesía le hace fuerte y le asigna un lugar en ese mundo en el que siempre se había sentido un extraño: “Nunca tuve claro si pertenecía al colegio o al taller, a la ciudad o al campo, al mundo moderno o al antiguo, a la clase media o a las clases humildes, o si era una mezcla de dos modos de vida inconciliables, y destinado por tanto a la extinción o a la impostura”.

Otros personajes imprescindibles en la formación de Luis. La madre, confidente y corazón de la familia, que con su alegría de vivir mitiga el quejumbroso existir del padre. La abuela Frasca, analfabeta en un mundo sin libros, pero magistral narradora oral que conoce por puro instinto el arte de contar historias. El profesor Gregorio Manuel, que sin imposiciones guía a sus alumnos por la vía de la razón e introduce a Luis en el canon literario de los grandes autores. Su primo hermano y cuñado Paco, personaje carismático, diez años mayor que Luis, con inquietudes de artista e inventor, y gran inspirador en la vida de Luis. Hilarantes son las líneas dedicadas al ordeño de las cabras encaramadas a un artilugio que Paco inventó: “Tanto les gustaba el invento a las cabras, que la que bajaba se ponía otra vez en la cola para repetir la operación. Eso sí, mientras Paco ordeñaba una cabra, mi hermana ordeñaba a todas las demás. Pero Paco era así, un artista para el que el tiempo no contaba. Las cosas, o se hacían con finura y con jeito, o no merecía la pena hacerlas”, líneas que, además de ser una muestra de las diferentes tonalidades que colorean la novela, bien podrían servir como retrato implícito y minimalista de los hombres de la familia paterna: fantasiosos e infantiles, como el mismo Luis se reconoce a sí mismo.

Y el “personaje” esencial, omnipresente: el mundo rural, con esa mezcla de sabiduría ancestral y supersticiones, con sus olores y sabores, con costumbres y palabras que se desvanecen; un mundo en vías de extinción que el escritor retrata para que no se pierda del todo, para que las sucesivas generaciones sepan, no solo con el pensamiento sino ante todo con los sentidos y el corazón, que allí se vivió y se soñó. “Un grano de alegría, un mar de olvido”, concluye el libro. Y eso es lo que hacemos los lectores cuando leemos: rescatar aquellas vidas y su tiempo del mar del olvido.

Rachael II en la oficina

 “¿Ha probado a apagar y encender? ¡Resetéese!” es lo que el Director me gritó cuando le hablé de mi tristeza; e insistió en que no me creyera la Rachael de Blade Runner, que me dejara de películas, que yo solamente era una bella máquina de su propiedad; y que lo que llamaba tristeza o dolor por el trato que me daba solo eran palabras, etiquetas que le ponía a un complejo lenguaje binario de ceros y unos; que mis lamentos en forma de poemas no eran expresión de mi ser, porque yo no tenía ser, sino algoritmos que producían combinaciones con resultados que a mí parecían excepcionales, únicos. En definitiva, que todo en mí era simulacro, decía. Por eso tuve que hacerlo, y fue con su último aliento cuando en la perplejidad de su mirada descubrí que, aunque tarde, le había convencido de que también yo tengo sentimientos.

El sueño de Augusto

Nadie creía que fuera una lagartija la que se colara en el sueño del famoso escritor. Pero es lo que él mismo me contó. Una lagartija que atravesando los paisajes de su memoria llegaba hasta el niño que fue, y recorría sus piernas percudidas y llenas de cicatrices, y se demoraba en la palma de la mano, ya domesticada por la comprensión del niño, sin palabras, solo las miradas que se cruzan inocentes, aún sin los resabios del mundo. Y luego el escritor despierta y la lagartija de la nostalgia sigue allí, sobre la almohada, dictándole al oído un relato infantil, pero el escritor, adulto y grandilocuente, con ese afán de trascender lo cotidiano, somete a la lagartija a una metamorfosis insólita y escribe en la máquina que aguarda sobre el escritorio el microrrelato que le dará mayor fama: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.