Cuando la musa araña

El joven aspirante a poeta se enamoró con un amor que anulaba su voluntad. “Como debe ser”, se decía a sí mismo recordando la cita de Pascal que sentenciaba que cuando no se ama demasiado es porque no se ama lo suficiente. Y en los poemarios de sus poetas preferidos buscaba ver su amor reflejado y encontrar palabras que dieran forma a sus anhelos y sentimientos, a su pasión. Y así, en “Joyas de la poesía” subrayó aquellos versos: Quiero amor o la muerte, quiero morir del todo, / quiero ser tú, tu sangre, esa lava rugiente, con la esperanza de que se hicieran realidad. Y sucedió que le fue concedido su deseo, y al instante él fue ella, su amada, con su sangre, su corazón, su mirada… Apenas un fulgor, como una leve vibración en el aire, lo justo para sentir que ella no le quería. Y fue entonces cuando el joven aspirante a poeta escribió su mejor poema.

Capirotes

Reunida la familia en torno a la mesa, el padre da las gracias a Dios por los alimentos que van a tomar. “Amén”, replican la madre y los dos hijos, de cinco y ocho años, a la vez que se santiguan. Acabada la cena, marido y mujer acompañan a los niños hasta el dormitorio, y ya en la cama es la madre quien los guía en las oraciones: “Señor, protege a…”. Después, cogidos de la mano, la pareja se dirige al recibidor, donde el hombre descuelga una túnica y un capirote blancos del perchero. Se pone la túnica y la mujer acaricia el círculo rojo que ella le bordó a la altura del pecho: una cruz sobre un fondo rojo y una pequeña llama en el centro de la cruz. Una joya de hilo de la que se siente muy orgullosa, tanto como de su caballero blanco. Le abraza y él la aparta delicadamente: un deber ineludible le espera. Del paragüero coge una tea, se cubre con el capirote y sale a la noche dispuesto a incendiarla. La cacería va a empezar.