La comunidad

Portal comunidad navidad

Yo trabajaba de portero en una comunidad de vecinos, hasta que llegó la Navidad y decidieron adornar el portal con un gran belén.

Como es gente de dinero, recurrieron a un estudio de decoración, que les presentó tres proyectos: el A, el B y el C, cuyos bocetos fueron expuestos en la sala de reuniones. El proyecto A era un belén tradicional, de figuritas perfectamente reconocibles, muy artísticas y de calidad; el B era una cosa extraña, sin figuras, con juegos de luces y sombras y formas geométricas, y cargado de símbolos, como una ramita de olivo, o un ala, no sé si de ángel o paloma, que colgaría del techo con un hilo invisible. Lo llamaban belén conceptual. Y por último estaba el belén minimalista, que parecía obra del mismísimo Picasso. Así, por ejemplo, los Reyes Magos y sus camellos estaban fundidos en una sola figura, igual que la Sagrada Familia, de tal forma que, al tener las extremidades compartidas, no sabías dónde empezaban los unos y acababan los otros. Yo iba a casa y bromeaba. “Anda, Matilde, tengo cinco minutos, vamos a echar un minimalista” o “Matilde, hagamos un conceptual, tú en la cama y yo en el suelo, sin tocarnos”, y nos partíamos de la risa.

Fefé y sus amigas decían que, como demócratas que eran, aceptarían el proyecto más votado, pero yo las oía protestar: “No pienso cantarle un villancico a un puto belén conceptual, porque no sé a quién le canto”, decía Fefé, que cuando se enfada habla como un camionero. En realidad se llama María Fernanda, pero la llaman Fefé. Para mí que no le pega, porque es poco nombre para una señora que andará por los cien kilos, aunque quizá sí le pegue, porque va a todos los lados con Pocholito, que es su perro, y lo lleva con chalecos y gorritos con pompones, aunque entonces lo llevaba vestido de Papá Noel.

Finalmente ganó el proyecto minimalista, pese a las quejas iracundas, según me dijeron, del presidente de la comunidad, don Rodrigo Reigosa de los Monegros y Fernández de Siniestrilla-Seis Sicilias, que se lamentaba: “Una panda de rojos progres nos invade. La comunidad se erosiona”.

En una mañana, operarios del estudio de decoración montaron el belén, pero al día siguiente el belén había desaparecido. Lo descubrí yo, que era quien más madrugaba. No solo no estaba el belén, sino que no había ni cuadros, ni mesas, ni sofás, ni lámparas, ni alfombras… “Ahora sí que está minimalista”, me dije, riéndome para mis adentros. Pero ostras la que se armó. Acudió la policía. Preguntaron a los vecinos. A mí me marearon a preguntas. Y hasta registraron mi casa. Me quejé, pero ellos me aseguraron que era pura rutina. ¿Pura rutina? ¿Por qué, entonces, solo registraron mi casa? Y de pronto recordé que la noche del robo, muy de madrugada, había oído voces en el portal. Me asomé por la mirilla y vi al hijo del presidente y a otro chaval que no conocía. Entonces no di importancia a nada de esto. Pero luego, pensando en sus extraños movimientos, sombras que iban de acá para allá con la luz ya apagada, tuve la seguridad de que fueron ellos los ladrones. Además, todo el mundo sabe que el hijo del presidente se pone ciego de drogas. Necesitaría dinero para pagar sus vicios.

Así que me fui directamente a ver a don Rodrigo. Sólo le dije lo que acabo de contar, pero sin mencionarle a su hijo. Le dije que no me dio tiempo a reconocerlos, aunque uno de ellos llevaba toda una ferretería sobre su zamarra (que así es como viste su hijo). Esperaba que él atara cabos. Y luego le juré que yo no tenía nada que ver con el robo, que era licenciado en Filosofía y, aunque pobre, honrado; y que eso de medio gitano era una mentira que don Borja, el farmacéutico del segundo piso, iba contando porque me tenía ojeriza desde que no quise lavarle el coche por pensar yo que esa tarea no entraba dentro de mis funciones. Y, además, ¿qué, si fuera gitano?, ¿qué?, ¿acaso no se puede ser gitano y honrado? Él me respondió que ser licenciado en Filosofía tampoco me eximía de sospechas pero que, no obstante, confiaba en mi inocencia.

Ahora sé -ingenuo de mí-, que hablar con el presidente fue lo peor que pude hacer, porque en los días siguientes todos los vecinos se fundieron en una única figura, y yo era el extraño en ese belén que todos formaban, la única figura que se erosionaba, porque mucho espíritu navideño, mucho amor y paz, pero empezaron a mirarme mal, aunque con el disfraz de una amabilidad untuosa, y me daban aguinaldos desproporcionados que apuntaban a sus problemas de conciencia y eran anticipo de lo que iba a ocurrir.

Y así fue. Pasada la edulcorada tregua navideña, me echaron con una ridícula indemnización, y solo dos semanas me dieron para abandonar la portería. Le dije a Matilde que íbamos a contratar a un abogado, y Matilde, siempre con los pies en el suelo, me dijo que qué abogado ni qué niño muerto, que esa gente tiene amigos hasta en el infierno y que quién me había creído yo que era, que al final nos gastaríamos los cuartos para nada. Me dio rabia, pero tuve que darle la razón.

Ahora trabajo de vigilante nocturno en una obra de pisos de lujo. Solo me acompaña Pezuñas, un perro la mar de bueno y dócil, que solo ladra cuando tiene que ladrar.  Allí, de noche, en la soledad de mi garita, sí que me siento como la figura de un portal minimalista, y mientras leo a Nietzsche me gusta ver cómo día a día va creciendo el edificio: una viga aquí, un muro allá, las ventanas, los balcones… Gano menos que de portero, pero no me importa porque lo mejor de todo es que, cuando vengan a vivir los vecinos, yo ya no estaré.

 

 

De vírgenes y pretorianos

.Virgen peregrina II

Aquel año pedí a los Reyes el traje de pretoriano que exhibían en la juguetería del barrio. La espada, el escudo y el casco eran magníficos, pero lo que más me gustaba era la coraza, que simulaba unos grandes pectorales. Así que esas Navidades yo iba cantando por la casa: “Olé, olé los pretorianos”, de pura alegría al imaginarme ya con el traje de guerrero, y quizá también porque asociaba el circo romano de las películas con las plazas de toros. Vete tú a saber, yo era un niño raro. Eso decían mis padres: “¡Qué niño tan raro!”.

Aunque más raros eran ellos. Un día oí que mi madre le decía a mi tía: “Ahora que Antonio está en paro, no sé si van a poder venir los Reyes”. Al día siguiente le pregunté a mi madre qué era estar en paro. Me lo explicó, pero no entendí que relación había entre que mi padre estuviera sin trabajo y la llegada de los Reyes. Con intuición infantil preferí no pedir más explicaciones, pero supe que tenía que pedirle ayuda a la Virgen Peregrina.

La Virgen Peregrina, así la llamaba mi madre, era una Virgen nómada que, dentro de una pequeña capilla de madera, iba de bloque en bloque, de piso en piso, siguiendo el itinerario que indicaba la lista de sus devotos pegada a la parte posterior de la capilla. Y era una suerte que fuera a quedarse en casa hasta el siete de enero. Después deberíamos pasársela al vecino de otro bloque que nos seguía en la lista. Por eso, hasta el cinco de enero, víspera de Reyes, tenía tiempo de convertirla en mi aliada.

La capilla estaba protegida por un cristal y llevaba incorporada una hucha para las limosnas. La Virgen vestía una túnica blanca y por encima un manto azul que le cubría también la cabeza. Mi madre le encendía lamparillas en una taza con aceite, y en silencio le pedía deseos. A mí también me animaba a que le pidiera algún deseo. “Pero que no sean cosas mundanas”, me decía. ¡¿Mundanas?!, lo dicho, mis padres sí que eran raritos. Mi madre me lo explicó: “Pide salud y felicidad para todos, que no haya hambre ni guerras”.

Eso fue lo que hice, saqué mis ahorros de mi hucha y los deposité en la hucha de la Virgen, y pedí que los Reyes me trajeran el traje de pretoriano, convencido de que no era necesario preguntar si era o no un deseo mundano. Y luego andaba pidiéndole a mi madre que me diera otras monedas para echar en la capilla, y ella buscaba en su monedero y me daba la calderilla, quizá emocionada por lo que suponía muestras de piedad en su hijo.

Cuando mi madre estaba presente, pedía salud para mi abuelo y trabajo para mi padre,  pero cuando me quedaba solo, me arrimaba a la capilla y rogaba: “Oh, Virgen Peregrina, que los Reyes me traigan el traje de pretoriano”, poniendo especial énfasis en aquel “Oh”, que consideraba indispensable para el logro de mi deseo. El ondular de las llamas de las lamparillas, agitadas por el aliento de mis palabras, me parecía la confirmación de que mis ruegos eran oídos.

Estaba equivocado. Unos guantes de lana, un estuche para el colegio y una pelota de goma fue todo lo que encontré bajo el árbol de Navidad en la mañana de Reyes. Mis padres me abrazaron y me dijeron que no siempre los Reyes traían lo que pedíamos. ¿Eso era todo? ¡Vaya mierda! Lo primero que pensé fue en prenderle fuego a la Virgen con las mismas lamparillas, o tirarla al suelo y hacerla añicos, pero eso habría tenido consecuencias para mí. Y entonces lo vi claro: robaría el dinero de la hucha. O mejor aún, sacaría la cantidad que había depositado, y entonces no sería un robo, sino un acto de justicia: ¿no había incumplido la Virgen con su parte del trato?

Al día siguiente, el último de las vacaciones, en un momento en que me quedé solo, llevé la Virgen a la mesa de la cocina, cogí un cuchillo de hoja fina, lo introduje en la ranura de la hucha y volqué la capilla para que la parte de la hucha sobresaliera de la mesa y así poder maniobrar mejor. También de esa forma evitaba enfrentarme a la mirada de decepción de la Virgen. A veces tenía suerte y caían sobre mi mano dos monedas juntas; otras, asomaban por la ranura negándose a salir como si quisieran advertirme de que desistiera, que estaba mal lo que estaba haciendo. Entonces, para que la rabia no cediera, me imaginaba a otros niños vistiendo el maravilloso traje de pretoriano.

Cuando tuve el dinero exacto, lo devolví a mi hucha. Luego cerré las puertas de la capilla, la cogí por el asa metálica y salí de casa. Había acordado con mi madre que la llevaría a su nuevo destino. Bajé lentamente por las escaleras, no quería caerme ni oír el golpeteo acusador de las monedas en el fondo de la capilla. Al salir del portal, una bocanada del aire frío de enero me dio en la cara. A medida que andaba, la capilla se me hacía más y más pesada, al igual que mi culpa. Entonces me la cambiaba de mano o descansaba un rato apoyándola en el suelo.

Me abrió la puerta una mujer con una bata floreada y una escoba en la mano. Me miró con extrañeza hasta que vio la capilla y sus facciones se relajaron. “Seguro que eres un buen chico y tu madre está orgullosa de ti”. Aquellas palabras me hicieron más daño que una bofetada. Luego, de regreso a casa, me pasé por la juguetería. En el escaparate estaba aún el traje de pretoriano, y aunque seguía sin entender nada, me alivió pensar que todos los padres del barrio debían de estar en el paro y que ningún otro niño iba a vestirse de pretoriano.

Días de rosa-rosae

 

clase latin (2)

El padre Matías coge la vara con su mano derecha y se golpea repetidas veces la palma de su mano izquierda. Es la advertencia de que empieza la función. Luego desliza un dedo severo por la lista de alumnos: “Que salga, que salga…”, y al instante todos nos quedamos paralizados “Que salga, que salga…”, se demora el padre Matías, la sonrisa burlona. Y nosotros aguantando la respiración, con voluntad de cosa inanimada, como animales que simulan estar muertos para engañar al depredador. Mi corazón se acelera en ese tiempo detenido. No me sé la lección, y si me la sé, da lo mismo, pues ya se las apañará él para hacerme dudar. “Que se salte mi nombre…, que se lo salte”, le ruego al Dios del crucifijo en la pared. “Planelles”, dice por fin el padre Matías, y al momento los pupitres crujen, y se eleva un suspiro colectivo, un rumor de cuerpos que se mueven. ¡Qué alivio! ¡Pero dura tan poco! “Planelles no ha venido hoy, está enfermo”, dice alguien desde el fondo del aula, y  otra vez los alumnos hacemos la estatua, y otra vez el padre Matías recorriendo la lista lentamente con su dedo siniestro, relamiéndose de satisfacción, y de nuevo mi corazón marcando frenético los segundos, hasta que no puedo más y grito: ¡Voluntario para salir!.

 

Bartleby el escribiente

Bartleby

Imagina que eres el jefe de una oficina cualquiera, y que uno de tus empleados, hasta entonces eficiente en su trabajo, responde un día a tus requerimientos con la frase preferiría no hacerlo; y que en lo sucesivo, a cada petición tuya, persevera en esa letanía de preferiría no hacerlo, imperturbable, como un autómata programado para dar esa respuesta.

Ahora deja de imaginar, ese es el argumento de Bartleby el escribiente, el relato escrito por Herman Melville en 1853. El jefe de la oficina es el narrador de la historia, y Bartleby es el empleado-escribiente que “prefiere no hacerlo”, uno de los protagonistas más pasivos de toda la historia de la literatura, quizá solo superado – entre los personajes que recuerdo- por Esteban, el protagonista del relato El ahogado más bello del mundo, de García Márquez, y al que es difícil superar en pasividad, pues Esteban es un cadáver, si bien un cadáver que terminará transformando a toda una comunidad. Y no es casual esta asociación entre los dos personajes, porque Bartleby es una especie de muerto en vida.

Aunque Bartleby da el título al relato, no es realmente el protagonista de la historia. El verdadero protagonista es el jefe. Es a él a quien vemos evolucionar a lo largo de las páginas, pasando por el vaivén de estados de ánimo que le provoca la incomprensible pasividad de Bartleby, que más que un personaje es un concepto: en términos freudianos, el del instinto de muerte que nos conduce a la NADA. Un abismo que nos atrae, pues en cada uno de nosotros hay un Bartleby agazapado.

Del escribiente que se niega a escribir sabemos que tenía una figura “pálidamente pulcra, lamentablemente decente e incurablemente desolada” y poco más, el resto es silencio. Utilizaré una metáfora para mostrarte la relación que se establece entre el jefe y Bartleby. Por ello te vuelvo a pedir un ejercicio de imaginación. Imagina una mancha de humedad en la pared decorada de la oficina. Esa mancha se va extendiendo, ocupando toda la superficie, y en su progreso va borrando la decoración, creando formas diversas que en realidad no son nada, pero en las que el jefe, como si estuviera ante uno de esos tests proyectivos que utilizan algunos psicólogos, va proyectando, a través del significado que les da a las mismas, imágenes de su personalidad. Bartleby, como ya habrás supuesto, es la mancha de humedad, un vacío que revela a quien lo contempla.

He dicho que el verdadero protagonista de la historia es el jefe, y he dado mis razones, pero cuando termines de leer el libro y pase el tiempo, quizá te suceda lo que a mí: solo te acordarás de Bartleby, paradójicamente un hueco en tu cerebro.

Seguro que mi exposición te ha resultado críptica, oscura. Esa es la intención, porque así es la vida y el comportamiento de Bartlebly, aunque en el epílogo del relato le llega al jefe un rumor que podría explicar la extraña conducta de Bartleby; explicación que, atendiendo al sentido y atmósfera de la historia, me parece un añadido innecesario. Y si no has leído Bartleby el escribiente, espero que la oscuridad de estas líneas despierte en ti la curiosidad de leerlo. Aunque tal vez prefieras no hacerlo.

SUGERENCIA