Bartleby el escribiente

Bartleby

Imagina que eres el jefe de una oficina cualquiera, y que uno de tus empleados, hasta entonces eficiente en su trabajo, responde un día a tus requerimientos con la frase preferiría no hacerlo; y que en lo sucesivo, a cada petición tuya, persevera en esa letanía de preferiría no hacerlo, imperturbable, como un autómata programado para dar esa respuesta.

Ahora deja de imaginar, ese es el argumento de Bartleby el escribiente, el relato escrito por Herman Melville en 1853. El jefe de la oficina es el narrador de la historia, y Bartleby es el empleado-escribiente que “prefiere no hacerlo”, uno de los protagonistas más pasivos de toda la historia de la literatura, quizá solo superado – entre los personajes que recuerdo- por Esteban, el protagonista del relato El ahogado más bello del mundo, de García Márquez, y al que es difícil superar en pasividad, pues Esteban es un cadáver, si bien un cadáver que terminará transformando a toda una comunidad. Y no es casual esta asociación entre los dos personajes, porque Bartleby es una especie de muerto en vida.

Aunque Bartleby da el título al relato, no es realmente el protagonista de la historia. El verdadero protagonista es el jefe. Es a él a quien vemos evolucionar a lo largo de las páginas, pasando por el vaivén de estados de ánimo que le provoca la incomprensible pasividad de Bartleby, que más que un personaje es un concepto: en términos freudianos, el del instinto de muerte que nos conduce a la NADA. Un abismo que nos atrae, pues en cada uno de nosotros hay un Bartleby agazapado.

Del escribiente que se niega a escribir sabemos que tenía una figura “pálidamente pulcra, lamentablemente decente e incurablemente desolada” y poco más, el resto es silencio. Utilizaré una metáfora para mostrarte la relación que se establece entre el jefe y Bartleby. Por ello te vuelvo a pedir un ejercicio de imaginación. Imagina una mancha de humedad en la pared decorada de la oficina. Esa mancha se va extendiendo, ocupando toda la superficie, y en su progreso va borrando la decoración, creando formas diversas que en realidad no son nada, pero en las que el jefe, como si estuviera ante uno de esos tests proyectivos que utilizan algunos psicólogos, va proyectando, a través del significado que les da a las mismas, imágenes de su personalidad. Bartleby, como ya habrás supuesto, es la mancha de humedad, un vacío que revela a quien lo contempla.

He dicho que el verdadero protagonista de la historia es el jefe, y he dado mis razones, pero cuando termines de leer el libro y pase el tiempo, quizá te suceda lo que a mí: solo te acordarás de Bartleby, paradójicamente un hueco en tu cerebro.

Seguro que mi exposición te ha resultado críptica, oscura. Esa es la intención, porque así es la vida y el comportamiento de Bartlebly, aunque en el epílogo del relato le llega al jefe un rumor que podría explicar la extraña conducta de Bartleby; explicación que, atendiendo al sentido y atmósfera de la historia, me parece un añadido innecesario. Y si no has leído Bartleby el escribiente, espero que la oscuridad de estas líneas despierte en ti la curiosidad de leerlo. Aunque tal vez prefieras no hacerlo.

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