La tierra prometida

Un día más, Adán ha despertado con esa alegría impostada que le proporciona el dispositivo que lleva incrustado en el cerebro, programado para crear imágenes idílicas durante el sueño. Pero al rato de levantarse, como siempre, empieza a tomar conciencia de la realidad, y esa alegría con la que ha despertado se tiñe de la habitual insatisfacción, pues casi toda la belleza del mundo en el que ahora vive es virtual, como lo son esos sueños que tiene durante la noche, o como las imágenes que se van sucediendo en las distintas pantallas que adornan las paredes de la casa y cuya función es recordarle que hubo un mundo que no ha llegado a conocer y del que apenas queda ya nada. En el exterior, la impostura no es menor: imágenes holográficas recrean escenarios inexistentes de un tiempo ya pasado.

Esas imágenes son una imposición del Gobierno Mundial (la alianza de las grandes fortunas) a todos los ciudadanos. Y se pregunta Adán si no es perverso obligarles a convivir con imágenes de ese mundo perdido. Si no habría sido mejor borrar todo rastro para vivir en la cómoda mentira de que este mundo suyo fue siempre así, porque aquella Tierra de exuberantes selvas y bosques, de caudalosos ríos discurriendo por entre la floresta, de cielos limpios y montañas nevadas, de diversa y colorida fauna…, en comparación con el paisaje uniforme de esta Tierra de territorios ocres y pelados, desérticos, de cielos sucios y aire irrespirable…, solo produce tristeza y desolación. Pero el Gobierno no deja de proclamar que el recuerdo de lo que fue les ayuda a esforzarse para conservar lo que tienen, y que, con el trabajo y cooperación de todos, recuperarán la Tierra perdida.

Antes de ducharse y desayunar, antes de ponerse a trabajar desde el ordenador, Adán se sienta en el sofá del salón y enciende la telepared. Le gusta ver las noticias a primera hora, en soledad, cuando su mujer y su hijo aún duermen, aunque sabe que se va a encontrar con una transmisión edulcorada por la propaganda del Gobierno, directa o sutil, acerca de la eficacia de su gestión y de los fabulosos proyectos en marcha, pero nada se dirá de las revueltas, ni de las peleas despiadadas por acceder a los escasos recursos, ni de las condiciones infrahumanas en que vive la mayoría de la población (en este aspecto, Adán se considera un privilegiado).

Y es por esa espera de lo previsible en la telepared por lo que el chip que Adán lleva bajo la piel, y que informa de sus constantes vitales y del estado de su organismo, registra ahora tranquilizadoras gráficas en la pantalla de su pequeña computadora de pulsera. Pero, de pronto, antes de ser consciente de lo que sus ojos están viendo y del significado de las palabras del locutor, las gráficas empiezan a agitarse en señal de alarma por los elevados niveles de la presión sanguínea, de cortisol, de adrenalina…

Porque lo que Adán ve en la pantalla, y por fin asimila, son tres grandes naves con forma de disco, suspendidas en el aire, ocupando los vértices de un imaginario triángulo equilátero, por encima del edificio de la sede del Gobierno Mundial, en el Ártico. Son de color cobrizo, y la sección inferior del disco gira a gran velocidad. A Adán le sorprende el absoluto silencio en que lo hacen, y se pregunta qué clase de energía utilizarán. El locutor, al que solo se le pueden ver los ojos a través de los orificios practicados en la máscara anticontaminación, balbucea: “Habitantes de otros mundos han llegado a la Tierra”, y es difícil saber si su voz trasluce miedo o entusiasmo, o ambas emociones a la vez.

—¡Vaya montaje! ¿Qué pretende ahora el Gobierno? ¿Asustarnos con un enemigo común que viene del espacio? ¿Pedirnos unión frente a una amenaza externa? ¿Qué te apuestas a que los vamos a tener por aquí, apareciendo y desapareciendo pero sin dar la cara? ¡Uhhhh, que viene el lobo! —es Eva, la mujer de Adán, que ya se ha levantado y ahora habla desde la puerta del salón.

Y el locutor, como si respondiera a su incredulidad:

—En la Tierra no disponemos de una tecnología que permita construir naves como estas que estamos viendo. Así lo aseguran los expertos. Y el análisis espectroscópico revela que están hechas de materiales desconocidos en nuestro planeta. No hay la menor duda de que estos… esta…—el locutor no encuentra la palabra—… gente viene del espacio. Nuestro ejército, como muestra de buena voluntad, no ha querido hacer acto de presencia.

—¡Mentiras! ¡Efectos especiales! ¡Los expertos…, unos vendidos!— insiste Eva.

Pero Adán no puede apartar la vista de esas moles suspendidas en el aire. No cree que sean un montaje. Después de años y años de avistamientos, de aproximaciones, de fotos que la mayoría suponía trucadas, por fin están aquí. Quizá han escuchado las plegarias —porque las palabras no se pierden y viajan por el espacio— de los que como él han rezado a un indeterminado Señor del Universo, pidiendo ayuda, porque desconfían de la capacidad de los suyos para alcanzar acuerdos por un bien común. Ya fracasaron en el control del cambio climático y en evitar la Tercera Guerra Mundial.

—¡No son mentiras, Eva. Han venido a salvarnos de nosotros mismos. Empieza una nueva era!

Eva se queda mirándolo, y sonríe.

—Ay, es lo que me enamoró de ti: tu ingenuidad. Anda, deja esa patraña y vente a desayunar… Antes de despertar al otro niño.

Adán, haciendo caso omiso del ruego de su mujer, y de su ironía, permanece sentado, mirando embobado la telepared, el giro hipnótico de las tres naves en el aire, imponentes sobre la sede del Gobierno Mundial, preguntándose ¿desde dónde vendrán?, cómo serán?, ¿qué opinión tendrán de nosotros?…, a la espera de lo que vaya a suceder.

Penélope liberada

Te cuento que una vez más estoy sentada frente al telar, destejiendo de noche lo que tejo durante el día, mientras espero la improbable llegada de Ulises, mi marido, rey de Ítaca, que hace años partió para luchar contra los troyanos y todavía no ha regresado. Es el sudario para mi suegro, Laertes, lo que estoy tejiendo. Hasta que no lo acabe, no elegiré a uno de los múltiples pretendientes que invadieron y habitan mi palacio, y que ya dan por muerto a Ulises. Así que no es por falta de cordura este trajín que me traigo de tejer y destejer, es la artimaña con que contengo a esos hombres de lujuriosa y ambiciosa mirada, impacientes por ocupar el lugar de Ulises en mi lecho y en el trono de Ítaca, antes de que Telémaco, nuestro hijo, alcance la mayoría de edad.

Aunque todo esto tú ya lo sabes, como sabes que los hilos del tiempo no se pueden cortar y sucederá lo que tiene que suceder. Porque, inevitablemente, formo parte del mito, y si bien existen diferentes versiones —en algunas salgo muy mal parada, como intrigante seductora e infiel, repudiada o muerta a manos del propio Ulises—, es esta en la que me muestro como símbolo de la fidelidad conyugal la que ha tenido mayor fortuna. La versión de una Penélope abnegada que durante veinte años espera a su marido, defendiendo con astucia su fidelidad, es la que se repite y se repetirá de generación en generación si no lo remedio.

¿Por qué remediarlo?, te preguntarás. Porque no soporto más esa imagen de resignación frente al telar, el ser símbolo de la boba fidelidad, mientras Ulises, con la excusa de que vuelve de la guerra, vive en continua aventura. Y es que está escrito que regresará a Ítaca, no con el relato de que es hecho prisionero en la batalla y, pasados veinte años, consigue por fin escapar, sino con el relato de una sucesión de peripecias propiciadas por los dioses, a modo de pruebas que, ¡OH!, nuestro héroe ha de superar: el gigante de un solo ojo que quiere comérselos, a él y a su tripulación; monstruos marinos flanqueando el estrecho por donde han de pasar; sirenas cantarinas que con su canto… En fin, ya sabes que la perversa y sádica imaginación de los dioses no tiene límites. Pero nada dirá mi taimado marido del placer que sintió en brazos de sus amantes: de la ninfa Calipso, de Circe la hechicera… Que si sé de su existencia, no es por lo que Ulises me cuenta, sino porque los que habitamos el mito estamos condenados a ver nuestro ineludible destino, presente, pasado y futuro unidos en este bucle infernal del eterno retorno.

Es quizá por eso que cuando estoy frente al telar en esa tarea absurda de tejer y destejer el sudario, el sudario y mi vida, que tampoco avanza, inmóvil en esa estampa de fidelidad que me han asignado, pienso a menudo en el pobre Minotauro, abandonado y recluido por su familia en un laberinto subterráneo del que no puede salir, sin tener culpa ninguna la criatura, solo por el hecho de nacer con cabeza de toro y cuerpo de niño, fruto de la promiscuidad en que viven dioses y humanos. Es cierto que yo vivo en palacio, y puedo salir de él y moverme libremente por la isla, y por eso la comparación sea quizá torpe e injusta, pero me siento a veces como supongo debe de sentirse el desafortunado Minotauro atrapado en el laberinto. También yo sin culpa. Aunque no es mi laberinto una construcción hecha de ladrillos, sino de tradición y palabras.

Así que solo tú, lector, puedes cambiar mi destino, ser el hilo de Ariadna que me conduzca a la salida del laberinto. Apiádate de mí y reescribe esta historia. Sé que puedes. Aunque vivo cautiva dentro del mito, me llegan ecos de eso que llamáis realidad, y sé que ahora no solo navegáis por mares y ríos, también lo hacéis a través de un espacio que a mí me resulta de difícil comprensión —la RED, es el nombre que le dais—, a velocidades y distancias que en mi imaginación solo los dioses pueden alcanzar, configurando vosotros también un inmenso tapiz de hilos invisibles, que es muestrario de vuestro enrevesado mundo.

Te lo ruego, líbrame de este mortecino destino. Pero no caigas en la tentación de todo narrador: la de jugar a ser un dios. No me compliques la vida con una trama retorcida para demostrar que tienes el poder, que controlas la narración. Deja que sea Telémaco, ya avezado navegante desde el tiempo en que saliera en busca de su padre, el que pilote la nave en que me alejaré de Ítaca, de noche y mientras todos duermen. Y que luego él regrese con su padre, pues no es su destino el que yo deseo alterar. Esto es lo que te pido que escribas. Bastará con que me dejes en cualquier puerto, que ya me las apañaré yo. Nada será definitivo, nada habrá sucedido aún. Así de sencillo. Deja el relato abierto, y que cada cual le ponga el final que desee. Tú ponte ahora a escribir, no pierdas tiempo, y lanza luego la historia a esa red tuya, para que esta nueva versión se extienda por todos los rincones de la Tierra.

Esperpéntica tarde en el súper

No fue exactamente así, pero casi.

La mujer se para frente a la caja con el carro de la compra.

—Buenos días —saluda la joven cajera.

—Buenos días —dice la mujer, y luego se vuelve buscando con la mirada a su marido, que se halla a escasos metros, revolviendo en el  montón de CD´s en oferta que se apilan en un expositor—. Podrías ayudarme a vaciar el carro— le dice alzando la voz, pero el marido parece no oírla.

Con un gesto de mitad fastidio, mitad resignación, la mujer empieza a vaciar el carro sobre la cinta deslizante, aunque de vez en cuando vuelve a mirar en dirección al marido.

—¡Hombres! ¡Siempre a lo suyo! Me río yo de los derechos de la mujer. Esto no hay quien lo cambie —dice buscando la complicidad de la cajera, que asiente con la cabeza mientras pasa una lata de espárragos por el escáner.

Cuando la cajera ha terminado de pasar toda la compra, le dice a la mujer:

—Tengo que cobrarle el yogur que se ha tomado el señor en la sección de lácteos.

—¿Cómo? ¿Qué yogur? El señor es mi marido y no se ha tomado ningún yogur.

—Sí, pregúntele a él.

—Y usted, ¿cómo sabe que se ha comido un yogur?

—Me informó un vigilante. También lo han grabado las cámaras. ¿Quiere verlo?

La mujer se vuelve enérgicamente hacia su marido.

—¡Emilio, coño, ¿quieres venir?!

El marido se acerca y se para detrás de su mujer, que ya le da la espalda.

—¿Por qué tanta prisa?

—La señorita me dice que te has comido un yogur por el morro —dice la mujer sin mirarlo.

 El marido se rasca el cogote contemplando el suelo.

—¿Yooo? Yo no me he comido ningún un yogur.

—Mire, señor —dice la cajera esforzándose en ser paciente—, ni siquiera hace falta recurrir a las cámaras. Tiene usted restos de yogur en las comisuras de los labios y en la camisa. De fresa, para ser exactos.

—Estos restos, como usted dice, los traía ya de casa —dice Emilio limpiándose instintivamente la camisa y la boca con su manaza.

La mujer mira a la cajera enarcando las cejas y luego, girándose, a su marido.

—¡Emiliooo! ¡Qué vergüenza! ¿Qué pensará toda esta gente que no deja de mirarnos? Que somos unos gorrinos, que salimos de casa con churretones.

—Vale, me he comido un yogur. ¿Es acaso un delito? Que me detengan.

—Delito no es, pero podías habérmelo dicho, y yo no estaría pasando este bochorno. La próxima vez vienes tú solo a hacer la compra y te comes todos los yogures que te salgan de… —y volviéndose hacia la cajera—: señorita, ponga el yogur en la cuenta y acabemos con esto, por favor.

—¿Es que nos va a cobrar el yogur? —protesta Emilio.

—¿Estás tonto o qué? Pues claro que va a cobrar el yogur. ¿No acabas de confesar que te lo has tomado?

—No tengo más remedio, señor.

—No creo que por un yogur se vaya a arruinar la empresa. Y que sepa que acaba de perder unos clientes. Desde mañana lo compraremos todo en el chino de nuestro barrio. Nos pilla más cerca y nos dan las gracias por todo.

—¿Ha pensado qué ocurriría si a todo el mundo le diera por comerse los yogures sin pagar? No cleo que a los chinos les hiciela mucha glacia.

—No se burle de mí, señorita. Y ese argumento suyo no me vale. Es como lo de tráfico.

—¿Qué leches es eso del tráfico? —dice la mujer, que ha empezado a morderse la solapa del abrigo—. Por favor, Emilio, no me vengas ahora con una de tus teorías, que te conozco. Paga de una puñetera vez y vámonos.

—Habrá oído, señorita, los consejos de la DGT cuando llegan las vacaciones, o un puente. ¿Recuerda lo que dicen? —y como la señorita niega con la cabeza, Emilio continúa—: nos aconsejan que no viajemos a horas de máxima afluencia de coches, que lo hagamos antes o después. Es decir, señorita, que primero hay unas estadísticas que permiten decir cuáles son las horas de más afluencia de tráfico, y después nos dan el consejo de que evitemos esas horas. ¿Entiende lo que quiero decir?

—Me he perdido, señor. No sé a dónde quiere llegar.

—Pues está claro. Quiero decir que la misma DGT sabe que no todo el mundo seguirá obedientemente sus instrucciones, pues si lo hiciera, el atasco sería monumental. Eso sí, a horas distintas de las que marcan las estadísticas precedentes. ¿Comprende? Así que es altamente improbable que a todo el personal le dé por venir a comer yogures gratis.

—Señor, no me líe, yo cumplo con mi obligación. No pertenezco al departamento de estadísticas. Pero, si quiere, llamo a mi jefe y lo habla con él.

—Ni hablar de llamar al jefe —protesta la mujer—. Pagamos y nos vamos.

—Eso… eso, llame al jefe. Hablaremos de la mierda de yogur que me he tomado. Al final voy a ser yo el que llame, pero a Sanidad, para que les hagan una inspección.

—No sería tan mierda cuando se lo ha tomado —dice la joven removiéndose en su asiento—. De todas formas, tendrá usted que pagar la mierda.

—Eso es, Emilio, paga la mierda y vámonos, que ya has montado suficiente numerito.

—Me niego. Y no es por el dinero. Es cuestión de principios. Y no me parece nada bien que te pongas de su parte.

—¡Pero qué principios, Emilio, si te lo has tomado, joderrrrrr!

—El Gran Hermano nos vigila, nos graba, nos pone en evidencia para humillarnos por un puto yogur. ¡Viva la Revolución!

En ese momento anuncian por los altavoces: “El dueño del coche con matrícula “6666 OJO”, pase por favor a retirarlo, está obstruyendo el acceso a una boca de incendios”.

—¡Si es nuestro coche; Emilio! ¡Que acabe el día, por favor, que acabe!

—No pienso retirarlo si me cobran el yogur. Además, ¿hay algún fuego ahora, eh?, ¿hay algún fuego?

—¡Seguridaaaaad! —grita la cajera.

Las buenas vacaciones

Texto inspirado en esta noticia

Cuando por las tardes acudo al chiringuito de la playa, siempre me lo encuentro a él, sentado a la misma mesa, en un rincón. Lleva un minúsculo bañador, y además de tener todo el cuerpo cubierto de tatuajes, su rostro es lo más parecido a esa imagen de extraterrestre reptiliano que nos presenta la imaginería popular. Por eso es chocante que aún mantenga su nombre, José Luis, y no lo haya cambiado por otro en sintonía con su extravagante aspecto, un nombre rescatado de entre los extraños personajes que habitan los libros y películas de ciencia-ficción.

Al principio supuse que estábamos ante un gran trabajo de caracterización realizado por profesionales, y que el chiringuito utilizaba a aquel hombre como reclamo para captar clientes. Y es cierto que al negocio le viene muy bien tener a este personaje al que piden selfies y conversación, pero, según me informé ­—incluso ha salido en diferentes medio de comunicación—, en él no hay simulacro, todo es producto de las intervenciones que, a petición suya, han realizado en su cuerpo.

José Luis no pide nada a cambio de dejarse hacer fotos, ni por contar su historia. Ni siquiera pide la voluntad, aunque si le invitas o le das algunas monedas, no lo rechaza. Hoy, por fin, me he decidido a pedirle permiso para sentarme a su mesa. Y me ha contado su historia

Lo primero que se tatuó fue un corazón a la altura del corazón. A un lado y al otro de la flecha que lo atraviesa lucen las góticas iniciales de su nombre y el de la que era su novia de entonces. Luego, el tiempo le mostró lo efímero del amor y aquel corazón solo fue una reliquia del pasado. No más corazones, se dijo. Entonces, decidió tatuarse un pájaro escapando de una jaula, y por si no quedaba claro lo que representaba, pidió que debajo le escribieran en mayúsculas la palabra “LIBERTAD”. Así, con el pájaro en el pecho derecho y el corazón en el izquierdo, José Luis proclama, todo ufano y con el gesto reconcentrado de quien ha llegado a una conclusión después de arduas reflexiones, que la libertad se enfrenta, se opone, combate y etcétera a la esclavitud de los amores frustrantes, alienantes, manipuladores y etcétera.

Así le fue tomando gustillo a ilustrar sobre su piel la biografía que se iba construyendo, y el cuerpo pasó a ser un territorio que se poblaba con las imágenes que daban forma a los vaivenes de su mente. De su etapa de exaltación de la naturaleza podemos ver soles nacientes y crepusculares, floridas enredaderas que trepan en espiral por brazos y piernas, ríos que confluyen en las cataratas del ombligo. De tiempos beligerantes y en la misma región, vemos la hoz y el martillo y el puño cerrado junto a la cruz gamada y la mano en alto. Eso fue antes de que le entrara el fervor místico-religioso y se dibujara un Cristo crucificado, un candelabro de siete brazos, la media luna, un buda con sobrepeso y el inevitable circulito blanquinegro del Yin y el Yan. Y tanta espiritualidad halló su contrapunto en el erotismo. De esa época son las dos figuras humanas, dibujadas en el antebrazo, de tal forma que al flexionarlo, como si fuera a hacer un corte de mangas, las figuras se funden simulando la cópula.

El batiburrillo de imágenes se fue extendiendo por todo su cuerpo. Dragones con lenguas de fuego ascendían por su cuello, lamían la nuez hasta llegar a la base de la barbilla, frontera con la cara, que se cubrió de figuras geométricas inspiradas en los tatuajes de las tribus amazónicas. Y cuando ya no quedaba territorio por explorar, necesitado de formas más radicales de expresión, dio un salto cualitativo. Del dibujo pasó a la cirugía. Se recortó las orejas; se truncó la punta de la nariz y las fosas nasales parecían dos ojos siniestros; los pómulos y la frente se cubrieron de protuberancias que simulaban las escamas de los reptiles.

Como si me leyera el pensamiento, me dijo que no era llamar la atención lo que pretendía, que cada operación de cirugía era un paso más en la búsqueda de su verdadera naturaleza, que era su instinto el que realmente le guiaba y no el convertirse en un fenómeno de feria, aunque ese fuera el sentir de la mayoría de la gente respecto a su persona. Y que su proyecto inmediato era bifurcarse la lengua para tenerla como la de las serpientes, y de los tres cerebros que tenemos —lo había leído en libros de neurociencia— prescindir de los cerebros racional y emocional, para quedarse solo con el reptiliano, y aunque ese proyecto inmediato iba a ser también el último, pues carecería ya de voluntad, gobernado por los automatismos más básicos: calor-frío, oscuridad-luz, placer-dolor…, es lo que realmente deseaba.

Tras despedirme de José Luis, con la sensación de regresar de un planeta desconocido e indescifrable, me he quedado pensando en esas reflexiones que habitualmente llevamos a cabo cuando llega el verano, respecto a la incapacidad para vivir unas buenas vacaciones desconectando de todas las ataduras: de las rutinas, de los malos recuerdos, del trabajo, de los problemas, de la crispación política… Pensando en la dificultad que tenemos para evadirnos de un mundo interconectado por móviles y ordenadores, donde hasta en la remota isla que suponemos imagen del Paraíso nos encontramos a tipos con camisetas de Messis o Ronaldos… Pensando en la dificultad para desprenderos de esa biografía que también nosotros, aunque invisible, llevamos tatuada a fuego en vete a saber dónde. Y me digo que estaría bien que pudiéramos activar exclusivamente el cerebro reptiliano durante el tiempo de vacaciones, y ser como lagartos al sol, sin pensamiento ni conciencia.

INICIACIÓN

Conocí a Raskólnikov el verano en que estuve castigado por faltar a clase. Yo era un adolescente y conocerlo me cambió la vida.

Ese año, suspendí las matemáticas, y durante el mes de julio tuve que asistir a una academia de recuperación para presentarme al examen de septiembre. Pensaba que el control de las asistencias sería menos riguroso en una academia durante el verano que en el colegio, y algunos días me fumaba las clases con la seguridad de un hábil prestidigitador que confía en que no le van a pillar el truco: salía de mi casa y volvía a ella a las horas calculadas, puntualmente.

El día en que todo se vino abajo, también llegué a casa a la hora prevista, después de haber estado en los recreativos. “Ya verás tu padre”, fue lo que me soltó mi madre en cuanto entré por la puerta. No me hizo falta más para saber lo que había pasado. El director de la academia había llamado por teléfono. Imploré, lloré, me puse de rodillas, juré que no volvería a pasar, pero que no dijera nada, que fuera un secreto entre nosotros. Esta vez mi madre no se dejó ablandar. Deduje que faltar a las clases era más grave de lo que yo pensaba, y  que quizá mi padre —que nunca había empleado el castigo físico conmigo— me iba a abofetear, además de echarme una gran bronca, seguida del correspondiente sermón.

Estaba equivocado. “Hacerme esto a mí”, fue la única respuesta de mi padre en ese momento, mirándome a los ojos muy fijamente. Luego se fue, y me dejó allí parado, con esa frase revoloteando como un moscardón a mi alrededor. Así que el hecho era grave en sí mismo, pero mucho más grave era “hacérselo” a él, a mi padre. Bajo la superficie de esa frase había un fondo de reproches no dichos: que él era un padre sacrificado, que si tenía dos trabajos era para darle una buena educación a su hijo, y ¿cómo le respondía yo?: con alta traición, burlando su confianza. Y esto me dolió mucho más que las bofetadas que me podría haber dado, mucho más que lo que me tenía preparado.

“No va a salir, está castigado”. Ya estamos en agosto, en la casa de los abuelos, en el pueblo, y es lo que les dice mi padre a mis amigos cuando van a buscarme montados en sus bicis. Yo les oía desde la penumbra de mi habitación, escondido tras la ventana. “Hasta cuándo”, preguntó uno de ellos. Mi padre no contestó y les oí marcharse, haciendo sonar los timbres, compartiendo una alegría que para mí estaba prohibida. Volvieron en los días siguientes. No preguntaban. Se quedaban allí un rato, hacían sonar los timbres y se iban. “Deja salir al chico, ya ha aprendido la lección” eran palabras que se iban alternando en boca de mi madre y de mis abuelos.

Los primeros días de encierro yo arrastraba la pena por la casa, con cara de mártir. Había mucho de sobreactuación, pero no tanto como yo pensaba, era un escudo con el que intentaba protegerme de un dolor sincero. Desde que mi padre me había ofrecido una perspectiva de mi delito en la que yo no había reparado, “hacerme esto a mí”, sentía verdadera tristeza por haberle fallado, por haber perdido su confianza.

Fue entonces, a los cuatro o cinco días, cuando descubrí, entre los libros de autores rusos del abuelo, uno que llamó mi atención. “Crimen y castigo”, se titulaba, y el corazón me dio un vuelco. Pensé que aquello no era casual, que era cosa del destino que aquel libro estuviera justamente allí para que yo lo leyera. Y empecé a leer: “Una tarde extremadamente calurosa de principios de julio, un joven salió de la reducida habitación que tenía alquilada en la callejuela de S y, con paso lento e indeciso, se dirigió al puente K”. Ufff, estaba claro que aquel libro era para mí. Y grandes eran las expectativas: ¿qué crimen, qué castigo?

Lo poco que yo había leído hasta entonces eran las obras de lectura obligatoria que nos mandaban en el colegio, y siempre a regañadientes, con una lectura superficial. Así que, pasados los años, me sigue sorprendiendo que fuera aquel libro el que me atrapara desde el inicio, el que me llevara a meterme en la piel del protagonista, Rodión Románovich Raskólnikov, y comprender su tortura por los remordimientos, y el sentimiento de superioridad que mantenía frente a los otros mortales, hasta que la tozuda realidad le demostraba lo contrario, y aunque mi “crimen” no estaba a la altura del suyo —yo no había matado a una vieja prestamista y a su hermana—, pensaba que el daño que yo le había causado a mi padre era mucho mayor, pues la vieja y su hermana ya no sufrían, y mi padre, en cambio, estaba condenado a desconfiar de su hijo, quizá la relación rota ya para siempre. Además, Raskólnikov pudo redimirse confesando voluntariamente su crimen, sin que existieran pruebas para acusarlo; yo, muy a mi pesar, fui descubierto con pruebas evidentes. Supongo que fue mi depresivo estado de ánimo, el aislamiento, el sentimiento de culpa, más el dramatismo y fantasía propios de la adolescencia lo que me llevó a tan extravagante comparación.

A los diez días, mi padre me levantó el castigo, y ese verano comprendí que la vida es un territorio con muchos caminos, y que dependiendo de por dónde tires, así irás trazando el dibujo del tuyo, unas veces con decisiones conscientes y meditadas; otras, guiado por impulsos, como animalillos, que van de acá para allá sin un plan de futuro. Y también supe —aunque esto no se lo dije a mi padre— que, a veces, a las malas elecciones no solo les siguen malas consecuencias, pues bendito el momento en que elegí faltar a clases de matemáticas, porque fue el camino que me llevó hasta Raskólnikov y a quedarme ya para siempre en el apasionante mundo de la literatura.

El loro del opositor

Estoy preparándome las oposiciones a magistrado. Es una rutina desesperante, aislado del mundo, y ese obsesivo regar la cabeza con chorros de lenguaje jurídico. Decidí entonces comprarme un loro. Pensé que, con su capacidad para reproducir los sonidos que escucha, me haría más compañía que cualquier otro pájaro. Y como acostumbro a leer las lecciones en voz alta en el salón de la casa de campo familiar, es allí donde el loro, fuera de la jaula, encaramado al marco del retrato del abuelo —ilustre jurista—, sigue atentamente mis declamaciones, dando cabezadas que parecen de asentimiento. Pronto fue capaz de pronunciar palabras como: delito, arrendatario, pena… Incluso se atreve con ¡USUCAPIÓN!, y parece que me está insultando. Pero más sorprendente, y temible, es cuando ha empezado a repetir no lo que digo, sino lo que pienso: “tu novia te va a dejar”, “vas a suspender, vas a suspender…”

El punto de vista

En unas líneas de su libro “Fiesta”, Ana Iris Simón cuenta que cree que aprendió a escribir de su padre, que aprendió a escribir por él. O si no a escribir, sí a mirar. Y a continuación describe el momento en que un ratón se coló en su clase de segundo de primaria y el alboroto que causó. Estaban dando Inglés y de pronto el ratón cruzó el aula. Todos empezaron a gritar y a saltar de la silla, incluida la profesora, que se subió a un pupitre.

Cuando llegué a casa y le conté a mi padre muy excitada y moviendo mucho las manos que se nos había colado un ratón en clase y que tenía que escribir una redacción sobre ello, él me dijo que si nosotros nos habíamos llevado un susto me imaginara el pánico que habría sentido él al ver a una veintena de humanos, incluida una profesora de Inglés, saltando de sus sillas. Entonces me subí a mi cuarto y (…) empecé a escribir la historia desde el punto de vista del roedor.

Es tarea esencial de todo aprendiz de escritor el aprender a mirar, el adoptar otros puntos de vista. Solo así podrá multiplicarse en diferentes narradores, construir personajes diversos. Y luego el lector, a través de esas creaciones, podrá vivir otras vidas, confrontar su mirada con las de los personajes que pueblan los libros, comprender motivaciones, entender otras culturas… Es la maravilla que la literatura nos proporciona, y ojalá que esta facultad de ponerse en lugar de los otros en la ficción la ejercitáramos con más frecuencia en la realidad del día a día.

Pensando en este asunto del punto de vista, he recordado un magnífico microrrelato de Miguel Saiz Álvarez:

EL GLOBO

Mientras subía y subía, el globo lloraba al ver que se le escapaba el niño.

La sorpresa del cambio en el punto de vista transforma un hecho intrascendente, por cotidiano, en un microrrelato emotivo, pues aunque el protagonista es un objeto inanimado, al dotarlo de sentimientos, el distanciamiento y la pérdida nos producen una mayor emoción: lloramos con el globo. ¿Y no es esa distancia que se abre entre el globo y el niño una metáfora de la infancia perdida?

Pedaleando

Desde el banco donde estoy sentado veo la zona de juegos donde padres e hijos pasan parte de la mañana del sábado. Me fijo en el tobogán. La mayoría de los niños que se sube a él ha superado la primera fase, aquella en que subían ordenadamente por las escaleras y se deslizaban con precaución apoyándose en los pasamanos. Aburridos del trato convencional que le daban al tobogán, ahora experimentan nuevos usos, más creativos. Es decir, hacen el bestia de todas las formas posibles: se pelean por alcanzar las escaleras, suben de pie por la rampa, se tiran de cabeza, utilizan a otro niño de alfombra deslizante… “Os vais a hacer daño”, les advierten algunos padres mientras miran en el móvil.

Me llama la atención un niño de unos tres años. A diferencia de los otros de su edad que esperan a que la manada se desfogue o se mate para subirse ellos al tobogán, este niño se empecina en imitar a sus compañeros grandullones. Es admirable la voluntad que le pone, el esfuerzo que hace por estar a la altura de quienes sin duda son sus ídolos. Y a ellos parece gustarles la actitud del niño, pues no solo no le apartan sino que le animan en su aventura. Entonces, una de las veces en que el niño intenta bajar de rodillas por la rampa, agitando las manos como si festejara su hazaña, está a punto de darse de bruces con el suelo.

Es uno de los chavales mayores quien informa al padre del niño, también absorto en la pantalla de su móvil, de que su hijo se ha caído. El padre mira hacia el punto que el chico está señalando, picotea aún unas cuantas veces con el dedo en el móvil, se lo guarda en el bolsillo y corre en ayuda de su hijo. Lo levanta del suelo y empieza a limpiarle el polvo con más ímpetu del que es necesario. El niño no llora, parece feliz. Hasta que su padre dice: “Se acabó, ya no hay más tobogán”. Entonces el niño se pone a berrear. Quiere subirse al tobogán, quiere subirse al tobogán, quiere subirse al tobogán… El padre tira del niño para alejarlo de allí, pero el niño tiene uno de esos llantos irritantes, que taladra los oídos y que cual sirena de ambulancia nos advierte de que para él es una cuestión de supervivencia volver al tobogán. Al final, para satisfacción de todos los habitantes del parque, el padre cede: “Vale, pero tírate con cuidado”. Y el niño, que ya ha experimentado la atracción del riesgo, de la aventura, protesta con un llanto ahora entrecortado: “Con cuidado no, con cuidado no…”.

Al presenciar esta escena, he recordado el tiempo en que yo era un padre joven y tenía que lidiar con la tarea de imponer límites, de trazar líneas fronterizas entre lo que estaba bien y lo que estaba mal, entre lo permitido y lo prohibido; y sobre todo, la ardua de tarea de reconocer aquellos riesgos que mis hijos deberían asumir a su edad para no ser unos niños apocados, medrosos —“con cuidado no; con cuidado no”— porque, como escribió no recuerdo quién, cuando tienes un hijo tu corazón caminará ya siempre fuera de tu cuerpo. Caminará por el estrecho filo que separa el miedo de la ilusión, y querrás que todo sea seguridad, certeza, pero sabes que es imposible, que eso no es la vida, que la gráfica que dibuja el corazón vivo en la pantalla es la del pálpito, la de la emoción, y no la línea recta de la muerte.

Y así, pensando en la difícil tarea de educar, me ha venido a la memoria el día en que mi padre me enseñó a montar en bicicleta. Aunque ese recuerdo viene coloreado por las palabras de mi madre, pues era ella quien siempre, en las reuniones familiares, nos contaba la anécdota para burlarse de mi padre, quien como todos los hombres, según mi madre, carecía de intuición y sentido común y sometía, don Perfecto, la realidad al cansino escrutinio de la lógica, de su lógica, claro. Porque ese día mi padre iba detrás de mí, soltando y agarrando mi sillín mientras yo me esforzaba en mantener el equilibrio a la vez que pedaleaba, sin mucho éxito, cuando de pronto él —siempre según mi madre— empezó a resoplar y a dar saltitos como un histérico gorrión, gritándome: “Si es que no tienes en cuenta el centro de gravedad, el centro de gravedad…, y así es imposible”.

¿Centro de gravedad? ¿A un niño de seis años? ¿Eres Newton? Mi madre se partía de la risa cada vez que lo contaba. E imagino a mi padre detrás de mí, su cara congestionada por efecto de la carrera, y su corazón fuera de su cuerpo, junto al mío, con miedo de que me estrellara, y aunque mi madre tenía buenos motivos para reírse de mi padre, de su cómica instrucción para que no me estampara con la bici, yo me pregunto qué padre no se ha sentido ridículo alguna vez instruyendo o educando a sus hijos, reconociendo al instante la estupidez de la respuesta o de la explicación que acaba de ofrecer; y qué padre no desearía saber a ciencia cierta dónde está ese centro de gravedad que ayude a los hijos mantenerse en equilibrio y pedaleando por la vida, subiendo y bajando toboganes, atravesando fronteras.

Interferencias

La cinta VHS contiene el reportaje de nuestra boda. Nos gusta ponerla y echarnos unas risas. Pero hoy, de golpe, hemos dejado de reír: en la grabación aparece la abuela Jacinta, que no asistió a la boda porque murió un año antes. Y nos preguntamos cómo es posible que la veamos ahora comiéndose unos langostinos, sentada a una mesa, entre el tío Paco y la prima Merceditas. Cómo es posible que se ponga a gritar “¡Vivan los novios! ¡Que se besen!” y que nosotros, obedientes, nos besemos. Cómo es posible que un tipo la saque a bailar, se marquen un vals trotón y descubramos, al enfocarles la cámara de cerca, que el sujeto es el mismísimo Iker Jiménez que, dirigiéndose a la cámara, dice con la voz de Félix Rodríguez de la Fuente: “Amigos, entre el más allá y el más acá, donde anida el estornino, no hay fronteras”

El roscón

Era Navidad y yo debía de tener unos doce años. No recuerdo qué estaba haciendo en ese momento, seguramente que zascandileando por la casa, en vacaciones, junto a mi madre y con la música de fondo de los villancicos que tanto le gustaban, cuando llamaron a la puerta. Fui a abrir y allí estaba Mariluz, mi vecina de al lado, más o menos de mi edad pero mucho más desarrollada—mi madre no dejaba de repetírmelo, como si me estuviera advirtiendo de algo—, pelo negro muy brillante, ojos verdes, piel blanquísima. Muy tiesa y muy seria sujetaba una gran caja sobre sus manos extendidas. A través de la ventana abierta en la tapa pude ver que dentro había un roscón. “Me lo ha dado mi madre para vosotros”, dijo Mariluz, con una mueca que más bien parecía el resultado de ofrecernos una mierda en lugar de un roscón. Se dio media vuelta y se fue. Era evidente que Mariluz había venido a casa obligada por su madre, que la tarea que le había encomendado le desagradaba hasta tal punto que era incapaz de fingir.

A Mariluz yo la amaba y la odiaba a partes iguales. Quizá la odiaba porque la amaba, porque me quedaba sin palabras cada vez que ocasionalmente se dirigía a mí, porque me cosquilleaba el estómago con solo verla, y la sensación de sacarme de mis casillas me ponía muy nervioso, y eso estaba bien y estaba mal, un lío para mi cabeza de doce años.

A mi madre le extrañó tanto como a mí que la vecina nos regalara un roscón, pues la relación entre ellas dos no era nada buena, sobre todo después del incidente con la pelota. La madre de Mariluz se pasaba el día discutiendo con su hija, insultándola “inútil, egoísta, desobediente…”, los gritos nos llegaban a través de las paredes, era muy molesto, y para una vez que a mí, en un descuido de mi madre, se me ocurre jugar en casa con una pelota que me habían regalado, chutando contra una portería imaginaria en la pared que separaba nuestro salón del de Mariluz, solo unos minutos chutando, la madre de Mariluz se presentó en nuestra casa —“como una energúmena”, diría mi madre— para quejarse y gritarnos que no teníamos educación, que a ver si pensábamos en los demás vecinos, que al fútbol se jugaba en la calle, no en las casas. Desde aquel día, mi madre y la de Mariluz apenas se hablaban: hola y adiós, sin mirarse, altivas las barbillas de las dos cuando se encontraban en la calle o en las escaleras.

“Es Navidad, será que quiere hacer las paces”, dijo mi madre, y quiso la casualidad que en ese momento sonara  “Noche de paz, noche de amor, ha nacido el niño Dios” para refrendar sus palabras. Aun así, se quedó contemplando el roscón con un gesto que se parecía mucho al de Mariluz al ofrecérmelo. Supongo que no le apetecía firmar la paz con la vecina, que prefería seguir con esos saludos de rutina que no la comprometían, sin llegar a ninguna clase de intimidad con aquella mujer tan gritona y desesperante, si bien dijo que se pasaría a darle las gracias y que la invitaría a tomar café con roscón en nuestra casa, porque teníamos que saber perdonar. Pero, cuando terminó de hablar, yo ya había cortado un trozo del roscón, me lo había llevado a la boca y mis dientes se topaban con algo duro, que resultó ser un haba, ¡EL HABA!, envuelta en celofán. “¡Qué prisas! ¿No te podías esperar? Ahora te tocará pagar el roscón”, me informó mi madre, dándome una cariñosa colleja. “¿Sabes que de ahí viene lo de “tontolaba”? Al que le toca el haba es el tontolaba. Hoy eres tú el tontolaba. Tendrás que abrir tu queridísima hucha”. Y justo en ese momento, volvieron a llamar a la puerta. “Anda, ve a abrir, que será Mariluz otra vez; se ha enterado de que te ha tocado el haba y viene a que pagues”, a mi madre le divertía mucho reírse de mí, yo creía que era lo que más le divertía del mundo.

Y mientras ahora sonaba “Hacia Belén va una burra, rin, rin…”, yo iba a abrir la puerta diciéndome que ojalá fuera Mariluz quien llamaba, aunque esta vez no me quedaría callado, ya se me ocurriría algo que decirle, algo que la dejara impresionada; porque a menudo yo soñaba despierto, y en ese sueño entraba en la casa de Mariluz y me enfrentaba a su madre para rescatarla de sus garras, disfrazado de héroe con cualquiera de los múltiples trajes que mi imaginación coleccionaba. Y la broma de mi madre se hizo realidad y era otra vez Mariluz, pero una Mariluz muy distinta de la otra, de la Mariluz hierática que había venido a regalarnos el roscón. Esta Mariluz se movía inquieta, como si tuviera picores por todo el cuerpo, la mano derecha estrujando la izquierda, el rubor coloreando la blanca piel de sus mejillas. Y digo yo que serían esas señales de debilidad en Mariluz las que me envalentonaron, y ya estaba dispuesto a hablar, a decirle que ella no era ninguna inútil, ni desobediente, ni egoísta, cuando Mariluz, dejando mi discurso atascado al borde de los labios, me devolvió a una realidad para la que no estaba preparado: “Que dice mi madre que el roscón no era para vosotros, que es para los vecinos del B; me he equivocado”. Y entonces, aún con un trozo de fruta escarchada entre los dientes, imaginé que al haba, aprisionada en mi mano, le crecían dos ojitos y unos enormes labios y me decía, allí mismo, delante de la frágil y tierna Mariluz, “tontolaba, tontolaba, que eres un tontolaba…”, ahora Mariluz y yo, rojos los dos, unidos por la vergüenza.