En busca de los olores perdidos

De repente, un día de primavera, el señor K pierde el olfato. Es el mismo día —casualidades de la vida— en que pierde la cartera, o se la birlan. Y no es que el señor K sea como Marcel Proust, a quien le dabas un mínimo estímulo, un olor, un sabor, incluso una insignificante magdalena asomada al precipicio de la taza de té, y te escribía un libro de infinitas páginas con esa prosa suya tan laberínticamente poética, tan extenuante su lectura que llega a provocar los síntomas de la asfixia en el esforzado y paciente lector. No, el señor K no tiene ni la imaginativa memoria ni el talento de Marcel, pero también tiene su corazoncito, y la pérdida del olfato supone para él una merma importante en su personal mapa emocional, pues cuando intenta recorrer los caminos por donde los olores transitan, esos caminos donde con solo aspirar el aire se despiertan las emociones, o se vincula el presente con el pasado en un viaje ensartado de añoranzas, el señor K, digo, se encuentra con muros imposibles de salvar y queda desorientado en medio de un mundo inodoro, con la nariz inútil, y el paisaje primaveral en todo su colorido de cerezos en flor, de lavandas, de lilos, de romeros, de salvias…, pero sin sus olores, le parece de una belleza amputada, muda.

Para consolarse, el señor K se repite a sí mismo que no hay mal que por bien no venga, que, aplicado a su caso, supone felicitarse por no tener que soportar los insanos efluvios en sus viajes en el metro, a la hora punta de la tarde; ni la empalagosa dulzura, hasta la náusea, de la vecina del quinto bañada en colonia, ni el olor a pies de su marido, explosiva mezcolanza la de los dos cuando se los encuentra en el ascensor. En fin, se libra de todos esos olores que le revuelven a uno las entrañas. Pero este consuelo le dura poco, e intenta evocar con la imaginación los olores perdidos, y descubre que si bien puede visualizar con los ojos cerrados la figura de un patio de Sevilla y un huerto claro donde madura el limonero, no le es tan fácil recuperar el olor de los limones, solo una tibia representación intelectual del mismo.

Además, como el señor K no percibe los olores que de su propio cuerpo y de su ropa emanan, empieza a lavarse y a cambiarse de ropa con una frecuencia que raya en la obsesión, y a aquellas personas con quienes tiene confianza les pide que le adviertan del mínimo tufo que proceda de su persona. Y es tal la matraca olfativa a que les somete, que terminan todos jugando al jueguecito de compartir listas de los buenos olores: el olor a tierra mojada después de la lluvia, el olor del café recién hecho, el de los libros nuevos, el de los libros viejos, el olor de los bebés, el olor del deseo en la piel, el de las castañas asadas, el del barniz, el olor de la gasolina, el del pegamento, el olor del tabaco para pipa, el de la hierba recién cortada, el del betún, el de la tinta, el del pan recién horneado, el olor de ella, el de él, el olor de la brisa marina…

Y así hasta que un día, también de repente, regresa el olfato al señor K —la cartera sigue sin aparecer—, y desde entonces se le puede ver en actitud un tanto cómica, con la nariz en estado de perpetua alerta, olfateando la vida con la avidez de un sabueso, para capturar todos esos olores que quizá algún día vuelva a perder.

En la sombra

Ya en el estrado, el famoso escritor ha estado esperando a que cesaran los aplausos para comenzar la lectura de su discurso. Ahora, concentrado en la tarea, va modulando su voz grave, cuidadoso con el ritmo, sus ojos yendo desde el público a las hojas y de las hojas al público, que escucha embelesado las palabras inteligentes y emotivas del nuevo Nobel de Literatura. Hasta que de pronto el escritor se queda mirando hacia un punto del auditorio al final del patio de butacas. “Se ha emocionado”, susurran algunos de los presentes al ver la turbación en su mirada. Pero se equivocan: allí, entre el público, el escritor vio levantarse a la mujer que ahora camina hacia el estrado con la determinación de quien por fin ha decidido salir del anonimato, la mujer que le ha escrito todos y cada uno de sus libros, incluso el discurso que en este momento le tiembla entre las manos.

El contrato

No es una tarde parda y fría de invierno, ni golpea monótona la lluvia en los cristales, es el ocho de marzo de mil novecientos veinticuatro y un almendro en flor se inclina sobre la ventana de la clase donde Julia les está hablando a sus colegiales, como si también él quisiera escuchar lo que la maestra dice, porque hoy les habla de las mujeres en la Historia, de la necesaria igualdad de derechos del hombre y la mujer, del valor y fortaleza de ellas, de las dificultades que encuentran para ser independientes, de la importancia del voto femenino. No con estas palabras, claro, sino con un lenguaje que los niños puedan entender, o mejor, sentir. Y como nunca nadie les habló así, se remueven excitados en sus asientos porque intuyen que la maestra ha entrado en un territorio prohibido, y que si esas palabras llegaran a sus casas, las paredes retumbarían. Las niñas, a ratos y en silencio, con los labios en un mohín de reproche y el gesto orgulloso, se vuelven hacia los niños pidiéndoles justicia para ellas.

Pero mientras Julia habla, un regusto amargo va contaminando sus palabras, por el contraste entre lo que predica y la realidad, por la vida estrecha que les espera a sus alumnas. Y eso es lo que contarán los colegiales: que la maestra parecía enfadada, no con ellos, que con ellos era siempre cariñosa, sino con los objetos, con los libros que guardaba en su cartera, con la pizarra, con el suelo que pisaba, con la puerta de la clase… Y también las personas que se cruzan con Julia al salir de la escuela confirmarán el gesto hosco, los pasos como de sonámbula, la mirada perdida en algún punto que solo ella parecía divisar.

Cuando entra en casa, Julia va directamente al cajón donde guarda el contrato que firmó cuando llegó al pueblo, una semana antes de empezar el curso. Lo fija en la pared con una chincheta, como si fuera una proclama, un bando de la autoridad con las indignantes normas de conducta: “En casa de 20.00 a 06.00. No fumar cigarrillos. No andar en compañía de hombres. No beber cerveza, ni vino ni whisky. No vestir ropa de colores brillantes. No pasearse por las heladerías. No teñirse el pelo. No usar maquillaje. No usar vestidos de más de quince centímetros por encima de los tobillos…”.

Todo es un insulto, pero “no pasearse por la heladerías”…, si no fuera dramático, Julia se partiría de la risa. Se imagina a los machos arrogantes de mentes calenturientas que redactaron la norma, los pobres, obligados a tan extravagante precepto para no caer en la provocación de las bocas y lenguas lujuriosas de las maestras paladeando el inocente y tímido helado. No lo puede soportar, la indignación ha ido trepando por su pecho con la lectura de ese panfleto encubierto, y siente que se asfixia, y que sus pulmones van estallar si no hace algo.

Y lo hace.

ooo

Ahora Julia deambula por la casa, esperando a que sea la hora. De vez en cuando se mira en el espejo grande del recibidor, y a excepción del estropajoso rubio del pelo —solo disponía de agua oxigenada—, todo le parece perfecto: las sombras de rímel; el rojo de los labios a juego con la blusa; la falda negra, entallada, un centímetro por debajo de las rodillas; las medias de seda; los zapatos negros de tacón. Y justo cuando las campanas de la iglesia acaban de dar las ocho de la tarde, Julia sale a la calle.

En el pueblo hay dos bares, uno en la plaza, el otro en las afueras. Con pasos decididos toma el camino que conduce a la plaza. Cuanta más gente mejor. Las personas con quienes se encuentra se la quedan mirando o se giran sin ningún pudor. Las mujeres son las más descaradas. Los hombres se advierten de su presencia unos a otros con movimientos de cabeza y elevación de cejas, o a codazos si están juntos, y la mirada turbia. No todos la reconocen, ni siquiera cuando Julia pasa por su lado. Un grupo de niños sí, y gritan “¡es la maestra, es la maestra!”, y empiezan a seguirla. Algunos adultos se unen a la persecución y al rato Julia es escoltada por una peculiar comitiva, y puede oír, entreveradas con el golpeteo de los tacones en el empedrado, algunas palabras sueltas: “Se ha vuelto loca… Una furcia… Qué vergüenza… A dónde irá”.

Y así caminan un buen trecho hasta que llegan al bar y Julia se detiene en la puerta. Una cortina de chapas machacadas la separan del interior. La pena, piensa, es que en este apartado pueblo no haya una heladería, ¡le gustaría tanto dejar un rastro de carmín en la bola del helado! Qué se le va a hacer, toma aire, descorre la cortina y entra.

El tipo que se encuentra detrás de la barra y que en ese momento está secando un vaso, al ver a Julia se queda con el gesto congelado y la cara de haber visto un prodigio de carácter sobrenatural. Los parroquianos, que no iban a ser menos, quedan también como posando para una foto: la ficha del dominó en el aire, el canto de las cuarenta retenido en la garganta, la copa al borde de los labios… Julia camina lentamente hacia la barra, forzando el ruido de los tacones —algunas cabezas asoman ya por la puerta del bar— y cuando tiene al tipo frente a frente, sosteniéndole la perpleja mirada, le dice con voz firme:

—Un whisky, por favor. Doble.