Manos

Estaban los pobres, que no solo pedían limosna en las puertas de las iglesias, también lo hacían por las casas. Pero solo uno de ellos persiste en mi memoria. Le llamábamos Pelotari, porque circulaba el rumor de que en sus años mozos había sido jugador de pelota vasca. Aunque yo siempre creí que era por sus manos enormes. Pensaba que a los pobres les crecían las manos de tanto pedir, y Pelotari era el que más y mejor pedía. A los pobres, las madres —que eran quienes abrían las puertas de las casas— les daban pan duro para que hicieran sopas con agua —¡extraña caridad cristiana!—, ese mismo pan que ellas besaban si se caía al suelo, porque el pan era bendito, ya fuese del mismo día o del mes pasado. Igual que las mariquitas, que eran animalitos del Señor, mientras que las cucarachas o los piojos eran unos asquerosos bichos del Diablo (algún día habrá que escribir sobre esta discriminación que ejercemos sobre el mundo animal).

Y siempre que recuerdo a Pelotari, ensartado en el mismo hilo de la memoria viene don Miguel, el cura, y no solo por la vocación pedigüeña de ambos, o porque coincidieran en la puerta de la iglesia. Los curas y las monjas formaban entonces parte del paisaje cotidiano, como las cabinas de teléfono, o los piperos y las piperas (los más jóvenes no los confundáis con las peperas y los peperos actuales). Y cuando aparecía don Miguel por el horizonte, interrumpíamos nuestros juegos para, corriendo, ir a jugar a ese otro juego de besarle la mano. Él ofrecía su proverbial mano fofa y nosotros depositábamos nuestras babas, aunque nos rogara una y otra vez “el beso al aire, al aire”. Pero eso fue durante un tiempo, hasta que después de atemorizarnos con el fuego del infierno, empezó a someternos, ya en la confesión, a un interrogatorio tan escabroso que nos dejaba con la sensación de que teníamos muchos más pecados de los que realmente confesábamos; hasta que sus manos, blancas y lechosas, quisieron ser tan largas como las de Pelotari.