La alegoría

 

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En todo relato literario los pensamientos e ideas que el escritor quiere transmitir se apoyan en acciones e imágenes concretas, de forma que den plasticidad a aquellas abstracciones que no tienen visibilidad. De lo contrario estaríamos ante un texto ensayístico. Así, por ejemplo, en “Romeo y Julieta” no se reflexiona sobre el amor en abstracto, sino que se nos cuenta la historia de dos enamorados cuyas familias están enfrentadas.

¿Qué diferencia hay, entonces, entre un relato alegórico y otro que no lo es? La alegoría pretende ofrecer una correlación entre una determinada concepción del mundo y aquellas imágenes que puedan representar dicha concepción, de manera que esas imágenes, si bien concretas e individualizadas, representen conceptos universales. En un relato no alegórico un personaje puede ser, entre otras cosas, envidioso o lujurioso, o las dos cosas a la vez; pero en una alegoría se tiende al arquetipo, y entonces el personaje X no es que sea envidioso, sino que representará la ENVIDIA. Es decir, la envidia aparece encarnada en un personaje. En la “Divina Comedia”, relato alegórico de Dante, el narrador viaja a través del Infierno, el Purgatorio y el Paraíso, encontrándose con personajes y situaciones que representan conceptos teológicos y políticos.

Además de con la personificación de ideas, la correlación entre conceptos e imágenes en la alegoría se consigue con metáforas sucesivas y símbolos, en un todo coherente y dotado de sentido. En definitiva, una alegoría es una historia que se sirve de estos procedimientos (personificación de ideas, metáforas, símbolos) para trabajar a dos niveles: el nivel literal, lo que se dice de forma explícita; y el nivel oculto o profundo, que hay que interpretar a partir del primer nivel.

La interpretación que nos lleva a desentrañar el sentido oculto de la historia, puede ser más o menos problemática, dependiendo del grado de dificultad que comportan las asociaciones entre un nivel y otro. En algunos casos es muy fácil, pues los mismos nombres de los lugares y personajes nos dan las pistas. Así, en “El progreso del peregrino”, una novela alegórica del siglo XVII, los lugares tienen nombres tales como: Ciudad Destrucción, Ciudad Celestial, El Castillo de las Dudas, El Pantano del Desaliento. Y los personajes son: Cristiano (el protagonista), Evangelista, Esperanza, Ignorancia… En otros casos será el texto en su conjunto —las relaciones que se establecen entre sus partes, así como los nexos entre los distintos campos semánticos— lo que facilita su interpretación. Sirva como ejemplo el poema alegórico “Pobre barquilla mía”, de Lope de Vega. Empieza así: “Pobre barquilla mía/ entre peñascos rota/ sin velas desvelada/ y entre las olas sola…”. Leído el poema entero, podemos establecer las siguientes asociaciones: barquilla = vida/alma; peñascos = dificultades; sin velas desvelada = indefensión; olas = peligros.

Si quieres escribir un relato alegórico, piensa primero en la historia de fondo que quieres contar y en los conceptos e ideas que la sustentan. Busca luego personajes, metáforas y símbolos que te permitan traducir aquellos conceptos e ideas a imágenes sensoriales, dentro de una historia dotada de sentido. Es importante que la historia funcione en los dos niveles: el literal y el figurado. Si la alegoría no es de fácil interpretación, algunos lectores entenderán al menos la historia en su literalidad, quedando reservado el sentido profundo y oculto a los lectores que conozcan los “códigos” para descifrarlo.

Las líneas que separan la parábola y la fábula de la alegoría son sutiles. Quizá algún día les dediquemos un espacio en esta página. De momento, y como ejercicio previo a escribir alegorías, te proponemos que escribas una fábula similar a esta de Monterroso:

La rana que quería ser una rana auténtica

Había una vez una rana que quería ser una rana auténtica, y todos los días se esforzaba en ello. Al principio se compró un espejo en el que se miraba largamente buscando su ansiada autenticidad. Unas veces parecía encontrarla y otras no, según el humor de ese día o de la hora, hasta que se cansó de esto y guardó el espejo en un baúl. Por fin pensó que la única forma de conocer su propio valor estaba en la opinión de la gente, y comenzó a peinarse y a vestirse y a desvestirse (cuando no le quedaba otro recurso) para saber si los demás la aprobaban y reconocían que era una rana auténtica. Un día observó que lo que más admiraban de ella era su cuerpo, especialmente sus piernas, de manera que se dedicó a hacer sentadillas y a saltar para tener unas ancas cada vez mejores, y sentía que todos la aplaudían. Y así seguía haciendo esfuerzos hasta que, dispuesta a cualquier cosa para lograr que la consideraran una rana auténtica, se dejaba arrancar las ancas, y los otros se las comían, y ella todavía alcanzaba a oír con amargura cuando decían que qué buena rana, que parecía pollo.

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Ahora coge el lápiz y ponte a CROAR.

Arañazos

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Al hombre que le han pedido una historia para una antología de relatos de aventuras, le vienen imágenes de batallas, de búsquedas de tesoros, de supervivencia extrema, de personajes heroicos que no se rinden ante la adversidad. Y así, envuelto en ese torbellino de clichés aventureros, entra al concesionario para recoger su nuevo coche.

Ya sentado al volante, fija la inclinación del asiento y la distancia óptima, pero no se decide a arrancar. ¿Algún problema?, le pregunta el comercial que le entregó las llaves. El hombre no puede decir que le paraliza el miedo a rayar el coche, que desde que arranque hasta que llegue a su casa irá con el corazón en vilo, temiendo que otro coche lo roce, o él mismo cometa alguna imprudencia.

La verdad es que no entiende esta preocupación suya. Es solo un puto coche, y sabe que en poco tiempo estará cubierto de polvo y de cagadas secas de palomas, y que no se obsesionará por remediarlo. Tampoco es porque sea un BMW. Ya le pasó con otros coches, aunque no recuerda cuánto tiempo tuvo que pasar para que cediera la obsesión. Tendrá que ir experimentando, y en algún momento, como quien aprieta un interruptor, clik, le importará una mierda que se raye. Pero, hasta que ese momento llegue, conducirá con aprensión. Es lo que piensa. También piensa que dentro del coche, desde donde no ve la carrocería, le será más fácil olvidarse de que conduce un coche nuevo mientras circula, pero son los materiales impolutos del interior y el olor a nuevo, sobre todo el olor, lo que le impide olvidarlo.

¿Quiere que lo saque yo?, sugiere el comercial. El hombre niega con la cabeza, se remueve en el asiento, se ajusta el cinturón de seguridad y enciende el motor. La vibración que le transmite a su cuerpo, apenas perceptible, le angustia. Debe decidirse y conducir por las atestadas calles del polígono industrial, con coches aparcados en doble fila y numerosos vados amenazantes.

Por fin arranca, aferrado al volante igual que un conductor primerizo. Ya en la calle le parece que los otros coches pasan demasiado cerca, como si supieran que acaba de estrenar el suyo y quisieran amedrentarle. Son imaginaciones, claro. Deberá adaptarse a los nuevos ritmos y dimensiones del vehículo, así como a los múltiples botones y pantallas del salpicadero, que, comparado con el de su antiguo y rudimentario coche, parece el panel de mandos de un avión, panel que, para evitar distracciones, le obliga a mantener la mirada al frente, mirando de reojo a los retrovisores, con el cuello rígido y basculante como el de un pavo al acecho.

Llega a un semáforo y frena bruscamente para no chocar con el vehículo que se ha parado delante. El coche se ha calado, y en un acto reflejo lleva su mano a donde se supone que debe de estar la llave de contacto, pero no hay llave, la llave la guarda en el bolsillo, el coche arranca pulsando un botón. El hombre toma conciencia de la importancia de los automatismos adquiridos. Ha bastado una simple alteración de sus rutinas para que ahora se sienta paralizado, sin saber qué hacer, solo mover los brazos como una marioneta sin control. Para colmo el semáforo se abre y los coches de atrás empiezan a pitar. Y en esos movimientos descontrolados, como un ratón de laboratorio que al azar acertara con la tecla de la comida, es cuando pulsa el botón de arranque.

Superado el obstáculo, y después de habérselas con una rotonda infestada de agresivos vehículos que se obstinaban en no dejarle entrar, se dispone a incorporarse a la vorágine de la autopista. Lo primero que pasa silbando a su izquierda es un camión de veinte toneladas, y por extraño que parezca —difícil de comprender para una mente racional—, le preocupa menos recibir un buen golpe que unos arañazos. Supone que tiene que ver con la épica del golpe frente a lo anecdótico, casi ridículo, del arañazo. Sin dejar el carril derecho, circula agarrotado, atento a las salidas. Salida 13, salida 13, salida 13… Se va repitiendo hasta que ve el cartel de salida y enciende el intermitente.

Sorteado el escollo de la autopista, entra en la ciudad. Allí la circulación es caótica, imprevisible. El riesgo de que le rayen o raye el coche se multiplica por diez. Elige el trayecto más largo pero más seguro, y después de veinte semáforos, cinco rotondas y un túnel de dos kilómetros llega a su barrio. Al hombre ha empezado a dolerle la espalda, y suda copiosamente. Como vendió la plaza de garaje para poderse comprar el BMW, tiene que aparcar en la calle. A la media hora de dar vueltas, con un ojo en la carretera y el otro en las posibles plazas libres, y el riesgo de volverse estrábico, encuentra un hueco. Está a setecientos metros de su casa, pero ya no aguanta más, el agotamiento le puede. El BMW tiene cámaras que le ayudarán a aparcar, pero él aún no sabe interpretar el galimatías de líneas que ve en la pantalla y tiene que recurrir al método tradicional de mirar por los retrovisores y girar su dolorido cuello. Después de siete intentos consigue aparcar.

El hombre se baja, desencajado el rostro, y se queda pensando, apenas unos segundos. Resopla, mete la mano en el bolsillo, saca la llave del coche y con un rápido movimiento ¡rasss! hace un larga raya en la puerta del conductor.

Esta es la historia que al hombre le gustaría escribir, la de su viaje desde el concesionario hasta su casa, pero le tomarían por un neurótico pusilánime: ¿qué mierda de aventura nos cuenta? Así que transformará el BMW en una nave espacial; la autopista, en una ruta cósmica hacia un lejano planeta; los otros coches, en enemigas naves alienígenas. Y, como no puede ser de otra forma, el héroe de su historia será un tipo con temple: no claudicará, no se rendirá ante su incierto destino.