CARETAS (I)

A la semana de haberse instalado en la casa, todos los vecinos, a excepción del ciego del 4º G, coincidimos en afirmar que el nuevo inquilino del 5º B miraba mal, muy mal. Y los adjetivos con que definíamos aquella mirada variaban según el talante de cada uno: “una mirada agresiva”, “que acojona”, “torcida, “de un cabrón con pintas”, “siniestra” y así. Ciertamente era una mirada que, al posarse en ti, dejaba una culebra gélida y ondulante recorriendo la espina dorsal. Pero lo realmente inquietante era que esa forma de mirar no se correspondía con su voz grave y bien modulada, ni con el tono amable con que se dirigía a cada uno de nosotros, sino que parecía que en aquel cuerpo convivían dos personas muy distintas y mal avenidas.

En calidad de presidente de la comunidad, y dada mi condición de líder natural y mi envergadura moral, acepté iniciar las averiguaciones. Como mi piso y el del nuevo vecino eran paredaños, mi primera intención fue la de llamar a su puerta con una taza o un plato y la excusa de pedirle un chorrito de aceite o una pizca de sal, pero al momento me sobrevino ese desdoblamiento que con frecuencia acomete a mi ser para transformarme a la vez en sujeto y objeto, y pude verme a mí mismo desde una perspectiva cenital en el umbral de la puerta, con la mano pedigüeña, tan ridículo, tan alejado de mi condición de líder que me avergoncé y desistí.

Pulsé el timbre de su puerta dos veces: dos picotazos decididos, sin titubeos. Mientras esperaba, imaginé que el tipo era uno de esos seres amargados que viven en soledad,  enredados en una tela de araña de inútiles cachivaches y manías de vieja. Cuando quise darme cuenta, lo tenía delante de mí con una bata a cuadros y mirándome como si yo oliera a pescado en descomposición. Al ver esta expresión, se me desarmó el discurso que llevaba preparado, y le dije a bocajarro, sin preámbulos: “Disculpe, pero ¿por qué me mira mal, por qué a todos nos mira mal, qué le hemos hecho, coño?”.

Con voz implorante me invitó a pasar a su vivienda, y después de servirme una taza de café, me explicó que aquella mirada era de nacimiento, y que ya a la comadrona que asistió al parto se le quedó congelado en el aire el gesto de golpearle con la mano en las nalgas para que rompiera a llorar, pues él, desde su posición de cabeza abajo, le lanzó una mirada que, según testimonio de su madre años después, en nada desmerecía a la de la niña posesa de la película del Exorcista. También me contó que, durante su infancia, los otros niños no querían jugar con él, ni le invitaban a los cumpleaños, y que de joven sólo consiguió trabajar de malo en algunas películas, y de cobrador de facturas de morosos, pero ni  sus compañeros ni sus jefes soportaban el peso de aquella mirada.  Así que, desde hacía años, trabajaba de vigilante nocturno en la soledad de edificios en construcción. Y también estaba cansado de cambiarse de vivienda, pues pasado un tiempo empezaban los vecinos a hacerle la vida imposible quemándole el buzón, llamándole por teléfono a horas intempestivas con mensajes amenazantes, instigando a los niños contra él…

Yo intentaba creerle, aunque todo cuanto decía me sonaba a farsa, porque un rictus de alimaña se dibujaba en sus labios, y sus pupilas parecían mirarme desde el fondo de una alcantarilla. Tuve que recurrir al truco de cerrar los ojos, fingiendo que me concentraba en su relato, y así, en esa pose de clérigo en el éxtasis de la confesión, conseguí compadecerme de él, y al punto una idea me rondó por el magín. “No ha pensado en hacerse la cirugía estética y cambiar de cara”, le dije sin pensármelo dos veces. Se me quedó mirando un buen rato, y luego, para mi sorpresa, dijo que ya se le había ocurrido pero que dudaba de que con una operación solucionara su problema, porque una cosa eran los arreglos de nariz, orejas, pómulos, boca, incluso de ojos, y otra transformar su mirada ¿No tendría al final la misma expresión en una cara totalmente nueva, irreconocible incluso para él?

Con el poder de convicción que Dios me ha otorgado, le dije que la mirada en sí no existía, que era una abstracción, que la mirada son los ojos, la boca, la nariz…, que todo ello conforma la mirada. Entonces él se quedó muy pensativo, y así, con el ceño fruncido, me hizo sonreír por primera vez, pues  su cara parecía una exagerada caricatura del mal, como si fuera un tipo afectado de severo estreñimiento. Pasado un rato me respondió ―como no podía ser de otra forma― que le había convencido, que estaba dispuesto a arriesgarse, pero que su pobre economía le impedía llevar a cabo operación alguna. Le dije que no se preocupara, que yo era un excelente gestor y encontraría la forma de conseguir el dinero. Sus ojos se le humedecieron, y fue como si dos sapos negros se aprestaran a atacarme.

Nada más abandonar su casa, y después de pasar por la mía para redactar el texto, colgué en el tablón de anuncios del portal la convocatoria de una reunión extraordinaria para el día siguiente. Mis notables conocimientos en publicidad me permitieron elaborar un slogan que llegó al fondo de todos los corazones.: “INSOLIDARIO EL QUE NO ASISTA”, decía. Aunque aquellos que me envidian, que son mayoría, dirían después que el éxito de la convocatoria no se debió a mi slogan, al que calificaron de “chapuza demagógica”, sino al morbo que suscitaba el tema que íbamos a tratar, y que ya había corrido de boca en boca. Fuere cual fuere la causa, lo cierto es que, a excepción del nuevo vecino, a la reunión asistieron todos: los dos cónyuges de cada matrimonio, los solteros y solteras, la única viuda, las parejas de hecho y las de desecho (término este que empleaba el teniente coronel del 8º F, ya en la reserva, para referirse a las uniones de gays y lesbianas). Les agradecí la asistencia, les dije que ojalá también hubieran mostrado el mismo interés cuando se trató de las inundaciones en el garaje o de las grietas en la fachada. Luego les  resumí de forma impecable mi charla con el nuevo inquilino y expliqué el motivo de la reunión: “Comprarle una nueva cara al nuevo vecino”, y fue como si hubiera soltado una paloma que, tras revolotear por la sala, se posara en mi cabeza, pues después de mirar incrédulos hacia el techo, todos se volvieron hacia mí con ojos desorbitados y sin dejar de hacer aspavientos.  Y por un momento sentí que la paloma se había cagado en mi cabeza.

Continuará…

EL PALO

Voy con Daniel caminando por el parque, entre las ramas que han caído de los árboles. Daniel tiene dos años y lleva una temporada en la que una de sus principales ocupaciones consiste en buscar un palo, pero no cualquier palo, sino el palo ideal. Esto lo pienso porque, por el momento, ningún palo le satisface. Se agacha, coge uno, lo mira y dice “Ete no, oto”, y sigue con su búsqueda. Yo a veces colaboro. Si veo alguno que pienso que podría gustarle, lo cojo y se lo muestro. Él lo agarra con su pequeña mano regordeta, lo observa como si fuera un doctor en palos y vuelve a decir “Ete no, oto”. Algunos de los palos que coge le duran algún tiempo en la mano, pero finalmente termina por arrojarlos al suelo.

Me gustaría saber qué criterios sigue en la elección del palo. He ido descartando posibilidades para el rechazo: que el palo estuviera astillado, que los extremos fueran afilados, que la textura raspara o pinchara…

Hoy he encontrado un palo de aproximadamente treinta centímetros que bien podría ser el palo ideal: completamente recto, de tres centímetros de diámetro y del color del café con leche cuando lo he liberado de la seca corteza que lo cubría, con una textura lisa, como pulida. “Mira, Daniel, la varita mágica de Harry Potter”, le digo blandiendo el palo en el aire. Daniel se ríe, me lo quita de la mano con urgencia y lo agita como si fuera una espada y no una varita mágica. Luego me dice: “Ete pampoco”.

Recuerdo un relato de Lydia Davis en el que una madre habla así de su bebé: “Mira la ventana con interés, serio. Mira un cuadro y sonríe. Es difícil saber qué significa esa sonrisa. ¿Le gusta el cuadro? ¿Le divierte? No, comprendes enseguida que sonríe al cuadro por la misma razón que te sonríe a ti: porque el cuadro lo está mirando”.

Y me pregunto si Daniel no estará esperando que alguno de esos palos que coge del suelo lo mire de una forma especial para poder decir “Ete sí”, un amor a primera vista entre el niño y el palo.