HERNIA DE DISCO (II)

 

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(…)

Entré en el hospital por mi propio pie. Al final no me iban a practicar la litotricia, sino que me extirparían la vesícula. La “puta Vesi”, dije en algún momento, y me dio un retortijón. Quizás fuera una coincidencia pero interpreté que “La Vesi” se había enfadado, y desde entonces me cuidé de no insultarla, por si acaso.

Me llevaron a la habitación 1126, es decir planta 11, habitación 26, y me asignaron la tercera cama, la única que quedaba vacía, al lado de la ventana. Las otras dos estaban ocupadas por un diabético y por un enfermo de riñón, y los acompañaban su mujer y una hija respectivamente. Al ponerme el pijama con el anagrama del hospital, me convertí en un paciente oficial. Mis ropas quedaron arrebujadas en una bolsa de plástico que guardamos en mi taquilla. La operación que me iban a realizar era una operación menor, dijeron. Y al día siguiente, si todo marchaba bien, podría irme a casa. Era una suerte que todo fuera tan rápido, pues tenía una larga experiencia de cuando mis padres estuvieron ingresados en los últimos días de su vida, y conocía la rutina marcada por las comidas, los controles de temperatura, orina y sangre, por el goteo incesante de pastillas de todas las formas y colores. Sí, el tiempo detenido, y la vida circulando afuera en la calle, vienen las visitas, preguntan qué tal, te cuentan y se van, y tú, paciente, nunca sabes si fue ayer o hace dos días la última vez que vinieron a verte, y suerte la de aquel que puede andar y aventurarse como alma en pena arrastrando el artilugio del suero por el laberinto del hospital, aunque es como ir a ningún sitio, porque allí todo parece lo mismo, la misma planta, las mismas habitaciones.

Como la operación estaba prevista para las ocho de la mañana, y tenía que estar en ayunas, aquella noche cené bien y luego, cuando Lola y las otras dos mujeres se pusieron a hablar, me coloqué los tapones en los oídos. Las veía mover la boca y, con gestos que simulaban dolor, llevarse las manos a distintas partes del cuerpo. Yo sabía que estaban compitiendo por establecer la gravedad de las dolencias o de las operaciones que habían padecido ellas o sus familiares cercanos y no tan cercanos. Pero el tranquilizante que me dieron en la cena debió de hacer pronto su efecto, pues no recuerdo más.

Me despertó muy temprano un auxiliar, quien, después de rasurarme el vientre, me pidió que pasara a ducharme. Luego, en la misma cama me llevaron hasta el quirófano. No me gustan los hospitales, desde ninguna perspectiva, pero mucho menos desde la camilla, mientras me paseaban por los pasillos y me bajaban en el ascensor de camino a una sala donde aguardaban mi llegada unos individuos enmascarados, con artilugios de descuartizar en las manos. Recordé aquel día de mi infancia en que me quitaron las amígdalas y las vi en el fondo de un cubo embadurnadas de sangre como si fueran los ojos enormes de un pescado, y las palabras de mi padre antes de entrar: “Compórtate como un hombre”. Así que cuando llegó mi turno, antes de entrar, imitando para mis adentros la voz grave de mi padre, me dije “Compórtate como un hombre”.

Cuando medio desperté de la anestesia, Lola me estaba mirando. Su sonrisa era forzada, como si intentara reprimir las lágrimas. “Lola, mujer, si sólo es la vesícula”, le quise decir, pero las palabras parecían apelmazarse en mi lengua de trapo. El cirujano jefe se encontraba a su lado. Quizás fuera el efecto de la anestesia, pero juraría que su ojo derecho se mostraba compasivo, en sintonía con la expresión de Lola, no así el ojo izquierdo, severo y profesional, acentuado por una ceja altiva.

—¿To io bie? —creo que logré decir.

A Lola le empezaron a temblar los labios. El cirujano le puso la mano en el hombro para tranquilizarla y por un momento pensé que era él quien iba a hablar, pero no le dio tiempo. Lola se arrojó sobre mi pecho, deshecha en lágrimas.

—Ha habido un error —dijo por fin, sin dejar de llorar.

 La agarré por los hombros apartándola de mí, y luego levanté su barbilla para mirarle los ojos.

—¿E ase e eor? —pregunté.

Ella me miró como si yo necesitara un exorcismo.

—La… la pi… la pierna —pudo decir entre sollozos.

—¿E asa erna? —dije mientras apartaba las sábanas y empezaba ya a mirar de cintura para abajo.

Su respuesta no me llegó. No fue necesaria. Descubrí que mi pierna derecha terminaba a la altura de la rodilla, vendada de tal forma que parecía una pieza de jamón empaquetada, y después el vacío ¿Dónde estaban mi pantorrilla y mi pie? Pensé que todo era un sueño, un efecto de la anestesia. Comencé a palparme con la mano por encima de la pierna, por su límite y alrededores, no fuera a ser que yo hubiera adoptado una mala postura y lo que faltaba de pierna estuviera escondido, oculto en algún pliegue de la cama, entre el barullo de las sábanas. Y mientras buscaba miré a Lola y al doctor, y por la forma en que me observaban, tuve que rendirme a la evidencia: me habían amputado la pierna. “Un error fatal” dijo el doctor, ” la pierna amputada tenía que haber sido la del diabético de su habitación, que tiene el pie gangrenado”.

Continuará